Película: ‘El Reino’. El castigo es el silencio

SERGIO PÉREZ DIÁÑEZ

El Reino es una gran película del cine español. Probablemente, el mejor retrato político de una época de nuestro país junto con Los santos inocentes (1984), donde Mario Camus nos muestra los males de la pobreza y la incultura de la España profunda de 1960. Por su parte, Rodrigo Sorogoyen demuestra aquí una brillante capacidad para abordar el género del thriller político desde la perspectiva de un personaje atormentado. Y qué mayor mundo de tormento que el de la política de las cloacas, donde los representantes públicos que se presentan en sociedad como honorables carecen de valores, emplean el juego sucio contra sus compañeros para hacerse con el poder y se funden el dinero de los contribuyentes de la forma más hortera. Con El Reino, Sorogoyen lleva a España a su primera incursión, de lleno, en el universo House of cards, si bien también hemos de destacar B de David Ilundain, estrenada en 2015 y protagonizada por Pedro Casablanc en la piel de Luis Bárcenas.

En la película de Sorogoyen, el protagonista atormentado es un político (Manuel López Vidal) que se ve expuesto penal y mediáticamente cuando un escándalo de corrupción salpica a su partido, poniendo fin a las juergas en restaurantes, yates y clubs de alterne por parte de los cabecillas de la trama. Inevitablemente, el lector se preguntará qué tipo de lástima puede inspirarle un personaje así (corrupto hasta la médula), pero quien haya visto la película tal vez recuerde como injusto el descaro con el que sus compañeros de partido dejan que asuma en primera persona toda la culpabilidad pese a que ellos han participado del negocio tanto o más que Manuel. De un plumazo, el protagonista ve dañada su vida familiar, pierde a sus mejores amigos en el mundo de la política y figura como el principal responsable aun tratándose del mero ejecutor de una maquinaria que lleva funcionando así desde hace décadas. Con ello, el director está haciendo referencia a casos como “los ERE” y “Gürtel”, e incluso se permite la licencia de representar a algunos pesos pesados de la política y la prensa a través de los personajes de Ana Wagener y Bárbara Lennie.

Como hombre de partido, Manuel asume el papel que los reyes le tienen reservado (manzana podrida) ante la obra de la justicia y los medios. Y eso pese a que, hasta en el bar, puede contemplar cómo el ciudadano de a pie engaña al camarero con el cambio. Precisamente, en dicho bar es donde Manuel encara uno de sus momentos personales más duros, contemplando humillado cómo dos “indignados” molestan a su hija y luego les escupen con total impunidad. Es en este punto de la película cuando el director nos muestra todas las aristas de un personaje que ha cometido errores, pero que no por ello deja de ser un ser humano. Habitualmente, el thriller político representa a sus protagonistas como personajes implacables y sin escrúpulos, pero pocas veces logra que trasladen una humanidad como la de Manuel. Mención especial a Antonio de la Torre, uno de los mejores actores de nuestro cine.

Sin embargo, la angustia del personaje no tiene tanto que ver con la difícil situación que está atravesando su familia, sino con el cortocircuito que se genera en torno a su persona. Ni la libertad bajo fianza ni el ataque de los periodistas es tan duro como las miradas esquivas de sus compañeros de la política autonómica (a los cuales incomoda su mera presencia) y, sobre todo, el silencio de su rey. Manuel, que era el sucesor al trono en la Comunidad Autónoma, comprueba cómo el rey no le devuelve las llamadas, no quiere ni oír hablar de él y le hace llegar amenazas sutiles a través de intermediarios. Aunque se desespere por tener una breve conversación (la que sea) con el rey, este no parece dispuesto a poner fin a un silencio que antaño fue admiración, respeto y planes de futuro para Manuel.

Y el silencio precipita a Manuel hacia su propio abismo personal, buscando a contrarreloj a personas de confianza para salir vivo del embrollo judicial y pruebas que le permitan aplicar su propia justicia contra quienes le han traicionado.

Porque el castigo no es la cárcel. El castigo es el silencio.

A fin de cuentas, ¿qué es más duro? ¿Perder el yate o la pleitesía de quienes van a bordo?

 

Sergio Pérez Diáñez es consultor de comunicación política y, actualmente, forma parte del gabinete online de un partido político. (@spdianez)

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