Palomares, Fraga y su chapuzón: propaganda letal

SONIA LLORET

Palomares. 9.22 AM. 17 de enero de 1966. Los dos aviones que todas las mañanas los lugareños veían en el despejado cielo hasta casi chocarse, esta vez chocan.

La bola de fuego que produjo la colisión a 10 mil metros de altura cambiaría para siempre la historia de esa pedanía de las Cuevas de Almanzora, en Almería. 

Los palomareños sin ni siquiera sospecharlo entraban de lleno en la Guerra Fría.  Desde ese día nada volvería ni volvió a ser igual.

Aquellos dos aviones formaban parte de la estrategia militar de EEUU en su lucha nuclear contra la URSS. El país norteamericano tenía ni más ni menos que una flota de doce bombarderos B52 con las letales armas en sus barrigas volando 24 horas en varios puntos del mundo para reaccionar de inmediato ante un ataque de la potencia soviética. 

La dictadura franquista permitía esas maniobras en el espacio aéreo español. Los B52 partían de EEUU y cargaban combustibles en la ida desde los aviones cisterna ubicados en la la Base Aérea de Zaragoza. 

España era un punto estratégico a mitad de camino hacia la órbita de la ex URRS, a la vuelta el repostaje se hacía con los aviones situados en la Base de Morón.

Y así día tras día hasta que algo falló esa mañana en el avión cisterna. El bombardero B-52 regresaba de la frontera turco-soviética hacia la Base Aérea de Seymour Johnson en Goldsboro, Carolina del Norte, nunca llegó a su destino. 

Los siete tripulantes del bombardeo lograron accionar los asientos inyectables antes del choque, pero solo cuatro sobrevivieron. Ninguno del avión de repostaje.

La colisión pudo haberse convertido en la gran tragedia nuclear del siglo XX. Es difícil pronosticar y calcular el número de vidas humanas que se hubieran perdido y el área afectada, pero hubiera sido devastador: las cuatro bombas de ese B52 eran 75 veces más destructivas que las de Hiroshima y Nagasaki.

La alerta roja saltó de inmediato en el Pentágono: había cuatro flechas rotas (código militar en EEUU para denominar un accidente nuclear) en un pueblo perdido de España de difícil pronunciación.

En la sala de situación del Departamento de Defensa situada en Arlington, Virginia, a miles de kilómetros de aquella pedanía una de las súper potencias lo ubicada en el mapa y destinaba todos sus recursos humanos, tecnológicos y militares para tratar de controlar la crisis. 

Antes de esa excepcional mañana se habían producido varios accidentes que se elevaron a la categoría de flecha rota, pero todos en suelo estadounidense. Aquello en un país europeo complicaba y mucho más las cosas.

Para bien de los palomareños y, sin duda, para el resto de españoles ninguna de las bombas explotó, la tragedia sobrevoló el aire pero no se consumó.

No hubo ningún muerto entre la población civil española, ningún daño material en el pueblo. Todo demasiado bonito para ser real ¡Pero nothing is perfect! Palomares milagrosamente volvía a nacer ese día, pero lo hizo con un nuevo y peligroso vecino: el material radiactivo, especialmente el plutonio, que desprendían las bombas al estrellarse contra el suelo y partirse se esparció en el aire. 

Ajenos a esa amenaza, los palomareños fueron los primeros en descubrir, acceder y tocar los restos de aquellos aparatos tan extraños y del fuselaje de los aviones, fueron también quienes rescataron a los pilotos que sobrevivieron tanto en tierra como en mar.

Y, cómo no, algunos se llevaron a su casa piezas o las cuerdas de los paracaídas para darles otro uso, en Palomares escasea todo así que a aquello había que sacarle partido sin saber que todo contenía radioactividad. 

Tres de las cuatro flechas rotas se recuperaron a las pocas horas gracias a los vecinos: cerca de la desembocadura del río Almanzora, en un solar del pueblo y en la sierra Almagrera. 

Pero encontrar la cuarta bomba fue un auténtico dolor de cabeza y una lucha contrarreloj, había una bomba pérdida y por cuestiones geoestratégicas debía localizarse.

Generales, soldados, ingenieros, maquinaría que jamás habían visto los lugareños, carpas… era una película americana pero sin salir de casa. El espectáculo era extraordinario como han relatado vecinos en medios y documentales.

Un rincón de Almería se convertía casi en un gran set de rodaje y sus habitantes asistían perplejos y obnubilados a aquel despliegue militar, sus vidas monótonas de agricultores y de paseos en burro se alteraba.  

