Alocución del cine Pardiñas

1937-10-17 - Francisco Largo Caballero


TRABAJADORES:
Sean mis primeras palabras, de salutación a todos los combatientes que luchan en España contra el fascismo y por la independencia de nuestro país, y un recuerdo de gran emoción para todos aquellos que han caído luchando por la misma causa. Este saludo y este recuerdo debemos dedicarlos todos a estos hombres, que combaten, como he dicho, por nuestra independencia, libres de muchos prejuicios y de muchas miserias humanas.
Os ruego que, a pesar de la multitud que aquí hay y de la incomodidad que tendréis todos por esta misma circunstancia, tengáis un poquito de paciencia. Yo procuraré tenerla también.
Ya hacia tiempo que no me ponía en comunicación, en reuniones públicas, con la clase trabajadora. Tengo que recordar, aunque sea incidentalmente, que la última campaña de propaganda que yo hice, fué la campaña electoral, con la cual se contribuyó grandemente al triunfo de las izquierdas frente al fascismo, que ya se estaba incubando en nuestro país. Recuerdo bien que en aquella campaña de propaganda eran tres o cuatro los puntos principales de que yo trataba: primero, la amnistía para todos aquellos hombres que estaban en las cárceles con motivo de los sucesos de octubre; segundo, un llamamiento a las mujeres españolas para que cooperasen al triunfo de las izquierdas; tercero, un llamamiento a los camaradas de la C.N.T. para que en aquella ocasión, dando de lado a ciertas actitudes que habían tenido hasta entonces, cooperasen al triunfo, y cuarto, que, a pesar de que en las candidaturas había muchas personas indeseables, los electores no mirasen las personas, sino las candidaturas. Así lo hicieron y por eso se triunfó.
Desde entonces han sucedido muchas cosas. Después, sabéis que se constituyó el Gobierno presidido por mí. Yo tuve interés en que ese Gobierno estuviera constituido por todos los elementos que luchaban en las trincheras. Me parece que nadie podrá negar el propósito de dar de lado muchos rozamientos, muchas cuestiones que había entre nosotros. Cuando constituí ese Gobierno, lo realicé con el interés de ganar la guerra. No hice exclusión de ninguno de los elementos que tenían hombres luchando en las trincheras: estaban en él las tendencias del Partido Socialista, los comunistas, los vascos, los catalanes, los republicanos, y, por fin, se logró que la C.N.T. hiciese un acto más de abnegación y entrase en el Gobierno, con lo cual se completó todo el cuadro antifascista dentro de aquel Gabinete.
EXPLICACION DE UN SILENCIO
No os voy a referir ahora lo que ese Gobierno hizo. Lo reservo para otras conferencias, con lo cual contestaré a aquella campaña de injurias y de calumnias que quien es hoy todavía ministro de Instrucción pública tuvo el descaro de iniciar en un acto público. Muchos se habrán dicho: ¿cómo Largo Caballero no contestó a esas infamias? Ahora lo digo con franqueza: no porque no tenga qué contestar, sino porque para mí, por encima de esas miserias, estaba el ganar la guerra (muy bien; grandes aplausos), y no quería ir a la tribuna pública porque con ello podía, sin querer, contribuir a algo que pudiera perjudicar la marcha de la guerra. Unas veces, por la situación internacional. Era preciso que España saliera del pleito de la Sociedad de Naciones, para que jamás se pueda decir que ninguno de nosotros habíamos contribuido con nuestra palabra a que España no logre en Ginebra lo que tenía derecho a conseguir. Otras veces, por si se estaban haciendo operaciones en tal o cual frente, también callamos, para procurar que a esos frentes no llegase el eco de lo que se manifestase y que pudiera desmoralizar a los combatientes y perjudicar a la guerra. Os aseguro que uno de los mayores sacrificios que he hecho en mi vida ha sido guardar silencio durante estos cinco meses. Pero no me pesa, porque aunque los calumniadores y los difamadores hayan hincado sus uñas y sus dientes en mi persona, tengo la tranquilidad de conciencia de que mi silencio ha contribuido al bien de España y al bien de la guerra. (Muy bien; prolongados aplausos.)
