La administración electoral de la pasión 30/05/2018 – Posted in: Monográficos

MARTÍN SZULMAN

“¿Te das cuenta, Benjamín? El tipo puede cambiar de todo; de cara, de casa, de familia, de novia, de religión… de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín: no puede cambiar… de pasión”.

La pasión por el fútbol en muchos países, especialmente en Europa y particularmente en Sudamérica, se ve desbordada cada cuatro años cuando un nuevo mundial de fútbol comienza. Las identidades nacionales se exacerban y los sentimientos nacionalistas se ponen a flor de piel. En otras palabras, la pasión que nos genera el sentimiento cotidiano de los clubes del que cada uno somos hinchas-supporters-seguidores-aficionados, pero disperso en cada escudo, se condensa bajo los mismos colores, símbolos y el mismo deseo de gloria durante –con suerte– un mes cada cuatro años.

Bien ilustraba en ese fragmento de la recordada película ganadora de un premio Óscar, “El secreto de sus ojos”, el personaje de Pablo Sandoval, encarnado por Guillermo Francella, cuando le explicaba al de Benjamín Espósito, interpretado por Ricardo Darín, que al sospechoso de un asesinato al cual buscaban con poco éxito podía renunciar a cualquier cosa para tratar de eludir a estos dos investigadores. Pero que había una cosa a la cual él o cualquiera otra persona no puede renunciar, jamás: la pasión.

Y es que la pasión es un “sentimiento vehemente, capaz de dominar la voluntad y perturbar la razón, como el amor, el odio, los celos o la ira intensos”. Por tanto, cuando ésta entra en juego en ese instante cada cuatro años, concentrado en una sola voluntad, gobiernos, candidatos y dirigentes políticos en general intentan domar a esa bestia mundialista llena de sentir chovinista.

Sin embargo, por acción u omisión, activa o pasivamente, queridos amigos, los mundiales de fútbol atraviesan directamente las entrañas de la política.

 

En este año mundialista en 8 de los 32 países que participan de la Copa del Mundo en Rusia, el decir el 25% de ellos, se elegirán presidente o primer ministro a lo largo de este año, entre ellos Brasil, gran favorito a ganar el torneo y con el humor social y la opinión pública atravesando, quizás, el peor momento de su relación con los políticos.

A eso, podríamos añadir que, por ejemplo, México votará al sucesor de Enrique Peña Nieto cuatro días después de definir su suerte en el Grupo F. O bien Colombia, que votará con seguridad dos veces a lo largo del año mundialista y que, de haber segunda vuelta (lo que sería su tercera votación en el año), lo hará el 17 de junio, dos días antes de su debut en la Copa.

Pero también, tres países latinoamericanos que participan en este Mundial –Argentina, Uruguay y Panamá– lo harán en el 2019, por lo que quienes quieran competir el año próximo por colocarse la Banda, se moverán con cautela en este mes de efervescencia futbolera.

Sin embargo, hay quienes dicen que los mundiales son o deben ser ese momento en donde reine la armonía entre los pueblos y se levante el espíritu competitivo sano y leal entre los equipos, dejando a un lado toda injerencia política. La FIFA, de hecho, prohíbe expresamente la propaganda política antes, durante y después de los partidos. En uno de sus apartados de su reglamento se señala: “Se prohíbe terminantemente la promoción o el anuncio por cualquier medio de mensajes políticos o religiosos o cualquier otro acto político o religioso en el estadio o sus inmediaciones antes, durante y después de los partidos”.

Pero la realidad marca lo contrario. No hace falta que un jugador celebre un gol mostrando una camiseta con una proclama “política”. Los políticos tienen muchísimo interés en que sus seleccionados tengan el mejor desempeño posible en la competición. Entienden que hay una correlación directa entre el resultado deportivo y la intención de voto hacia uno u otro candidato. En realidad, allí intervienen dos cuestiones: el humor social y la administración del triunfo o la derrota por parte de los oficialismos.

Andrés Oppenheimer escribía en una columna suya en el diario El País allá por junio de 2010, cuando se desarrollaba el Mundial de Sudáfrica, que: “A juzgar por la historia, la Copa Mundial tiene un gran impacto de corto plazo sobre el ánimo de los países, creando un clima de euforia que permite a los Gobiernos vanagloriarse de que todo marcha bien cuando a la selección nacional le va bien, y una depresión colectiva que tiende a ayudar a los partidos de oposición cuando los resultados del equipo son decepcionantes. Tal como me recordó Ciro Murayama, profesor de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México y analista futbolero, la dictadura militar argentina recibió un segundo aliento cuando el equipo nacional ganó la Copa del Mundo de 1978. Por el contrario, el Gobierno conservador español recibió un duro golpe cuando afirmó que ‘todo va bien’ en el país, y la selección nacional cayó en la primera ronda del Mundial de 1998.”

Incluso, de cara a las elecciones presidenciales de octubre de ese año, decía que “Si Brasil gana, Lula podrá decir que Brasil está pasando por uno de los mejores momentos de su historia, y que hay que mantener el rumbo”.

