El mundial de Rusia se juega en otra cancha

DIEGO ÁREA

Luego de 38 años, Rusia vuelve a ser anfitrión de un evento deportivo de carácter mundial, global, donde una vez más la tensión del poder político envuelve al balón, y al revés, el balón concentra la atención y nos distrae de la realidad. El mundo se paralizará durante un mes.

Las instalaciones del Estadio Olímpico Luzhnikí, anteriormente llamado Estadio Central Lenin, albergarán durante el mes del evento a un gran número de aficionados y corresponsales de medios de comunicación de todo el mundo que disfrutarán y transmitirán en tiempo real el desarrollo de la competencia a detalle, casi milimétrico, aunque como en todo totalitarismo con una desmedida ambición de control por parte del régimen.

No hay que olvidar que en el pasado también ha sido así. Las olimpiadas de Moscú, por ejemplo, celebradas en 1980, fueron auspiciadas por la otrora Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), y para aquel entonces la amenaza nuclear, la injerencia en conflictos periféricos y la conformación de bloques de influencia marcaban los rasgos “más fríos” del conflicto.

Actualmente, caído ya hace tanto el Muro de Berlín (1989) y finalizada la Guerra Fría, los conflictos responden a nuevas realidades internacionales, emergen nuevos actores y ocurren eventos sorprendentes, como la aparente reconciliación de las dos Coreas o la no clasificación de la oncena “azzurri” al mundial de fútbol.

 

La Copa del Mundo en otra cancha

En el tablero de lo político, el estilo de juego de la selección rusa se caracteriza por la brusquedad, por un creciente autoritarismo y un manejo casi absoluto del aparato político, por ataques sistemáticos a libertades y celebración de elecciones controladas por el aparato político, mezclado con cierta nostalgia del pasado “glorioso” de Rusia conectado a un sentimiento antioccidental nacionalista. El “putinismo”.

Desde el ascenso al poder de Vladimir Vladimirovich Putin, Rusia ha venido recuperando su posición en el escenario internacional. Su principal objetivo ha sido posicionarse como país potencia y volver al club de quienes definen las reglas de juego.

Parte de la estrategia de la selección rusa será impulsar innovaciones en el tablero tecnológico, posicionando a empresas nacionales para definir con claridad y proyectar su imagen a nivel mundial en un mercado dominado hasta ahora por los gigantes estadounidenses de Silicon Valley.

Entre las innovaciones resaltantes destacan, la incorporación del Video Assistant Referee (VAR) en decisiones que involucren jugadas decisivas en cada partido; la transmisión de los partidos en señal 4K, resolución cuatro veces superior a la HD, por parte de la empresa rusa Rostec; y la implementación de la identidad digital “Fan ID” que será suministrada por el gobierno ruso y que cuenta con la tecnología de reconocimiento facial, que por un lado permitirá a los ciudadanos rusos y extranjeros a acceder al país, asistir a los estadios y utilizar el sistema de transporte público con total gratuidad, y por otro a la inteligencia rusa mantener monitoreo y control de los movimientos de cada aficionado en estadios y zonas aledañas.

Queda claro que estas innovaciones no sólo se han desarrollado para el campo deportivo. Vladimir Putin tiene aspiraciones de aumentar su espacio de influencia y fortalecer la posición de Rusia en el escenario internacional utilizando la tecnología para influir en sistemas políticos de otras naciones.

 

¿La nueva guerra fría?

Hoy la aplicación de sanciones a Rusia por parte de Estados Unidos y Europa, la escalada internacional del conflicto sirio como drenaje subsidiario, la recuperación económica de Rusia en el marco de los BRICS, sumado a las recientes acusaciones de operaciones de espionaje ruso en suelo británico, incluyendo el envenenamiento de espías, configuran la existencia de un nuevo conflicto político de baja intensidad. ¿Será que se está reeditando la guerra fría en tiempos de globalización?

Por su parte, a este panorama se le incorpora un potente elemento disruptivo: el desarrollo de nuevas estrategias destinadas a influir en las conversaciones que ocurren en las redes sociales, con la intención de promover matrices de opinión y tendencias en las interacciones que ocurren en este nuevo territorio de la realidad. El fin último de esta arma de disrupción masiva es el de intervenir en la estabilidad política de otros Estados incidiendo en la toma de decisiones de sus nacionales.

A nivel mundial, la intención del Kremlin y sus satélites pareciera estar orientada a minar la confianza de los ciudadanos en las instituciones políticas, fomentar la polarización, el escepticismo y la desinformación, además de favorecer a candidatos convenientes para los intereses de Putin.

La competencia nuclear y la mutua destrucción asegurada de la guerra fría se reemplazan por la carrera digital y el uso de datos como armas de disrupción masiva.

