Toma de posesión

1994-12-01 - Ernesto Zedillo


Honorable Congreso de la Unión;
Mexicanos:

Asumo la Presidencia de la República para servir con todas mis fuerzas al pueblo de México.

Ejerceré las facultades que dispone la Constitución con rectitud, de cara a la nación y atento a la crítica ciudadana. Así me lo ordena mi conciencia. Así lo reclama el alto ejemplo de quienes forjaron nuestra patria. Así lo exige el México de nuestros días.

Sucedo, en esta investidura, a un Presidente que gobernó con visión; que con inteligencia y patriotismo concibió grandes transformaciones y supo llevarlas a cabo con determinación. Le expreso mi respeto y mi reconocimiento. Estoy seguro de que Carlos Salinas de Gortari tendrá siempre la gratitud y el aprecio del pueblo de México.

Con honda, con irremediable tristeza, evoco hoy al amigo, al compañero, al líder: a Luis Donaldo Colosio. Sabré honrar su ejemplo de amor y de servicio a México.

Como Jefe de Estado, mi primera responsabilidad será velar por la Soberanía nacional.

Asumo y ejerceré con honor el Comando Supremo de las Fuerzas Armadas, que continuarán sirviendo a México, con patriotismo, lealtad y eficacia.

México es una nación respetada en el mundo. Así lo atestigua la honrosa presencia de mandatarios y representantes de pueblos con quienes nos unen lazos entrañables. A todos ellos, nuestra gratitud y nuestra amistad.

La autodeterminación de los pueblos, la solución pacífica de las controversias, la igualdad jurídica de los Estados y la equidad en los intercambios entre los países, son principios que han orientado nuestra política exterior y nos dan autoridad moral en el mundo.

Mantendré la aplicación de esos principios, para preservar la Soberanía nacional y promover los intereses legítimos de México en el mundo. Lo haré, practicando un nacionalismo activo y abierto, respetuoso de todas las naciones.

Defenderé muy especialmente, con legalidad y firmeza, la dignidad y los derechos humanos de los mexicanos que se encuentran más allá de nuestras fronteras.

Estamos conscientes de que la mejor defensa consiste en procurar aquí, en nuestro suelo, condiciones dignas de vida y oportunidades de empleo y superación. A ello consagraré mi esfuerzo.

Los mexicanos queremos construir un país mejor para nuestros hijos. Esa tarea exige el reconocimiento de lo que hemos conseguido; exige, también, que sepamos ver las injusticias que padecemos, las carencias que sufrimos y la magnitud de los problemas a que nos enfrentamos.

Sociedad y gobierno haremos frente a esas injusticias, a esas carencias a esos problemas. Tengo plena confianza en que, unidos, podremos superarlos. Hoy, como siempre, si México está unido saldrá adelante.

Nos alienta el ejemplo de nuestros padres y de los padres de nuestros padres. A partir de la profunda transformación social, que significó la Revolución de 1910, cada generación ha contribuido a mejorar a México.

En los pasados 75 años, para muchísimos mexicanos, han mejorado la educación, la salud, el empleo, las comunicaciones y los servicios, aun cuando la población se multiplicó de 14 a 90 millones.

Ciertamente, México ha prosperado. Nuestros padres y nuestros abuelos realizaron grandes logros pero no son suficientes. No podemos estar satisfechos. Muchos millones de mexicanos carecen de lo indispensable; muchos han quedado al margen de los avances, muchos viven una pobreza que indigna a la nación.

Por eso nuestra generación debe hacer más, debe trabajar más, debe esforzarse más.

Porque México somos todos, convoco hoy, a todos y a cada uno de los mexicanos, a una nueva etapa de esfuerzo, el desafío es grande, reclama el trabajo de todos y el éxito, será, también, de todos.

Nuestro reto más importante es lograr condiciones dignas en la vida de cada familia mexicana. El progreso económico sólo tiene sentido si llega al hogar de cada mexicano.

El propósito de la política económica debe ser el bienestar creciente de cada persona y de su familia. Ese bienestar se funda en un empleo digno, estable, bien remunerado.

