¿Estás de acuerdo en la eliminación de las cuentas de Donald Trump en redes?

A Donald Trump le han cerrado la cuenta de Twitter. Además, en Facebook e Instagram ha sido eliminado de forma indefinida. También Google y Apple han eliminado referencias a Parler, la red social parecida a Twitter donde se refugian los trumpistas más militantes (y la alt-right). ¿Estás de acuerdo con esta decisión? ¿Por qué?

.

Ramón Ramón

Consultor de comunicación política

Desde hace años vengo diciendo que es vital la Soberanía Tecnológica, que no podemos dejar en manos de trasnacionales los sistemas de información y comunicación, es renunciar a nuestra libertad como Sociedad. O lo que es lo mismo: La soberanía tecnológica es el resultado de la libertad, entendida como no dominación, de los Estados (y sus representantes elegidos democráticamente) frente a los poderes tecnológicos (ostentados por corporaciones tecnológicas privadas). Ahora nos encontramos con un ejemplo claro de ello y el dilema de si la herramienta es buena o no y quien la supervisa. Las Redes Rociales son herramientas, que debieran servir para relacionarnos, conversar, mejorar interacción y cohesión social, sin embargo, en ocasiones son fuente de crispación, odio y polarización. ¿Quién o quienes pueden tener el control de la herramienta? ¿Fue la censura en Redes decisión de la empresa o de denuncia colectiva de la ciudadanía? ¿Cuántas personas usaron el botón de bloqueo o denuncia de las diferentes redes ante las constantes incitaciones al odio de Trump? Si dejamos nuestro derecho a informarnos y comunicarnos en decisiones de una u otra persona, estaremos renunciando a nuestra libertad

Ángela Paloma Martín

Asesora política. Candidata a Doctora en Género y Política

Quizás, el cierre de las cuentas de Donald Trump no nos debe parecer ni correcto ni incorrecto. Las redes sociales son empresas que actúan con unas pautas determinadas que asumimos una vez que se acepta usarlas y acorde al mercado y a su algoritmo, que nos obliga a consumir opinión/información de una manera concreta —y sesgada—. Ahora bien, quiero pensar que el debate en el que debemos implicarnos es qué comunica y qué impacto ha tenido en la sociedad. Peligrosa comunicación blanqueada y manipulada, y peligrosa influencia en la sociedad. Y aquí viene el siguiente debate: la ética en democracia y la verdad y la mentira en política. Eterno y viejo debate que se repite y del que ya nos iluminó Hannah Arendt, aunque hayamos aprendido poco. Desde mi punto de vista, podemos hablar de libertad de expresión. Pero no es el caso. Este no es el caso. Yo preguntaría: ¿debe tener alguna consecuencia ser cómplices de blanquear el fascismo?

Edgar Moscardó

Project Manager en LaBase

La cuestión no debería ser si es acertado o no, la cuestión sería si el momento era ahora o cuando empezó a lanzar mensajes de dudoso calado moral. Las redes sociales hace mucho que dejaron de ser altruistas, si en algún momento lo fueron, para convertirse en mastodontes de generar millones de dólares. Dentro del caos que las gobierna es necesario disponer de varios agitadores con el fin de perpetuar las visitas.

Trump ha sido un influencer más, un miembro más del inmenso reparto de generadores de contenido polémico al que las redes sociales premian porque les genera visitas. Sin polémica no hay visitas, sin visitas no hay público en masa, sin público en masa las empresas no pagan por anunciarse.

El magnate de los negocios siempre se ha caracterizado por hacer ruido, lo hizo con su propio juego de mesa, con su programa de televisión, así que, ¿Cómo no lo iba a hacer siendo POTUS?

Alberto Mendoza

Consultor de comunicación política y periodista

El 6 de enero tuvo lugar un cambio en el esquema narrativo en torno a Donald Trump. Las principales compañías de redes sociales modificaron su rol pasando de adyuvantes a oponentes del presidente, afectando su régimen de visibilidad. En el momento de máxima tensión, cuando no era fácil predecir cómo evolucionarían los acontecimientos, qué grado de intensidad alcanzarían, o si se replicarían en otros lugares, es razonable accionar algún tipo de freno de emergencia en la difusión de mensajes que inciten a la violencia. ¿Qué empresa quiere ser identificada como cómplice de la pérdida de vidas humanas o de alterar el procedimiento por el que se garantiza el relevo pacífico en la Presidencia de la primera potencia mundial? ¿Quién en la posición de los ejecutivos de Facebook o Twitter no querría tener esa palanca de emergencia sobre el producto estrella de su empresa? Sin embargo, pasada la conmoción, otras dudas de más difícil respuesta persisten: ¿depende demasiado nuestra esfera pública de un oligopolio de plataformas? Si el medio es el mensaje, ¿las condiciones para un debate público crítico están subordinadas a las políticas y reglas de uso que marquen (y apliquen o no) estas compañías?

Alba Hahn

Consultora de comunicación política en Ideograma

Sí, estoy de acuerdo. Como bien señalaba el filósofo Karl Popper, no podemos permitirnos caer en la paradoja de la tolerancia. De otra manera, nuestra sociedad terminará siendo devorada por los intolerantes. Ante el auge de la extrema derecha, todos tenemos la responsabilidad individual de actuar para impedir el ataque a los valores y derechos democráticos y eso es precisamente lo que han hecho las big tech.

No confundamos tampoco este suceso con una censura sobre la libertad de expresión: las redes sociales no son precisamente un ágora democrática y pública. El acceso a las mismas no está garantizado, y hay importantes sesgos de edad y de género (entre otros) según la plataforma y el tema de debate. Trump sigue teniendo garantizada la publicación y promoción de sus ideas en los medios de comunicación (otra cosa es que él mismo haya censurado y alienado a muchos de estos) y las cuentas de sus seguidores no han sido clausuradas. Así, la Alt-Right sigue presente en internet, en las calles y, hasta el 20 de enero, en el Despacho Oval. De todos depende hacerle frente, y el cierre de las cuentas de Donald Trump no deja de ser un simbólico primer paso.

Pau March

Socio en Martínez — March

En internet hoy en día, la mayor disputa entre políticos y medios de comunicación se da por un concepto simple. El de la verdad. Ahora bien, hay como mínimo una verdad para cada pregunta y la cantidad de preguntas posibles es infinita. ¿Quién ha de ser juez en este conflicto? ¿Los periodistas de un corte ideológico concreto reconvertidos a verificadores de noticias? ¿Las Big Tech? ¿O nadie absolutamente? No encontraremos una respuesta clara y que guste a todos.

En el caso de Trump, como en el de la mayor parte de líderes mundiales, han aceptado que la comunicación con los ciudadanos se da a través de plataformas gobernadas por un pequeño grupo de empresas. Supeditan su influencia e impacto a las decisiones de personas como Mark Zuckerberg, Jack Dorsey o Jeff Bezos. La victoria o derrota de un político, o su censura llegado el caso ha de emanar siempre de la sede parlamentaria con los mecanismos existentes para tal fin. Y no por la decisión de una empresa. De ser así, ¿Por qué no eliminamos toda regulación y mecanismos de control por parte de los estados a las empresas?

Admitir que la decisión de una empresa puede censurar a un Presidente de los Estados Unidos abre la puerta a que cualquier persona pueda ser silenciada. Y eso no es bueno para la democracia.

Óscar Sánchez Feijóo

Social Media Manager de cuentas de institucional y política

Mi opinión personal sobre el cierre de las cuentas de Donald Trump, sobre todo en twitter que nació para dar voz a los que no tenían voz e igualar al presidente de los EEUU con el más humilde tuitero/a, es que no debería de cerrarlas, ya que al final si no es por esa red será por cualquier otra, mensajería o incluso una creada solo para ellos, con lo cual es un gesto para la galería y está creando un precedente para el futuro de censura donde el censor de turno decidirá que cuentas si y que cuentas no pueden estar activas. Si es delito lo que publica, que la justicia actúe y si un juez considera que debe borrarse un contenido o cerrar una cuenta, que lo haga, pero no el CEO de una empresa sea quien decida lo que se puede publicar o lo que no, y menos aún cerrar cuentas.

Eduardo G. Vega

Periodista. Profesor en la Universidad Camilo José Cela y consultor en el Centro Internacional de Gobierno y Marketing Político (CIGMAP)

Se abre un debate que, una vez más, corre el riesgo de quedarse en la superficie sin tratar su fondo. El dilema no debería ser si Trump debe tener esos perfiles abiertos o no, el verdadero dilema es si estas compañías actúan garantizando unos principios de libertad y de igualdad para todos sus usuarios.
Me gusta la libertad, creo que no debe silenciarse el criterio de nadie siempre y cuando se mantengan los límites del respeto y la educación, cumpliendo las normas previamente establecidas. Pero en caso de silenciar, hay que tener las garantías de que se hará con todos por igual, algo que no ocurre. Y es que la arbitrariedad es muy peligrosa, y más cuando se utiliza en nombre de la democracia.
Por ello, el debate no debería girar en torno a Trump en función de si me gustan sus ideas o no, y si soy de izquierdas o de derechas y el mundo de buenos y malos que ahora vivimos. Me gustaría que el debate tratara, de verdad, sobre la libertad, la igualdad y las reglas del juego en las redes sociales. Incluyendo el papel que deben jugar aquí las administraciones públicas.

Daiana Bárbaro

Licenciada en Comunicación Social. Socia fundadora de Bienteveo Comunicación.

Lo sucedido con las redes sociales del ex presidente de los Estados Unidos, me deja con más dudas que certezas. Vuelven a surgir los debates sobre los límites, tanto de usuarios como de los creadores de estas plataformas digitales: ¿en base a qué criterios se moderan los contenidos? ¿cómo se tienen en cuenta las leyes de cada país para aplicar las normas internas de estas plataformas? Las redes: ¿son de carácter público o se constituyen en un espacio privado donde ellas mismas son las que exhiben la libertad de expresión? ¿qué pasa con otras demandas sociales? ¿se toman las mismas medidas en caso de apología a la violación, la difusión de contenidos que exponen la intimidad de las personas, por ejemplo? ¿aplica para todas y todos los mismos criterios de transparencia y no discriminación? ¿qué aceptamos cuando damos click en el botón de términos y condiciones? ¿somos responsables como usuarios a la hora de publicar contenidos? Si bien estas plataformas como Twitter o Facebook establecen sus propias normas y regulaciones para moderar los contenidos que se comparten y evitar apologías al odio o la violencia, cerrar definitivamente las cuentas de Donald Trump me parece una negación del derecho a la libertad de expresión. De todos modos, expresarse libremente no nos exceptúa de la responsabilidad de nuestras acciones. En este caso, considero que las incitaciones y los exabruptos del ex presidente de los Estados, que pusieron en duda la estabilidad del sistema democrático del país, deberían tener sus consecuencias en el ámbito de la justicia de su país, teniendo en cuenta que se trata de una figura influyente en la opinión pública. .

