Midterms 2018. La tragedia que nunca tuvo lugar

ANA POLO ALONSO

Durante semanas, la tragedia es intuía en el horizonte, aunque eran muchos los que esperaban un cambio de tendencia repentino; otros, simplemente, preferían ignorar las agoreras señales y seguir instalados en un plácido optimismo, ingenuo y sin justificación alguna. Pero la realidad se impuso, rotunda, implacable y dolorosa, y al Presidente no le quedó más remedio que aceptar la apabullante derrota. No empleó la palabra “humillación”; prefirió decir que era un ejercicio de “humildad”. Pero a nadie se le escapaba que aquello había sido un desastre. Sin paliativos: un fracaso total.

No hablamos del 2018, sino del 2010. El Presidente era Barack Obama y el Partido Demócrata acababa de sufrir el mayor varapalo en las midterm de los últimos setenta años. Habían perdido 63 escaños en el Congreso y seis en el Senado. Traducción: una severa, sonora e histórica paliza. Al Presidente no le quedó más remedio que admitir que “no estaba en contacto con el estado anímico del país” a consecuencia de haberse instalado en la “burbuja de la Casa Blanca”. También aceptó que el mensaje de la campaña no había sido el más adecuado. “Estas elecciones… demuestran que tengo que hacer mejor mi trabajo y que Washington tiene que hacer mejor su trabajo”, reconoció con una mezcla de resignación y amargura.

¿Se repetirá la historia? Volvemos al momento presente. El primer martes después del primer lunes de noviembre (que este año cae en el 6 de noviembre) se celebran las elecciones legislativas estadounidenses, las midterm, una cita que siempre se ha entendido más como un referéndum sobre la actuación del Presidente que lo que realmente es: cuatro elecciones en una, algunas de ellas claves para determinar el futuro del país.

En las midterm se escoge a todos los miembros del Congreso de los Estados Unidos (435 escaños), a un tercio del Senado (35 escaños de los 100 que existen), a los gobernadores de algunos estados (este año serán 36), además de cámaras legislativas estatales de todo el país, algunas parcial y otras totalmente (en esta ocasión se convocan en 87 de las 99 cámaras legislativas del país).

Muchos demócratas, todavía en estado de shock por la elección de Donald Trump como 45º Presidente de los Estados Unidos en 2016, quieren ver en estas midterm la señal innegable de que los estadounidenses van a lanzar un severo castigo a Trump. La historia está de su parte: de las 21 midterm que se han celebrado desde 1934, el partido del presidente sólo ha conseguido avanzar tres veces en el Congreso y cinco veces en el Senado. El partido del presidente siempre es el perdedor de las midterm: de media, pierde 25 escaños.

Tan confiados están algunos analistas que, de hecho, ya han comenzado las especulaciones (¡una vez más!) sobre la posibilidad inminente de un impeachment. Dentro de poco, imploran algunos, Trump pasará a la historia como una broma de mal gusto que nunca debió de tener lugar. O, como mínimo, las circunstancias le obligarán a virar el rumbo y cambiar su manera de ser.

No es una esperanza aislada. La prensa progresista del otro lado del Atlántico ya lleva días calentando motores. “Sí, borremos a Trump. Y quitemos de paso a todos los demócratas neoliberales también”, titulaba David Sirota su artículo de opinión en el británico The Guardian.

Una vez más, muchos analistas están inmersos en un optimismo excesivo que está generando unas esperanzas que, desgraciadamente, no se verán satisfechas. O, al menos, no en gran parte. Escribo este artículo a mediados de septiembre y no tengo los resultados, pero la tendencia es clara y parece inmutable. De hecho, los números no pintan bien para los demócratas.