México necesita muchos más de esos empleos y nuestro compromiso es crearlos. Para crear esos empleos la economía debe crecer de manera sostenida, a un ritmo mucho mayor que la población. Para que los empleos estén cada vez mejor remunerados se requiere el aumento sostenido de la productividad.

Hoy ante nosotros se presenta una oportunidad sin precedente para conseguir el crecimiento económico que demanda la población. Además del mercado interno en expansión, contamos ahora con enormes mercados a los que tenemos acceso gracias a las negociaciones comerciales celebradas con otros países.

Los mexicanos sabremos aprovechar los acuerdos establecidos para que contribuyan a generar los empleos que necesitamos y elevar así el bienestar.

Una condición para estimular el crecimiento económico es que cada año dispongamos de inversión suficiente para obras de infraestructura. Construiremos y modernizaremos las carreteras y los puertos, las telecomunicaciones y las obras en el campo y en la ciudad que requiere el desarrollo de México.

Seguiremos combatiendo la inflación para lograr un crecimiento económico sostenido en provecho de todos. Queremos que crezcan los empleos y los salarios reales, no los precios. La estabilidad de precios es esencial para multiplicar los empleos permanentes y bien remunerados. No destruiremos la estabilidad que con tantos sacrificios del pueblo se ha logrado. Por eso mantendremos una estricta disciplina en las finanzas públicas.

El crecimiento sostenido exige un entorno de estabilidad económica y financiera que garantice certidumbre y confianza para ahorrar, planear, invertir y trabajar productivamente; exige reglas claras y trato justo para todos.

Trato justo significa seguridad jurídica en las relaciones contractuales, que defienda los derechos de los trabajadores y estimule la eficiencia de las empresas; trato justo significa combatir prácticas monopólicas, abusos y privilegios; significa regulación precisa y sencilla, que evite la corrupción y fomente la actividad económica.

Trato justo significa un sistema tributario sencillo, transparente y equitativo, así como la capacidad de defensa ante posibles abusos de la autoridad; trato justo significa condiciones de reciprocidad y apoyo para la competencia en el exterior, y también alicientes para adoptar y crear nuevas tecnologías que fortalezcan la productividad.

Trato justo significa impulsar el campo mexicano procurando condiciones de producción y apoyo similares a las de nuestros competidores; trato justo significa ampliar oportunidades a través de una mejor capacitación para el trabajo.

Mi gobierno apoyará al productor agrícola y al trabajador, al empresario y al comerciante. Respaldaremos, como nunca antes, a las pequeñas y medianas empresas, porque son la fuente más importante de empleos. Daremos un nuevo impulso al campo fortaleciendo la inversión, aumentando la productividad y alentando la organización de los productores.

Aplicaremos una política económica orientada al bienestar familiar, comprometida con las personas y respetuosa del medio ambiente. Tendremos una economía más vigorosa, más equitativa y más atenta a conservar los equilibrios ecológicos.

A lo largo de nuestra historia, la educación ha sido el medio más importante de superación individual y de justicia social. Por décadas, el esfuerzo constante de maestros, padres de familia y autoridades, hizo que la educación llegara a muchos.

Es tiempo de que llegue a todos. Es tiempo de que avancemos decisivamente en su calidad. Por eso la educación será una prioridad indiscutible en mi gobierno.

Emprenderemos una cruzada nacional para que los mexicanos reciban una educación de calidad, inspirada en el Artículo 3o. Constitucional y orientada hacia la libertad y la justicia, hacia el trabajo y el bienestar.

Mi gobierno encabezará un esfuerzo excepcional para hacer efectivo el mandato constitucional que hace obligatorias la primaria y la secundaria: realizaremos un esfuerzo excepcional para reducir sustancialmente el analfabetismo y aumentar la educación entre la población adulta.

Daremos gran atención a los demás niveles educativos; a la capacitación para el trabajo, la educación tecnológica, la educación superior y la investigación científica y humanística. La educación será un medio para superar la pobreza.