Alexandra Morales

Directora de Meraki Consultora Política en Argentina. Polítóloga

Es difícil estar de acuerdo en la decisión arbitraria de Twitter de cerrar definitivamente la cuenta oficial de Twitter de Donald Trump. Dar lugar a que empresas de plataformas tecnologías sean las que decidan qué se puede decir y que no atenta seriamente contra la libertad de expresión, ahora en Estados Unidos pero más adelante será en todos los países. Además considero, igual que muchos colegas, que este tipo de restricciones y límites deben venir desde las mismas instituciones del estado acompañando la creación de leyes que sean claras y justas de forma igualitaria.

Itziar García

Directora de comunicación y RSE del Grupo Mugaburu

Es una cuestión realmente controvertida; limitar mi opinión a un “estoy de acuerdo” o “no estoy de acuerdo” sería demasiado reduccionista, por lo que daré mi opinión general sobre el tema sin posicionarme claramente.

– En principio, el hecho de silenciar la voz de un representante político elegido democráticamente por el pueblo me parece un atropello contra la libertad de expresión; algo que no concibo para ninguna democracia y sociedad que se considere madura. En este sentido, creo que cualquier ciudadano con capacidad para acceder a estas redes ha de estar educado en los valores democráticos, y, por ende, ser capaz de discernir mensajes que atenten contra estos valores e ignorarlos o condenarlos. En principio, por lo tanto, creo que cualquier sociedad madura debe tener acceso a todas las opiniones siempre y cuándo esté formada y educada para saber discernir lo bueno de lo malo.

– Ahora bien, ¿estamos educados en estos valores que promulgan la cultura ética y democrática? ¿Son capaces todos los seguidores o lectores de las redes sociales de discernir la verdad de las fake news? ¿Somos capaces de reflexionar? O, por el contrario, ¿nos estamos convirtiendo en fanáticos aislados en comunidades digitales alimentando nuestra fe/religión política leyendo única y exclusivamente lo que concuerda con nuestros apriorismos?

– Eliminar opiniones/silenciarlas no es el método, a mi juicio para construir una sociedad democráticamente madura. Es una forma de tratar como niños a adultos sin capacidad de juicio. Pero, sin embargo, no sé hasta qué punto estamos preparados o formados para ello; no sé hasta qué punto somos capaces de leer a los “nuestros” y decir que no estamos de acuerdo con su opinión por mucho que seamos fieles a este partido. El seguidismo sin reflexión, en este caso, puede dar lugar a las revueltas ocurridas estos días, alterando el orden público y poniendo en jaque a una de las mayores potencias del mundo.

– En definitiva, creo que silenciar/eliminar voces que inciten al odio o a la insurrección no es la solución al problema; creo que debería haber un paso previo a esta medida, y no es otra que la de formar y educar en valores democráticos a la ciudadanía desde la niñez, para que cuando lean mensajes racistas, homófobos o incitadores a la violencia, sean capaces de silenciar esa cuenta ellos mismos.

– Además, como bien sabemos, cualquier prohibición no hace más que aumentar el deseo de obtener lo prohibido; hoy en día hay múltiples vías para llegar a la misma información; no importa que Google no informe sobre ciertos medios…El Dark Social está ahí. Y seguirá estándolo. De ahí la importancia de educar desde la base, la infancia, en estos valores. Para que el Dark social se llene de mensajes que pivoten sobre los valores democráticos.

Julio Otero Santamaría

Julio Otero Santamaría es licenciado en Periodismo, Master en Comunicación Política y Marketing Digital y miembro de la Academia de las Artes y las Ciencias Políticas de Washington.

Estoy en contra de la decisión de Twitter porque esta plataforma se erige en árbitro del debate político, pero tomando parte por un bando. Como otros monopolios que han operado a lo largo de la historia, Twitter pretende estar por encima de las autoridades y dictar qué se puede decir y qué no.

Ana Alonso

Periodista en El Independiente

Donald Trump ha ejercido como tuitero-en-jefe durante cuatro años.
No ha encontrado límites salvo en los últimos meses en los que Twitter ha etiquetado algunos de sus mensajes por difundir falacias. Es ahora, tras el asalto al Capitolio, alentado por el propio presidente, cuando decide eliminar su cuenta. A pocos días de su relevo en la Presidencia.
Si el presidente comete un delito, debería responder por ello. Corresponde a los tribunales. Si no es así, dudo que beneficie a la democracia silenciarlo. Sus seguidores sabrán dónde encontrarlo.

El trumpismo ha calado tanto en nuestro comportamiento político que ya no hay manera de diferenciar hechos de las opiniones, los datos verificables de los bulos. Porque todo vale. Por eso se propagan con tanta facilidad las teorías conspirativas. ¿Va a echar Twitter a todos los que difunden datos falsos?

Last but not least. Quid prodest? ¿A quién beneficia esta decisión ahora? Lo estamos viendo en España: cerrar a Trump le convierte en una bandera, en una víctima. Los que polarizan son los que ahora enarbolan la bandera de la libertad de expresión. Están ocupando el espacio de los demócratas porque una vez más hemos caído en la trampa.

Alexandra Vallugera

Consultora de comunicación

Me cuesta tener una decisión única e invariable. Limitar la libertad de expresión no suele ser una solución para evitar el populismo, el fascismo o cualquier forma de discurso que propugne el odio o la eliminación del otro. Por otro lado, desde mi punto de vista es absolutamente inaceptable que un cargo político como un presidente de gobierno use esta libertad de expresión para mentir sistemáticamente para revertir un resultado electoral. Que un presidente de gobierno mienta no es una novedad (no hay que ir muy lejos para encontrar ejemplos) pero la mentira sistemática y persistente, constante, y sin un contrapeso de las mismas proporciones como podrían ser unos medios de comunicación de prestigio e independientes son un peligro gravísimo para un sistema democrático. Creo que mi posición con relación a este tema se acerca muchísimo a Stuart Mill: el único límite que encuentra Stuart Mill a la libertad es el daño a otro. El único límite que los gobiernos y la sociedad pueden imponer a un individuo es, precisamente, que esta libertad se dirija a dañar a otros miembros de la sociedad. Así, el individuo puede pedir a gritos la muerte de los miembros del gobierno, sin que este deba intervenir, hasta el momento que este u otro individuo haga acciones directas para llevar a término esta idea, esto es, la muerte de los miembros del gobierno. En este caso concreto, y teniendo en cuenta además que las cuentas se la han cerrado en empresas privadas (Twitter, Google, Apple, Facebook, Parler… son todas empresas privadas), sí, se le deben cerrar las cuentas: efectivamente estaba llamando a hacer acciones directas para dañar a otros individuos, a través de la acción de revertir los resultados electorales por la vía de la imposición dañando los derechos de los votantes demócratas.

Javier Pianta

Docente de comunicación política y oratoria jurídica. Consultor independiente

No estoy de acuerdo con lo ocurrido y podríamos enmarcar estos sucesos con algo que no es novedoso. Con las nuevas tecnologías los intermediarios o proveedores de las plataformas se han convertido en los guardianes de la palabra. Y del problema que representa para las democracias y el debate público porque han creado una realidad normativa paralela, con parámetros propios para definir qué discurso está protegido por la libertad de expresión y cuál no; parámetros imprecisos que tienden a ser más restrictivos para la circulación de ideas y opiniones que los estándares que provienen del campo de derechos humanos y de las legislaciones nacionales e internacionales.
Estamos observando un efecto que debe ser discutido que es la de tercerización de la censura previa porque no es el Estado o una norma el que impone esta censura. Son empresas, privadas, globales y poderosas.

En ese sentido, el rol de los Estados es indispensable para generar reglas transparentes, que permitan combatir los discursos de odio, pero sin vulnerar el derecho a la libertad de expresión como piedra angular de las sociedades democráticas

Beatriz Becerra Basterrechea

Directora General de Acción Exterior y Transparencia y Buen Gobierno del Ayuntamiento de Málaga

No estoy de acuerdo con la decisión porque me parece chusca, cobarde e infructuosa, además de incoherente y generadora de un nuevo frente de debate banal sobre la libertad de expresión, que en realidad oculta el fondo de la cuestión. Porque, a mi juicio, las verdaderas preguntas son: 1. ¿“por qué ahora” y no, por las mismas razones, a lo largo de los cuatro últimos años? 2. ¿“por qué a él” y no a otros similares a él en términos de responsabilidad política? Y 3. ¿”qué son estas empresas de comunicación y por qué leyes se rigen”? El gran problema sin resolver es considerarlas empresas de distribución (“plataformas”) cuando, a todos los efectos, son medios de comunicación de tercera generación, exponencialmente beneficiados de su impacto y alcance, pero exentos de la responsabilidad legal (constitucional, en realidad) que determina el proceder de estos.

Gisela Rubach

Estratega política y pionera del marketing político en Latinoamérica

¿Quién vigilará a los vigilantes? Tras la decisión de Twitter y Facebook de suspender definitivamente las cuentas de Donald Trump , vuelve a resonar la antigua pregunta que se hiciera Juvenal en el siglo I. Más que un parteaguas ético, se asemeja a una representación contemporánea de Saturno devorando a su hijo. Nadie explicará el ascenso y la caída de Trump sin las redes sociales.

