Hegemonía, populismo y posmarxismo: el cambio de ruta posmarxista 13/09/2018 – Publicado en: Análisis – Etiquetas: , , , ,

PABLO CAPEL DORADO

¿Qué diferencias encontramos entre las coordenadas estratégicas del marxismo tradicional y de la corriente renovada del mismo, el posmarxismo? Para poder comenzar a analizar con cierta solvencia teórica los postulados de las estrategias es preciso poner de relieve cuáles son los puntos que han hecho evolucionar al movimiento obrero y que, por lo tanto, han modificado la estrategia a seguir en pro de sus aspiraciones políticas.

El marxismo, como corriente filosófica hegeliana, tiene una concepción teleológica de la historia, es decir, concibe la historia como un continuo en el que hay una aspiración de máximos que ha de ser consumada. Esta aspiración sólo es materializable a través del progreso. El progreso de la historia ha de ser protagonizado por la clase obrera, quien, paulatinamente, ha de disolver las estructuras capitalistas que suponen una dominación del hombre para el hombre. El elemento grupal de esta lucha es la clase. La clase, concebida desde un punto de vista materialista (formarán parte de la clase obrera quienes se sitúen en una determinada función en la dinámica productiva), es el elemento esencial para comprender quiénes han de protagonizar la lucha contra este estado de dominación.

Muchos son los autores, ya se encuadren dentro del marxismo tradicional o posmarxismo (Olin Wright, Poulantzas), que redoblaron sus esfuerzos en delimitar el componente de clase del sujeto dominado, es decir, en definir quién o no pertenece a la clase obrera. Para estos autores, la pertenencia real a esta clase es la que determinaría el sino de su lucha. Por lo tanto, para el marxismo tradicional, sólo los sujetos pertenecientes a esta clase serán los encargados de emprender su lucha contra el capitalismo. Sin embargo, a partir de la III Internacional obrera, empiezan a surgir una serie de autores que apuntan en otra dirección: el movimiento obrero no tiene por qué estar protagonizado por sujetos pertenecientes a una misma clase, sino que debe tener una identidad interclasista, pues sin ella, nunca se alcanzará la potencia suficiente para destruir las estructuras capitalistas.

La construcción retórica populista y su lucha por la hegemonía tienen como objetivo la pugna, en última instancia, por términos capaces de generar equivalencias. Pero estas equivalencias no tienen por qué tener un carácter de clase, sino que se construyen entre sujetos con intereses variables, diversos e incluso contrapuestos. Esto es lo que hace a este proyecto hegemónico un movimiento de índole posmarxista: su carácter interclasista y su definitivo abandono de la retórica de clase tradicional marxista. Con base en lo anterior, podemos decir que para los autores posmarxistas “la búsqueda de la “verdadera” clase obrera y sus límites es un falso problema y como tal carece de toda relevancia teórica o política (Laclau y Mouffe, 1987: 123).

 

Hegemonía, posmarxismo y populismo

Las diversas tendencias ideológicas en el escenario político requieren de renovadas y ambiciosas estrategias para alcanzar el poder en términos materiales. Así, en la actualidad, los movimientos políticos de índole posmarxista han encauzado su praxis fundamentándose en estrategias hegemónicas, no en el sentido semántico del término, sino desde el punto de vista teórico del mismo, es decir, apelando directamente al que parece ser –aunque esto puede ser discutible- su arquitecto: Antonio Gramsci. De igual modo, e intentando refinar más esta realidad, la táctica derivada de esta estrategia pasa por implementar una serie de retóricas que podríamos denominar técnicamente como populistas.

Antes de comenzar a presentar tales términos y de sumergirnos en la problemática de cada uno de ellos por separado y de la combinación de ambos entre sí (hegemonía y populismo), cabe decir que éstos no han de circunscribirse exclusivamente a esos movimientos políticos denominados como posmarxistas, aunque bien es cierto que los movimientos políticos –representados en partidos o en movimientos sociales- que parecen fundamentarse científicamente, es decir, que tienen como fuste teórico la estrategia de la hegemonía y la retórica populista, son fundamentalmente de índole posmarxista. Esto anterior no es óbice para poner de relieve que lo que en el acervo popular denominamos populismo haya tenido impacto en toda suerte de partidos y movimientos políticos de toda clase de pelaje ideológico.

De igual modo, sería de honestidad intentar desprender del término populismo cualquier átomo peyorativo, pues no deja de ser otra opción, aunque para algunos abominable, dentro del granado surtido de estrategias en la arena política. El populismo reivindicado desde posiciones posmarxistas no tiene ninguna similitud con lo que vulgarmente conocemos como populismo, por ello, realizar un esfuerzo en delimitar el alcance del término y acotar su impacto, no deja de ser un ejercicio beneficioso para algunas ciencias sociales, como la Filosofía, la Ciencia Política y la Ciencia de la Comunicación (cuando entendemos el populismo como el uso de una determinada retórica).