Como Presidente de la República, mi mayor deber y mi más firme compromiso es la lucha contra la pobreza en que viven millones de mexicanos. La pobreza es el lastre más doloroso de nuestra historia y nos enfrenta cada día a lo mucho que falta por hacer.

Por eso, nuestro mayor compromiso debe ser con los que menos tienen. Ahora que podemos construir un México más próspero debemos y podemos hacerlo, también, un México más justo. A pesar de los esfuerzos, la pobreza persiste en todo el territorio nacional y se agudiza en regiones y grupos que encaran grandes barreras para superarla. A lo largo de años el campo mexicano ha resentido severas crisis.

En las colonias populares existen grandes carencias y desempleos, las comunidades indígenas padecen grandes privaciones, injusticias y falta de oportunidades, que hacen de la pobreza historia y destino. Eso es inaceptable.

Tenemos un deber histórico, un mandato popular y un compromiso ético para combatir la pobreza. Contra la pobreza nos uniremos todos: el gobierno, la sociedad, las comunidades afectadas, pues, derrotarla beneficiará a todo México. La combatiremos trabajando con los sectores más necesitados, para mejorar las condiciones de nutrición, salud, vivienda y demás servicios esenciales.

Combatiremos la pobreza impulsando la educación y la capacitación para el trabajo, sobre todo en aquellos estados y regiones con fuertes rezagos; combatiremos la pobreza haciendo accesible la justicia a la población que más la necesita, es decir, a los grupos indígenas y a los mexicanos que sufren las más graves carencias; romperemos el círculo vicioso de enfermedad, ignorancia, desempleo y pobreza, en que están atrapados muchos millones de mexicanos.

México debe ser, México necesita ser, una nación unida. Nuestra unión es la medida de nuestra fuerza; para fortalecer nuestra unión sabremos reivindicar la justicia y la paz, para afianzar la justicia y la paz sabremos atender, en sus raíces, las causas de la violencia y la desesperación.

Durante este año el ánimo de todos los mexicanos se ha visto ensombrecido por los acontecimientos en Chiapas, por la violencia y, más todavía, por las condiciones de profunda injusticia, por las condiciones de miseria y de abandono que abonaron esa violencia.

Estoy convencido de que es posible lograr, en Chiapas, una nueva negociación, que nos lleve a una paz justa, digna y definitiva.

No habrá violencia por parte del gobierno y confío en que tampoco la habrá de quienes se han inconformado.

El Ejército Mexicano mantendrá unilateralmente el cese al fuego. Buscaremos, por todos los medios, llegar a un arreglo fincado en la concordia, la democracia y las oportunidades de desarrollo con equidad.

Queremos una patria en paz, una nación de equidad, un México de justicia para todos. El progreso y la paz social sólo son perdurables en un Estado de Derecho, donde el ejercicio de las garantías propias esté acompañado del respeto a los derechos de los demás. La ley obliga a todos por igual. Nadie puede estar por encima de la ley.

Cada violación de la ley lastima los principios fundamentales de nuestra convivencia, lesiona nuestro respeto como pueblo civilizado y es un triste ejemplo para nuestros hijos.

En los últimos años, sobre todo en los últimos meses, hemos vivido un creciente clima de zozobra e inseguridad. Hemos sufrido grandes crímenes públicos que no han sido del todo esclarecidos. Hemos padecido violencia cotidiana y un deficiente, muy deficiente desempeño de las instituciones encargadas de la seguridad pública y de la procuración de justicia.

Indigna saber que las mujeres sufren agresiones en la vía pública; que los niños y los adolescentes son víctimas de abusos a las afueras de sus escuelas; que el trabajador pierde su salario en hurtos callejeros y el pequeño empresario pierde la nómina en robos violentos.

Indigna conocer casos de impunidad que son resultado del abuso de autoridad, la venalidad y la corrupción. Son intolerables los asaltos a los hogares y a los centros de reunión, el homicidio de hombres y mujeres que defienden su patrimonio, los secuestros que han proliferado en todo el país.

