Obama, Bukele y De la Espriella: por qué copiar sus campañas es el mayor error de muchos candidatos

GABRIEL FLORES

Antes de admirar una campaña, conviene entenderla. Antes de copiar una estrategia, conviene estudiar por qué nació. Y antes de intentar repetir una victoria electoral, es indispensable comprender el camino que llevó a ella. En política, las victorias suelen ser visibles; los procesos que las hicieron posibles, casi nunca.

Durante las últimas décadas hemos visto surgir figuras políticas que rompieron esquemas, modificaron paradigmas y redefinieron la manera en que se construye una campaña electoral. Primero fue Barack Obama, quien revolucionó la integración de las herramientas digitales en la política moderna. Luego apareció Nayib Bukele, convirtiéndose en un fenómeno regional que transformó la comunicación política en América Latina. Más recientemente, el colombiano Abelardo de la Espriella ha captado la atención de estrategas, candidatos y comunicadores al combinar espectáculo, posicionamiento y narrativa emocional en una fórmula que genera conversación permanente.

Sin embargo, existe un fenómeno que suele repetirse después de cada caso exitoso: la multiplicación de los imitadores. De repente aparecen candidatos que intentan replicar los gestos, las frases, la estética y hasta la forma de hablar de quienes alcanzaron notoriedad política. Muchos observan el resultado final, pero pocos se detienen a estudiar el proceso que lo hizo posible.

La política moderna parece haber caído, en algunos sectores, en la ilusión de que las campañas electorales funcionan como las tendencias de TikTok. Se observa algo que tuvo éxito, se copia rápidamente y se espera obtener el mismo resultado. Pero una campaña electoral no es un video viral. Una campaña es un sistema complejo donde intervienen investigación, análisis territorial, equipos multidisciplinarios, pruebas, errores, ajustes permanentes y una profunda comprensión del comportamiento humano en temas electorales.

Recuerdo una conversación con un candidato que insistía en reproducir exactamente una estrategia que había visto funcionar en otra ciudad. Estaba convencido de que, si utilizaba los mismos colores, el mismo estilo de videos y las mismas frases, obtendría idénticos resultados. Cuando le pregunté si había analizado las características de su electorado, las prioridades de su territorio o las razones que habían llevado a aquel equipo a tomar esas decisiones, el silencio fue la respuesta. Había estudiado la superficie, pero no la esencia.

Muchos especialistas en marketing político hablan constantemente del engagement, alcance, métricas, segmentación y posicionamiento. Todos esos conceptos son reales y necesarios. Sin embargo, conocer los nombres de las piezas de un Lamborghini no convierte automáticamente a alguien en mecánico, ni mucho menos en piloto profesional. Del mismo modo, dominar la terminología política no garantiza la capacidad para construir una estrategia ganadora.

Con Obama, por ejemplo, se instaló la idea de que las redes sociales eran la fórmula mágica para ganar elecciones. Durante años aparecieron candidatos convencidos de que publicar infinidad de videos en todas las plataformas digitales era suficiente para construir liderazgo. Lo que muchos olvidaron fue que las redes sociales no fueron la causa principal de su éxito, sino una herramienta dentro de una estrategia mucho más amplia que incluía organización territorial, movilización ciudadana, análisis de datos, construcción narrativa y una propuesta política capaz de conectar emocionalmente con millones de personas.

El segundo gran ejemplo llegó con Nayib Bukele. Su ascenso produjo una ola de imitaciones en toda América Latina. De repente surgieron candidatos con gorra hacia atrás, lenguaje desafiante y discursos centrados en la lucha contra la corrupción. Algunos tenían más de sesenta años y adoptaban una estética juvenil intentando transmitir la misma energía que proyectaba el mandatario salvadoreño. Lo curioso es que muchos copiaban la imagen, pero no comprendían el contexto social, político y emocional que permitió que ese mensaje conectara con la ciudadanía salvadoreña.

El caso de Abelardo de la Espriella representa una nueva etapa de este fenómeno. Su capacidad para combinar simbolismo, espectáculo, narrativa y construcción emocional ha generado admiración y también numerosos intentos de imitación. Hoy vemos actores políticos tratando de replicar elementos visuales, frases o formatos de comunicación creyendo que allí se encuentra el secreto del éxito. Sin embargo, una vez más, la mayoría observa el escenario, pero pocos estudian el guion.