EL POR QUE DE UNA CAMPAÑA
Se dirá: ¿qué es lo que ha ocurrido aquí para que contra aquél a quien antes consideraban todos como un hombre representativo de la clase trabajadora se haya hecho esa campaña difamadora? ¿Es que Largo Caballero ha cambiado de ideología? ¿Es que Largo Caballero ha hecho traición? (Voces: ¡No!) Eso digo yo: que no. ¡Ah! Entonces, ¿por qué se ha hecho esa campaña? ¿Sabéis por qué? Porque Largo Caballero no ha querido ser agente de ciertos elementos que estaban en nuestro país y porque ha defendido la soberanía nacional en el orden militar, en el orden político y en el orden social. (Aplausos.) Y cuando esos elementos comprendieron, bien tarde por cierto, que Largo Caballero no podía ser un agente de ellos, entonces, con una nueva consigna, se emprendió la campaña contra mí.
Yo afirmo aquí que hasta poco antes de iniciarse la campaña se me ofrecía todo cuanto hay que ofrecer a un hombre que pueda tener ambiciones y vanidades. Yo podía ser el jefe del Partido Socialista Unificado; yo podía ser el hombre político de España; no me faltarían apoyos de todos los elementos que me hablaban. Pero había de ser a condición de que yo hiciera la política que ellos quisieran. Y yo dije: de ninguna manera. (Clamorosa ovación.)

Decía yo que tarde me conocieron. Podían haber comprendido desde el primer momento que Largo Caballero no tiene ni temperamento ni madera de traidor para nadie. Me negué rotundamente, hasta el extremo de que en alguna ocasión, en mi despacho de la Presidencia del Consejo de Ministros, tuve escenas violentísimas con personas representativas de algún país, que tenían el deber de tener más discreción y no la tenían, y yo les dije, delante de algún agente suyo, que por cierto desempeñaba entonces cartera de ministro, que Largo Caballero no toleraba ingerencias de ninguna clase en nuestra vida interior, en nuestra política nacional. (Aprobación; aplausos.) Estas escenas violentas, que, como digo; tuvieron testigo que no sería capaz de negarlo, fueron el comienzo de la campaña en contra mía. La iniciaron contra Largo Caballero, pero viendo que esa campaña personal no les daba resultado, porque había muchos trabajadores que no comprendían cómo se podía hacer eso, mudaron de consigna y fueron contra la Ejecutiva de la Unión General, pero al ir contra la Ejecutiva de la Unión General, contra quien iban principalmente era contra Largo Caballero. Ahora os explicaré lo ocurrido en la Unión para que veáis la injusticia, las falsedades y las maniobras de toda clase que se han producido para llegar a la situación en que estamos.
LA VERDAD DE LO SUCEDIDO
¿Por qué me he decidido a empezar a hablar? Este acto es el primero de la serie que pienso dar (aprobación) para enterar a España de la verdad de lo sucedido, y para que España comprenda quiénes son los que contribuyen con sus campañas a empeorar nuestra situación en todos los órdenes. Yo vengo a hablar aquí porque creo que no habrá ya nadie que pueda achacar a lo que yo manifieste en este acto lo ocurrido en Ginebra, que tenga el cinismo de decir que soy el responsable de lo sucedido allí. Creo que tampoco perjudico en estos momentos a la acción militar. Todos sabemos en qué situación estamos; aunque no nos lo digan claramente, aunque nos lo oculten, el que más y el que menos la sabemos.
Además, camaradas, yo vengo aquí a hablar porque veo que nuestro Partido Socialista y nuestra U.G.T. están en peligro, y quiero contribuir a salvar a este partido y a salvar a la U.G.T. de España. Lo que se pretende, para servir ciertos intereses políticos, es provocar la disidencia en el Partido Socialista y en la U.G.T. Pero yo lo he dicho y lo repito: Largo Caballero no provoca la disidencia en el Partido ni en la Unión General. El que quiera, que la provoque. Es decir: ya la han provocado, ya la han producido. ¡Largo Caballero, no!