 

Un panorama incierto

En el Congreso, ahora los republicanos tienen una cómoda mayoría (de los 435 escaños, tienen 236 y los demócratas, sólo 193). Respecto a las midterm, los republicanos tienen 150 escaños asegurados, 52 que probablemente mantendrán y 38 que están en liza. Los demócratas cuentan con 182 escaños fijos, 10 más que probables y 3 en pugna. Es decir, los demócratas necesitan ganar 24 escaños para tener la mayoría en la Cámara Baja. Nate Silver, seguramente el mayor experto en encuestas de Estados Unidos, o al menos el que menos se equivoca, da a los demócratas un 72% de posibilidades de ganar la Cámara Baja, un porcentaje importante pero no contundente. Mi apuesta personal es que los demócratas avanzarán, pero no ganarán, y que conste que no me gusta tener que reconocerlo.

En el Senado la situación es incluso más complicada para los demócratas. Los republicanos parten como favoritos porque sólo nueve de sus escaños están en juego, mientras que los demócratas van a tener que defender 24 escaños (y los dos ocupados por independientes que votan con ellos). De los nueve escaños republicanos en liza, 3 los ganarán con absoluta facilidad, tres más probablemente se los llevarán con facilidad y sólo tres plantearán un esfuerzo. Para los demócratas, 14 escaños están asegurados, siete son probables y cinco representarán un reto.

En concreto, el 6 de noviembre habrá que estar muy pendiente de las elecciones del Senado de cuatro estados: Arizona, Florida, Nevada y Tennessee. Los demócratas han de revalidar Florida y conseguir uno de los otros tres estados para conseguir la mayoría en el Senado. Tienen alguna que otra opción en Arizona y Nevada. En Nevada, Hillary Clinton ganó en 2016 y en Arizona estuvo cerca.

Mantener Florida no va a ser nada fácil. Bill Nelson ha sido senador demócrata del estado tres veces y se presenta a la reelección por cuarta vez. En 2012 ganó por el 13% y se describe como un “centrista moderado”. Su popularidad depende de a quién le preguntes y fluctúa entre un máximo del 47% y un mínimo del 27%. Una mala cifra en un estado donde Trump goza de un 50% de popularidad y que el Presidente ganó en el 2016 por el 1,2% de los votos a Hillary Clinton. Además, el rival republicano de Nelson es el gobernador del Estado, Rick Scott, un tipo muy popular que en el pasado presumía de ser amigo de Donald Trump y que durante las primarias republicanas se intentó distanciar al máximo. Aunque no lo consiguió del todo: el The Tampa Bay Times llegó a publicar que Trump y Rick Scott hablaban una o dos veces por semana.

En Arizona se enfrentan dos mujeres al puesto de senadora: la demócrata Kyrsten Sinema y la republicana Martha McSally. Por si no fuera suficientemente importante, la elección también destaca porque Sinema es la primera persona bisexual en conseguir una nominación del partido demócrata o republicano al Senado. Si sale escogida, será la primera persona abiertamente bisexual en servir en el Senado y la segunda persona LGTBI en servir en el Senado (la primera fue Tammy Bladwin, senadora por Winsconsin y lesbiana).

Nevada es interesante porque durante años fue un swing state que tiraba hacia los republicanos y que votó por George Bush en dos ocasiones. Pero luego cambió de bando: Barack Obama ganó por siete puntos en el 2012 y Hillary Clinton también se llevó el estado (aunque “sólo” por dos puntos). En 2012 fue interesante ver cómo elegían a Obama y, al mismo tiempo, al republicano Dean Heller como senador (ganó por un punto). Heller ahora ocupa el escaño más vulnerable para los republicanos.

La hasta ahora congresista Jacky Rosen es la candidata demócrata al Senado por Nevada. Ha sido apoyada públicamente por los Obama y, de momento, ha conseguido empatar en las encuestas: ambos candidatos tienen un 41,6% de apoyo. Es decir, todo se decidirá en el último momento y por la mínima.

 

¿Qué está pasando?