Por el contrario, cuando hablamos de hegemonía, sí sería más acertado entroncar el término con esto que hemos venido a llamar posmarxismo. De hecho, el valedor del concepto forma parte de la nutrida nómina de autores que han demarcado el porvenir del movimiento y que podríamos resumir como “el movimiento obrero”: Antonio Gramsci. Esta estrategia tiene unas mimbres teóricas lo suficientemente sólidas como para afirmar que su implementación ha de materializarse con premeditación tras un estudio exhaustivo de la realidad. De igual modo, la estrategia de cualquier movimiento político -cuando éste no opere con premeditación científica- puede coincidir con tales estrategias hegemónicas, aunque estarán sujetas a la pericia y a un alto grado de azar.

Asimismo, el movimiento que aspira a hegemonizarse opera en una realidad en la que sus presupuestos ideológicos no están materializados ni suponen el sustento de la realidad política. Muy al contrario, el intento por hegemonizarse pasa por alterar o invertir el orden establecido. Por ello, no es de extrañar que en una realidad cada vez más globalizada y propensa a extender el modelo democrático liberal o de democracia burguesa, estos movimientos políticos de índole posmarxista hayan dirigido su esfuerzo por introducir nuevas alternativas -con capacidad para disuadir el actual orden- tendentes a alterar una realidad política adversaria o enemiga. En palabras de Carl Schmitt, uno de los autores que ha nutrido estratégicamente a Podemos, uno de los ejemplos paradigmáticos de esta suerte de partidos políticos: “el enemigo es reconocido también al mismo nivel como Estado soberano” (2009: 41). Por lo tanto, nos encontramos ante un hito que se extiende allende de lo meramente coyuntural en lo político y atañe a la configuración social más compleja y profunda, la del propio Estado.

 

Populismo y crisis en la nueva era globalizada

 La globalización, proceso que ha apuntalado la expansión a escala internacional de flujos económicos, también se erige como herramienta de propagación de modelos sociales, cambios en las estructuras demográficas y nuevos -o antiquísimos- esquemas de praxis política. La victoria de los partidarios de la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales en EEUU en 2016 o el auge de lo que a priori parecen ser populismos en los países de la Europa occidental (Podemos, Amanecer Dorado, PEGIDA), nos hacen llegar a la conclusión de que el populismo requiere de un contexto convulso y de cierta pérdida de legitimidad de las instituciones democráticas para desplegar todos sus efectos.

Por lo tanto, no está en juego la pérdida transitoria de legitimidad de nuestro modelo democrático, sino el viraje de este modelo por nosotros conocido a uno nuevo del que se desconocen sus características y rasgos definitorios. En consecuencia, el populismo no es un fin en sí mismo, sino una herramienta de la que se sirve la institución política para modificar los cimientos en los que se construye nuestro orden e instalar un modelo alternativo.

Las crisis son auténticas ventanas de oportunidad para los movimientos políticos que aspiran a hegemonizarse a través de la retórica populista. Desde luego, el vaivén de los cimientos institucionales de las denominadas democracias liberales, lleva consigo una pérdida de confianza del ciudadano hacia ellas que, a su vez, busca nuevos lazos afectivos y nuevas alternativas a esa realidad desfavorable. En el caso de España, el descontento de la ciudadanía ante la falta de respuestas políticas para resolver determinadas situaciones en el contexto social, fue canalizada políticamente, en primera instancia, por Podemos, un partido que reivindica sin complejos el uso del populismo y que aspira a hegemonizarse a través de él y, para los teóricos que se han esforzado en construir un modelo programático para la materialización de este populismo “sería, por tanto, insensato y suicida no apostar -como Podemos ha hecho en España- por sacarle el máximo partido a esta ventaja tan poco habitual para la izquierda” (Fernández Liria, 2016: 101)

 

Populismo y autoritarismo: el fracaso de la política

La dificultad que entraña extraer del populismo una serie de rasgos definitorios contrasta con la facilidad que supone encontrar rasgos comunes en cuanto a su deriva: todos los ejemplos de la puesta en práctica de este fenómeno llevan aparejados consigo un aumento de políticas de corte autoritario, de restricción de libertades y de movimientos polarizadores de la sociedad. En cualquier caso, el verdadero objetivo del populismo es el de crear un nuevo concepto de patria o de pueblo, y ello lleva, primero, intentar invertir el sustrato cultural y sociológico para, después, alterar políticamente las estructuras de poder.

Encontrar, así, herramientas que sean capaces de disuadir este fenómeno, no sólo puede ser capaz de neutralizar actores políticos de corte extremista, sino que garantizan la armonía de un modelo democrático en riesgo por las grandes crisis.

 

Pablo Capel Dorado es Licenciado en Ciencias Políticas y Derecho y Máster en Comunicación Política.

 

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