Al mismo tiempo, pensando en las elecciones presidenciales argentinas del año siguiente, marcaba: “En Argentina, la presidenta populista, Cristina Fernández de Kirchner, podría recuperarse de sus bajos índices de popularidad si la selección nacional gana el torneo. ‘Si a Argentina le va bien, Fernández de Kirchner obtendría un balón de oxígeno que no está obteniendo con su gestión política y económica’, me dijo Murayama. Pero para las elecciones presidenciales de octubre de 2011, ya se habrá esfumado gran parte del impacto del Mundial, agregó”.

Contrario a la hipótesis del impacto de los mundiales en los procesos electorales, en medio del Mundial de Francia de 1998 el Centro de América latina y el Caribe, de la Universidad Internacional de la Florida (FIU), publicaba en el Miami Herald un estudio basado en el impacto del Mundial de 1994 sobre las elecciones latinoamericanas. Allí, mostraba que el campeonato mundial “tiene a casi todo el planeta en vilo cada cuatro años, pero no por eso ejerce un impacto directo sobre los resultados electorales”.

El estudio sostenía que, contrariamente a lo que tradicionalmente se ha enunciado, esto es, que las victorias de los equipos nacionales en los mundiales crean un clima de euforia que ayuda a los candidatos oficiales, mientras que las derrotas producen una atmósfera de zozobra –y un ansia de cambios– que favorecen a los candidatos de oposición, el Mundial de EE.UU. 94’ mostró evidencia de que esto no siempre es así:

  • A Bolivia le fue relativamente bien en la copa mundial de 1994, su primera participación desde Brasil 50’ y donde logró convertir su primer gol en este tipo de certámenes. Empató con Corea y perdió dignamente ante la campeona defensora Alemania y la fuerte España que venía de lucirse en los JJ.OO. de Barcelona 92’. Pero al partido de gobierno le fue pésimamente en las elecciones municipales de diciembre de ese año, en que perdió casi todas las grandes ciudades.
  • Colombia perdió 3 a 1 contra Rumania en su partido inaugural de la copa de 1994, pero el candidato del oficialismo, Ernesto Samper, ganó las elecciones presidenciales ese mismo día. Sin embargo, no se pueden sacar conclusiones: el partido se disputó a las 6.30 PM, cuando la mayoría de los colombianos ya había votado. Asimismo, la fecha representó una ventaja para Samper, puesto que la enorme decepción que generó esta selección días después, tras quedar eliminada en primera vuelta, se contrasta con la altísima expectativa que había con ella y su juego previamente.
  • Brasil ganó la copa mundial de 1994, y el candidato oficialista, Fernando Henrique Cardoso, fue elegido presidente tres meses después. Pero el factor determinante del triunfo de Cardoso fue el exitoso Plan Real contra la inflación, que había puesto en marcha como ministro de Finanzas dos meses antes de que comenzara el Mundial, dice el estudio, y no por haber logrado el primer campeonato mundial definido agónicamente desde los penales.
  • A México le fue relativamente bien en la copa de 1994, clasificando para la segunda ronda después de ganarle a Irlanda y empatar con la poderosa Italia de Roberto Baggio y Franco Baresi, y el candidato oficial, Ernesto Zedillo, ganó las elecciones presidenciales apenas un mes después del Mundial. Pero el estudio señala que no se puede hablar de una influencia del fútbol en el triunfo de Zedillo: el partido de gobierno mexicano, el PRI, venía ganando todas las elecciones presidenciales en las últimas seis décadas.
  • La Argentina salió mal parada de la copa mundial de 1994, después de que su astro, emblema y capitán Diego Maradona fuera expulsado por dar positivo en un test antidoping. Sin embargo, el presidente Menem ganó fácilmente la reelección, en junio de 1995 evitando incluso la tan especulada segunda vuelta electoral con el candidato radical Bordón.

¿El humor social importa en un proceso electoral? Claro que sí. ¿Es determinante? Claro que no, o al menos no parece estar atado a un resultado deportivo. El éxito o el fracaso electoral no está ligado a cuánto los candidatos o gobiernos le recen a San Mundial para que los ayude, pero tampoco hay que menospreciarlo. Bien podríamos decir que, ciertamente, es “condición necesaria pero no suficiente” para afrontar un proceso electoral.

El éxito o el fracaso en los mundiales funciona, tal vez, como un debate preelectoral: muy difícilmente determinan una elección; hay que ganarlos, sí, pero lo importante viene después, en cómo administramos la pasión y los sentimientos que éstos generan y dejan.

En otras palabras, la clave está en administrar correctamente la pasión que generan los mundiales. No se deben los políticos apropiárselos, pero tampoco subestimarlos. Por debajo de las decisiones electorales corren muchos factores, las elecciones individuales y colectivas del voto no son unicausales, pero allí, en lo subterráneo, hay varios engranajes que se mueven y que se deben tener en cuenta. El mundial es uno y hay que ganarlo. En todo el sentido de la palabra.

 

Martín Szulman es sociólogo y consultor de comunicación política en Ideograma (@martinszulman)

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