La iglesia católica y el debate sobre el aborto 19/12/2018 – Publicado en: Monográficos, Mundo – Etiquetas: , ,

ALEJANDRO NAVAS

El aborto –o la eutanasia— no son cuestiones eminentemente religiosas, y no es preciso adoptar un discurso teológico para debatirlas. Los defensores de la vida no tienen por qué actuar movidos por un credo, bastan las razones puramente humanitarias. Lo expresa muy bien el politólogo Noberto Bobbio: “Soy laico, pero no laicista, porque también el laicismo es una iglesia con sus dogmas y anatemas […]. Me pregunto qué sorpresas puede haber en el hecho de que un laico considere válido, en sentido absoluto, como un imperativo categórico, el no matarás […]. El suicida dispone de su propia vida. Con el aborto se dispone de la vida ajena. Me asombra que los laicos dejen a los creyentes el privilegio y el honor de afirmar que no se debe matar”. El cineasta Pier Paolo Pasolini, comunista y homosexual, abunda en la misma idea: “Estoy traumatizado con la legalización del aborto porque, como muchos, la considero una legalización de homicidio […]. Los extremistas del aborto hablan de él como refiriéndose a una tragedia femenina, en la que la mujer está sola con su terrible problema, como si en ese momento el mundo la hubiera abandonado. Comprendo. Pero podría añadirse que cuando la mujer estaba en la cama no estaba sola”.

Hecha esta salvedad, añado que la religión contribuye a enriquecer la argumentación y el debate. La apertura a la trascendencia ensancha el horizonte y abre nuevas perspectivas. Max Horkheimer, marxista y cabeza de la Escuela de Frankfurt, lo intuyó agudamente: “En última instancia, el argumento decisivo contra el homicidio es de tipo religioso”. ¿Por qué tenemos que respetar al otro? ¿Qué nos impedirá eliminarlo si supone un obstáculo para nuestros intereses? La pertenencia a la común especie humana no garantiza nada (el hombre es un lobo para el hombre, según Hobbes). El hombre ha visto siempre en la vida algo sagrado, de valor eminente. En la tradición occidental eso se ha llamado ‘dignidad humana’, y tiene una inherente connotación religiosa. La vida humana adquiere un valor absoluto solo si el hombre es imagen del Absoluto.

Los hombres pueden considerarse hermanos si comparten un Padre común (la retórica invocación a la fraternidad universal en la Revolución francesa fue de la mano con el genocidio de la población católica de La Vendée y con el recurso a la guilotina). Vuelvo a Horkheimer: “Sin un padre común, hablar de fraternidad se convierte en charlatanería vacía”. Ver al otro como una amenaza, como un enemigo que se debe exterminar, implica que hemos roto antes el lazo de la fraternidad radical. –“¿Soy acaso el guardián de mi hermano?”, responde Caín a Yahvé cuando le pregunta por el paradero de Abel. Platón añade otro elemento a esta reflexión: hay en el hombre un anhelo natural de justicia. La realidad de este mundo enseña que, con demasiada frecuencia, los malos triunfan y los buenos son oprimidos. Es necesario, supone el filósofo, que al término de esta vida haya un arreglo de cuentas definitivo, en el que unos y otros reciban su merecido. Así argumenta a favor de la inmortalidad del alma.

Si nos fijamos en Occidente, comprobamos la poca estima por la vida humana que caracteriza a las antiguas culturas, Grecia y Roma incluidas. El cristianismo humanizó las leyes y las costumbres. La práctica de la caridad protegió a los más débiles e indefensos: huérfanos, viudas, enfermos, esclavos. Cuando en el siglo IV el emperador Juliano el Apóstata intenta borrar el cristianismo y recuperar el viejo paganismo, reconoce que el enemigo a batir es la institucionalización de la caridad cristiana y se propone (sin conseguirlo) hacer algo parecido en términos paganos. En cierto modo, la situación es la misma hoy día. Heinrich Böll, premio Nobel de literatura y hombre de izquierda, dijo que prefería vivir en el peor país cristiano antes que en el mejor país pagano. En el primero se podía dar algo por seguro: la misericordia, la compasión hacia los más débiles. En continuidad con esa tradición, los Papas y la Iglesia en general han asumido en nuestro tiempo un destacado protagonismo en la defensa de la vida frente a los embates de la cultura de la muerte.

Precisamente en 2018 hemos celebrado el cincuenta aniversario de la encíclica Humanae Vitae, de Pablo VI. Su recepción, incluso en buena parte del mundo católico, fue polémica, pero cada vez resalta más su carácter profético. Supo prever con decenios de antelación las consecuencias del desprecio de la vida que hoy padecemos. Muchos teólogos e incluso obispos que la criticaron abiertamente han reconocido luego su error y, por contraste, la clarividencia de Pablo VI. El magisterio eclesiástico sobre la vida es muy abundante, tanto por parte de Roma como de los obispos locales. Me limito a destacar otro hito: la encíclica Evangelium Vitae (Juan Pablo II, 1995), alegato insuperable sobre el carácter inviolable de la vida humana.

No sorprende que los promotores de la muerte hayan visto en la Iglesia católica a su principal enemigo, de la misma forma que el homicida se enfrenta a Dios. Si el moderno se siente llamado a ocupar el lugar de Dios –el poder que le proporcionan la ciencia y la tecnología así lo autorizan–, deberá procurar con todos los medios a su alcance neutralizar la influencia de la Iglesia. Esto se denomina “proceso de secularización”. En su versión agresiva, se intenta la eliminación física de la Iglesia y de los creyentes. Como esa estrategia fracasa –la sangre de los mártires sigue siendo semilla de cristianos y el Occidente civilizado ve con malos ojos el empleo de la violencia–, se opta por una vía “moderada”: se trata de borrar la presencia pública del hecho religioso y recluirlo en la esfera privada.

El ateísmo es un fenómeno más bien reciente, que contradice la casi universal presencia del hecho religioso, en el espacio y en el tiempo. En nuestros días se presenta no pocas veces como antiteísmo y, más en concreto, como cristofobia. Hay un rechazo militante, que encuentra una favorable cobertura en muchos foros y medios de comunicación, y que querría negar a la religión –más en concreto, a la Iglesia católica— el pan y la sal. Son constantes las manifestaciones de esta nueva Kulturkampf: “guerras de los crucifijos”; intentos para borrar el carácter cristiano de fiestas como la Navidad; supresión de los juramentos en las tomas de posesión de representantes electos y miembros de Gobiernos; eliminación de cualquier referencia a Dios en constituciones y otros textos legales. Corresponde a la Iglesia y a los católicos no arredrarse y continuar diciendo la verdad con caridad.

 

Alejandro Navas es profesor de Sociología de la Universidad de Navarra

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