“Ser víctima es horrible, pero el victimismo es adictivo”: Entrevista a Víctor Lapuente

Victor Lapuente es doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Oxford, catedrático en la Universidad de Gotemburgo y profesor visitante en ESADE. Además, es colaborador recurrente en medios como El País o la Cadena Ser y forma parte del colectivo Piedras de Papel. Es autor de “El retorno de los chamanes. Los charlatanes que amenazan el bien común y los profesionales que pueden salvarnos” (Península, 2015) y del libro “Decálogo del buen ciudadano” (Ed. Península) (@VictorLapuente)

Entrevistado por Carlos Magariño

¿Si Dios fue aniquilado por la derecha, quién es el Dios del siglo XXI?

Tú. Cada uno de nosotros. Nos hemos endiosado en un proceso de narcisismo que los propios psicólogos llevan documentando muchos años.

¿De qué forma se puede controlar el sentimiento patriótico para que no devenga en nacionalismo?

Es un equilibrio difícil. Pero es una diferencia sustancial, categórica, de tipo, no de grado. El nacionalismo es usar la patria (lo trascendente) para beneficio personal: para sentirme superior a esos inmigrantes que llegan o a los integrantes de la patria vecina. El patriotismo es lo contrario: es entregarnos como individuos a una patria trascendente, a algo que nos supera.

Hablas de Dios y la Patria como “pegamentos sociales” que han permitido y potenciado el progreso humano en la historia. ¿Dejándolos de lado, qué nexos existen actualmente que permitan una sana creación de comunidad que nos haga prosperar?

Hay muchos, porque, por fortuna, la capacidad del ser humano para encontrar soluciones a los problemas más inesperados es extraordinaria. El ecologismo, el compromiso con los derechos humanos, hay muchos ejemplos de metas trascendentes que pueden servirnos de guía en esta era extremadamente narcisista.

El estoicismo tiene a la dicotomía del control como uno de los procesos fundamentales para tener una vida plena: controlar hasta lo que podemos controlar. Algo similar sería “abrazar la incertidumbre”. ¿Cuál es la línea que limita “lo controlable” de lo “incontrolable”?

No hay una línea clara. Es por eso que la construcción de carácter exige una autoexaminación constante. Ese autoexamen, a poder ser cada noche antes de irnos a dormir, es la piedra angular sobre la que podemos cimentar luego una vida estoica.

Expones que la única víctima legítima es aquella que quiere dejar de serlo. Teniendo en cuenta el debate actual del mérito, cuando el esfuerzo no es suficiente, ¿cómo se deja de ser víctima? ¿Qué papel tienen las redes sociales en el proceso de victimización que describes, sentirte escuchado estimula la queja?

El drama es que ser víctima es horrible, pero el victimismo es adictivo. Las víctimas tienen todo el derecho a luchar por dejar de serlo, aunque también el derecho a no. Es cierto que la meritocracia ha impulsado una cultura extremadamente competitiva que victimiza injustamente. Hay que trabajar, pues, en los dos lados: en reducir el victimismo, pero también en dejar de culpabilizar a la gente por su situación.

¿Es posible no ser individualista cuando existe una necesidad material imperante? ¿Si nosotros estamos mal podemos seguir pensando en los otros?

Ser individualista tiene efectos positivos. El problema es el individualismo extremo o el narcisismo: pensar que el mundo debe seguir nuestros dictados o deseos, que la vida nos va a desenrollar una alfombra roja a cada paso. La responsabilidad individual, por otra parte, es esencial para el progreso (material e inmaterial) tanto de los individuos como de las sociedades.

 

Entrevista realizada por Carlos Magariño, estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad Pompeu Fabra. Miembro del espacio La Cúpula (@cmagfer)

En nuestra web: Reseña del libro “Decálogo del buen ciudadano” de Victor Lapuente

Enlace al libro (Ed. Península)