Nuestra indignación es mucho mayor cuando los actos ilícitos son cometidos por quien debería vigilar el cumplimiento de la ley. Es intolerable la impunidad del narcotráfico. El narcotráfico es la mayor amenaza a la seguridad nacional, el más grave riesgo para la salud social y la más cruenta fuente de violencia.

Hoy, más que nunca, México debe ser un país de leyes, ese es el clamor de todos en todas partes y esa tarea va a demandar esfuerzo, disciplina, firmeza y perseverancia. Las soluciones, lo sabemos, tomarán tiempo. Por eso debemos empezar a trabajar en ellas ahora mismo.

Es esencial que la Constitución y el orden legal derivado de ella tengan plena observancia. Es preciso que las autoridades actúen con apego a las normas; que los derechos sean reconocidos y las discrepancias resueltas conforme a la ley.

Todo el esfuerzo de varias generaciones, toda la tarea de la nuestra, todo el horizonte de nuestros hijos puede perderse si no logramos consolidarnos como un país de leyes.

No podemos fincar nuestras expectativas en la certidumbre de la ley y vivir en la incertidumbre de su cumplimiento. Los mexicanos necesitamos, queremos y demandamos un sistema de justicia eficaz. Queremos que la ley sea la norma real de la convivencia.

Para hacer frente a la extendida criminalidad, la frecuente violación a garantías individuales y derechos humanos y la grave inseguridad pública, emprenderemos una honda y genuina reforma a las instituciones encargadas de la procuración de justicia.

Es en ellas donde la incompetencia, la corrupción y la ruptura institucional son más frecuentes y de mayor daño para la seguridad de las personas.

Los brutales asesinatos de figuras destacadas de la vida pública del país han lastimado hondamente a la ciudadanía, han sembrado inquietud y duda sobre algunas instituciones y -debemos admitirlo- han dividido a los mexicanos.

Hasta ahora, las investigaciones no han satisfecho plenamente a la sociedad; los mexicanos queremos estar seguros que conocemos toda la verdad. De inmediato daré instrucciones al Procurador General de la República para que intensifique con todo rigor las investigaciones e informe a la opinión pública de cada avance, hasta su conclusión. Que quede claro, no descansaremos hasta que se haya hecho justicia.

Afortunadamente, en la cúspide del sistema de justicia, contamos con la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que ha sabido ganarse a pulso el respeto de la sociedad mexicana por su desempeño ético y profesional.

En los últimos años se ha vigorizado su carácter de órgano responsable de velar por la constitucionalidad de los actos de la autoridad pública. Hoy debemos fortalecer ese carácter.

Un Poder Judicial con una renovada fortaleza se consolidará como factor de equilibrio democrático entre los Poderes de la Unión, y atravesará con los más altos valores de la tradición jurídica mexicana a todo el sistema de justicia.

A la brevedad, someteré a la consideración de esta Soberanía una iniciativa de Reforma Constitucional que, de ser aprobada, será el primer paso para una profunda transformación de nuestro sistema de justicia.

Con todo respeto, invito al Honorable Congreso de la Unión a examinar y, en su caso, enriquecer esta iniciativa para lograr un Poder Judicial más independiente, más fuerte y más capaz de cumplir con sus responsabilidades.

Estoy decidido a encabezar la construcción de un Estado de Derecho, como lo merecen los mexicanos y lo haré presidiendo un gobierno de leyes, en el marco de una democracia fortalecida que renueve la vida de la República, asegure la participación, aliente el respeto y reconozca la pluralidad.

Los mexicanos queremos una vida democrática, a la altura de nuestra historia, a la altura de nuestra diversidad; sin embargo debemos reconocer que los avances democráticos son aún insuficientes.

Ha llegado el momento de sumar nuestras voluntades sin sacrificar nuestras diferencias; ha llegado el momento de unirnos en la construcción de una nueva democracia que comprenda una mejor relación entre los ciudadanos y el gobierno, entre los estados y la Federación; un nuevo código ético entre los contendientes políticos y una reforma electoral definitiva.

Ha llegado el momento en que la democracia abarque todos los ámbitos de la convivencia social.