Jordi Sarrión i Carbonell

Periodista y politólogo. Director de la Revista Mirall País Valencià. Colaborador en medios de comunicación como Contexto y Acción o El Temps

El debate que se ha generado en torno al cierre de la cuenta de Donald Trump en Twitter debería llevarnos al debate  de fondo de la comunicación, con tan poco recorrido mediático en España. Si los medios de comunicación y sus grandes empresas ejercen como guardianes de la información…¿Quién vigila al que vigila? En este contexto entra en juego un debate que tiene que ver con la ausencia de regulaciones en la comunicación y en las redes sociales. Concuerdo con Graciana Peñafort, responsable de la redacción de la Ley de Medios de Argentina, en que la
clave está en hacer a entidades como Twitter jurídicamente responsables de los delitos que se cometen a través de las redes sociales. Para ello, es necesario que estas redes sociales conozcan a quienes quieren ocultarse tras el anonimato, para que puedan exigirles responsabilidades.
Por ende, más allá de intervenir de manera directa en las empresas que gestionan las redes sociales, quizás la exigencia de responsabilidades penales y la adecuación de los marcos jurídicos al nuevo paradigma comunicacional abriese la posibilidad de actuar sobre el problema sin cuestionar la libertad de expresión, y mucho menos dejar en manos de Twitter la posibilidad de una censura previa.

Sofía Fernández Valdés

Consultora en comunicación y analista política.

Las redes sociales son una herramienta de denuncia, información y entretenimiento. No estoy de acuerdo con el cierre de las cuentas en redes sociales a Donald Trump, es un presidente elegido en democracia y qué a pesar de no haber logrado la reelección obtuvo un gran número de votos en la última elección de los Estados Unidos. Bloquear las cuentas del Presidente Donald Trump en todas sus redes sociales significa un quebrantamiento de la libertad de expresión no solo hacia él, sino hacia sus seguidores. Es un gesto de alto impacto por parte de las empresas que manejan estas plataformas. Marca un antes y un después en los debates políticos que hay en estos espacios. Cerrar las cuentas no solo pone en duda la libertad de expresión que hay las redes sino que también incentiva la profundización de la grieta que hay en los Estados Unidos. ¿Hay que opinar lo que twitter dice sino te bloquean?

María Renée Estrada

Diseñadora y consultora de comunicación

Es un tema sumamente complejo, y no creo que la respuesta sea tan tajante. No estoy de acuerdo con estas decisiones porque no estoy de acuerdo en que alguien (individuo, empresa, etc.) tenga el poder de vetar y excluir de un espacio a una persona por sus ideas u opiniones. Sin embargo, entiendo y respeto el derecho que tienen de hacerlo. Son empresas privadas con códigos de conducta que se deben respetar. Si uno quiere ser parte de ellas, se debe adherir a sus reglas. Pero, por otro lado, nos invita a una profunda reflexión sobre los límites de lo privado y lo público en el ámbito de las redes sociales. También, ¿qué tanto control tienen estas empresas de tecnología sobre nosotros? ¿Sobre nuestras acciones e ideas? ¿Sobre nuestro desplazamiento en las redes? Mucha tela que cortar.

Esteban Concia

Autor del libro “5 claves para ganar elecciones en la sociedad táctil”

Las redes sociales se han transformado en actores geopolíticos y quizá fueron ellas mismas las que se han dado cuenta tarde. Tarde porque hemos marcado hasta sistemáticamente que debían resolver la presencia de fake news y de contenido conspirativo de núcleos de la derecha más dura y retrógrada. La medida extrema sobre Trump es una gota en un desierto, mucho tiempo dejando hacer y mirando para el costado; de fondo me parece que una vez más el debate está en torno a la necesidad de las sociedades y de los gobiernos de construir acuerdos digitales que obliguen a las empresas estar atentas a todo contenido violento y antidemocratico.

Gustavo Córdoba

Director de @zubancordoba y de @maratoncompol

No estoy de acuerdo con la medida, por lo que implica desde el punto de vista de la convivencia democrática y la defensa de la libertad de opinión. Es un error aceptar que los árbitros de esas cuestiones sean las plataformas tecnológicas, con reglas de juego corporativas, inestables y ciertamente con mucha opacidad.

Pero ello se debe a la ausencia de regulaciones estatales y la influencia y evolución de esas plataformas no ha sido acompañada por una evolución similar de los estados nacionales para regularlas dentro de sus fronteras. Nos quedan interrogantes y preguntas, que ojalá podamos ir resolviendo: ¿Cómo garantizar calidad de vida sin regular a las empresas tecnológicas? ¿la calidad del ambiente y clima de opinión digital va a ser puramente de las plataformas digitales, sin presencia de los estados? ¿espíritu de ganancia o prevalencia del bien común?

Asun Gálvez

PROFESORA DE MARKETING SOCIAL Y POLÍTICO

Donald Trump ha puesto a prueba el sistema democrático estadounidense. Su impacto desde Twitter es una prueba irrefutable de ello. Ya que él no ha sabido gestionar su voz como presidente de EE.UU. ni asumir este papel con la responsabilidad que le otorga el puesto, las tecnológicas han actuado, seguro que con incertidumbre a la hora de tomar su decisión. Una vez que difunde odio y violencia y arenga a sus masas a la rebelión, lo cual va contra la Constitución, estas medidas que se han tomado solo sirven de contención a corto plazo. De ahora en adelante estemos atentos a su utilidad.

La incitación a este ataque es el resultado de estar haciéndolo durante mucho más tiempo y de servirse de herramientas y plataformas que trabajan por y para la libertad de expresión, amplificando el impacto de la democracia, para ir precisamente contra ella.

Claudio Gareca

Docente en Ciencia Política y Consultor en Comunicación Política. Posgrado en Comunicación Política e Institucional UCA

La función de las redes es la interacción, y dentro de esa función encontramos el debate público que moldea una parte del mundo en el que convivimos. A principios de siglo se expresaba, acerca de ellas, que representaban la democratización de la palabra permitiendo a todos y todas entablar un dialogo horizontal. Sin embargo, aparecieron en escena trolls, fake news, haters y noticias falsas que vinieron a socavar ese debate, imponiendo una radicalización de ideas antidemocráticas, y que frente a ello las empresas privadas digitales tuvieron un exiguo accionar, movidas quizás por intereses económicos y políticos. Sabemos claramente que la libertad de expresión, principalmente cuando tiene la clara intención de dañar, deja de ser un derecho absoluto, pero avanzar unos pasos más, y censurar voces, no lo comparto, por más que creamos que se trata de una acción criteriosa, implica peligrosamente sentar precedentes dejando a criterio de aquellas empresas tal decisión, cuando ello debe arbitrarse desde los pertinentes órganos institucionales democráticos.

José Manuel Urquijo

Consultor y Estratega en Comunicación Política

Qué tiempos para la reflexión de la comunicación política y la libertad de expresión. Sin duda alguna estamos en una coyuntura nunca antes vista con la decisión que tomaron las plataformas de redes sociales en Estados Unidos, ante el asalto al Capitolio motivado por Trump desde la Casa Blanca: estamos viendo y dimensionando realmente el poder de las tecnologías de comunicación, que incluso prácticamente han sido una especia de jueces con el propio Estado. En este contexto, considero que podemos analizar la decisión de las plataformas digitales desde la Paradoja de la Tolerancia de Karl Popper, donde si los tolerantes toleran la intolerancia, la tolerancia podría verse amenazada por los propios intolerantes. Lo mismo podría ocurrir con la libertad de expresión: en el caso de Trump, restringir su discurso de odio no es censura ni representa un riesgo para la libertad de expresión, por el contrario, significa protegerla del autoritarismo. No debemos caer en el falso dilema sobre cómo Trump ha querido enmarcar la conversación pública sobre este tema: la libertad de expresión no incentiva la violencia ni llama a la insurrección para socavar la democracia; la libertad de expresión construye puentes a través del diálogo y la diplomacia y promueve valores como la tolerancia, la responsabilidad y la igualdad. ¿Trump buscaba promover la tolerancia, el respeto, la responsabilidad y la igualdad? La respuesta con base en los hechos es: ¡NO! No olvidemos que Twitter, Facebook e Instagram no cerraron la cuentas de Trump por diversión, las cerraron, en este caso, por llamar a la violencia. Los discursos de odio tan explícitos como los que emitía Trump no están protegidos como “libertad de expresión” en la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Verónica Fumanal

Consultora de comunicación política. Presidenta de la Asociación de Comunicación Política (ACOP)

Soy siempre partidaria de defender la libertad de expresión como principio irrenunciable de cualquier democracias, y eso implica dar voz y libertad a aquellos que no comparten mis ideas. Sin embargo, en el caso concreto de Donald Trump se ha demostrado que no tiene límites, ni éticos, ni morales, ni democráticos… y para ello, están los límites en la legislación, por eso existen los delitos de apología del odio, del fascismo… también debería ser delito la apología contra la democracia, que es justo, lo que ha hecho Donald Trump, con su intento de golpe de Estado. Por esto, solo en casos muy justificados, como este, soy partidaria de vetar sus redes sociales, porque su incendiario discurso costó 4 muertes en una jornada, y quien sabe qué más.

Dani Valdivia

Politólogo, sociólogo y analista

Para empezar, es difícil oponerse a una decisión necesaria. Las redes sociales eran un arma de guerra en manos de Trump, permitiéndole construir una narrativa capaz de poner en peligro los cimientos de la democracia estadounidense. Las imágenes del Capitolio nos sobrecogieron, siendo la punta de un iceberg de odio, nacionalismo y racismo organizado a través de las mismas redes sociales que han suspendido a Trump; sin embargo, veo muy peligroso que la potestad de limitar la libertad de expresión del todavía presidente de los Estados Unidos quede en manos de empresas privadas con sus propios intereses, que podrán coincidir o no con los de la población. Por tanto, la suspensión de Trump nos invita a reflexionar sobre dos cuestiones conectadas entre sí: En primer lugar, la necesidad de agencias públicas capaces de intervenir en casos ‘controvertidos’ como el que abordamos; de la mano de esta surge una segunda, la capacidad de influir en el debate público de las redes sociales. ¿Qué ocurrirá en un debate sobre la necesidad de fiscalizar sus actividades?, ¿podrían suspender al activista o política que legisle contra su ejercicio?

Ane Uriarte

CONSULTORA DE COMUNICACIÓN POLÍTICA Y CORPORATIVA. JURISTA

La censura no elimina el pensamiento ni su existencia. Es más, la eliminación de las redes sociales de Trump refuerza la creencia de esa parte de la población de que el mundo está en su contra porque tiene la razón. Es la mecha que necesita el populismo para extender el odio y aumentar la polarización.
Por otro lado, Trump representa el problema opuesto al del anonimato: ser públicamente conocido y, sin embargo, que sus palabras y actos no tengan consecuencias.
Por último, no podemos olvidar la acción comercial disfrazada de acción social que empresas como Google o Facebook han decidido llevar a cabo para castigar a los que han ido en contra del pueblo. Y dejar que las redes sociales decidan a quién censurar es convertirlos en un dictador de la verdad.
Imponer nuestra visión eliminando la de los que no piensan como nosotros, ¿no es convertirnos en aquellos de los que siempre nos hemos querido diferenciar?