Aquello era muy impresionante, pronto llegaron los trueques de Coca Cola o cigarros americanos por licores locales, era como si el siglo XX hubiera entrado de lleno en Palomares, pero a la par también llegaron las dudas: ¿qué era lo que estaba pasando allí para tal despliegue? ¿Qué medían en el aire esos artefactos? ¿Por qué había caras de preocupación? 

Pasadas las semanas era cada vez más obvio que algo pasaba y no era precisamente bueno. Las informaciones no oficiales, pero oficiosas hablaban que las bombas nucleares rotas por el impacto contaminaban. Las radios extranjeras que captaban las señales locales así lo afirmaban.

 El Pentágono envió a 1.600 soldados para limpiar las zonas contaminadas, se les dio certificados a los lugareños que las tierras estaban limpias, se les indemnizó por los cultivos arrancados, pero la dispersión del plutonio y otras sustancias radioactivas era un hecho medible por los aparatos de la época. 

El régimen decía que no había peligro y los estadounidenses estaban más preocupados y ocupados en recuperar la cuarta bomba que en el tema de la salud pública, era un escándalo en toda regla. Se destapaba algo secreto hasta entonces, en España se descubría que sobrevolaban B52 con el peligroso contenido. Y a nivel internacional los ojos se volvieron hacia Palomares, la URSS tomó buena nota del desaguisado en aquella pedanía: era fundamental controlar el manejo de la información por parte de ambos gobiernos. 

Palomares sin quererlo ni buscarlo se convirtió en el epicentro de vaivenes políticos y decisiones estratégicas en las que se priorizaron otros intereses y no la salud de sus habitantes.

Censura y falta de transparencia

Franco no quería dar una mala imagen exterior y debía sofocar algunas voces que criticaban aquel acuerdo secreto que formaba parte de los Pactos de Madrid. Por eso el control férreo en torno al incidente de Palomares fue inmediato.

Una dictadura siempre tiene la ventaja de tapar, alterar, filtrar o bloquear a conveniencia y de marcar los tiempos, Estados Unidos tampoco estaba por airear el asunto: un accidente nuclear y una bomba pérdida no era una buena propaganda.

El Pentágono clasificó como secreto el accidente, pero lo que era imposible controlar para ambos países eran los titulares en la prensa internacional y la matriz de opinión que se estaba formando. El goteo de corresponsales extranjeros en Palomares se incrementaba y aquello preocupaba siempre husmeando y preguntando. 

Pasaban las semanas y el nerviosismo iba por parroquias. La cuarta flecha rota seguía sin aparecer en las batidas diarias y por si no hubiera suficiente, un submarino ruso hizo acto de presencia en aguas almerienses.

Para entonces era bastante obvio que la cuarta bomba solo podía estar en un lugar: en el Mediterráneo. Ante la presencia soviética, Estados Unidos movilizó buques de su Sexta Flota  para dejar claro que allí mandaban ellos.

Desde la arena de la playa de Quitapellejos se veía aquella imponente armada. Los vecinos, por su parte, cada vez estaban más nerviosos. Nadie les explicaba nada, pero sabían que había contaminación.

Y al régimen le preocupaba otro problema que era vital para los intereses  económicos de España: que la llegada de turistas se viera afectada por Palomares.

El titular era demoledor en el exterior, parte de la costa de España había plutonio diseminado en las partículas de aire. Aquello podía hacer tambalear no solo la temporada veraniega de ese 1996, sino toda la estrategia turística enmarcada en el Desarrollismo que llevó a España a pasar de la autarquía al desarrollo industrial y el crecimiento económico.

Había que enfrentarse a la contaminación real, pero sobre todo a la contaminación de la opinión pública. Y la matriz negativa que se estaba creando había que revertirla: quién iba a venir a bañarse en aguas contaminadas y respirar en unas tierras con radioactividad.

La censura, la negación y el secretismo dejaron de funcionar. Había que pasar a la acción y desactivar esa bomba mediática que podía hacerle mucho daño al incipiente sector turístico. La apuesta era total y había que pasar al ataque y, cómo no, la propaganda era el camino. 

Un golpe certero en la  casi inexistente opinión pública nacional, pero sobre todo en el mundo libre. En especial, el mensaje debía llegar a los potenciales turistas británicos. 

El marketing franquista buscaba captar visitantes para el turismo de sol y playa. Había que desactivar las dudas, cambiar la percepción sobre Palomares y si lo que se pretendía es que los turistas se bañaran felices y seguros en las playas de Almería había que predicar con el ejemplo.

