La paz con Estados Unidos

1899-02-20 - Práxedes Mateo Sagasta


El Sr. Presidente del CONSEJO DE MINISTROS (Sagasta): El Sr. Sánchez de Toca no quiere hacerse cargo de la diferencia que hay entre un tratado que se hace amistosamente y sin el preliminar de la guerra y como consecuencia de ésta, y un tratado entre vencedor y vencido, pendiente todavía la cuestión de la guerra.

¿Qué documento echa de menos el Sr. Sánchez de Toca? No puede echar de menos más que el documento en el cual la Comisión que representaba al Gobierno de S.M. en París llevaba sus instrucciones. ¿Y cree fácil S. S. publicar las instrucciones que diera el Gobierno a la Comisión, tratándose de una Comisión que llevaba una misión tan difícil y que se iba a colocar en una situación tan penosa?

El plenipotenciario del vencido va a sacar lo que pueda dentro de su dignidad. Es muy distinta como comprenderá S. S. la situación del vencedor, pero aquí ha resultado una cosa nunca vista, y es, que el Gobierno de S. M. dio a la Comisión que digna- [903] mente le representó en París, las instrucciones que creyó convenientes dentro del protocolo de Washington, porque nunca se figuró, porque jamás creyó que el vencedor había de ir más allá en sus exigencias, al tratar de la paz, de lo que establecía el protocolo como base de las estipulaciones. ¡Esto no se ha visto nunca!

Sin embargo, el Gobierno de los Estados Unidos han procedido así; y el Gobierno de los Estados Unidos, cuando no se hacía mención para nada del Archipiélago filipino en el protocolo de Washington, después en las negociaciones, saliéndose de los límites de ese protocolo en daño del vencido, cosa nunca vista, repito, tuvo la exigencia de que se le cediera el Archipiélago, con la amenaza de que, si no, se romperían de nuevo las hostilidades y volveríamos al estado de guerra.

Y en tal situación, ¿qué habían de hacer los comisarios representantes del Gobierno español? ¿Qué había de hacer el Gobierno español? Yo le pregunto a S. S.: ¿Qué hubiera hecho?

Pues bien; el Gobierno, en evitación de mayores males, tuvo que pasar por esa nueva violencia del vencedor; y por eso, por esa laguna que se encuentra en la autorización que las Cortes dieron al Gobierno para ceder aquellos territorios que comprendía el protocolo, como aunque, según éste, según nuestra opinión, la de nuestros comisionados y el sentido común, no se comprendía en el mismo el Archipiélago filipino, nos hemos visto obligados a cederlo, y por tanto, parece que hay que llenar una laguna antes de terminar el asunto, siendo eso lo que se pretende con el proyecto de ley que he tenido la honra de leer esta tarde.

He aquí el significado que tiene el proyecto de ley que ha quedado sobre la mesa.

¡Ah, Sres. Senadores! Es tan desdichada la situación del vencido, que el Gobierno español, como la digna Comisión que en París le representó, han pasado grandísimas amarguras, y más de una vez, aquella Comisión y este Gobierno, por exigencias de la dignidad, estuvieron a punto, no de ceder a las exigencias de los Estados Unidos, sino de no continuar las negociaciones. ¿Pero cuál hubiera sido la situación de España en este caso? ¿Qué responsabilidad tan inmensa no hubiera caído sobre aquella Comisión y sobre este Gobierno? Se trata, señores, de un caso de fuerza mayor, de fuerza mayor evidente, pero el Gobierno, respetuoso con el Parlamento, ha creído que debía venir a presentar este proyecto de ley como en obediencia al art. 55 de la Constitución, y como este proyecto de ley tiene tanta relación con el tratado de paz, y como el tratado de paz está hace ya tiempo ratificado por los Estados Unidos y no sería prudente que España detuviera por mucho tiempo su ratificación, y como además se trata de un asunto nacional, de una cuestión de Patria, que por no tener nada que ver en ella cada partido en particular, tienen que ver todos los partidos y todos los españoles, yo creía, y sigo creyendo, que el Senado se apresurará a discutir este proyecto de ley, a darle pronto salida; y en cambio el Gobierno se compromete a facilitar a las oposiciones todos los debates que quiera, con la extensión que les acomode y en la forma que mejor estimen; pero ¡por Dios! Demos pronto de lado a esta malhadada cuestión hispano-norteamericana; acabemos de una vez con esta situación insoportable entre la paz y la guerra, y luego discutiremos de lo pasado, de lo presente y de lo porvenir todo lo que los partidos crean que les impone su deber, y todo cuanto interés a esta Patria, digna de mejor suerte, aunque siempre con la prudencia que estos asuntos delicados requieren y con aquella cortesía con que se han discutido constantemente en el Parlamento español, que es gloria de la tribuna parlamentaria y gloria de las instituciones. No tengo más que decir. (En la mayoría: Muy bien, muy bien.-El Sr. Fabié: El Gobierno debía haber ya ratificado el tratado sin esperar a más.)