Sandro Cappello

Coordinador de la Especialidad en Marketing Político en la Universidad Autónoma de Tamaulipas

La censura es una obscura facultad exclusiva del gobierno. En el mundo libre las empresas privadas de comunicación pueden elegir sus publicaciones dependiendo de su ideología, ética e intereses económicos (obtener utilidades es el fin de las empresas, no hay vergüenza en ello). Hablar de censura con el a tema de Trump es hablar desde la ignorancia y contribuye a la degradación de las libertades individuales. A parte es cínico ya que él (Trump) ha sido el principal crítico de todos los medios de comunicación: el peligro para la libertad de expresión se ha personificado en él. Lamentablemente tenemos otros gobernantes muy parecidos

Juan Vizuete Calafell

Consultor en Comunicación y Oratoria

Para comenzar, recordemos que Facebook, Twitter y el resto de redes sociales son empresas privadas. Como empresas privadas tienen derecho a poner y quitar el contenido que deseen, igual que nosotros tenemos el derecho de seguir usándolas o no. En cuanto al caso Trump, la censura siempre es negativa… ¿siempre? Sí. Solo existe a mi juicio una excepción: cuando se incite al odio o a la violencia. Si Trump twitease pidiendo que se asalte el capitolio o que se persiga a una raza concreta, creo que todos coincidiremos en que este contenido debe ser censurado y eliminado. Pero censurar a una persona por completo es eliminar su opción a expresarse, a manifestar sus ideas y pensamientos. Por decirlo de otro modo, la censura a Trump (un presidente electo de Estados Unidos) significa considerarle una persona “non grata” en esta sociedad. Quizá con el caso Trump podamos estar todos más o menos de acuerdo, la gran pregunta que debemos hacernos es ¿qué pasaría si mañana te censurasen a ti?

Carlos Samitier

Consultor de Asuntos Públicos y subdirector de La Revista de ACOP

Leía estos días una comparación que me parece que resume bien: si yo soy el dueño de un bar, tengo la autoridad para evitar que se insulte o se incite a la violencia en mi local y me parece lógico que las compañías quieran evitar este tipo de comportamientos en sus plataformas. No se trata del falso debate de libertad de expresión vs. censura: no han suspendido a Trump por su ideología (y de hecho, se mantienen activas cuentas de líderes no democráticos), sino por incitar al odio. Ahora bien, tampoco me siento cómodo con una decisión arbitraria de una compañía y sí con unas reglas comunes que eliminen el odio y la violencia de los contenidos de usuarios.

David Álvarez

Analista y consultor en social media, especializado en política y medios

Si analizamos en perspectiva estas decisiones concretas, vemos que son consecuencia, otra vez, de una falta de planificación y estrategia a largo plazo para luchar contra el uso de plataformas tecnológicas en la organización y difusión de mensajes que incitan al odio y de bulos. Por lo que, aunque hay que reconocer que son decisiones muy impactantes por sus connotaciones mediáticas, no dejan de ser parches que mucho me temo que no sean efectivos si hablamos de un largo recorrido. Sin una verdadera regulación conjunta por parte de los Estados, en estrecha colaboración con las plataformas tecnológicas, será muy díficil, por no decir imposible, que se erradique esta actual avalancha de mensajes de odio y consignas lanzadas por grupos totalmente organizados. El problema no es sólo Trump, sino la enorme red creada durante años de organizaciones dedicadas a difundir de modo muy efectivo bulos y mensajes que incitan al odio.

Andrés Elías

Estratega

Al igual que cuándo reprimimos una manifestación, la espiral de violencia engendra más violencia, la censura de las cuentas de Trump serán la mecha que de lugar a una base de trumpistas mucho más organizada, fiel y radicalizada. La censura no resuelve nada y por el contrario polariza más. Un seguidor de la Alt-Right puede sentir que hay una dictadura del pensamiento único, un conservador radicalizado podrá comparar su país con China y un seguidor de QAnom puede dar pie a sostener más sospechas del sistema.

Teresa Ciges

Periodista, especializada en marketing político y estrategia digital. Tiene un canal de Youtube sobre comunicación política

El debate sobre los límites de la libertad de expresión siempre está sobre la mesa. Hace 5 años lo hizo a raíz del atentado contra la revista satírica Charlie Hebdo, en los últimos meses lo está por los mensajes de odio de la extrema derecha y recientemente por el cierre de las redes sociales de Donald Trump.

Las redes pueden tener filtros, como los que hemos visto a lo largo de la campaña estadounidense, en que Twitter alertaba cuando un contenido podía ser “engañoso”. Aquí no censuraban, sino que daban herramientas a la comunidad de seguidores para poder procesar la información de la forma más veraz posible. Ahora bien, una cosa son estos filtros fastcheck, y otra cerrarle la cuenta al Presidente de EEUU en funciones, hecho desproporcionado y que puede crear precedentes peligrosos, en que las grandes empresas decidan quién puede usar las redes en función de su ideología.

Administraciones públicas y empresas deberían buscar de forma conjunta herramientas para evitar la divulgación de mensajes de odio y contra los derechos humanos. Mientras tanto, de poco servirá cerrarle las cuentas a uno de los hombres más mediáticos del planeta, ya que migrará a otra plataforma y el problema de fondo seguirá ahí.

Diego Morollón

Profesor de filosofía y doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM, México

Si asumimos la premisa de que Donald Trump incitó de algún modo una quiebra del Estado democrático llamando a la ruptura de un orden institucional, podemos entender que se diera, en un instrumento de extensión de la propia opinión como son las redes sociales, algún tipo de censura a la publicitación de estas ideas que, desde la cuenta del aún presidente, tienen un alcance masivo.
La democracia como tal es diálogo, y el intento de usar el propio poder de un gobierno para obstruir el proceso democrático de cambio de presidente en base a una elección por votación ciudadana significa la eliminación de tal diálogo. Es ahí donde los instrumentos de tan largo alcance que nos proporciona internet se han posicionado para contrarrestar el peso político y de poder de un presidente de los Estados Unidos. Lo han hecho oponiéndose, enfrentándose cara a cara, y por tanto dando lugar a dos posiciones distintas que están obligadas a entenderse dentro de las propias tensiones que en toda democracia existen.
A partir de ello bien pueden buscarse vías para la profundización de un diálogo pacífico en esas tensiones necesarias en una democracia, dirigiéndose hacia un esfuerzo diplomático y de altura política para dar resolución a este nuevo reto en el que poderes con otras formas deben de llegar a un entendimiento que tenga como fin la prevalencia del imperio de la ley y el Estado de derecho.

Àlex Comes

Director de LaBase. Subdirector de Beers&politics y profesor de comunicación política

Creo que ha llegado el momento de que las empresas relacionadas con la comunicación e información, den un paso adelante para combatir a las fake news, tal y como están haciendo las redes sociales. Trump ha sido el primero, por razones obvias y que todos conocemos, y espero que esta práctica se extienda a todos los países y regiones del globo. No podemos permitir que los principales líderes mundiales sean generadores de fake news y contribuyan de una manera tan importante a la putrefacción de la calidad democrática e informativa de la sociedad mundial. La libertad de expresión no puede ser un búnker en el que se refugien aquellas personas cuya única misión es emitir informaciones falsas, que convienen diferenciar de los juicios de valor. Ahora bien, el gran reto de estas plataformas es el de ser lo suficientemente consecuente con esta medida y no hacer diferenciación de la ideología política del gobernante en cuestión. Creo que la lucha contra las fake news es una batalla en la que todas aquellas personas que queremos una mayor calidad democrática y social nos hemos de sumar.

Miquel Pellicer

Director de Innovación Digital en Interprofit y autor de ‘La comunicación en la era Trump’

En 2018, tras otra astracanada del conspiranoico Alex Jones, las plataformas digitales empezaron a prohibir y cerrar Infowars, el proyecto de Jones que había servido como plataforma del trumpismo. Infowars, junto a Breitbart News o Fox News había sido uno de los principales medios de la derecha alternativa americana, la llamada Alt-Right. Dos años después Alex Jones sigue distribuyendo sus contenidos a través de diferentes canales. Durante la pandemia ha distribuido no solo contenidos sino también ha vendido productos contra el “apocalipsis vírico”.

Los recientes movimientos en las redes sociales contra Donald Trump llegan tarde. El discurso del odio ha sido alentado por canales como Youtube, Twitter o Facebook sin freno. El movimiento Qanon ha crecido por estos canales. Y ahora nos rasgamos las vestiduras. Parece que Estados Unidos acaba de descubrir el ciberactivismo y se plantean serias dudas, al mismo tiempo, sobre la censura, la privacidad y la libertad de expresión.

¿Realmente tendrán incidencia estas medidas contra el discurso de Trump? La maquinaria propagandística del presidente saliente no tiene freno.

Estas medidas son una cortina de humo para disipar las sospechas que Jack Dorsey o Mark Zuckerberg tienen cuota de responsabilidad en el ‘Trump Bump’ y en el uso de las redes sociales en la extensión del discurso del odio.

Josep Llàtzer Pérez

Politólogo

¿Por qué nos escandaliza tanto que se bloquee la cuenta de Trump en twitter y no nos escandalizamos cuando nos “obligan” a consumir contenidos sesgados? Al final, elegimos escuchar aquello que más nos reconforta. Estoy seguro que la decisión del señor twitter está basada en una lógica de mercado, sin más. En un mundo mercantilizado, aquellos que nos alimentan nos darán aquello que más nos gusta. Por esta misma razón, el debate de la libertad de expresión, siempre en la palestra, tiene múltiples puntos de vista, y cada cuál lo usará a su gusto. Hay que buscar mecanismos Internacionales eficientes para evitar que aparezcan personajes como Trump, pero no creo que esta responsabilidad deba recaer en empresas privadas, por muy grandes que sean.