Dicho y hecho. El responsable del slogan Spain is different, el súper ministro de información y turismo del régimen, Manuel Fraga, puso manos a la obra con la no despreciable ayuda de los estadounidenses que en eso de la propaganda tienen experticia.

Se planeó una estrategia que culminaría en una foto para vender la idea de que nadie corría peligro si se zambullía en esas aguas y así lo hizo el ministro.

Cada detalle de aquel desembarco de Fraga en Palomares se midió al milímetro. Desde Madrid se llevó a la prensa en un viaje controlado por el Ministerio de Información y Turismo, ya entonces se aplicó una máxima de la comunicación política: lograr golpe de efecto, un giro narrativo que cambiara la percepción sobre Palomares.

El 7 de marzo de 1966, Fraga descendió de un helicóptero y el pueblo de Palomares lo recibió aparentemente entusiasta, todo estaba bajo control. 

Tras los honores de rigor y un paseo, se produce la puesta en escena planificada. El ministro aparece en traje de baño en la playa de Quitapellejos para darse un chapuzón, lo acompaña el embajador de Estados Unidos, Angier Biddle Duke

Los dos países ponen a pesos pesados a zambullirse en las aguas de Palomares. Los flashes se activan ante la sorpresiva y potente imagen, el chapuzón por supuesto también se transmitió en el Nodo y ya se sabe que lo que salía en el noticiero semanal del régimen era santa palabra.

Pero ha sido la instantánea la que se ha quedado en la retina de millones de españoles, esa foto que conecta a Fraga con el mar de Palomares. La simpleza de un mensaje y el poder de la imagen. Si el ministro se baña y no le pasaba nada, todos nos podemos bañar.

Una idea sencilla, directa y rápida inmortalizada en unos pocos segundos que le dio un giro de 180 grados a lo que se contaba de Palomares. Frente al relato que allí pasaba algo muy grave, la foto simboliza la contranarración de aquel relato.

Se crea el hecho, se le da un giro al relato y sí, funcionó. La foto logró desactivar los efectos mediáticos de las cuatro bombas nucleares, logró que no se arruinara la campaña turística.

Era muy impactante ver al todopoderoso ministro arriesgando el pellejo en Quitapellejos.

¿Qué de quién fue idea el baño? Los cronistas apuntan el tanto a la esposa del embajador Duke, quien había trabajado como relaciones públicas de Pepsi. 

Cuentan también que Fraga conservó el mítico bañador Meyba de color verde cual trofeo en su chalé de Perbes, en A Coruña, por aquel éxito de la misión. 

Otros insisten que Fraga nunca se bañó en Quitapellejos, sino en Mojácar, es prácticamente insignificante que hubiera sido así porque eso solo redundaría en confirmar el poder que tiene la propaganda cuando se percibe como real, más allá de que sea verdadero o no lo que se cuente.

Aquella foto persuadió y convenció a la opinión pública, pero por supuesto no solo de propaganda viven el hombre, al marketing franquista asegurando que la zona estaba limpia había que complementarlo con gestiones reales. 

EEUU hizo su labor diplomática y le prometió al gobierno español que en el Parlamento británico se afirmaría que la Costa del Sol era segura y que los entusiastas turistas podían venir sin riesgos.

Y así sucedió, el diputado John Brevis en la Cámara de los Comunes le preguntaría al ministro de Estado del Foreign Office, Walter Padley, por el asunto y la respuesta no pudo ser más convincente: “los turistas británicos de la Costa del Sol no corren peligro alguno a causa de la bomba nuclear norteamericana perdida en aguas de Almería”.

Y ya saben el resto es historia, cada año la Costa del Sol y otros destinos españoles se atiborran de turistas británicos.

¿Pero dónde estaba la cuarta bomba?

Buscar una bomba atómica de pocos metros en el mar fue muy complicado, el desánimo cundía con cada infructuosa búsqueda. Para localizarla se utilizaron todas las virguerías de la época y el poderío militar y naval de EEUU se trasladó a la costa almeriense. El artefacto nuclear debía encontrarse sí o sí.

Se movilizaron 34 buques y cuatro sumergibles incluido el famoso submarino Alvin, capaz de descender a 2.500 metros de profundidad, les sonará el nombre es el mismo que en 1985 mostró al mundo los restos de Titanic.

