ROBERTO PLASENCIA
Las recientes elecciones locales en Estados Unidos permiten observar una transformación profunda en la forma de construir poder político. La reciente victoria de Zohran Mamdani en Nueva York y la elección de Helena Moreno como alcaldesa de Nueva Orleans podrían percibirse como casos opuestos: uno disruptivo y de base; el otro institucional y de continuidad. Desde otra perspectiva, al incorporar el antecedente de Alexandria Ocasio-Cortez (AOC), emerge un patrón más claro sobre cómo están evolucionando la comunicación política, la movilización ciudadana y la legitimidad democrática en contextos urbanos complejos.
Más que campañas exitosas, estos casos revelan una transformación estructural: la política ya no se organiza únicamente alrededor de partidos, recursos o medios tradicionales, sino en torno a narrativas compartidas, comunidades organizadas y representaciones creíbles.
Zohran Mamdani pasó, en menos de un año, de ser un actor marginal a ganar la primaria demócrata para la alcaldía de Nueva York con cerca del 56% de los votos, derrotando a una figura central del establishment como Andrew Cuomo[1]. Su triunfo no puede explicarse únicamente por el uso de redes sociales o por un voto de castigo: fue el resultado de una arquitectura política basada en crear comunidad.
A diferencia de campañas centradas en celebridad digital, la suya operó bajo una lógica clara: no influencers, tan solo neighbors (vecinos). El contenido digital funcionó como vínculo hacia la organización territorial, el voluntariado y la deliberación local. La comunicación no se limitó a amplificar al candidato; activó a la ciudadanía como sujeto político.
Este modelo no surge en el vacío. Alexandria Ocasio-Cortez ya había establecido desde 2018 un precedente fundamental al integrar las plataformas digitales a una identidad política coherente, más allá de su uso instrumental como marketing electoral. AOC demostró que la comunicación directa, cotidiana y sin intermediarios podía erosionar barreras entre representantes y ciudadanía. Mamdani profundiza ese modelo: si AOC humanizó la política institucional, Mamdani la “reterritorializa”, devolviéndola al espacio comunitario.
Ambos casos confirman que la legitimidad política se construye cada vez menos desde el cargo y cada vez más desde una relación sostenida con una base social activa.
Un elemento adicional conecta a Mamdani y AOC, y amplía el alcance de este patrón: ninguno de los dos responde al perfil histórico tradicional del liderazgo político estadounidense. Sus trayectorias están marcadas por orígenes familiares migrantes y biografías ajenas al molde clásico del poder urbano. Sin embargo, sus campañas no colocaron la identidad como eje central del mensaje. El origen aparece integrado, normalizado, seguidor a una narrativa mayor de organización, coherencia programática y cercanía territorial. En estos casos, la identidad no sustituye a la política, incluso la refuerza cuando está anclada en comunidad y acción.
En contraste, Helena Moreno, de origen mexicana, representa otro camino hacia la legitimidad política. Su campaña se apoyó en experiencia administrativa, estructura partidista y una narrativa centrada en la capacidad de gestión. No obstante, reducir su victoria a una lógica meramente “tradicional” sería simplista, toda vez que Moreno reproduce un liderazgo institucional que incorpora representación simbólica real: mujer, latina y migrante en una ciudad marcada por profundas desigualdades raciales y sociales.
A diferencia de Mamdani o AOC, su origen opera como un factor de normalización de la diversidad dentro del poder local, más que como un elemento disruptivo. Su caso demuestra que la política institucional sigue siendo viable cuando logra articular experiencia, resultados y representación, y que estos atributos no se contraponen a una democracia más inclusiva.
Empero, en conjunto, los casos de Zohran Mamdani, Alexandria Ocasio-Cortez y Helena Moreno permiten identificar nuevos patrones de la política estadounidense que van más allá del efecto viral. El poder político ya no se construye únicamente desde la visibilidad mediática, la maquinaria partidista o la acumulación de recursos; se articula desde la capacidad de organizar comunidad, sostener coherencia narrativa y generar vínculos políticos creíbles en el tiempo.
En ese sentido, más allá de producir momentos virales, estas campañas evidencian que la comunicación digital ha dejado de ser una herramienta meramente táctica para convertirse en infraestructura política. Su función principal trasciende la viralidad efímera de los mensajes y se orienta a la articulación entre territorio, identidad, organización y legitimidad. La atención momentánea, cuando no está acompañada de estructura organizativa, pierde rápidamente eficacia electoral.
Cabe mencionar que, este cambio no implica la desaparición de la política institucional, implica una reconfiguración estratégica. Las campañas competitivas ya no se definen solo por su grado de disrupción o continuidad, por lo contrario, por su capacidad de integrar ambas dimensiones: movilización social y gobernabilidad.
En este contexto, Estados Unidos no está abandonando sus reglas democráticas tradicionales, pero sí está redefiniendo quién puede construir poder, desde dónde y bajo qué condiciones.
Aquí surge una opinión clave para partidos y consultores políticos: seguir pensando la comunicación política como marketing, y no como organización, es un error de cálculo; la viralidad sin comunidad es frágil, y la narrativa sin organización es estéril. Las campañas que sigan priorizando métricas de alcance sobre estructuras reales de participación podrán ganar visibilidad, pero también perder legitimidad, control territorial y gobernabilidad.
Finalmente, más allá del efecto viral, el patrón emergente es claro, la legitimidad política se construye cada vez menos desde el cargo y cada vez más a partir de una relación sostenida con una base social activa, la coherencia entre discurso, acción y comunidad organizada. Ignorar esta transformación no solo limita la competitividad electoral, más bien profundiza la desconexión entre representación y ciudadanía. Comprender y adaptarse a estos patrones no es una opción analítica: es una condición para competir el poder político en la política estadounidense del presente.
Luis Roberto Plasencia Rodríguez es politólogo y administrador público por la UNAM, con un Máster en Comunicación Política Avanzada en Madrid. Con más de 14 años de experiencia, ha destacado como estratega en campañas políticas, asesor electoral, operador territorial y creador de contenido para redes sociales. Además de especialista en administración municipal y derecho electoral, su trayectoria refleja un firme compromiso con el fortalecimiento del quehacer político y el desarrollo de México. (@Robertoplasenci)
Referencias:
- Campaigns & Elections, “Zohran Mamdani and the Rise of Community-Driven Campaigns in NYC» https://ceonline.com.mx/post/la-campana-electoral-de-referencia-zohran-mamdani-nueva-york/
- Studio New Brand, “Estrategia de marketing político de Zohran Mamdani”
https://studionewbrand.com/estrategia-marketing-politico-zohran-mamdani/ - The Guardian, “How Zohran Mamdani defeated the Democratic establishment in New York”
https://www.theguardian.com/us-news/2025/zohran-mamdani-new-york-democrats - The Atlantic, “Alexandria Ocasio-Cortez and the New Language of Politics”
https://www.theatlantic.com/politics/archive/2019/01/aoc-social-media-politics/579225/ - Pew Research Center, “Political engagement on social media in the AOC era”
https://www.pewresearch.org/politics/2020/social-media-and-political-engagement/ - NOLA.com, “Helena Moreno makes history as New Orleans’ first Latina mayor”
https://www.nola.com/news/politics/helena-moreno-mayor-election/ - Associated Press, “Latina leaders reshape municipal politics in the US South”
https://apnews.com/article/latina-mayors-us-south-politics
[1] Exgobernador y considerado un representante del establishment (que incluso cosechó un curioso apoyo del presidente republicano Donald Trump)

