La gobernanza del post: el creciente y prometedor presente de la diplomacia digital

RICARDO GÓMEZ LAORGA

¡Dios mío, es el fin de la diplomacia! (Lord Palmerston, ministro de exteriores británico al recibir el primer mensaje telegráfico en los años cincuenta del siglo XIX)

Septiembre de 2018. Diariamente, la primera actividad que, religiosamente, realizamos en nuestro nuevo día es la de revisar el teléfono móvil que aguarda a un lado de nuestra cama. Sin saberlo y, casi por instinto, chequeamos nuestra cuenta de Facebook o de Twitter para enterarnos de las últimas novedades de actualidad, ya sean las deliberaciones de la última reunión del Consejo de Seguridad de la ONU, o las del ayuntamiento de nuestro pueblo. Los seres humanos actuales vivimos en la denominada “era digital” y nos caracterizamos, a grandes rasgos, por ser individuos con ansias de tener certezas y amasar conocimiento (cosa que no nos diferencia en nada del primer homínido que decidió, por ejemplo, rascar dos piedras y aprovechar la chispa resultante para encender una hoguera).

No obstante, existe una diferencia crucial con aquel individuo que, sin quererlo, pasó a la Historia: la velocidad. Igual que deseamos tener información en todo momento de aquello que nos interesa, queremos saberlo al momento y con la mayor veracidad posible. De la misma forma, la imponente celeridad que los seres humanos requerimos en nuestras vidas a la hora de captar información se traduce, de igual manera, en una presión tácita sobre los actores encargados de tomar decisiones con el objetivo de placar así el ansia de la opinión pública.

Sin lugar a duda, una de las disciplinas que más se han visto influenciadas por la vertiginosa sociedad en red (según el término acuñado por el sociólogo español Manuel Castells) es la diplomacia. Tradicionalmente, las resoluciones y dictámenes diplomáticos se caracterizaban por la reunión de varones de buena cuna y reputación, quienes analizaban al detalle cómo resolver un conflicto o qué alianza organizar para derrotar a un enemigo. Las decisiones se tomaban en secreto y su conclusión podía demorarse días e incluso meses. De esta forma, la diplomacia tradicional tenía un apellido inviable en la rauda sociedad globalizada actual: lentitud.

El 28º presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson (1856-1924), fue considerado un adelantado a su época al introducir en sus célebres 14 Puntos aquello de los “convenios abiertos y la prohibición de la diplomacia secreta en el futuro”. Así, desde el final de la Primera Guerra Mundial, se ha producido un notable avance en las prácticas diplomáticas que han modernizado las anquilosadas y elitistas de antaño.

 

Relaciones internacionales por “tierra, mar, aire y wifi”

Pese a que la gobernanza internacional tuvo en el siglo XX, como se ha visto, un punto de inflexión, será en la presente centuria cuando se ha originado una verdadera revolución en el arte de la negociación. Como es obvio, los mandamases internacionales no han renunciado a los encuentros multilaterales y a la organización de foros de debate para tratar los temas de actualidad. No obstante, ha surgido un creciente gusto por el uso de determinadas redes sociales y otras herramientas cibernéticas para anunciar una futura reunión, el establecimiento de negociaciones, su consecución o su ruptura. De esta forma, el tradicional y comentado elitismo diplomático está adquiriendo un creciente cariz informal y cotidiano por el cual, un usuario de Facebook o Twitter puede consultar al minuto el post de un mandatario u organización internacional en el que se describe el resultado de la reunión celebrada.

De esta manera, puede afirmarse la inauguración de una nueva época en la política mundial en la que Internet es ya considerado una herramienta del arte de hacer política, al mismo nivel que otros métodos convencionales. Al tradicional trinomio geopolítico del “tierra, mar y aire” se ha unido el espacio virtual, lo que ha abierto un verdadero y, hasta cierto punto, inabarcable y desconocido mundo de posibilidades. Organismos como la Secretaría de Estado de los Estados Unidos han bautizado al término como ediplomacy, y no es más que un ejemplo aplicado del imparable avance de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información durante el presente siglo.

 

Trump, Francisco y la “diplomacia del tweet”

Asimismo, el uso de Internet y de las redes sociales es un claro ejemplo del uso del softpower. Se trata de un término acuñado por el politólogo estadounidense Joseph Nye que describe la forma que tiene un país de ejercer su influencia en el mundo basándose no en el uso de la fuerza (la cual es la característica de su némesis, el poder duro), si no en exportar una buena imagen del país o su modelo de vida al resto. Como es lógico, el caso paradigmático en el uso del poder blando lo conforma Estados Unidos, quien llevó a cabo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial un importante esfuerzo por extender el ideal de vida americano al resto del mundo. Solo así podemos imaginar cómo es posible comer un Big Mac en Nueva Delhi, o ver la última película de Di Caprio en Rabat.