Operativo desde 1964, Palomares fue una de sus primeras misiones de las más de 4 mil que ha hecho. Era voz populi tanto para los militares como para los pilotos civiles que manejaban el Alvin que un pescador local había visto caer dos paracaídas y que insistía en que uno de esos podía contener la bomba.

Paco Simó, que pasaría a la posteridad como `Paco el de la Bomba´, el día del fatídico accidente estaba en su modesta barca pescando cuando le sorprendió la bola de fuego y tras ella detectó la caída de los dos paracaídas que se tragó literalmente el mar. 

En su memoria guardaba el punto exacto donde cayeron gracias al sistema de marcas,  una técnica que permite a los pescadores ubicar con precisión puntos de pesca o elementos de importancia en la navegación.

Paco describió hasta en cuatro ocasiones cómo había sido la caída de aquellos paracaídas, de su descripción se dedujo que uno de ellos llevaba la cuarta flecha rota. 

Y fue uno de los pilotos del Alvin quien desobedeció las órdenes del almirante West y las indicaciones de búsqueda por cuadrículas que no daba ningún resultado. Uno de los últimos días se alejó con batiscafo y localizó el punto que indicaba Simó. Horas después encontró la bomba. 

El 17 de marzo de 1966, 10 días después del chapuzón de Fraga y tras 80 largos días, el Alvin divisó la bomba envuelta en el paracaídas a 869 metros de profundidad.

El primer intento de extraer la bomba falló y la bomba volvió a las profundidades, otro fallo era inviable. En el segundo intento la marina estadounidenses utilizó el dispositivo llamado CURV, que era utilizado para la recuperar torpedos del fondo marino. 

La crisis se dio por cerrada, el mundo pudo ver el artefacto nuclear recuperado y todo fueron parabienes entre el gobierno español con la foto del ministro y el estadounidense con un operativo de búsqueda millonario pero que dio sus frutos. Declaraciones una vez más consensuadas sobre el éxito de lo que pudo haber terminado en una tragedia absoluta.

Desde el punto de vista de la propaganda Palomares tuvo un cierre redondo, un episodio muy turbio, poco transparente finalizaba con éxito, pero los que nunca han quedado satisfechos son los vecinos de Palomares. ¿Se sacrificó la salud y el interés particular de un puñado de españoles por el interés económico de un país? Para los habitantes de Palomares no hay duda y ese debate ético y también estético se mantiene en la actualidad. 

Es cierto que el ejército estadounidense retiró miles de toneladas de tierra y restos vegetales que fueron transportados por mar a EEUU. Pero la radioactividad sigue ahí, el plutonio tarda 24.000 años en desintegrarse.

Ya en democracia ha habido algunos escarceos para solucionar la contaminación de Palomares con los diferentes gobiernos de Estados Unidos. La pedanía aparece incluso en los cables de Wikileaks con la publicación de una nota confidencial. 

En 2009 el ministro de Asuntos Exteriores de España, Miguel Ángel Moratinos, le escribe a la secretaria de Estado de Estados Unidos, Hillary Clinton, para advertirle sobre una posible matriz de opinión antiestadounidense si se publica un estudio sobre la Palomares y su contaminación.

El 2015, otro ministro de exteriores, José Manuel García-Margallo, sí escenifica lo que era una gran avance para los vecinos de la pedanía. Junto al secretario de Estado norteamericano John Kerry firma una declaración de intenciones para lograr “cuantos antes” una “rehabilitación mayor” de Palomares y retirar 50.000 metros cúbicos de tierra contaminada.

Sin embargo, nada ha pasado hasta el momento. Las acciones de algunas organizaciones ecologistas han llegado al Parlamento Europeo sin resultados por ahora.

Más allá de la propaganda, como ha afirmado uno de los alcaldes del pueblo, José Pérez Celdrán, “vivir en un lugar radioactivo que nadie ha querido limpiar ha dado muy mala publicidad y es algo que ha pendido sobre nosotros como una espada de Damocles”.

Los palomareños siguieron cultivando, tenían permiso para hacerlo pero durante mucho tiempo evitaron poner el origen del producto. Sus jugosas sandías o los exquisitos tomates no se hubieran vendido igual si ponía Palomares.

España y Estados Unidos todavía están negociando un acuerdo formal sobre la cantidad de tierra a limpiar, la fecha para retirarla, cómo se hará y quién lo hará, pero siempre… siempre en la agenda bilateral hay cuestiones comerciales, militares y estratégicas más importantes que el plutonio de Palomares.

 

Sonia Lloret  es Consultora de comunicación política (@sonia_lloret)

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