Elogio del miedo (europeo) 12/11/2017 – Posted in: Monográficos, Mundo

DÍDAC GUTIÉRREZ-PERIS

El pasado 20 de octubre se produjo un pequeño enfrentamiento mediático-político en Francia a raíz de la decisión de Emmanuel Macron de firmar la declaración nº 52 anexa al Tratado de Lisboa. Es una declaración con más peso simbólico que jurídico y en 2007 ya había sido firmada por 16 estados miembros (entre ellos Alemania, España o Italia). Se introdujo como anexo porque el Tratado de Lisboa ya no mencionaba nada sobre los “símbolos europeos”, caídos en desgracia después del abandono de la Constitución Europea de 2005.

El contenido de la declaración cabe en cinco líneas y viene a decir que los estados firmantes reconocen la bandera, el himno, la moneda, la divisa y el día de celebración de la Unión Europea. El texto considera que los firmantes, al reconocer dichos símbolos, también prometen lealtad –allegiance– hacia los mismos. En otras palabras, que si un día Jean-Luc Mélenchon quiere retirar la bandera europea del hemiciclo francés como planteaba su enmienda de principios de mes, pues ya no pueda hacerlo –o al menos tenga una dificultad añadida por un tema de ordenamiento jurídico e institucional–.

El debate, irrelevante en términos prácticos pues de facto Francia ya trata indistintamente los símbolos europeos y los nacionales, sí que puso en evidencia la indiferencia general –si no la antipatía de ciertas corrientes– hacia una simbología europea percibida a menudo de forma naif, vacua, distante, idealizada. Una percepción que se puede extender al proyecto de integración europea de forma global. A fin de cuentas, el himno europeo puede ser percibido como el colofón de ese buenismo flemático. Aquél que se vería perfectamente ilustrado en el cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven: un canto a la fraternidad, una oda a la exaltación pre-romántica. Un “abracémonos todos”.   

Después de décadas de integración fructuosa –con sus más y sus menos– es fácil caer en la tentación de pensar que el apego a la Unión siempre ha venido determinado por esa capacidad de adherir a un ideal optimista, inclusivo y confiado. Somos Europeos porque confiamos en nuestro futuro, porque somos unos privilegiados que podemos permitirnos tener fe y ser idealistas –una teoría que se ha puesto de moda a raíz del Brexit y la hipótesis nunca validada del todo según la cual como peor le iba a uno con los efectos de la “globalización”, más tendencia tenía a optar por la salida del Reino Unido[1].

Sin embargo, esa percepción de un horizonte radiante y soleado no sólo implica un anacronismo monumental, sino que priva a la Unión Europea de una de sus principales armas de seducción. Sin querer, a fuerza de ser positivos, el pro-europeísmo ha caído en la trampa de desarmar a la Unión. A fuerza de esforzarse en ver el punto moderno del progreso continental, el pro-europeísmo ha renunciado a elaborar, pensar y argumentar sobre la raison d’être de la integración. En el fondo, la pregunta se plantea hoy en día en estos términos: ¿pro o contra Europa? En realidad, la pregunta que siempre alimentó la adhesión al proyecto fue ¿para hacer qué y para evitar qué?

En ese sentido, para “volver a enamorar” primero hay que haber enamorado o convencido alguna vez. Y hubo un tiempo, no muy lejano, en el que Europa logró convencer de forma abrumadora utilizando un argumento que ahora está denostado, que ha perdido caché, que ya no se considera políticamente correcto porque se utiliza con fines meramente xenófobos: el miedo y el proteccionismo.

La Unión Europea nace de una doble necesidad de supervivencia: evitar seguir entrematándose por enésima vez y evitar el hundimiento en el nuevo tablero de la Guerra Fría. Nace de dos miedos, vaya. El mercado común y el embrión de unión monetaria se fundaron para hacer frente a otro miedo, el de la inestabilidad que anunciaba la caída del muro de Berlín y la reunificación de Alemania. Las grandes ampliaciones se celebraron como victorias culturales también por aquello que se dejaba atrás, por el miedo a quedar en una segunda división que impidiera participar del desarrollo europeo de los años 80 y 90. El proyecto comunitario se percibía como el mejor antídoto contra los miedos de las sociedades europeas en el cambio de siglo. La Unión como protección. Y para eso no hacía falta saber cómo funcionaba el Parlamento Europeo. El miedo era suficiente para proporcionar el fervor necesario para dotar al proyecto de una legitimidad confortable.  

En ese sentido, empujando al máximo la provocación, uno podría llegar a pensar que el déficit democrático es un concepto académico que ilustra el lujo que las sociedades europeas se pueden permitir gracias a 50 años de éxito europeo como paraguas protector. La estrategia de utilizar la integración como deterrent de nuestros miedos ha funcionado tan bien que nos hemos privado de uno de los instintos más primitivos de supervivencia: la capacidad de valorar lo que uno tiene. El miedo a perder algo.

Hasta el punto de olvidar que esos miedos de antaño no se han ido muy lejos, sino que han sido substituidos por otros: el miedo a la desregulación financiera y del capital, el miedo al cambio climático y la dependencia energética, el miedo al insostenible equilibrio de nuestras pirámides de población, el miedo a la desnacionalización de los conflictos armados y las crisis de seguridad, el miedo a la competencia comercial con la subida de nuevos bloques emergentes que amenazan nuestros estilos de vida… etc., etc., etc.

La Unión y las instituciones comunitarias han renunciado a invocar esta lógica porque se asemeja demasiado al “proteccionismo”. Se gastan neuronas (y algunos euros) en campañas institucionales para explicar qué hace la Unión, pero sigue habiendo poco material político para explicar por qué se hace, y cuáles son las consecuencias de no hacerlo. Esta última década, por ejemplo, será percibida como una década perdida, y con razón, por los efectos devastadores y la incapacidad de reflexionar como un bloque solidario y con un buen nivel de confianza recíproca. La culpa es, y será, de los estados nacionales que priorizaron en todo momento un sistema de resolución intergubernamental que está irremediablemente influenciado por lógicas realistas y de suma cero.

Pero el semestre europeo, las dos primeras patas de la Unión bancaria, la creación de un Mecanismo Europeo de Estabilidad, el conjunto de reglas que aplica la autoridad bancaria europea al conjunto de las entidades (single rulebook), las primeras piedras de una fiscalidad común y un pilar social europeo, la cada vez más consolidada política europea y de seguridad común, todo ello existe para proteger a los ciudadanos de un futuro que, de lo contrario, debería espantarnos.

Tal vez como decía el directorio del Instituto Jacques Delors hace un par de años, la apertura que debió de escogerse para el himno europeo no es la cuarta de la novena sinfonía, sino el primero de la tercera sinfonía de Beethoven. La que se conoce como “la heroica”. ¿Y si más allá del himno a la alegría la Unión aprendiera a reutilizar, en la dosis adecuada, su loa al miedo?

Dídac Gutiérrez-Peris es Director de Investigación sobre Política Europea en el instituto de Opinión Viavoice, París. (@didacgp)

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Ver el resto del monográfico “Cómo la UE puede volver a enamorar

 

[1] Para mayor información recomiendo uno de los mejores estudios publicados en los últimos 24 meses sobre la sociología del votante británico durante el referéndum de junio 2016. http://natcen.ac.uk/media/1319222/natcen_brexplanations-report-final-web2.pdf

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