Lo preocupante no es inspirarse en quienes han logrado resultados extraordinarios. Todo estratega serio estudia campañas exitosas. Lo preocupante es reducir años de trabajo, análisis y construcción política a una lista de acciones superficiales. Cuando eso ocurre, la estrategia desaparece y solo queda la imitación.

Las biografías de las personas exitosas suelen enseñarnos algo valioso. Rara vez triunfaron por una única decisión brillante. Lo habitual es encontrar una larga secuencia de aprendizajes, errores, correcciones y experiencias acumuladas. En política sucede exactamente lo mismo. Las campañas ganadoras son el resultado de cientos de decisiones que, vistas individualmente, podrían parecer insignificantes, pero que juntas terminan construyendo una victoria.

Por eso resulta fundamental estudiar el contexto. No es lo mismo una elección municipal en una ciudad pequeña que una campaña presidencial. No es igual competir en una comunidad rural que en una gran metrópoli. No es comparable una elección marcada por la inseguridad con otra dominada por problemas económicos. Cada territorio tiene emociones distintas, preocupaciones diferentes y dinámicas particulares.

Un tercer ejemplo ayuda a entenderlo mejor. Imaginemos que una campaña en una ciudad costera obtiene excelentes resultados utilizando una narrativa centrada en el turismo. Otro candidato, ubicado en una zona agrícola, decide copiar exactamente el mismo enfoque porque vio que funcionó. El problema no está en la calidad de la campaña original, sino en que las necesidades emocionales y materiales de ambos territorios son completamente distintas. Lo que fue una solución en un lugar puede convertirse en un error estratégico en otro.

En mi experiencia, uno de los mayores peligros para los candidatos es encontrarse con personas que dominan el arte de vender certezas simples para problemas complejos. Son aquellos que prometen fórmulas infalibles, recetas mágicas y atajos hacia la victoria. En muchos círculos políticos se les conoce como “vende humo”. Su principal habilidad no es diseñar estrategias, sino construir relatos suficientemente convincentes para obtener contratos, influencia o beneficios personales.

Aquí surge una pregunta incómoda: ¿quién tiene mayor responsabilidad? ¿El consultor que vende ilusiones o el candidato que decide comprarlas? La respuesta probablemente involucre a ambos. El primero por actuar sin rigor profesional y el segundo por renunciar al análisis crítico que exige cualquier proyecto político serio.

Durante años he participado en conferencias, talleres y espacios de formación donde el objetivo no era conseguir clientes, sino contribuir a que más personas comprendieran la complejidad de la política. Siempre he sostenido que la política no puede depender únicamente del instinto o de la improvisación. Existe una dimensión científica en el análisis electoral que requiere método, investigación y capacidad de interpretación. Quienes ignoran esa realidad terminan tomando decisiones basadas en intuiciones que rara vez resisten el contacto con la realidad.

Las campañas electorales se parecen a muchas cosas, pero ninguna es exactamente igual a otra. Cada proceso posee matices propios, actores distintos, emociones particulares y desafíos específicos. Existen variables macro que afectan a todo un país y variables micro que pueden definir el resultado de un solo barrio. Por eso la estrategia no puede construirse desde la copia mecánica, sino desde la comprensión profunda del entorno.

Los grandes casos de éxito merecen ser estudiados. Obama, Bukele o Abelardo de la Espriella ofrecen lecciones valiosas para quienes buscan comprender la evolución de la comunicación política. Pero la verdadera enseñanza no está en repetir sus acciones visibles. La verdadera enseñanza está en entender cómo pensaron, qué información analizaron, qué hipótesis formularon, qué riesgos asumieron y por qué tomaron las decisiones que tomaron.

La diferencia entre copiar y adaptar es enorme. Copiar consiste en reproducir acciones. Adaptar implica comprender procesos. Copiar busca atajos. Adaptar exige inteligencia estratégica. Copiar observa el resultado. Adaptar estudia el camino.

Al final, las campañas más exitosas no son las que logran parecerse a otra campaña ganadora. Son aquellas que consiguen interpretar con precisión el corazón de su gente, comprender sus emociones, identificar sus necesidades y construir una propuesta auténtica para responder a ellas mediante una estrategia pensada desde sus diferentes dimensiones. Porque en política, como en la vida, las victorias duraderas nunca nacen de la imitación. Nacen de la capacidad de comprender la realidad mejor que los demás y tener el valor de construir un camino propio.

Gabriel Flores Avilés es consultor Político de Campañas Electorales (@GabrielFlores_a)