GABRIEL FLORES
¿Quieres saber una de las maneras más rápidas de poner en riesgo una alcaldía en Ecuador? Contrata personas que sepan de territorio, comunicación, logística, datos, movilización, eventos y operación electoral… y después decide que ninguna de ellas entiende realmente lo que está pasando. No porque sean incompetentes, sino porque existe alguien mucho más poderoso dentro de cualquier campaña: la burbuja de confianza del candidato. Allí están la esposa, el hermano, el primo, el compadre, el amigo de toda la vida, el compañero de mil batallas y ese personaje que lleva veinte años diciéndote que algún día deberías ser alcalde. Todos te conocen. Todos te quieren. Todos tienen una opinión. Y, curiosamente, casi todos creen saber cómo ganar la elección.
La escena es más común de lo que parece. El estratega presenta un diagnóstico. El candidato escucha. El territorial advierte que determinado sector no está respondiendo. El responsable de comunicación explica que el mensaje no está conectando. El equipo de datos muestra números que deberían preocupar. Y entonces aparece el amigo de toda la vida: “No te preocupes, yo conozco a esa gente”. O aparece un familiar: “La gente está contenta contigo”. O el compañero de siempre sentencia: “Eso que dice el consultor no aplica aquí”. Y el candidato, en lugar de preguntarse qué evidencia respalda cada opinión, termina escuchando a quien le resulta emocionalmente más familiar.
Porque hay algo profundamente humano detrás de este comportamiento: confiamos más fácilmente en quienes conocemos que en quienes nos dicen una verdad incómoda. El amigo que ha estado contigo durante veinte años tiene una ventaja emocional enorme frente a un profesional que acaba de llegar a la campaña. Ese amigo estuvo cuando comenzaste, cuando nadie te conocía, cuando tuviste problemas, cuando celebraste tus primeros triunfos. Por eso, cuando te dice “yo creo que esto está bien”, es difícil no creerle. El problema es que conocer tu historia no significa necesariamente conocer la dinámica de una elección.
La familia tiene ese poder. Pero los amigos cercanos también. Y muchas veces son incluso más peligrosos para una campaña porque nadie los percibe como parte del problema. Son “los de confianza”. Los que siempre estuvieron. Los que no cobran. Los que recorrieron contigo los primeros barrios. Los que consiguieron contactos cuando todavía no eras candidato. Los que estuvieron en las primeras reuniones. Los que te conocen por tu nombre y por tu carácter. Y precisamente por esa historia compartida pueden terminar creyendo que la experiencia de acompañarte durante años los convierte automáticamente en estrategas electorales.
Ahí aparece una diferencia fundamental: lealtad no es lo mismo que capacidad electoral. La lealtad sirve para acompañar. La confianza sirve para construir relaciones. El afecto sirve para sostener emocionalmente a una persona en momentos difíciles. Pero una elección exige además conocimiento, método, disciplina y capacidad para tomar decisiones incómodas. Tu amigo puede haber estado contigo veinte años y seguir siendo una persona fundamental en tu vida. Pero eso no significa que sepa interpretar una encuesta, construir una estructura territorial, diseñar una estrategia de movilización o administrar una crisis electoral.
Pensemos en un primer ejemplo. Un candidato organiza una actividad en un barrio que su equipo considera estratégico. El evento estaba planificado para recibir a cientos de personas, pero llegan muchas menos de las esperadas. El responsable territorial explica que existe un problema de convocatoria y propone revisar la estructura local. El estratega recomienda cambiar la forma de movilización. El equipo de comunicación también identifica que el mensaje utilizado no generó suficiente interés. Pero al terminar el evento aparece el amigo de siempre y dice: “No te preocupes. Los que tenían que estar, estuvieron. Además, yo conozco ese barrio desde hace años”. El candidato respira tranquilo y decide no cambiar nada. El problema no fue escuchar al amigo. El problema fue darle más autoridad que a quienes tenían la responsabilidad profesional de analizar lo ocurrido.
