Ser un buen perfil no es lo mismo que ser un buen candidato

GABRIEL FLORES

¿Cuál es la diferencia entre ser un buen perfil para una elección popular y convertirse realmente en un buen candidato durante ese mismo proceso electoral? La pregunta parece sencilla, pero en política puede marcar la diferencia entre una persona que genera admiración y otra que consigue construir una verdadera opción de victoria. Un buen perfil puede despertar interés antes de una elección; un buen candidato debe transformar ese interés en confianza, organización y votos.

Ser un buen perfil político significa que, a partir de su trayectoria, conocimientos, experiencia o reconocimiento público, una persona puede ser considerada apta para ocupar una determinada dignidad. Puede tratarse de un empresario exitoso, un docente, un profesional con formación académica, un dirigente social, un activista, una persona con experiencia en una fundación, alguien con una amplia comunidad digital o incluso una figura con una importante trayectoria política. Todos ellos pueden tener atributos que hagan pensar: “sería una buena alcaldesa”, “sería un buen asambleísta” o “podría ser un buen presidente”.

Sin embargo, ninguna de esas características garantiza que la persona pueda ganar una elección. Tener prestigio profesional no equivale a tener estructura electoral; tener seguidores en redes sociales no significa necesariamente tener votantes; disponer de recursos económicos no garantiza una estrategia eficiente; y haber realizado una importante labor social tampoco significa saber competir electoralmente. El perfil representa un potencial político. El candidato necesita convertir ese potencial en una capacidad electoral concreta.

La diferencia puede entenderse con una comparación sencilla: una persona puede ser un excelente jugador de fútbol en su barrio y demostrar talento, disciplina y habilidad cada fin de semana. Pero una cosa es observarla jugar con sus amigos y otra muy diferente es llevarla a disputar un Mundial. En el segundo escenario aparecen nuevas exigencias: entrenamiento, estrategia, presión, disciplina, equipo, resistencia, capacidad de adaptación y, sobre todo, comprender que ya no juega solamente por sí misma.

En una elección ocurre exactamente lo mismo. El momento en que una persona acepta una candidatura cambia las reglas del juego. Ya no representa únicamente su historia personal, sus aspiraciones o sus opiniones. Detrás de ella comienzan a existir personas que aportan tiempo, dinero, contactos, conocimiento, trabajo territorial y voluntariado. Cada uno de esos apoyos representa una forma de confianza, y quien recibe esa confianza adquiere una responsabilidad mucho mayor que la de simplemente aceptar una postulación.

Por eso, convertirse en candidato requiere una transformación personal. No significa dejar de ser quien se es, abandonar los principios o convertirse en alguien que responde siempre aquello que resulta políticamente conveniente. Significa comprender que una campaña tiene un objetivo concreto: competir para ganar. La estrategia electoral no obliga a renunciar a los valores, pero sí exige aprender a tomar decisiones que permitan que esos valores lleguen al poder mediante una propuesta capaz de convencer a una mayoría.

Un buen candidato también debe aceptar que su tiempo deja de pertenecerle exclusivamente. Construir una candidatura requiere escuchar, recorrer territorio, reunirse con organizaciones, conversar con ciudadanos, formar equipos, analizar información, establecer alianzas y mantener contacto permanente con quienes trabajan por el proyecto. Si una persona quiere ser candidata, pero no está dispuesta a dedicar tiempo a construir el voto, existe una contradicción fundamental entre su aspiración y la realidad electoral.

Imaginemos a una profesional con una trayectoria impecable, reconocida por su trabajo social y con miles de seguidores en redes. Antes de la campaña, muchas personas dicen que sería una excelente alcaldesa. Sin embargo, cuando llega la elección, publica contenido desde sus redes, participa en algunos eventos y espera que quienes admiran su trayectoria se conviertan espontáneamente en votantes. Al final obtiene pocos votos. El problema no necesariamente fue su perfil; fue que nunca logró convertir ese reconocimiento en organización, presencia territorial, comunicación estratégica y movilización electoral.

En cambio, otra persona con un perfil inicialmente menos conocido puede asumir la candidatura de manera diferente. Identifica los sectores donde tiene mayor posibilidad de crecimiento, construye un equipo, escucha las preocupaciones de los ciudadanos, desarrolla una estrategia de comunicación, genera alianzas y convierte a sus primeros simpatizantes en personas que también ayudan a convencer a otros. Quizás al inicio tenga menos reconocimiento que la primera candidata, pero desarrolla algo fundamental: capacidad para construir voto.

