Y después qué III: la importancia de las tribus urbanas

MÓNICA CONTRERAS

Este artículo pretende profundizar un poco más las reflexiones que expusimos en el tomo anterior. En él señalamos que nuestra vida se encuentra en pausa, en periodo disruptivo. Y que además debemos enfrentarnos a ella entre cuatro paredes, aunque esté apunto de llegar “la nueva normalidad”. Ahora nuestro estado anímico, nuestras emociones, son las que marcan nuestro rumbo de pensamiento.

Bajo ese contexto, aprendimos que los Millennials (y también los Z), llenan su tiempo con consumos de streaming (música, cine, búsqueda y consumo de información, redes sociales…). Encontramos así a una generación que sabe reflejar -o disimular, según nos convenga- sus sentimientos en cada publicación que hacen, con cada canción que muestran estar escuchando, o con cada cosa que ven, leen o están pensando (en presente literal).

Este consumo masivo de inputs me hace pensar si tendríamos que prestarle más atención a la cultura sociológica que emana de las tribus urbanas. Si somos lo que escuchamos, leemos o vemos el siguiente paso es pensar “Ok: qué leen, qué escuchan, qué ven”. Y si quieren posteriormente podríamos enfangarnos en la tarea para descubrir en qué medida este sobreconsumo nos afecta.

En un mundo digitalizado como el de hoy, y en el caso de la generación de estudio que nos atañe en estos artículos, las tribus urbanas han de servirnos de referencia para saber cómo conectar de forma eficiente desde la política, con esta parte de la sociedad. Las tribus, no son otra cosa que estratos sociológicos de nuestra propia sociedad. Cada estrato entiende la cultura a su manera: desde la moda a la música, y hasta tener un pensamiento general común o al menos, una forma común de entender la vida. E internet está permitiendo que las tribus urbanas tengan cada vez una mayor influencia o al menos una mayor capacidad para llegar a cada persona que se acerque  un mínimo hacia ellas.

¿Recordáis que mencionamos también el Filtro Burbuja? Eli Pariser (2017) venía a explicarnos con esta teoría cómo nuestras redes sociales se van convirtiendo en canales conformados únicamente por nuestros gustos, intereses o incluso corrientes de pensamiento concretas (gracias a los algoritmos).

Si no nos gusta lo que vemos, no lo vemos más. Si no nos gusta lo que dice este tuitero, se le bloquea y listo. Si mi colega de Facebook no para de compartir ahora lo bien o mal que lo está haciendo el gobierno, lo elimino de mis amigos porque pienso justamente lo contrario. O simplemente reacciono de una manera concreta a ciertas publicaciones, páginas o usuarios y entonces los algoritmos hacen que empiece a ver más contenido sobre ésto, incluida la publicidad de productos personalizada. Así, empezamos a vivir dentro de nuestra propia burbuja, haciendo cada vez más impenetrable un pensamiento díscolo al que estamos acostumbrados a sentir.

Pero, ¿cómo afecta todo esto al momento político actual? Y sobre todo, ¿cómo hace la política, que no es otra cosa que el pensamiento que surge de la confrontación de ideas o situaciones, para llegar hasta ellos sin romper su burbuja?

Hasta ahora los políticos y sus asesores han entendido que “haciendo las cosas por internet, se llega a toda esa gente”. Lo que no han entendido aún es que en una etapa en la que se mezclan la sobreinformación y las emociones, la comunicación política no puede ser únicamente creada desde el frío marketing y los gélidos números que van saliendo en las encuestas.

La comunicación política debe empezar a crearse desde la emoción, o mejor dicho, desde la inteligencia emocional, al menos para una generación tan decidida y acostumbrada a expresar sus feelings en un click. La política debe empezar a ajustarse a la cultura de las tribus urbanas, y no al revés. Los líderes de opinión no saldrán de las esferas políticas hacia las masas, saldrán desde las masas a lo político. El ejemplo más claro de este fenómeno es Alexadria Ocassio-Cortez. Sólo encontrando una emoción común podremos construir un pensamiento común.

Otro ejemplo de líder de tribu lo encontramos en el rapero Residente. Durante su carrera, los temas de Residente (bien politizados o digamos que sobre unas cosmovisiones concretas) han generado emoción desde la ideología. Evidentemente, y por consecuencia, sus temas son más valorados por aquellos que han logrado identificarse con él desde el punto de vista ideológico.

Hace unos meses Residente sacó su tema más personal hasta la fecha, René. Canción que se ha “reviralizado” durante la cuarentena porque ha hecho una versión desde casa (y con su madre desde videollamada); o sea, mayor drama aún, mayor capacidad de causar una reacción puramente emocional al que la escucha. Bueno, pues es la primera vez que veo a tanta gente de tantas tribus diferentes compartir un tema de éste rapero. Ésta vez ha logrado que la emoción marque un pensamiento, y no al revés, y por eso ha conseguido llegar a mas gente.

Algo parecido debería pasar con los políticos: dejar de actuar como Residente para empezar a actuar como René. Dejar el “postureo político” para aquellos y aquellas que no están acostumbrados a verlo o que no lo detectan con tanta facilidad como sí lo hacen los jóvenes. Y empezar a crear política desde la verdad. Desde la personalidad, la cercanía, la simpleza de contarle a tus seguidores cómo te sientes hoy, qué estas comiendo o qué playlist te hace mejor el día. En definitiva, hacer política desde la verdad, es la mejor manera de empezar a crear vínculos con los jóvenes.

Señoras y señores, internet para Millennials/Z no es una casa de una planta en la que todo cabe. Internet para los Millennials/Z es todo un edificio, y por tanto la comunicación ha de hacerse planta por planta, puerta a puerta y sobre todo, sentimiento a sentimiento.

 

Mónica Contreras es analista y consultora en Redlines (@monlil10)