¿Qué es lo que ha sucedido en la U.G.T. de España? Os lo voy a contar con la mayor brevedad posible. El origen de esta campaña contra la Unión arranca de la crisis política de mayo, crisis que yo tengo que declarar aquí que la considero como la más vergonzosa de cuantas he conocido en la Historia de España. Incluso con la monarquía, no he conocido yo una crisis que pueda sonrojar tanto como ésta a cualquier buen español. Aunque no entre ahora en muchos detalles, que ya lo haré en otra ocasión, debo manifestaros que esta crisis se provocó por los representantes del partido comunista en el Gobierno. El día anterior al planteamiento de la crisis, algunos periódicos madrileños anunciaban ya acontecimientos políticos como resultado de aquel Consejo. En él, la representación comunista produjo el escándalo, pidiendo un cambio de política en la guerra y un cambio de política en el orden público. Ese era el pretexto, porque en lo que se refiere a Guerra, el partido comunista sabía, como yo, lo que ocurría, porque tenía representación en el Consejo Superior de Guerra. Y en la cuestión de orden público respecto a Cataluña, nosotros, como Gobierno central, no teníamos ninguna jurisdicción.
Fué un pretexto. En aquella reunión se me pidió a mí que el Gobierno disolviese una organización política disidente del partido comunista. Yo, que he sido perseguido con las organizaciones a las cuales he pertenecido y pertenezco, por los elementos reaccionarios de nuestro país, manifesté que, gubernativamente, no disolvía ninguna organización política ni sindical; que yo no había ido al Gobierno a servir intereses políticos de ninguna de las fracciones que en él había; que aquél que tuviera que denunciar hechos, que lo hiciese y los Tribunales serían los que interviniesen y disolvieran o no la organización, pero que Largo Caballero, como presidente del Consejo de ministros, no disolvería ninguna de esas organizaciones... (Grandes aplausos que impiden oír el final de la frase.)
Y antes de terminar el Consejo de Ministros, en vista de que no recibían satisfacción los proponentes, como si estuvieran en un Comité de pueblo o en un Casino, con la mayor irresponsabilidad, se levantaron los ministros comunistas y abandonaron el Consejo. En el acto, antes de levantarse, yo hice unas manifestaciones, y las manifestaciones fueron que me parecía un crimen que en aquellos momentos se plantease una cuestión política. Si eso se hubiera hecho pasados unos días, no tendría tanta trascendencia, pero en aquellos momentos yo lo consideraba como un crimen.
El hecho es que se marcharon y que yo tuve que dar conocimiento del asunto a quien debía hacerlo. Lo hice por la noche, y aquél a quien yo di cuenta me pidió, dada la importancia del asunto, unas horas para reflexionar. Y fui llamado al día siguiente, para decirme que la crisis no se plantease en aquel momento, puesto que había entre manos unas operaciones que pudieran hacer cambiar la faz de la guerra en España, y que había que hacer esas operaciones antes de producirse la crisis. Hechas las operaciones, podía plantearse. Me sometí, y dije: «no tengo inconveniente; la crisis, por mi parte, queda aplazada unos días; se van a hacer las operaciones y veremos lo que resulta». ¡Ah! Pero por la tarde me encuentro con que se presentan los ministros socialistas en mi despacho, y estos correligionarios fueron a comunicarme que la Ejecutiva Nacional del Partido había acordado que dimitiesen todos los ministros socialistas. Cuando yo oí esto, comprendí la jugada, y dije: «bueno, señores, pues ya daré conocimiento a quien tengo que darlo». Y, naturalmente, aquella decisión, no mía, sino de alguien que estaba por encima de mí en aquel momento, de aplazar la crisis para hacer unas operaciones, la impidió el Partido Socialista, por conducto de su Ejecutiva, poniéndose incluso frente a los deseos de aquél que deseaba que se aplazara la crisis.
Tuve que dar cuenta del nuevo hecho, porque si del Gobierno se marchaban los socialistas y los comunistas, no era posible aplazar la crisis. Existía, además, un gran interés por precipitarla, porque una de las cosas que me dijeron esos dos socialistas, fué que habían acordado dimitir y, además, que me rogaban resolviese la crisis con urgencia. Es decir, uno de los objetivos de la crisis —¡que tenía varios!— era impedir esas operaciones a que antes hacía yo referencia. Y, efectivamente, esas operaciones no se realizaron. Yo no sé el resultado que habrían podido tener, pero sí puedo echar la responsabilidad de todo esto a quienes las impidieron, porque si esas operaciones se hubiesen realizado, acaso España estaría en otras condiciones en el terreno de la guerra. (Muy bien.)