Pablo Matamoros

Consultor de comunicación política

Es un problema extremadamente complejo, por un lado esta la decisión soberana de una empresa privada de establecer sus condiciones de uso, y por otro lado tenemos el impacto que causan sobre el colectivo y la opinión publica las publicaciones en distintas redes sociales. Dichas publicaciones pueden tener consecuencias negativas, como el PizzaGate o el asalto al Capitolio, y otras positivas que vemos a diario en las redes sociales.

El problema a mi juicio, radica aquí: quien regula las consecuencias de los actos de las personas en las redes y quienes son él o los encargados de mantener un sistema normativo, que dicte responsabilidades y distribuya penas o sanciones. Entonces, ¿Es de responsabilidad de las mismas redes, de los Estados, de organismos internaciones o la misma comunidad, el generar y administrar las normas que regulen dichas redes?. Fustel de Coulanges, en su libro La Ciudad Antigua, describe en detalle la manera en que se generaba el entramado social en una nueva polis, pero a diferencia del panorama de hace 2500 años, dicho entramado, mantenía un territorio en específico, una identidad cultural, fundamentados primero en una lengua común y luego sus ritos. Hoy carecemos de aquello, un tuiteo de Trump, efectivamente afecta a todo el planeta. Hoy existen redes de intercambio de bienes y servicios en dichas redes, incluso intentos de generar monedas. Pero carecemos de un esquema que genere sanciones acordadas y legitimas para el colectivo.

Asi, tenemos varios problemas, a mi juicio el primer problema a resolver es quien es el responsable de administrar la normativa y los datos personales (tanto de identidad, como de comportamientos). Puede ser que en un futuro cercano, veamos que los países tiendan al fraccionamiento de estas empresas, o se le de el mismo trato que a los monopolios naturales, como los servicios básicos (electricidad, agua, etc.), en donde pese a ser entes privados, cuentan con un detallado esquema de reglas que norman su quehacer.

Pero volvemos al principio, ¿Quien o quienes generan dichas regulaciones?, ¿bajo las normas de que territorio o acuerdos se generan dichas reglas?.

Vanessa Franco

Experta en Eventos,Protocolo y Ceremonial Relacionista pública apasionada de la comunicación política y de gobierno

El sueño americano de la libertad donde pareciera que todo el mundo puede decir lo que quiera sin temor no es verdad. Sin embargo, hay límites, y hasta para el hombre más poderoso del mundo. Pero me pregunto si le hubieran cerrado sus cuentas en otra etapa de su gestión o es simplemente una postura de Twitter considerando que ya Donald Trump estará fuera del juego político inmediato. Desde el Paraguay, donde más de la mitad de sus habitantes repiten con fuerza “Dictadura nunca más” yo me uno al eco del mundo de la NO CENSURA!

Mireia Castelló

Asesora de comunicación política

El cierre de las cuentas de Trump, aparentemente, es una medida “ejemplarizante” y una advertencia para la comunidad y usuarios sobre qué límites no se pueden traspasar. Pero, lejos de tener efectos “disuasorios” en sus seguidores o en el propio Trump, considero que este cierre contribuye a amplificar su discurso y a atomizar su audiencia. El claro ejemplo de esto ha sido el éxito cosechado en los últimos días por Parler, la nueva red “sin censura” y el veto de las grandes platarformas a alojar su aplicación para la descarga de los usuarios.

Por tanto, esta decisión arroja muchas dudas sobre la efectividad de su fin, frenar el “discurso del odio” de Trump, y, almenos, una certeza: más publicidad y más repercusión para el mismo.

José Ramón Carmona

Parlamentario andaluz y concejal en el Ayuntamiento de Antequera

Es uno de los dilemas del presente y del futuro. A priori no estoy de acuerdo en ninguna restricción a la libertad de expresión, salvo aquellos casos que inciten a la violencia o la promuevan. Pero, ¿quién ha de cerrar una cuenta en la democracia? La Justicia.
Ahora, ¿se deben estudiar tribunales específicos especializados en redes sociales? Quizás sea un opción. En el futuro estoy convencido de que los habrá.

Miguel Molina Picazo

Director Fundación Sentido Común. Doctor en Derecho. Docente de #Comunicación IMEP

Estamos ante un conflicto que deberían resolver los responsables de las redes sociales mediante unas directrices de participación más estrictas y sin la intervención de ningún organismo público. Pero, lejos de esa realidad, las plataformas sociales se aprovechan de una normativa que se queda a todas luces corta, ya que permite la existencia, por un lado, de perfiles falsos que dañan la imagen de otros ciudadanos; y, por otra, que cierto tipo de ataques queden impunes en el marco de la “libertad de expresión”.

En el caso de Donald Trump, existe una colisión entre esa “libertad de expresión” y la responsabilidad de un cargo público. Tal y como sucede con el uso del “supuestamente” en el periodismo, el abuso o el exceso de los términos utilizados pueden jugar una mala pasada. Trump se excedió dentro de su responsabilidad pública al no dar ejemplo e incitar a la movilización para asaltar un icono de la democracia americana. Aunque sus palabras se enmarquen en el ámbito de la libertad de expresión no se puede llevar al extremo ese término. No obstante, los responsables del mal uso de las redes son, desde mi punto de vista, los gestores de dichas plataformas. En pocas palabras, la libertad de expresión no es absoluta y no todo vale.

Pilar Álvarez Rodríguez

Politóloga, Mg. en Comunicación y Marketing Político, Socia Fundadora de la consultora Febalmi y Consultora en la Secretaría de Innovación Pública de la República Argentina

No estoy de acuerdo con que las principales redes sociales y las grandes compañías tecnológicas hayan eliminado las cuentas de un presidente electo democráticamente. Esto ha puesto en el centro del debate viejos interrogantes como hasta dónde llega el derecho a la libertad de expresión, quién tiene la potestad para decidir sobre él, qué rol cumplen las compañías con su poder e intereses, y qué papel juega el Estado.

La libertad de expresión es uno de los derechos más vulnerados en las democracias actuales, tanto a sectores de izquierda como de derecha. Esto sucede en la televisión como en los periódicos, la radio, los medios digitales y las redes sociales. Ahora bien, para tener una cuenta en estas últimas, se tienen que aceptar los términos y condiciones de uso, lo que le confiere el derecho a intervenir en caso de incumplimiento. En este sentido, la eliminación de las cuentas de Donald Trump es de suma gravedad, ya que genera como principal pregunta ¿quiénes son los que pueden expresarse libremente en redes sociales? Y, peor aún, ¿hasta dónde tienen estas grandes empresas el derecho a injerir en un derecho clave del sistema democrático y, por ende, en los de su ciudadanía? Ahí es donde se aprecia el letargo del Estado, quien debiera regular para que no se incite al odio y a la violencia en las redes (específicamente por este caso), como hace con el resto de los medios de comunicación.

Yesurún Moreno Gallardo

ESTUDIANTE DE CIENCIAS POLÍTICAS (UB) Y DEL PROGRAMA DE LIDERAZGO Y GOBIERNO (ISSEP). DIPLOMADO EN "ESTADO, GOBIERNO Y DEMOCRACIA" POR CLACSO.

“Lo malo es que nuestra época ha entretejido tan extrañamente lo bueno con lo malo”.
Hannah Arendt, The Origins of Totalitarism, 1951.

A lo largo del siglo XX (sobre todo tras la 2ª Guerra Mundial) Occidente ha seguido fielmente los pasos de la democracia liberal más antigua del mundo, esto es, Estados Unidos. Nuestra relación para con EEUU ha sido siempre de admiración y respeto. Pero, los días aciagos del recién entrado año han borrado de un plumazo esa admiración. Nadie, después de lo ocurrido en el Capitolio, quiere asemejarse a una sociedad en descomposición… Nadie desea ver como la sede de la soberanía de su país es ocupada violentamente por un grupo de ultras liderados por un hombre semidesnudo con el rostro pintado, plagado de tatuajes y un llamativo gorro con cuernos de búfalo. La imagen -que ya es de por sí es distópica- da cuenta de un largo proceso de descomposición al que estamos asistiendo y que hunde sus raíces en el consenso neoliberal (un abigarramiento ideológico-doctrinal sin parangón) que culmina con el comunicado de Mark Zuckerberg (CEO de Facebook) en el que se declara el cierre indefinido de las Redes Sociales del 45º presidente de los Estados Unidos: “hasta que la transición pacífica de poderes esté completada”. Hoy en pleno siglo XXI estamos lejos de poder decir aquello de “todavía hay jueces en Prusia”. Una entidad privada (no-mayoritaria), es decir, que no sido votada ha puesto literalmente un bozal a un cargo electo respaldado por millones y millones de estadounidenses con el beneplácito de gran parte de la progresía imperante, auto-arrogándose el papel de árbitro (sin que se lo hayan pedido). Este comunicado sella el sueño húmedo de Friedrich Hayek quien decía: “Me siento más cerca de una dictadura neoliberal que de un gobierno democrático sin liberalismo”. Hoy estamos frente a esa dictadura distópica y recuerden al poeta… cuando vinieron a por mí ya era demasiado tarde.

Federico Botero

Consultor de marketing digital, ex-trabajador de Facebook.

Como todo servicio y producto privado las redes sociales tienen unos términos y condiciones de uso, que generalmente no son leídos, pero sí aceptados por todos los usuarios. Entre ellos se encuentran las reglas, las políticas de uso y sus efectos.

La decisión de censurar Donald Trump por incitar a la violencia puede valorarse como consecuente con las reglas de juego, que él leyó y que él aceptó, como todos ¿acaso no ha demostrado que es un buen “player”?

El debate o la pregunta debería centrarse en los actores políticos a los que se le aplica o no las reglas del juego y en qué momento se hace esto. ¿Por qué cuándo Trump era presidente e irradiaba odio hacía los Mexicanos no fue censurado? ¿Acaso esto no es también una incitación a la violencia?

Norma García

Comunicóloga. Funcionaria de Gobierno municipal en el Estado de México. Periodista.

En desacuerdo. Sin filias ni fobias. Sin detenernos en Trump, el bloqueo de cuentas de redes sociales fue al Presidente de un país, lo que impide a sus gobernados y a la sociedad entera accesar a la expresión de un mandatario, ello atenta contra la democracia, limita y sesga el debate público con discrecionales políticas de contenidos que parecen surgir repentinamente (coyunturalmente).
El bloqueo, que nos recuerda que estamos a merced de los dueños de las plataformas digitales, retoma el debate de la regulación de las redes sociales: dejar la neutralidad y pasar a ser editoras de contenido. De ser así, la labor será encomiable por aportar a la paz y justicia social, aunque – hasta ahora- no sea su facultad.