Esta diferencia explica una de las frases más frecuentes después de una elección: “Qué pena que perdió, era un buen perfil”. Lo interesante es que pocas veces se escucha decir: “Yo salí a apoyarlo, me incorporé a su equipo, fui voluntario, ayudé a organizar una actividad o convencí a otras personas para que votaran por él”. Admirar a una persona desde lejos no constituye una estructura electoral. El reconocimiento es importante, pero el voto necesita mecanismos que permitan transformarlo en acción.

Un candidato debe comprender además que las relaciones políticas pueden cambiar durante una campaña. Una persona que durante años trabajó como activista quizá haya mantenido posiciones muy firmes frente a determinados sectores. Sin embargo, cuando se convierte en candidato, debe aprender a dialogar con personas diferentes y construir alianzas que permitan ampliar su posibilidad de triunfo. Dialogar no significa traicionar principios; significa comprender que gobernar y competir electoralmente requieren relacionarse con una sociedad diversa.

Esa es una de las pruebas más difíciles de la transición entre perfil y candidatura: entender que el proyecto deja de ser exclusivamente individual. Cuando alguien acepta representar una causa, un partido, un movimiento o una comunidad, ya no puede tomar todas sus decisiones desde el ego personal. Quienes están detrás de esa candidatura también tienen expectativas, sacrificios y sueños. Por eso, el liderazgo electoral exige madurez para entender que la candidatura pertenece a un proyecto colectivo.

Un candidato puede tener una comunidad digital de 100.000 seguidores y, aparentemente, una enorme ventaja frente a otro que apenas posee 15.000. Pero si el primero no conoce dónde están sus seguidores, qué problemas consideran prioritarios, cuántos realmente pueden convertirse en votantes y quiénes están dispuestos a movilizarse, esos 100.000 seguidores son principalmente una audiencia. El segundo candidato, en cambio, podría tener menos seguidores pero contar con una estructura territorial capaz de identificar, persuadir y movilizar a miles de electores. En términos electorales, la segunda condición puede resultar mucho más poderosa.

Un buen candidato tampoco se mide exclusivamente por el resultado final. Evidentemente, ganar es el objetivo de una elección, y sería un error romantizar la derrota cuando existieron fallas que pudieron evitarse. Pero una candidatura bien construida puede dejar algo que permanece después de las urnas: una organización, una comunidad política, dirigentes territoriales, voluntarios, relaciones institucionales, credibilidad y una base social preparada para futuros proyectos. Ahí comienza a aparecer la diferencia entre participar en una elección y construir una trayectoria política.

Por eso, incluso una derrota puede tener un significado político completamente diferente dependiendo de cómo se haya desarrollado la campaña. Una persona que pierde después de haber construido equipo, organización, confianza y presencia territorial puede salir de la elección con una plataforma mucho más fuerte que aquella que obtuvo una mejor votación únicamente por su popularidad momentánea. El resultado electoral mide una elección; la profundidad del proceso puede determinar el futuro político de una persona.

Desde mi perspectiva, convertirse en candidato es aceptar una responsabilidad que va mucho más allá de aparecer en una papeleta. Es entender que cada persona que entrega una hora de su tiempo, aporta un recurso, abre una puerta o defiende públicamente una candidatura está depositando una parte de su confianza en quien la representa. Esa confianza no debería utilizarse para alimentar un proyecto personal y egocéntrico. Un candidato debe demostrar que comprende el sacrificio de quienes decidieron caminar junto a él.

Al final, la pregunta que debería hacerse cualquier persona antes de aceptar una candidatura no es solamente “¿soy un buen perfil?”, sino “¿estoy preparado para convertirme en candidato?”. Tener trayectoria, conocimiento, reputación, recursos o reconocimiento puede abrir la puerta, pero no garantiza cruzarla. Para hacerlo se necesita estrategia, disciplina, equipo, organización, capacidad de escuchar, disposición para construir alianzas y voluntad para transformar la confianza en votos. Porque en política, un buen perfil puede llamar la atención; un buen candidato consigue que las personas decidan caminar con él. Si alguien realmente quiere participar en una elección, el momento de preguntarse si está preparado para construir algo más grande que su propio nombre es antes de entrar a la cancha, no después de conocer el resultado de las urnas.

Gabriel Flores Avilés es consultor Político de Campañas Electorales (@GabrielFlores_a)