Es cierto: en un año electoral normal, el comportamiento más que errático (por decirlo con finura) del Presidente provocaría un alud de victorias demócratas. Al torrente incesante de twits airados y poco atinados, se suma una lista inacabable de escándalos y sospechas (algunas, muy fundadas) de irregularidades, cuando no de situaciones contrarias a la ley. Asistimos estupefactos a diario a un espectáculo surrealista que aglutina elementos de vodevil bochornoso, tragedia griega, thriller internacional y simple culebrón. Nunca pensé que veríamos un editorial en el The New York Times titulado “Soy parte de la resistencia dentro de la Administración Trump”, en donde un alto cargo, anónimo, asegura que hay una estrategia consciente y coordinada para boicotear las acciones del Presidente dentro de la mismísima Casa Blanca.

Es surrealista, de acuerdo, pero estamos en la era Trump y la lógica ya no es un factor que explique el comportamiento electoral tal como lo conocíamos hasta ahora. Traducción: lo que hasta hace dos años era inconcebible ahora es posible.

Súmese al surrealismo que domina la escena política tres factores clave. El primero es que la economía estadounidense va bien, increíblemente bien (lo cual es, en gran parte, atribuible a la administración Obama). No han parado de sumar nuevos trabajos durante 95 meses seguidos, la mayor tendencia de creación ininterrumpida de empleo que se conoce. Tan sólo en agosto sumaban 201.000 nuevos empleos y el paro se sitúa en un magro 3,9%. De acuerdo que los salarios crecen despacio (aunque se han incrementado en un 2,9% en un año) y que la ratio de crecimiento de la economía todavía no ha llegado al 3%. Pero la situación es buenísima, se mire por donde se mire.

Segundo factor: el sistema electoral en las midterm favorece escandalosamente a los republicanos. En una macabra combinación de geografía (los votantes demócratas están concentrados en áreas urbanas) y malas artes políticas (el gerrymandering o arte de dibujar distritos electorales que favorecen a tu partido), los demócratas tendrían que conseguir cinco puntos porcentuales más que los republicanos para conseguir el Congreso. Lo cual, traducido a vernáculo, es prácticamente imposible. La prueba: se calcula que, tan sólo en 2016, el gerrymandering costó a los demócratas 22 escaños.

Tercer factor: nos guste o no reconocerlo, los republicanos son excelentes movilizando a sus bases. Es una perogrullada, pero la clave de las elecciones son la participación y la participación en las midterm es históricamente baja. En términos generales, la participación en las presidenciales está alrededor del 60% (en el 2016 fue del 55,7%) mientras que en las legislativas no suele llegar al 40%. En el 2014, de hecho, fue del 35,9%, el porcentaje más bajo desde la Segunda Guerra Mundial. Este año, la tendencia parece que no va a cambiar. Una encuesta hecha pública por la publicación online Vox establece que sólo el 28% de los jóvenes entre 18 a 29 años están “totalmente seguros” de que irán a votar.

Los republicanos, además, siempre votan más en las midterm que los demócratas. Harry Enten, de FiveThirtyEight, ha establecido que en las diez midterm desde 1978, los republicanos han conseguido tres puntos porcentuales de ventaja en cuanto a la participación.

Hay que reconocer que, esta vez, los demócratas lo han dado todo para movilizar al máximo (o todo lo que se pueda a sus bases). Han conseguido un número récord de candidatos, lo cual no era sencillo, y han presentado a más candidatos que los republicanos para el Congreso (lo que no ocurría desde el 2008). Unas 1.500 personas han participado en las primarias demócratas para el Congreso (500 más que en las últimas midterm). De ellas, 350 han sido mujeres, lo que también marca un récord histórico.

¿Tendrá algún impacto? El voto de las mujeres es una de las cuestiones que más interés despierta y, de nuevo, lo importante serán los matices. Según el Center for American Women in Politics, de la universidad de Rutgers, ha habido sistemáticamente un gender gap en cada elección presidencial desde 1980. En el 2016, el gender gap fue de 11 puntos (el 52% de los hombres apoyaba a Trump y también lo hacían el 41% de las mujeres). Era la diferencia más acusada desde 1980 (aunque hay que puntualizar que, en 1996, 2000 y 2012 los gender gap fueron de 10 puntos).