Manu Rodríguez

Politólogo y licenciado en Derecho. Codirector de Cámara Cívica

Cuatro consideraciones sobre la suspensión de la cuenta de Twitter de Donald Trump:

-No es un debate sobre la libertad de expresión, pues como reconoce el artículo 30 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, no puede usarse un derecho humano para ir contra los principios de la carta de los DDHH. Y alentar el odio y criticar las bases de la institucionalidad democrática no parece en sintonía con los DDHH.

-Twitter, Facebook y el resto de plataformas pertenecen a empresas privadas con propietarios privados con intereses privados. Eso no es nuevo. Cerrar un perfil que promueve el discurso del odio es buena noticia, pero… ¿Lo harán en todos los casos? ¿Habrá reglas transparentes y comunes para todo el mundo? Y más importante: ¿Será necesario que ocurran sucesos como el asalto al Capitolio para que Twitter se atreva a silenciar a quienes promueven el odio?

-Que las comunidades que promueven el odio deseen huir de las grandes plataformas hacia los márgenes de internet, lejos del control social, es inquietante. Ante esto hay dos opciones: redoblar los esfuerzos por controlar internet, despojándolo de su neutralidad y sentando un peligroso precedente; o bien apostar por la soberanía tecnológica y crear plataformas públicas en código abierto auditables por los propios usuarios.

-Cualquiera de ambas opciones debe ir acompañada de una pedagogía y empoderamiento de los usuarios de internet para hacer un uso responsable de las herramientas. Iniciativas como Hateblockers.es o No Les Des Casito buscan restar poder a trolls y haters y frenar la curva del odio en internet.

La polémica está servida pero no olvidemos: el asalto al Capitolio no es la enfermedad sino un síntoma, por lo que suspender una cuenta de Twitter no es la panacea.

Gabriela Ortega

Coordinadora del Centro Internacional de Gobierno y Marketing Político y profesora de la Universidad Camilo José Cela

Fueron las propias empresas de redes sociales las que amparándose en la Ley de Decencia en las Comunicaciones en EE. UU. manifestaban ser meras intermediaras que operan sin responsabilidad del contenido de sus publicaciones. La pregunta es ¿deberían tenerla?
Trump no evoca valores democráticos, pero con esta acción, las empresas de redes sociales tampoco. Hay líderes políticos que han negado la pandemia, alientan a la violencia contra grupos minoritarios e incluso, difunden noticias falsas como herramienta electoral y da la impresión de que las acciones han sido nulas aunque también infringen su normativa.
En el caso específico de la cuenta de Twitter de Trump (las otras redes sociales tienen otras motivaciones, en mi opinión, mucho más comerciales), la empresa se justifica en cumplir su normativa y el presidente en el burdo juego de tachar a la empresa de defender intereses demócratas o de partidos de izquierda. Esto no va de que si la violencia viene de la derecha, la censura viene de la izquierda y viceversa. Se debe censurar la violencia, la intimidación y la propagación de acciones que dividan a la sociedad sea del lado que sea.
Esta situación deja muchas más preguntas que respuestas, lo que sí debemos plantearnos todos es ¿dónde empieza y termina el poder de las empresas de redes sociales en el actual ecosistema de comunicaciones meramente digital? Después de que las mismas plataformas que lo hicieron presidente con la amplificación de su mensaje, se han convertido ahora en su verdugo.

Daniel Vicente Guisado

Politólogo y analista

A mí me parece que una empresa privada está en todo su derecho legal de poner unas condiciones y, si alguien las viola, banearle. Ahora bien, a mí me preocupa más la alegría que ha despertado en mucha gente. Una alegría que podría inducir a cierta normalización de una situación a todas luces excepcional. Si ampliamos el campo de visión, estamos ante una situación en la que una persona, Mark Zuckerberg, ha decidido que Donald Trump no podrá usar Facebook o Instagram. En uno de los espacios de mayor difusión y expresión del mundo actual.

A muchos, yo me incluyo, nos parece bien porque lo que decía el Presidente saliente de EEUU podía iniciar violencia, pero hay que tener el ojo y la atención puesta en que esto no pueda repetirse o normalizarse. Hoy es Trump, mañana podría ser cualquier otra persona. Mi posición es poner en duda que la solución sea el baneo, y añadir escepticismo por la forma de tomar dicha decisión y el júbilo que ha despertado. Dicho esto, al final estamos expresándonos en una red social que es una empresa. Y como tal privado. No hay accountability ni Derechos Fundamentales que deban ser asegurados. Si la empresa decide qué se puede decir y qué no, nosotros no podemos hacer mucho al respecto.

Sergio Pérez-Diáñez

Consultor de comunicación política en el Parlament de Cataluña y CEO Grial Consulting

Es un error que Twitter y Facebook hayan baneado las cuentas del aún presidente Trump.

Primero, porque esta decisión afecta al derecho fundamental a la libre expresión y, como se ha pronunciado Merkel, debe corresponder al legislador y no a la cúpula de las empresas tecnológicas.

Segundo, porque esta decisión alimenta el relato victimista de Trump, quien ya ha conseguido hacer creer a millones de ciudadanos que ha sido víctima de una conjura del establishment para robarle las elecciones. Tanto es así que muchos de sus seguidores han asaltado el Capitolio en un hecho sin precedentes en la historia reciente de los Estados Unidos. Ahora, será fácil convencerles de que pretenden silenciarle para abrir paso al mandato del demócrata Biden.

Tercero, porque va a generar una escalada de movimientos estratégicos de la alt-right. Por ejemplo, mediante la creación de un nuevo nicho en las redes sociales; Parler, que ya ha sido desactivada por el veto de Amazon. Habrá un contraataque de la alt-right en redes en los próximos días o semanas.

Estefanía Molina

Politóloga y periodista. Analista de LaSexta, OndaCero, SER Catalunya, Catalunya Ràdio. Columnista en El Confidencial

El “neofeudalismo” es un concepto acuñado por algunos científicos sociales en USA para explicar el gran poder económico e influencia que ejercen unas pocas empresas tecnológicas a nivel mundial sobre la vida de millones de ciudadanos. Ese poder redunda en un valioso impacto político, desde el momento en que determinadas plataformas (WhatsApp, Facebook…) han empezado a ocupar el papel de difusión de información que antes era exclusivo de los medios de comunicación convencionales, e incluso, a llevar a cabo acciones como el cierre de la cuenta de nada menos que el presidente de los Estados Unidos (Twitter). Es decir, a ser actores influyentes en el voto, los valores y la opinión pública de las democracias de medio mundo. De un lado, sabemos que la libertad de expresión es un derecho fundamental del individuo sagrado en los Estados de Derecho. Si bien, pienso que las acciones de Google, Apple y Twitter señalan un hilo sobre el que debemos profundizar: la responsabilidad democrática de la burbuja digital.

En mi opinión, no todas las expresiones públicas deben circular sin freno, y ciertos discursos deben tener un límite en el odio, o la agitación de movimientos extremos, por lo que merecen un coto a posterior, una sanción, o una advertencia. Pero a su vez, los criterios de estas plataformas deben ser unificados para no llevar a sensación de arbitrariedad. Si se cierra la cuenta a Trump, también quizás a otro tipo de ideologías. Por eso, sería necesaria, o bien que esas empresas definiesen unos códigos estandardizados al respecto de sus servicios privados, o bien, que los gobiernos fijaran una regulación común, aprobada en los respectivos parlamentos.

Aureola del Sol

Consultora en Comunicación Política Digital

La suspensión definitiva de la cuenta de twitter de Donald Trump, a lo cual se sumo de manera “indefinida” Facebook e Instagram enciende una alerta respecto a los límites de la libertad de expresión y quién asume el control, pues las instancias que debieran hacerlo son los tribunales de los distintos países.

Este hecho, representa una clara censura, sobre lo que “pudiera decir en el futuro”, situación que por demás es cuestionable porque no hay claridad en esta decisión, que pareciera que obedecen más a intereses particulares.

Por tanto, urge una regulación que garantice la protección de derechos humanos como la libertad de expresión, en este caso para la arena digital, ante emporios que se han erigido como jueces que deciden “a quien se le abre el micrófono” y a quien no.

Carlos Guadián

Analista y consultor, tecnología, comunicación y política

¿Están las plataformas legitimadas para tomar decisiones que afectan a la libertad de expresión? ¿Pueden decidir sus ejecutivos qué está bien y qué está mal? O ¿deben ser sus usuarios los que decidan qué se puede o no se puede publicar? Porque ¿qué papel debe tener el gobierno en todo esto?

Lo que ha quedado claro es que los gobiernos reaccionan normalmente tarde a todos estos sucesos, no tienen la capacidad de reacción necesaria, garantizando un mínimo de legalidad, para que judicialmente se retire una publicación. Las empresas ya han demostrado que a pesar de sus “buenas intenciones” también han alimentado el extremismo y la polarización, han dado soporte y proporcionado infraestructura, ya que le son rentables. Ahora intentan reaccionar, pero el monstruo ya está vivo y alimentado y aunque le hayan dejado sin su madriguera no tardará en buscar otra. Y los usuarios, pues eso, dependiendo de quién sea mirará por su propia perspectiva, por su posverdad, por su interés marcando las líneas de la libertad de expresión con más o menos fuerza con base en sus intereses.

En la lucha contra los extremismos, la desinformación, las fake news es importante quitar toda la visibilidad posible a estas ideas, a estos grupos. Son muchos los estudios que avalan que la mejor manera de contrarrestar la difusión de determinada información o ideología es quitarle los altavoces de los que disponen, no hacerles caso. Pero la pregunta clave es quién debe tener la potestad para decidir quién puede tener o no un altavoz mediático. Si no se cumplen unas condiciones mínimas el peligro es para la libertad de expresión, pero tampoco vale el todo vale visto lo visto. Pienso que tenemos por delante un largo camino por recorrer en el que se deben definir unas nuevas reglas de juego que conformarán nuestra sociedad para bien o para mal. No hay que dejar hacer, hay que tomar parte activa para que el futuro que queremos sea el mejor para todos.