De esta manera se produce la crisis. Después, me encargaron otra vez, tras unas consultas, de formar nuevamente Gobierno. Yo hablé con todos, absolutamente todos, y, como siempre —porque a estas triquiñuelas de política burguesa en seguida nos adaptamos—, todos dieron buenas palabras, todo el mundo se ofrecía, pero en cuanto salían del despacho del jefe del Gobierno se ponían de acuerdo para poner toda clase de inconvenientes. Recuerdo bien que una de las condiciones que a mí me ponía el partido comunista para colaborar en el Gobierno que estaba encargado nuevamente de formar, era que yo no fuese ministro de la Guerra. Yo les objetaba: «¿qué fundamento tenéis para esto?» «Que el Ministerio de la Guerra y la Presidencia es muchísimo trabajo (risas), y no conviene que tengas tanto trabajo» (más risas.) Yo les dije que no me parecía un fundamento verdadero y sólido, porque quien tenía que examinar eso no eran ellos; era yo. Agradecía íntimamente el buen deseo (siguen las risas), la buena voluntad que tenían de quererme descargar del trabajo que sobre mí pesaba... Pero no era eso; era algo de lo otro que os decía antes. Si hoy no puedo entrar en detalles, ya lo haré en otro momento.
EN EL MINISTERIO DE LA GUERRA
Yo, en Guerra, tuve que comenzar a ponerme, como vulgarmente se dice, en pie para impedir muchos abusos que se estaban cometiendo. Entre ellos, me encontré un día con que los socialistas en quienes había depositado mi confianza, en el Comisariado de Guerra, habían permitido que se nombrasen a espaldas mías, y con documentación firmada por quien no lo podía hacer, más de mil Comisarios. (Sensación; aplausos.) Habían nombrado más de mil Comisarios, y los habían nombrado poniendo la firma en los nombramientos quien no tenía derecho, legalmente, para hacerlo, porque el único que lo podía hacer era yo. Y cuando llamé a aquellas personas de confianza, correligionarios nuestros, y les dije que cómo habían hecho eso, me contestaron que creían que lo podían hacer. Dio la casualidad de que la inmensa mayoría de los Comisarios de guerra que habían nombrado así eran comunistas. (Muy bien; muy bien; aplausos.)
Me encontré con más. Me encontré con que en el Comisariado de Guerra, a espaldas mías, se había hecho un pequeño «straperlo». Me encontré con que se habían hecho unas asimilaciones a generales de brigada y generales de división, para algunos correligionarios, con 22.000 y con 16.000 pesetas. (Una voz: ¡Granujas!) Cuando yo les llamé, también, para decirles: «bueno, ¿y cómo han hecho ustedes esto a espaldas mías?», me respondieron: «¡Ah! Creíamos que usted estaba enterado y que usted...». «Pero, ¿qué voy a estar yo enterado de que ustedes se han nombrado generales de división y de brigada para cobrar?» (Risas.) Además, mensualmente, disponían de más de 200.000 pesetas para propaganda, para periódicos, para tal cual otra cosa. Así me explicaba yo, mejor dicho, me expliqué después, cómo había tanto dinero para hacer la propaganda comunista en España. (Formidable ovación.)
De ahí el por qué yo publiqué una disposición anulando todos los nombramientos de Comisarios y ordenando que el que quisiera continuar siéndolo me lo pidiera a mí, para yo revalidar su nombramiento. (Muy bien.) Y ya recordaréis todos la campaña que se hizo contra mí con este motivo, diciendo que yo quería deshacer el Comisariado. No. Yo he entendido siempre, cuando publiqué la disposición creando el Comisariado y después, que éste haría una gran labor, que había de tener un gran trabajo en el Ejército, si cumplía con su deber. Pero no creía yo ni podía pensar que el Comisariado sirviera para hacer un Ejército de partido. ¡Eso, no! (Aprobación; grandes aplausos.)