Ahora imaginemos otro escenario. Faltan pocas semanas para la elección. El equipo de datos identifica una debilidad importante en determinados sectores. El equipo territorial confirma el problema en recorridos y reuniones. Comunicación recomienda modificar parte del mensaje. El estratega plantea concentrar recursos donde todavía existe posibilidad de crecimiento. Pero la propuesta llega al grupo de confianza. Un amigo responde: “Yo no cambiaría nada. La gente quiere que sigas hablando como siempre”. Otro agrega: “Ayer estuve en una reunión y todos estaban contigo”. Y un familiar remata: “No hagas caso a esos números, nosotros sabemos cómo está la calle”. El candidato escucha a su círculo íntimo y descarta el diagnóstico profesional. La campaña acaba de reemplazar un equipo técnico por un comité de opiniones personales.
Esto nos lleva a una enseñanza que parece sencilla, pero que puede resultar muy difícil de aplicar: escuchar no significa obedecer. Escuchar a la familia es sano. Escuchar a los amigos es útil. Escuchar a quienes te acompañan desde hace años puede darte una perspectiva que ningún informe consigue. Pero escuchar a todos no significa entregarles a todos la capacidad de decidir. Una organización madura distingue entre opinión, experiencia y responsabilidad. Tu amigo puede tener una excelente intuición. Tu esposa puede detectar algo que el equipo no vio. Tu hermano puede conocer una realidad territorial que merece ser investigada. Perfecto. Se escucha. Se analiza. Se contrasta. Y después se decide.
El verdadero problema aparece cuando el candidato comienza a utilizar la cercanía como criterio de autoridad. “Él me conoce”. “Ella siempre ha estado conmigo”. “Él nunca me ha fallado”. “Nos conocemos desde niños”. Todo eso puede ser cierto y, al mismo tiempo, ser completamente irrelevante para resolver una decisión electoral. Una persona puede ser extraordinariamente leal y estar completamente equivocada. Y una persona que lleva solamente tres meses en tu equipo puede tener una lectura mucho más precisa de lo que está sucediendo. La verdad no se vuelve menos verdadera porque venga de alguien que todavía no forma parte de tu círculo íntimo.
He visto muchas veces cómo una campaña termina creando una especie de realidad paralela. Todos sonríen. Todos dicen que existe entusiasmo. Todos comparten las fotografías donde aparecen personas felices. Todos repiten que “la gente está con nosotros”. Y poco a poco, el candidato empieza a vivir dentro de esa burbuja. El amigo le cuenta lo que escuchó en una reunión. El familiar le cuenta lo que le dijeron en una comida. El dirigente cercano le asegura que “todo el mundo está contigo”. Y cada pequeño comentario se convierte en una confirmación de que la campaña va bien. Mientras tanto, los datos pueden estar diciendo otra cosa y el territorio puede estar mostrando una realidad completamente diferente.
Por eso los equipos profesionales existen. El estratega no está allí para decirte únicamente cosas bonitas. El territorial no está allí para acompañarte en fotografías. El comunicador no está allí para aprobar cada ocurrencia. El responsable de datos no está allí para decorar una presentación. Cada persona debería aportar una mirada diferente de la realidad. Y precisamente por eso sus opiniones pueden entrar en conflicto con lo que el candidato quiere escuchar. Esa tensión no es necesariamente un problema. Muchas veces es una señal de que el equipo está haciendo su trabajo.
También existe un error inverso: el candidato que termina convirtiéndose en su propio estratega, rodeado además por un grupo de amigos que se sienten estrategas porque llevan años con él. El comunicador prepara una estrategia y el candidato la modifica porque a su esposa no le gustó. El territorial presenta un diagnóstico y el amigo de confianza responde que “eso no puede ser”. El estratega construye un plan y termina siendo revisado en un chat por cinco personas que conocen al candidato desde hace veinte años. Finalmente, la campaña tiene una estructura profesional en el organigrama, pero una estructura afectiva en la toma de decisiones.