En el uso de Internet y las redes sociales el gigante estadounidense ha demostrado también un espectacular y eficiente uso del poder blando. De esta forma, las redes sociales más importantes como Facebook, Twitter o YouTube son Made in USA y se han conformado como importantes embajadores cibernéticos del país. De hecho, como se ha comentado anteriormente, muchos de los mandamases mundiales recurren a diario a sus perfiles en estas redes sociales para anunciar las próximas decisiones que su ejecutivo va a tomar.  

Este uso de las redes sociales para gestionar la política exterior es conocido coloquialmente como “diplomacia del tweet”. En los últimos años, muchos gobernantes y organizaciones internacionales se han sumado a esta dinámica, habiendo en la actualidad muy pocos estados que no cuentan con una cuenta de Twitter verificada en el que ejercer la diplomacia digital. Sin embargo, existen dos casos paradigmáticos (y contrarios) en el uso de las redes sociales como herramienta de poder blando. Uno sería el perfil @Pontifex, del Vaticano, y el otro la siempre polémica y ardiente cuenta personal del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

En el primer caso, @Pontifex es el claro ejemplo del buen hacer diplomático y el afán globalizador que pretende representar la Iglesia: desde su creación, con Benedicto XVI en 2012, la cuenta oficial del papa asciende a más de 40 millones de seguidores y está traducida a 9 idiomas, siendo la cuenta traducida al castellano la más importante con casi 17 millones de followers. El perfil está gestionado en la actualidad por el propio papa Francisco, quien en compañía de su equipo de community managers, anuncia su agenda como jefe de Estado del Vaticano, o emplea diversas citas bíblicas para dar respuesta a los millones de fieles católicos a lo largo del mundo.

El segundo ejemplo que señalar se sitúa en las antípodas de la óptima diplomacia vaticana. Se trata de la cuenta @realDonaldTrump del presidente de Estados Unidos. Si la cuenta del papa pregona el universalismo y la concordia en redes sociales, la de Trump se ha erigido como el claro ejemplo de la incorreción política y del chovinismo estadounidense. Como es lógico, únicamente publica tuits en inglés, aborreciendo el uso de otras lenguas importantes del país, como el castellano, y, además, pocos son los filtros que atraviesan los mensajes antes de ser publicados, ya que la cuenta es gestionada directa y únicamente por el presidente.

 

Un futuro prometedor y a la vez desconocido

La llegada del 45ª morador de la Casa Blanca ha supuesto un verdadero terremoto en el uso de las redes sociales como herramienta diplomática. Trump, lejos de ser un conciliador, ha provocado numerosas polémicas por sus tuits subidos de tono y sus amenazas explícitas a países rivales como Irán o Corea del Norte. En la actual sociedad en red, los países están más interconectados que nunca y, un tuit escrito en Washington puede hacer caer la bolsa de Shanghái en cuestión de minutos. Así, muchos países, como Rusia o China, temerosos del poder de la globalización y de las redes sociales, han prohibido o restringido el uso de aplicaciones como Facebook.

De esta manera, el poder que ejerce Internet en nuestras vidas diarias abre un abanico de posibilidades inabarcable y desconocido. El ser humano actual vive en un mundo extremadamente rápido en el que demanda respuestas inmediatas a los desafíos que se presentan. Si a este novedoso modus vivendi se une la presencia de una cada vez más globalizada opinión pública y a líderes políticamente incorrectos, como Donald Trump, el resultado es un enorme panem et circenses mundial en el que dos países pueden entrar en serio conflicto por la simple publicación de un post de Facebook o un tuit amenazante.

 

Ricardo Gómez Laorga es Historiador. Estudia sociología y Relaciones Internacionales en la UCM y la Università degli Studi di Roma “La Sapienza”. (@RicardoGLaorga)

Ver todos los artículos de la revista bPolitics 01

Descargar artículo en PDF

 

Para ampliar:

http://www.europapress.es/internacional/noticia-rusia-afirma-no-participa-diplomacia-twitter-prefiere-enfoques-serios-20180411224453.html

http://sociologiadivertida.blogspot.com/2015/03/la-guerra-gelida-ii-ciberguerra-y.html

Información sobre el concepto de softpower:

http://www.relacionesinternacionales.info/ojs/article/view/218.html

¿Qué es la “sociedad en red”?:

https://www.youtube.com/watch?v=qpkENiSUcJM

https://www.youtube.com/watch?v=7OnMoQNWWiQ