Todo esto fué haciendo ambiente. Se produjo la crisis, y cuando llega la consulta a la Ejecutiva de la Unión, para dar un ministro pone condiciones. Yo, amistosamente, fraternalmente, tengo que decir que al poner aquellas condiciones se cometió, a mi entender, un error, error de detalle. Yo sé los buenos propósitos de la Comisión Ejecutiva al proceder así. La Ejecutiva vio que se había producido una crisis algo oscura, por maniobras. No estaba bien enterada, y la Ejecutiva al decir: «nosotros no damos ministros si no es para un Gobierno Largo Caballero», expresaba, no que fuera ministro Largo Caballero. Es de advertir que los comunistas querían que yo continuase de presidente del Consejo, pero no de ministro de la Guerra. La verdad, yo dije: «ponerme de espantajo para que ellos pudieran hacer desde Guerra lo que les diera la gana, ¡ah!, no, no y no. (Aprobación.)
Yo, socialista internacional, tengo amor a mi país; lo tengo a mi pueblo, que es éste, Madrid; lo tengo a España porque soy español, que no es incompatible con ser internacionalista, ni mucho menos. Y yo, delante de quien debía decirlo, manifesté en una reunión: «no puedo dejar de ser ministro de la Guerra por varias razones: primera, porque yo no he hecho motivos para que se me eche del Ministerio de la Guerra, y segunda, porque creo que, como español, tengo la obligación de defender al Ejército español y conducirle en forma que pueda conseguir el triunfo». (Muy bien; grandes aplausos.)
CONTRA LA EJECUTIVA DE LA U.G.T.
Pero no creáis que estas arrogancias de españolismo quedan impunes en algunas ocasiones, y en aquélla no quedó. Realizaron lo que todos sabemos. Pues bien, la Ejecutiva de la Unión, dijo: «no». Pero lo dijo por ese motivo, no porque fuera Largo Caballero ministro, pues últimamente no tenía por qué decirlo, porque Largo Caballero, si hubiera querido, hubiera sido presidente del Consejo de Ministros, hubiera continuado siendo jefe del Gobierno. Yo no iba allí por ser jefe del Gobierno. Yo iba a cumplir un deber: aquél que estaba cumpliendo en Guerra. Lo que ocurría era que yo estorbaba en Guerra.

Esta era la cuestión. Y desde aquel momento empezó la campaña contra la Ejecutiva, pidiendo la reunión del Comité Nacional. Yo todavía no me había reintegrado al cargo de secretario. Y, efectivamente, se celebró Comité Nacional y la inmensa mayoría de las Federaciones que celebraron ese Comité Nacional estaban fuera de los Estatutos. Todos eran muy amantes de la Unión y de la disciplina; del U.H.P. y de todas esas cosas, pero no se acordaban de cumplir con la Unión General en lo que se refiere a cotizaciones. ¡No los cotizantes! No los obreros pertenecientes a las Secciones, que ésos pagaban; no. Los que no pagaban eran los Comités, que no sabemos lo que harían con el dinero. (Aprobación; aplausos.) Porque, últimamente, cuando hay una Federación que no recauda cotizaciones, no tiene más que decirlo, y si no tiene asociados, no paga por nadie o paga por los que sean. Pero, no; había Federaciones que no pagaban una cotización desde el primer trimestre del año 33; había algunas que debían cuatro y cinco años.
LA REUNIÓN DEL COMITÉ NACIONAL
Se celebró, sin embargo, el Comité Nacional, porque en la Unión ha habido siempre mucha tolerancia en eso, y aquellos amigos, abusando de esa tolerancia, llegaron allí, tomaron acuerdos, y no solamente tomaron acuerdos, sino que inmediatamente comenzaron una campaña en la Prensa contra la Ejecutiva, diciendo: ya lo veis; hemos desautorizado a la Ejecutiva. La habían desautorizado unos individuos, o unos compañeros, que decían representar a organizaciones que se hallaban en aquella situación. Pero el caso es que se celebró la reunión y que continuó la campaña contra la Ejecutiva.

LA U.G.T. Y LA GUERRA
La Unión General ha sido uno de los organismos que durante la guerra ha cumplido mejor su misión. Recuérdese bien que, cuando empezó la guerra, nosotros organizamos en la calle de Fuencarral una oficina de información al Gobierno. No quisiera yo que lo tomaseis a exageración, pero si queréis, si tenéis medios, preguntad al que era jefe del Gobierno entonces, y él puede deciros de dónde recibía el Ministerio de la Guerra, las informaciones exactas sobre la situación militar en España. (Una voz: ¡De Fuencarral, 93!) ¡De Fuencarral, 93! (Aplausos.) Y entonces se dio el caso de que en el Ministerio de la Guerra no había más referencias verídicas que las de Fuencarral, 93, porque no tenían medios de informarse ni por los alcaldes ni por los gobernadores, porque todo estaba trastornado. Lo único que existía y tenía conexión con nosotros eran las organizaciones obreras de la Unión, y por medio de esas organizaciones obreras, en todos los pueblos, sabíamos la situación militar del enemigo y la nuestra, y se la decíamos al Gobierno para ayudarle a ganar la guerra. (Muy bien.)