En julio, el The Washington Post daba a conocer una encuesta que decía que el 54% de los hombres tienen una opinión positiva de Trump (45% desfavorable). Entre las mujeres, en cambio, sólo le apoyan el 32%. El 65% de las mujeres tiene una opinión desfavorable del Presidente. Pero, entre las mujeres republicanas, el porcentaje de apoyo es del 82%, aunque este dato hay que matizarlo. Porque mientras el 68% de los hombres defienden enérgicamente la gestión de Trump, sólo el 31% de las mujeres la aprueba con intensidad.

¿Por qué fijarse en el voto de las mujeres? Porque en el 2016, Clinton ganó el voto de las mujeres por 12 puntos (y perdió el de los hombres por 11 puntos). Pero el 53% de las mujeres blancas votaron por Trump. Y Trump arrasó, con un 61% del voto, entre las mujeres blancas sin estudios universitarios (27 puntos por encima de Hillary, para ser exactos). En los tres estados que decidieron las elecciones presidenciales (Wisconsin, Pennsylvania y Michigan), ese margen fue suficiente para enviar a Trump a la Casa Blanca.

Ya para acabar, el cuarto y último factor a tener en cuenta: entre los republicanos, Donald Trump no es una figura odiosa o poco valorada; todo lo contrario. Es cierto que las encuestas reconocen que, en términos generales, tan sólo el 40% de los estadounidenses aprueban a Trump. Pero, y esto es crucial, entre los republicanos el apoyo a Trump es increíblemente robusto.

De acuerdo, cuando Trump dijo en julio que era “el presidente republicano más valorado de la historia”, por delante incluso de Abraham Lincoln, estaba claramente exagerando. Acababa de salir entonces los resultados de una encuesta de Gallup que decían que el 90% de los republicanos aprobaban su labor (su aprobación era sólo del 37% entre los independientes y del 9% entre los demócratas). Es más que dudoso que Trump pueda ganar en popularidad a Lincoln (recordemos, como detalle técnico, que no había encuestas en 1860), pero la encuesta de Gallup arrojaba una realidad que muchos no quieren asumir. Trump es increíblemente popular entre los suyos y, aunque cueste de creer, llega a las midterm con mejores datos de popularidad que Obama en el 2010. El julio del 2010, Obama “sólo” conseguía un 81% de popularidad entre los demócratas (aunque había llegado al 93% en mayo de 2009).

Y lo que es peor para los demócratas: en cuestiones concretas, sobre todo en la economía, Trump sale mejor parado que Obama en las encuestas. En una encuesta de Fox de julio del 2018, Trump conseguía quince puntos más que Obama; en una encuesta de la CNN sobre la misma cuestión la diferencia no era tan abismal, pero Trump seguía estando por encima.

 

¿Y si es el prólogo a la reelección?

Conclusión: la esperanza, desde luego, no hay que perderla nunca, pero los demócratas no lo tienen fácil para asestar un golpe electoral importante a Trump. Y, no, no va a pasar nada que cambie la dinámica a última hora. Desde la Segunda Guerra Mundial, tan sólo un evento ha sido lo suficientemente impactante como para cambiar las ternas: fueron en 1962 (con la crisis de los misiles de Cuba) y en 1974 (cuando Gerald Ford perdonó a Richard Nixon). Ningún twit o escándalo más de la administración Trump tendrá algún efecto.

Es más, cabe pensar si el aluvión de últimas noticias (el artículo de opinión de la resistencia en la Casa Blanca, por ejemplo) y las hipérboles de los demócratas (“nos estamos jugando la democracia” parece ser el eslogan no oficial de la campaña) no estarán movilizando a los republicanos.

Ahora muchos analistas están centrados en la posibilidad de un impeachment (que dudo que tenga lugar). Puede ser que el día después de las midterm la pregunta sea: ¿puede ser imparable la reelección de Trump?

 

Ana Polo es Politóloga. Speechwriter en el Ayuntamiento de Barcelona (@nanpolo)

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