Ratifico mi respetuosa convocatoria a todos los partidos, a todas las organizaciones políticas y agrupaciones ciudadanas para participar, con espíritu franco y resuelto en la democratización integral de nuestra vida, de nuestra nación; con hechos construiremos un régimen presidencial, mejor equilibrado por los otros Poderes del Estado.

Estaré en diálogo permanente con todas las fuerzas políticas y sujeto siempre al escrutinio de la libre crítica ciudadana.

Ha llegado la hora de liquidar el centralismo y coadyuvar al despliegue de la fuerza de las regiones que dan identidad, energía y pluralidad a México. Porque así lo demandan los mexicanos avanzaremos a un nuevo Federalismo en donde los estados y municipios sean más fuertes, donde las decisiones se den siempre con el concurso y en beneficio de las comunidades.

Ha llegado la hora de un nuevo Federalismo en que los gobiernos locales cuenten con los recursos y el poder de decisión para servir mejor al ciudadano.

La premisa de las relaciones, entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo es el estricto respeto a su autonomía; la composición plural del Congreso de la Unión representa un factor fundamental para su independencia política.

Me propongo trabajar respetuosa y concertadamente con el Congreso. Por eso apoyaré, entre otras medidas, que la Cámara de Diputados fiscalice mejor cómo gasta el gobierno el dinero del pueblo y se cerciore que los funcionarios públicos actúen con responsabilidad, honestidad y eficiencia.

En gran medida, el avance de la democracia depende de la fortaleza de nuestro sistema de partidos, depende de la capacidad que tenemos todos para privilegiar el consenso sobre las diferencias, la cuestión de propósitos sobre las discrepancias, la unidad sobre el enfrentamiento.

Como Presidente de la República procuraré, con todos los partidos por igual, un trato fundado en el diálogo, el respeto y la verdad. Esa será la norma en mi relación con sus dirigencias y con sus representantes populares, cumpliré estrictamente con la ley, gobernando para todos, sin distinción ni favoritismos de ninguna especie.

Repito enfáticamente que, como Presidente de la República, no intervendré, bajo ninguna forma, en los procesos ni en las decisiones que corresponden únicamente al partido que pertenezco.

México exige una reforma que, sustentada en el más amplio consenso político, disipe las sospechas, recriminaciones y suspicacias que empañan los procesos electorales.

Todas las fuerzas políticas, todas las dirigencias partidistas, todas las organizaciones sociales, pueden y deben contribuir a que dejemos atrás, para siempre, las dudas y las controversias sobre la legalidad electoral.

Para llevar a cabo esa reforma definitiva, todos debemos estar dispuestos a tratar todos los temas, incluyendo, desde luego, el financiamiento a los partidos, los topes a los gastos de campaña, el acceso a medios de comunicación, la autonomía, la plena autonomía de los órganos electorales.

La democracia electoral debe dejar de ser preocupación central del debate político y causa de encono y división. Debemos resolver, conforme a las prácticas más avanzadas del mundo, cada uno de los temas que todavía sea motivo de insatisfacción democrática.

Si bien esa reforma electoral habrá de aplicarse por primera vez en las elecciones federales de 1997, debemos esforzarnos para llevarla a cabo tan pronto como lo permitan los consensos necesarios. Nuestro propósito común debe ser que las elecciones de 1997 sean indiscutibles y que todos quedemos satisfechos de su realización, indistintamente de sus resultados.

Sabré asumir mi responsabilidad en la construcción de un sistema electoral más equitativo y estoy seguro de que todos los partidos políticos sabrán asumir que la competencia democrática es el elemento decisivo para representar a la ciudadanía.

México quiere un gobierno que aliente la democracia, responda a las demandas de un cambio inspirado en la justicia, la libertad y la paz. Un cambio hacia el bienestar; un cambio con espacios y oportunidades para todos: un cambio orientado por el consenso y regido por la democracia.

México quiere un gobierno para el cambio con estabilidad. Ese es el gobierno que a partir de hoy, sabré presidir.

