MIGUEL SÁNCHEZ
Hay algo profundamente simbólico en lo que está ocurriendo en Alemania. El país que durante décadas construyó buena parte de su identidad democrática sobre la moderación, el consenso y la memoria de sus propios excesos políticos está mostrando, al mismo tiempo, el avance de dos fuerzas situadas en extremos opuestos del espectro ideológico.
En varias regiones de la antigua Alemania Oriental, la AfD, situada en la derecha radical, ha logrado consolidarse como una de las opciones más votadas, alcanzando techos históricos en las elecciones estatales. Mientras tanto, en plazas urbanas como Berlín, las fuerzas de izquierda radical consiguen retener feudos muy significativos. Aunque se trata de dos electorados distintos y proyectos políticos que no son equivalentes, el resultado deja una señal difícil de ignorar: los extremos ganan terreno mientras los partidos tradicionales se descapitalizan.
Para entender esta dinámica, resulta útil mirar brevemente hacia atrás.
Alemania no es cualquier democracia. Su historia del siglo XX convirtió la relación entre política, extremismo y poder en una cuestión especialmente compleja. Después de la Segunda Guerra Mundial, el país quedó fracturado entre una República Federal de Alemania vinculada a Occidente y una República Democrática Alemana bajo un régimen socialista y la influencia soviética. Esa división terminó formalmente en 1990 con la reunificación.
Pero la reunificación política no eliminó todas las diferencias. En muchas regiones del antiguo Este todavía existen brechas históricas en riqueza acumulada, estructura económica y demografía. A eso se suman el envejecimiento de la población y el éxodo de los jóvenes. Ese contexto de asimetría ayuda a explicar parte del crecimiento de la AfD.
La transformación de la AfD
La Alternative für Deutschland no nació con el perfil nacionalista que exhibe actualmente.
Fue fundada en 2013 al calor de la crisis del euro, con un planteamiento principalmente euroescéptico y económicamente liberal. Sin embargo, con el paso de los años fueron ganando peso las corrientes nacional conservadoras y populistas. La crisis migratoria de 2015 actuó como el gran catalizador de esta metamorfosis y convirtió la inmigración, el asilo, la identidad nacional y la crítica a las élites políticas en elementos centrales de su agenda.
Su fórmula política es poderosa porque opera una severa reducción de la complejidad.
Las intrincadas dinámicas de la globalización o la gestión comunitaria desde Bruselas se traducen de inmediato a un lenguaje dicotómico. La inmigración se convierte en la explicación de los problemas de seguridad y cohesión social; Bruselas aparece como responsable de la pérdida de soberanía, y las élites políticas se transforman en las culpables de aquello que no funciona.
Esto no significa que los desafíos migratorios, económicos o sociales que plantea la AfD sean invisibles; Alemania sí enfrenta problemas reales. La cuestión es cómo se explican y si dilemas tan complejos pueden reducirse a un único adversario.
Y esa metodología de simplificación no es patrimonio exclusivo de la derecha.
La otra cara del extremo
En el flanco opuesto del espectro ocurre algo similar, aunque con una trayectoria completamente diferente.
Die Linke emergió en 2007 de la confluencia entre el PDS, heredero político de la antigua fuerza estatal de Alemania Oriental, y la WASG, un movimiento surgido en Alemania Occidental como protesta contra las reformas sociales de los años 2000. Su discurso tradicional gira en torno a la desigualdad social, el poder corporativo, la vivienda y la expansión del Estado de bienestar. En plazas urbanas como Berlín, esa estrategia encontró un terreno favorable debido al elevado coste de la vivienda y los alquileres.
Sin embargo, el panorama de la izquierda radical se ha vuelto más complejo recientemente con la irrupción del Bündnis Sahra Wagenknecht (BSW), una escisión que combina demandas clásicas de redistribución económica con una postura mucho más estricta en el control migratorio.
Aquí es donde se hace evidente la paradoja.
Tanto la AfD como estas fuerzas de izquierda están ideológicamente enfrentadas. Una coloca en el centro la nación, la inmigración y la soberanía; las otras hablan principalmente de desigualdad, capitalismo, vivienda y redistribución.
Pero ambas partes recurren a una herramienta política similar: convertir problemas complejos en una lucha entre el pueblo y un culpable.
Para la derecha radical, ese culpable puede ser la inmigración, las élites políticas, Bruselas o el establishment.
Para determinados sectores de la izquierda radical, puede ser el capitalismo, las grandes corporaciones, los propietarios o las élites económicas.
El enemigo cambia de nombre. La lógica de confrontación permanece intacta.
Ese es uno de los mecanismos más efectivos del populismo: no necesita explicar toda la complejidad de una sociedad. Necesita ofrecer una explicación sencilla y señalar quién es responsable de la frustración ciudadana.
Rusia: una coincidencia incómoda
Quizás uno de los aspectos más llamativos de esta polarización aparece en la política exterior.
La AfD ha adoptado posiciones considerablemente más favorables a una normalización de las relaciones con Rusia que los principales partidos alemanes. Ha cuestionado las sanciones internacionales y el apoyo militar a Ucennes. Dirigentes de la formación han promovido contactos con representantes vinculados al entorno de Vladimir Putin para discutir una posible recuperación del suministro de gas ruso bajo la premisa de proteger los intereses económicos de Alemania.
En el lado de la izquierda, el BSW y sectores de Die Linke sostienen una postura que rechaza el envío de armamento a Ucrania y exige negociaciones inmediatas de paz, apoyándose en una arraigada tradición pacifista y en su escepticismo histórico hacia la OTAN.
Por ello, sería un error catalogar a ambas fuerzas simplemente como «pro-Rusia».
Pero sí existe una coincidencia política innegable: estas fuerzas cuestionan aspectos fundamentales de la política alemana y europea frente a Rusia y la guerra de Ucrania, aunque lo hagan desde plataformas doctrinales opuestas.
La AfD lo hace desde una perspectiva nacionalista y soberanista.
La izquierda radical lo hace desde el pacifismo, el antimilitarismo y su desconfianza histórica hacia la OTAN.
Dos extremos distintos terminan encontrando puntos de coincidencia en asuntos estratégicos que afectan directamente a la posición de Alemania dentro de Europa.
Una paradoja alemana
Sostener que Alemania se encamina hacia una repetición mimética de sus episodios más oscuros sería un ejercicio de alarmismo infundado. Sus instituciones gozan de solidez y los contrapesos democráticos funcionan con regularidad. La realidad del escenario actual es más sutil y, por ende, más incómoda para los partidos tradicionales: cuando los canales institucionales no ofrecen respuestas operativas ante la incertidumbre económica y los dilemas identitarios, las fuerzas periféricas avanzan para ocupar el vacío.
Su gran ventaja competitiva es que no necesitan gestionar las contradicciones de la realidad; les basta con capitalizar el malestar social y transformarlo en una identidad política de resistencia.
Por eso lo ocurrido en Alemania merece atención. No solamente por los movimientos de bloques en el Este o en Berlín, sino porque ambos resultados muestran hasta qué punto está cambiando el mapa político de un país que durante décadas hizo de la moderación una de sus principales defensas democráticas.
La paradoja es evidente: el país que construyó buena parte de su democracia moderna sobre la memoria de los extremos está descubriendo que los extremos también pueden regresar por las urnas.
Miguel Sanchez es Licenciado en negocios internacionales, con master en marketing, estrategia y comunicación politica (@Mickeylodeon28)