Javier Pereira

Periodista, consultor y especialista en Marketing Político

Creo que todos estamos de acuerdo con que las grandes plataformas sociales como Twitter y Facebook tengan que asumir responsabilidades en, al menos, dos dimensiones: el tratamiento de los datos personales de los usuarios, y el contenido ofensivo, dañino o potencialmente criminal.

El problema es que esa responsabilidad no debería ser “autogestionada” por las plataformas primando solo su criterio empresarial, o el criterio ético de sus dueños. Parece imprescindible un marco regulatorio común pactado entre las plataformas y entes multilaterales que marque los criterios básicos que amparen acciones como el cierre de las cuentas de Trump, para no hacernos ahora la pregunta de por qué se cierran esas cuentas y se mantienen abiertas otras como, por ejemplo, las de un dictador como Nicolás Maduro?

Cecilia Ames

Gerente de Comunicaciones de la Superintendencia de Banca, Seguros y AFP del Perú. Profesora en la Universidad ESAN. Experta en comunicación corporativa, comunicación política y mercadeo social.

Si, pese a ser una decisión controversial, porque puede presumirse un intento de coartar la libertad de expresión. Ninguna persona debe usar un canal de comunicación, plataforma social para promover la violencia, la insurrección y poner en peligro no solo la democracia de un país sino la vida de los ciudadanos. En este caso no estamos hablando de un usuario cualquiera de una plataforma o red social sino del hombre que lidera el país más poderoso del mundo, con millones de seguidores fuera y dentro de Estados Unidos, y quien ha usado estos canales durante su mandato para mentir, alentar un discurso de odio que ha polarizado el país y que ha contribuído de manera activa al debilitamiento de las instituciones y cuyo último acto ha sido incitar a la insurección de un grupo de ciudadanos el cual ha tenido como resultado la muerte de 5 personas.

A través de esta decisión, Twitter y las otras plataformas no solo han corroborado el poder que tienen hoy los medios online sino que han apostado por honrar sus valores empresariales y mantener su credibilidad evitando posibles daños a su reputación como consecuencia del uso indebido de sus plataformas, privilegiando lo que podría ser un bien mayor “la democracia”.

Armando Rocha

Consultor en comunicación política

El dilema entorno a esta decisión es: si es un acto de censura o una restricción a la libertad de expresión en aras de un propósito superior, en este caso la seguridad de una comunidad. Estoy de acuerdo que toda libertad tiene límites, sin embargo, estas restricciones (y las posibles sanciones a su incumplimiento) se supondría que deben ser establecidas por el Estado no por un conjunto de empresas que asumen el papel de “Santa Inquisición Digital”. Ni Facebook, ni Google, ni Twitter, ni Apple, ni Microsoft tienen autoridad moral para decidir quién puede o no decir qué cosa, después de la revelación de toda clase de abusos que esas empresas cometen en contra de un derecho humano fundamental como lo es la privacidad de los propios usuarios de sus plataformas. Aún más, en el caso particular de Facebook y Twitter, si midieran con la misma vara al resto de sus usuarios, es muy probable que dos terceras partes de las cuentas activas en esas plataformas no existirían.

Paris Grau

Politólogo. Asesor en comunicación

En primer lugar debemos tener en cuenta que las redes sociales tienen una normativa interna que todo usuario debe cumplir y ellas tienen la responsabilidad de revisar que el contenido compartido cumple con la normativa.
Por otro lado, el cierre de cuentas y la eliminación de mensajes en unas plataformas que en muchos casos tienen el monopolio, genera dudas e incertidumbre a los usuarios.
Y algunos nos preguntaremos: ¿cerrarán todas las cuentas de líderes sociales y políticos que sean contrarios a las normas internas o que sin incumplirlas pudieran no ser del agrado de las plataformas?

Javier Sánchez González

Consultor de comunicación política en España y Latinoamérica

Twitter se ha disparado en el pie. Facebook tres cuartas partes de lo mismo. Trump les convirtió en SU medio de comunicación y le han pagado con esta moneda. A largo plazo les traerá consecuencias: menos audiencia, menos relevancia y por tanto menos dinero facturado. Las redes sociales eran el refugio de quienes huían de los medios tradicionales y de quien buscaba esas opiniones en “libertad” de quien no tiene cabida en los medios tradicionales. Si ahora la gente ve que no existe libertad de expresión en estos medios, buscarán o crearán otros canales donde sí la haya.
Por otra parte, ha sembrado un precedente muy complejo. ¿Dónde ponen el límite de cuenta que debe eliminarse por incitar a la violencia? Si empiezan por Trump, deben seguir con muchos otros políticos, periodistas y personajes varios en todo el mundo que superan, y mucho, los límites marcados por esta red. Porque si no, lo que no va a haber en estas redes es coherencia. Y ese será otro motivo por el que su audiencia busque o cree esos otros canales.

Jack Dorsey y Mark Zuckerberg han decidido convertirse en juez y parte. Y eso, casi nunca acaba bien.

Daniela Valencia

Consultora en Comunicación Política

Twitter, al igual que Facebook, Weibo y demás son empresas privadas, por lo que en estricto sentido estarían en su derecho de restringir las cuentas que consideren incumplen sus políticas de uso. Lo delicado del asunto es que estas plataformas se han convertido en ágoras hegemónicas: lo público se discute en la cancha de un privado que sigue lógicas de mercado; el árbitro es un CEO o un consejo directivo.
Ahora bien, considero que la eliminación de la cuenta de Trump por parte de Twitter fue una acción un tanto torpe, porque la censura de la plataforma de alguna manera lo ayuda a victimizarse, y su respuesta lógica “abriremos nuestra propia plataforma” abona al debate que estos hechos nos deja en el ámbito de la comunicación, la tecnopolítica, el derecho a la libertad de expresión, la libertad de empresa, sobre los monopolios, la autorregulación, etcétera y las tensiones que se crean entre todos estos tópicos. Debate que no se resolverá ni pronto ni de manera sencilla. Así que, en lo personal, lo que me quedan son más bien muchas dudas.

Sonia Lloret

Periodista y asesora de comunicación

La decisión de suspender las cuentas de twitter de Donald Trump no tiene precedentes. Requiere un análisis jurídico profundo, pero resulta como mínimo parcial, arbitrario y discrecional que una empresa privada decida cerrar cuentas: ¿bajo qué criterios y normas se ha realizado? ¿Por sus políticas internas? Si el argumento es que Trump alentó la violencia por esa lógica hace rato que debieron haber cerrado cuentas de otros presidentes y no lo han hecho.
Se está creando un precedente peligroso de censura previa que vulnera el derecho fundamental de la libertad de expresión con el agravante de que el alcance es global frente a los entes reguladores que tienen alcance nacional.
El derecho digital debe adecuarse a la realidad. Urgen nuevas regulaciones que delimiten hasta dónde pueden llegar los privados frente a las autoridades públicas en materia de contenidos.
Ahora fue Trump con su populismo y a muchos les puede parecer adecuado, pero mañana serán otras personas o instituciones: ¿en función de los intereses generales o en función de lo Mark Zuckerberg considere que es libertad de expresión?

Flor Filadoro

Vice-Presidenta de ASACOP (Asociación Argentina de Consultores Políticos), directora de la firma Reyes-Filadoro en Argentina. Se especializa en comunicación estratégica y estudios de opinión pública y cuenta con experiencia internacional en Estados Unidos y en Inglaterra. Es Licenciada en Ciencia Política, fue becaria Fulbright y es egresada de la Maestría en Comunicación Política en The George Washington University.

Trump (o cualquier persona pública que ya tiene previamente un vínculo fuerte con parte de la audiencia) siempre encontrarán la forma de contactarse directamente con su público; puede ser por Twitter, Instagram o como sea. Las empresas de las redes sociales no pueden callar a una figura del tamaño de Trump -más allá de su mala praxis y de haber sido advertido en varias ocasiones. Es interesante ver cómo esas empresas se posicionan como nuevos “auditores” de la comunicación de los líderes. El riesgo que corremos todos es caer en su tiranía, en nombre de… ¿“la moral”, “lo que está bien y lo que está mal”? ¿Quién lo define?

Carlos González

Graduado en Historia y alumno del Máster en Asesoramiento de Imagen y Consultoría Política de la UCJC

“Si no creemos en la libertad de expresión de aquellos que despreciamos, no creemos en ella en absoluto.”
— Noam Chomsky

No seré yo quien defienda a Donald Trump, pero pienso que la censura por parte de diferentes redes sociales al presidente electo de los Estados Unidos sienta un peligroso precedente contra la libertad de expresión. Además, creo que resulta más que evidente que en una democracia la mejor forma de combatir una información perjudicial para la sociedad no es mediante la censura, sino con argumentos sólidos, expuestos por personas de reconocido prestigio y solvencia. De no ser así, corremos el riesgo de caer en el extremismo que pretendemos combatir.

Rafa Rubio

Profesor Titular de Derecho Constitucional de la Universidad Complutense y director del grupo de investigación Complutense sobre tecnología y democracia

No estoy de acuerdo, fundamentalmente por la forma en que se ha tomado la decisión, sin un procedimiento aprobado previamente, lo que abre la puerta al abuso y la arbitrariedad en otras situaciones. El tratarse de empresas privadas no les exime del cumplimiento de unas normas básicas y, hasta la fecha, estas plataformas están aplicando sus propias normas de manera unilateral, incoherente, y sin dejar claro ni el por qué, ni el cómo, ni el cuándo, sin ofrecer vías de respuesta, ni verdaderos mecanismos de gobernanza interna, cuando estas decisiones pueden afectar a distintos derechos. Es cierto que, en ciertas ocasiones extraordinarias, estas plataformas deben tener la capacidad de eliminar inmediatamente contenido para evitar males mayores e irreversibles pero esta capacidad, lejos de convertirse en una “licencia para cancelar”, debe realizarse a través de un procedimiento claro, transparente y sin discriminación en el que exista la posibilidad de recurrir la decisión, e incluso la obligación de dar respuesta motivada a la misma, susceptible de ser sometido a posteriori al control de una autoridad judicial.

Rodrigo Reyes Martínez

Politólogo, Maestro en Periodismo Político, especialista en Comunicación Política, Campañas Electorales y estudios visuales. Actualmente, distribuye su tiempo entre labores de gobierno, de cátedra y consultoría tanto en el sector público como privado.