 

Arma de disrupción masiva

En el mundo actual, donde las redes sociales se convirtieron en espacios de discusión pública masiva, cuya raíz puede encontrarse en el ágora griega o la plaza pública, también aparecen fenómenos como la manipulación y desinformación que representan un riesgo para la transparencia del debate. La capacidad de influir en la discusión de forma masiva abre la posibilidad de conducir las conversaciones influyendo y convenciendo a los interlocutores, multiplicadores y movilizadores de la información.

Cual mito de las cavernas platónico, estamos atados dentro de la cueva de la información observando las imágenes que son proyectadas en el fondo por siluetas que sólo muestran “sombras”. La opinión pública progresivamente se convierte en opinión publicada, donde lo determinante no es la veracidad de la información, sino el número de reproducciones, los me gusta, clics o retuits que tengan.

Todo esto sumado a la evolución de la capacidad de manejo de datos que permiten predecir tendencias probables de comportamiento de grupos que comparten intereses, condiciones sociodemográficas o patrones de consumo convertidos en audiencias. Partido en el que la selección rusa, con Vladimir Putin a la cabeza, parece estar llevando la delantera.

 

El hat-trick de Putin

Uno a cero. En 2016 en el caso del Brexit, la injerencia está documentada. Ya existen abiertas tres investigaciones, dos en la comisión electoral y una en el parlamento, sobre la difusión de noticias falsas en las redes sociales. En la mayoría de los casos apuntan a vínculos entre Moscú y dirigentes del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), organización política que, luego de obtener el resultado de la consulta, solicitó a la primera ministra, Theresa May, levantar las sanciones económicas contra Rusia. Se ha calculado, según una investigación de la Universidad de Edimburgo, que Rusia había usado más de 400 cuentas falsas en Twitter en la recta final de la campaña por el Brexit impulsando etiquetas como #EUref, #BrexitOrNot y #BritainInOut para favorecer la salida de la UE.

Dos a cero. En 2017 el caso de la crisis catalana, RT y Sputnik, cadenas financiadas por el Kremlin y con clara línea editorial alineada con intereses rusos, se posicionaron como la segunda fuente más compartida en redes sociales sobre el conflicto independentista, por delante de cadenas como EFE y RTVE, según un estudio realizado por Javier Lesaca, investigador visitante en la Escuela de Medios y Asuntos Públicos de la George Washington University. El estudio concluyó que, durante la crisis, el 32% de las cuentas tenían origen en Venezuela, en el 30% se trataban de perfiles anónimos que sólo se dedican a difundir contenido de RT y Sputnik, y otro 25% de cuentas falsas automatizadas. Sólo la alarmante cifra del 3% de la conversación surgió de perfiles reales.

Tres a cero. Más compleja, coordinada y estructurada fue la incidencia de Rusia en las elecciones de 2016 en los Estados Unidos a favor de la candidatura de Donald Trump. La investigación del fiscal especial Robert Mueller sobre la trama rusa concluyó que, desde inicios de 2014, mediante la empresa Internet Research Agency LLC, se inició una operación para interferir en la política interna de los Estados Unidos. Se constituyó un equipo de más de 80 funcionarios cuyo presupuesto mensual rondaba los 1.250.000 dólares, que contaba con un departamento de análisis de datos, tecnología, posicionamiento web (SEO), diseño gráfico y finanzas.    

Su objetivo era generar desconfianza en los candidatos y en el sistema político en general. Se crearon cuentas falsas y se usurparon las identidades de ciudadanos americanos para conducir mensajes polarizantes a audiencias objetivo. Desde 2014 comenzó el proceso de aprendizaje, recogiendo datos y métricas de comportamiento y reacción de dichas audiencias ante estímulos específicos. Entre junio y septiembre, tres funcionarios de la empresa rusa viajaron a suelo estadounidense a recoger información de inteligencia, donde alimentaron su entendimiento de la cultura política y viajaron por distintos Estados donde aprendieron conceptos como “estados púrpura” y lo decisivos que son en el sistema político federal estadounidense.

El partido va claramente dominado por Rusia. El área chica de la estabilidad política de occidente está siendo atacada desde diversos flancos por jugadores anónimos a quienes no les afecta jurisprudencia alguna y, cual guerrilla digital, fundamentan su acción en el sabotaje, el anonimato y la sorpresa.

Aquellos encargados de proteger el arco de la democracia también juegan. La audiencia de Mark Zuckerberg ante el Senado norteamericano, el cierre de las operaciones de Cambridge Analytica en Estados Unidos e Inglaterra y el establecimiento de estrategias para generar conciencia en los internautas marcan el inicio de las regulaciones al mundo digital y la protección de la identidad de los usuarios como estrategia defensiva. Los que portean también aprenden en el proceso, cierran espacios, encuentran debilidades en el ataque del contrario, se hacen más sólidos en defensa, para en el momento preciso comenzar el contraataque.

¿Se vendrá la remontada?

 

Diego Area es politólogo, asistente de investigación y estudiante del Master en Gerencia Política en la George Washington University. (@DiegoArea)

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