La pregunta entonces es incómoda: si contrataste conocimiento, ¿por qué no estás dispuesto a escucharlo? Si alguien está aportando su experiencia, su tiempo y su capacidad para ayudarte a ganar, lo mínimo que merece es que sus argumentos sean considerados seriamente. Y si además existen personas dentro del equipo que están poniendo recursos personales, contactos, vehículos, oficinas, equipos, tiempo o incluso dinero para que el proyecto funcione, ignorarlas sistemáticamente no es solamente una mala decisión estratégica. Es una forma de desperdiciar uno de los activos más valiosos de cualquier campaña: personas preparadas que todavía tienen el valor de decirte la verdad.
No se trata de sacar a la familia ni a los amigos de la campaña. Todo lo contrario. Pueden ser una fuente extraordinaria de apoyo emocional. Pueden ayudarte a resistir los momentos difíciles, recordarte quién eres cuando la presión aumenta y acompañarte cuando las cosas no salen bien. Pero hay una frontera que todo candidato responsable debería conocer: quien te quiere puede acompañarte en la campaña; quien tiene la capacidad debe ayudarte a dirigirla. Y cuando ambas cosas coinciden en una misma persona, tienes una enorme ventaja. El problema comienza cuando la antigüedad en tu vida se convierte en una especie de título profesional que nadie se atrevió a otorgar.
Al final, las elecciones no castigan solamente los errores de estrategia. También castigan la incapacidad de reconocerlos. El peligro más grande no siempre está en tener un mal equipo. A veces está en tener un buen equipo que dejó de hablar porque descubrió que nadie lo escuchaba. Primero dejan de discutir. Después dejan de advertir. Finalmente, simplemente cumplen instrucciones. Y cuando una organización llega a ese punto, puede parecer tranquila, pero probablemente ya perdió una de sus herramientas más importantes: la capacidad de decir la verdad. Mientras tanto, la burbuja continúa funcionando. El amigo dice que todo está bien. La familia confirma. El candidato sonríe. Y afuera, la elección sigue avanzando.
La peor burbuja de una campaña no es la de los globos. Es esa burbuja invisible construida con afectos, amistades, lealtades y años de historia que hace que un candidato crea que todo está bien mientras afuera la realidad está diciendo exactamente lo contrario. Y quizá la frase más dolorosa que puede escuchar después de una derrota sea también la más reveladora: “¿Pero cómo perdimos si todo estaba bien?”. Tal vez la respuesta haya estado frente a él durante meses. Tal vez alguien intentó advertirlo. Tal vez los datos lo mostraron. Tal vez el territorio lo confirmó. Tal vez el equipo lo dijo. El problema no fue que nadie supiera lo que estaba pasando. El problema fue que el candidato prefirió escuchar a quienes le decían lo que quería oír, en lugar de escuchar a quienes tenían la responsabilidad y el conocimiento para decirle lo que necesitaba saber.
En política, escuchar bien también es una forma de liderazgo. No se trata de alejar a quienes te quieren ni de desconfiar de tus amigos. Se trata de entender que una cosa es compartir la vida con alguien y otra muy distinta es entregarle una responsabilidad para la que no está preparado. No confundas años de amistad con años de experiencia electoral. No confundas cariño con conocimiento. No confundas lealtad con capacidad. Rodéate de personas que puedan acompañarte emocionalmente, pero también de profesionales que puedan desafiarte intelectualmente. Y, sobre todo, crea un entorno donde alguien pueda decir “no” sin miedo, donde una alerta sea considerada una oportunidad para corregir y donde la confianza no dependa de estar de acuerdo contigo. Porque ganar una elección requiere algo más que entusiasmo: requiere humildad para reconocer lo que uno no sabe, inteligencia para rodearse de quienes sí saben y carácter para escuchar incluso cuando la verdad incomoda.
Mejoremos la Política.
Gabriel Flores Avilés es consultor Político de Campañas Electorales (@GabrielFlores_a)