“Poder es algo más que comunicación y comunicación es algo más que poder, pero el poder depende del control de los medios de comunicación” Manuel Castells

El veto ejercido a Trump en las redes sociales demuestra que son un espacio mucho más allá de la recreación y el entretenimiento, de hecho se han constituido como los nuevos epicentros del poder político y comunicacional, en donde se posicionan ideas y personas, sin embargo, también se les frena y/o hunde, como ha sido el caso con el todavía mandatario norteamericano, a quien le quedan unas cuantas horas de su relación con el poder, tan es así que las redes sociales (y quienes están atrás de ellas) le han dado la espalda con una romántica justificación democrática pero que esconde una contundente verdad: “ha muerto el rey, viva el nuevo rey.”

Diana Rubio

Doctora en comunicación, experta en protocolo, etiqueta y compol

Es un arma de doble filo, ya que por un lado, da pie a que pueda hacerse la víctima a través de la censura que ha recibido por las redes sociales (recordemos que la sociedad tiene memoria a corto plazo) y esto podría ser un factor favorable en determinados colectivos. Por otro, si se ha seguido la trayectoria de publicaciones, se puede ver el camino hacia valores negativos que incitn a la desinformación e incluso la violencia, por lo que el plante de las redes sociales, va en la linea de no permitir este tipo de comportamiento y no convertirse en canales de la desinformación y por tanto la manipulación de usuarios. A mi manera de verlo, creo que e vez de eliminar por completo, debían haber optado por otra vía intermedia.

Gladys Pérez

Directora General de Canvas Ads School

Los algortimos de Facebook y Twitter, son los que han nutrido por años la polarización de la opinión pública en diversos países y ahora, salen a darse golpes de pecho, censurando la voz de Trump por incitar a la violencia que éstas mismas redes han gestado. El debate debería girar en torno a la urgente necesidad de regular la operación de estas plataformas digitales, antes de que continúe la censura selectiva de voces.

Begoña Gozalbes

Asesora política

¿El fin justifica los medios? ¿La impotencia, frustración, el ego y la mentira marcan la comunicación y estrategia política del S.XXI a golpe de clic? Y como consecuencia ¿la reacción está justificada? Esas serían las primeras preguntas que me haría, antes de valorar si estoy de acuerdo o no, con la decisión de empresas privadas que marcan sus normas y quienes estamos en ellas aceptamos o no, las mismas, a costa de nuestra libertad. La cuestión está en que muchos usuarios a lo largo del tiempo han vivido las mismas restricciones que Trump. La diferencia la marca la popularidad y la consecuencia de su mensaje. Si no hubiera tenido la respuesta del capitolio con cuatro muertos y un
“asalto” al corazón de la democracia, no estaríamos opinando de esto, porque hubiera sido “un mensaje más” sin embargo, el vaso desbordó todas las expectativas ¿o no? De la intención y el propósito de Trump.

Y ¿Quién pone y marca el nivel de lo correcto o no? ¿de lo aceptable o reprobable? ¿de lo admitido o impropio? Estamos en un contexto social donde la comunicación y sus medios de difusión evolucionan y van a velocidad de vértigo, mientras que las leyes y su regulación van en otra frecuencia. La transformación tecnológica y la ética no van alineados en cuanto a derechos y
deberes. Al final estamos presentes ante una realidad que se asienta en quién tiene “el poder” sumado al “querer y saber” de lo que llega definitivamente a nuestro Smartphone. En definitiva, si no nos gusta lo que recibimos en redes, posiblemente el poder lo pudiéramos tener la masa, haciendo un solo gesto, no usándolas.

Carlos Escamilla

Analista político y estratega en comunicación política

Frenar en redes la difusión de información intolerante no es nuevo. Desde hace años, YouTube ya había bloqueado la función de autocompletar al buscar videos sobre terminología relacionada al nazismo y dejó de mostrar videos sugeridos sobre el tema. Facebook eliminó muchas páginas de contenido similar y también oculta comentarios que pueden ser agresivos o tipo spam. El hecho de que ahora se le imponga un veto en redes a Trump escandaliza por la personalidad de quien se trata, aunque vetar a personas de redes tampoco es nuevo. Este caso es una clara representación de la llamada “paradoja de la tolerancia” de Karl Popper: a resumidas cuentas, la tolerancia no puede tolerarlo todo, pues para garantizar que persista, lo único que no puede tolerar es la intolerancia.

Germán Zambrana

Political Data Analyst

Trump ha conseguido llevar la polarización mediática a las redes sociales. El muro no está en la frontera con México, la verdadera división radica ahora en los medios de comunicación y redes sociales que consumes. Si te informas a través de Breitbart y utilizas Parler eres trumpista. Si lees The New York Times y usas Facebook, eres “fake news” o “dishonest media”. La derecha alternativa ya tiene sus plataformas alternativas en las que difundir hechos alternativos. La retórica del trumpismo ya tiene una nueva excusa para criticar al establishment y unas nuevas redes sociales en las que hacer perdurar su movimiento más allá de su persona.

Nadia Viounnikoff Benet

Publicista y Doctora en Comunicación Política. Es socia-directora de COMMZ en la que audita y asesora a administraciones públicas para mejorar su relación con la ciudadanía a través de las redes sociales

Si salimos de la discusión a favor o en contra de Trump y lo que representa, el asalto al Capitolio ha abierto un profundo debate tangencial al acontecimiento en cuestión: ¿Quién de nosotros es poseedor de la verdad absoluta?, y lo que es más importante, ¿quién debe controlarlo en las redes sociales y cómo? En la actualidad las redes sociales tienen un poder comparado ya al de las televisiones convirtiéndolas en grandes objetos de codicia. Así pues, este debate no ha hecho más que empezar y abre una puerta muy peligrosa: ¿qué pasa si el órgano que controla el flujo de información que llega a la gente está regulado por personas que solo ven la ilegalidad y necesidad de control cuando se trata de paja en el ojo ajeno? Algunos expertos valoran la autorregulación de las redes como solución, pero este autocontrol cae sobre empresas privadas con intereses concretos, al igual que las consultoras que les asesoran como abanderadas de la verdad. Por tanto, hay una cosa que me ronda desde hace un tiempo y que os expongo aquí: ¿deben las universidades y expertos en la materia abanderar la garantía de libertad y derechos de las personas más allá de empresas privadas e intereses políticos? Creo que sí, deben liderar un papel activo. No sé el formato exacto, pero tenemos que empezar a pensar seriamente en él ya. Y una última cosa, si se censuran ciertos movimientos sociales … Sería interesante saber cual es la vara de medir y lo que es también importante: ¿Se puede estar generando el efecto contrario al que se pretende y conseguir así que se hagan más grandes? Cuantas preguntas por responder, pongámonos a ello.

Norma Morandini

Periodista, escritora, fue diputada y senadora . Premio Pluma de Honor de la Academia Nacional de Periodistas de Argentina

Las locuras del nazismo nos dejaron la mas bella utopia, la Declaración Universal de los Derechos del hombre que consagran el valor supremo de la libertad de expresión. Sin embargo, en países que por haber vivido tanto tiempo bajo la censura de las dictaduras que nos decían cómo vivir, que leer, que rezar y a quien llevar a la alcoba, cuesta que se entienda que “nadie debe ser censurado previamente, porque se contempla la responsabilidad ulterior”. De modo que la filosofía jurídica del sistema internacional de derechos humanos impone al privilegio de la libertad, una limitación de hierro, no incitar al odio y a la violencia. De modo que son los tribunales los que deben establecer las “ responsabilidades ulteriores”. No los estados, no los gobiernos, no los particulares. Trump al incitar a la violencia, efectivamente atenta contra la democracia que es la que da fundamento al libre decir, y en ese caso debieron ir a los tribunales. Son los jueces los que no están actuando sobre los que incitan a la violencia y van imponiendo la mentira y el miedo, funcionales a los populismos que descreen de la democracia.
La tentación del fin justifica los medios es grande y se observa en America Latina donde los sectores autodefinidos progresistas o de izquierda miran con un solo ojo la violación de los derechos humanos. Subyace el debate mas profundo sobre las redes ¿efectivamente democratizan la expresión cuando a su vez ponen en riesgo a la democracia?? No lo se y por eso estoy avida a otros argumentos, por eso celebro y felicito que se promueva el debate en torno a un tema que nos increpa y pone a prueba nuestras convicciones democráticas.

Nury Astrid Gómez

Especialista en Comunicación Política. Politóloga. Entrenadora candidatos políticos. Consultoría de comunicación electoral y de gobierno

Con más de 339 millones de usuarios y casi 15 años de existencia, Twitter se ha convertido en la gran caja de resonancia para todo medio político, periodístico y económico. Siendo una empresa privada que ofrece un “servicio de interés público” no está al alcance de la regulación institucional más que por si misma; ni capacidad de presión alguna para ello.

Usar esta red como canal “oficial” de comunicación para gobiernos y políticos, no está por fuera de las reglas. Sin embargo, “normalizarlo” como único canal oficial sí vulnera y debilita protocolos, estilos y formas de la comunicación de gobierno institucional. Muchos gobernantes han optado por dirigir a través de este medio y de sus cuentas personales, asumiendo, ellos mismos, como “gobierno”. Pero no dejan de ser “civiles” con mucho poder, millones de seguidores e infinita capacidad de marcar agenda.
Twitter es una empresa privada con un inmenso poder de establecer la dinámica relacional entre tuiteros y el mundo entero: sanciona, permite, verifica, todo por un altísimo precio, nuestra información.

Carolina Eslava

Especialista en comunicación estratégica para líderes, media trainer y tiene más de 25 años de experiencia en campañas políticas

Cuando el presidente Trump -o cualquier gobernante- grita “censura” en esta era, me dan ganas de reír. ¿Censura, cuando existen cientos de aplicaciones, plataformas, espacios para conectarse y comunicarse?

La censura solo puede ejercerla una autoridad sobre un medio (sea tradicional o digital). Y eso es porque la premisa de que son el cuarto poder sigue siendo válida. Ningún medio o plataforma, por dominante que sea, puede compararse con la fuerza de un estado. No perdamos la perspectiva: Twitter no logra entrar en China, por ejemplo, si el gobierno no lo permite. Y dudo que Twitter pueda impedir que China “entre” a su plataforma.

Gracias a todas las personas que han opinado, para ayudar a aclarar nuestras ideas.

Todas ellas aparecen en modo aleatorio, con un orden diferente cada vez que se entra a la página, para que tengan la misma visibilidad.