Después, la Unión General ha realizado una labor permanente hasta que el Gobierno se marchó de Madrid. No voy a hablar de eso. (Risas.) No, no. (Más risas; una voz: ¡Que hable!) No puede ser hoy. Todos lo sabéis. Cada cosa en su momento. Salió el Gobierno de Madrid y tuvo que salir la Unión General. Voy a aprovechar la ocasión, por si hay aquí compañeros que interpretaron entonces mal las cosas, para decir que, al marcharse el Gobierno de Madrid y salir organizaciones, lo lógico es que fueran las nacionales las que salieran. Porque esos Comités Nacionales no representaban sólo a Madrid, sino que representaban a todos los obreros, y tenían que irse a sitios donde pudieran estar en relación con sus representados. Ahora bien; los locales, el Ayuntamiento de Madrid, por ejemplo, o la Federación local de Madrid, o la Agrupación Socialista Madrileña, todo lo que fuera local, debía quedarse aquí. Todo lo nacional, fuera de Madrid, para cumplir sus deberes con los demás afiliados y con los de Madrid.
LA U. G. T. EN EL EXTRANJERO
Y salió también la Unión General, pero, inmediatamente, en vista de la marcha de la guerra, comprendió que había que realizar una intensa labor en favor de España y en favor de nuestra guerra. ¿Quién ha movido a las Internacionales, lo mismo la socialista que la sindical, más que la U. G. T. de España? Todas las reuniones que se han celebrado, todo el apoyo internacional por parte de la clase trabajadora organizada, ¿quién lo ha hecho más que la Unión? Han ido otros organismos políticos que se llaman también obreros y no los ha hecho nadie caso. A la Unión ha sido solamente a la que se le ha hecho caso, porque la Unión ha sabido ganarse un prestigio internacional que no tienen muchos, ni lo podrán tener. (Aprobación.) Y la Unión General provocó la reunión de Londres para apoyar al Gobierno, y luego la de París.
Todos sabéis que hubo un movimiento de la clase trabajadora en el extranjero, favorable a nosotros; que, por cierto, se atenuó luego, no por culpa nuestra, sino por errores políticos que se cometían en España. Poco después de la crisis, hubo un momento en que corrieron rumores más allá de las fronteras, según los cuales se hacía aquí tal política de persecución contra elementos discrepantes. Todos sabéis que ha habido casos verdaderamente desgraciados, que aún no se han esclarecido, de personas hechas desaparecer por elementos que no son el Gobierno, y que han constituido un Estado dentro de otro Estado. Esto ha trascendido, compañeros, hasta el extremo de que han venido a España representantes de las Internacionales, a averiguar expresamente qué había de verdad en ello, y a nosotros, personalmente, se nos ha dicho: «desde que esto ha ocurrido, nosotros no podemos levantar el entusiasmo en el extranjero, entre nuestros compañeros, porque sospechan que aquí quienes dominan y quienes influyen son los elementos —lo dicen claramente— comunistas, y todo el mundo se pregunta si van a ayudar a España para que luego sean los comunistas quienes rijan los destinos de España». ¡Eso han venido a preguntarnos! Y no os extrañe. Una de las cosas que yo he censurado eran esos excesos que, a juicio mío, se cometen; por ejemplo, que hubiese mandos militares de gran importancia que asistiesen a congresos comunistas, a desfiles en honor de comunistas. De todo ello se sacaban fotografías que se publicaban en los periódicos, y esos periódicos iban a Londres, iban a París, iban a otras partes, y cuando allí veían que los jefes del Ejército, en gran número y de gran influencia, asistían a esos actos, decían: «¡entonces, es verdad que allí lo que domina e influye es el comunismo!» Esto nos perjudicaba mucho, muchísimo.