Honorable Congreso de la Unión:

Convoco hoy a todos los mexicanos para que nos unamos en el propósito de cumplir cada quien con su parte, para que nadie vea en otro mexicano a un enemigo, para que nadie anteponga el interés personal al interés de la nación. Sumemos siempre el trabajo de cada quien, la determinación de cada uno y las aspiraciones de todos.

Avancemos con la fuerza de nuestra unidad. En lugar de dudas, sembremos confianza; en lugar de vacilaciones, compartamos una esperanza cierta; en lugar de insidias, cultivemos la verdad; en lugar de discordias, compartamos la comunión de propósitos. Por sobre todas las cosas, acrecentemos nuestra fe en nuestro trabajo, nuestra profunda fe en México.

¡Sabré cumplir con el mandato que el pueblo de México me ha otorgado! ¡ganaré su confianza día a día! ¡sabré cumplir cada uno de los compromisos que he contraído con los mexicanos a lo largo y a lo ancho del país!

México no quiere un gobierno distanciado de la sociedad. Por eso, presidiré un gobierno que será de todos, sin prejuicios ni privilegios; un gobierno que informará a la ciudadanía periódicamente y con la verdad sobre cada asunto de importancia para el bienestar de las familias y el interés de la nación.

Llego a la Presidencia de la República sin más compromisos que servir al pueblo. He invitado a colaborar en mi gobierno a mujeres y hombres capaces, decentes, dispuestos a trabajar incansablemente por México. Todos y cada uno de ellos tiene mi confianza y sé que cumplirán con sus responsabilidades.

A todos los Secretarios de Despacho, a todos quienes participen en mi gobierno, les reitero que su deber es trabajar honesta e intensamente con toda su capacidad, dando cuenta exacta de sus actos a la ciudadanía y a los representantes populares. Han sido llamados para servir, para acatar la voluntad y el interés general, no para el lucimiento ni la promoción personal.

El gobierno no es lugar para amasar riqueza; quien aspire a eso, deberá hacerlo fuera de mi gobierno y con apego a la ley.

Sabré gobernar sirviendo y exigiré a mis colaboradores que se consagren a servir.

A todos quienes sirvan en mi gobierno, les recuerdo hoy las palabras del Presidente Juárez: "Los funcionarios públicos no pueden disponer de las rentas sin responsabilidad; no pueden gobernar a impulsos de una voluntad caprichosa, sino con sujeción a las leyes; no pueden improvisar fortunas ni entregarse al ocio y la disipación, sino consagrarse asiduamente al trabajo, disponiéndose a vivir en la honrada medianía que proporciona la retribución que la ley le señala".

Asumo hoy la Presidencia de la República para representar con orgullo a México; para trabajar con entusiasmo por México, para servir con dedicación a todos los mexicanos.

Hay ante nosotros una gran tarea que exige la voluntad de todos los mexicanos; hay ante nosotros un amplio camino de trabajo y de esperanza; un elevado proyecto de país, un propósito firme de que el bienestar de México sea el bienestar de todos los mexicanos; de que el progreso de México sea el progreso de todos los mexicanos; de que la grandeza de México sea la grandeza de todos los mexicanos.

En este momento histórico, que nadie rehuya su responsabilidad; que nadie escatime su esfuerzo; que nadie ceda a la tentación de dejar caer los brazos.

Ese México próspero y justo en que soñamos, está a nuestro alcance. Que se diga de nosotros que nos atrevimos a soñar muy alto y supimos convertir ese sueño en realidad.

Esa es nuestra oportunidad, esa es nuestra obligación y esa será nuestra recompensa. Que cada quien ponga su parte, con limpieza y con valor. Me comprometo a poner lo que a mí me corresponde.

Trabajaré con ánimo inquebrantable y convicción nacionalista. Trabajaré con esfuerzo multiplicado por el de todos los mexicanos.

Trabajaré, como todos los mexicanos, con honradez, con esperanza y con pasión. Trabajaré por ese México que nos legaron nuestros padres; por ese México que hoy suma nuestras voluntades; por ese México que debemos a nuestros hijos.

¡Que viva México!