Turismo Político en Bogotá

M. XIMENA DUQUE ACHURY

Cuando hay una guía turística de por medio es casi seguro que el viaje será exitoso. Si todo está organizado, con horarios de apertura y cierre, precios de las entradas para niños y adultos y medios de transporte adecuados, la posibilidad de que algo salga mal es mínima. Lo complicado empieza cuando uno de los integrantes del viaje quiere conocer sitios que se salen de los circuitos turísticos tradicionales o, incluso, de las recomendaciones que hay en Internet.

Restaurantes, parques, bares y todo tipo de atracciones para viajeros y para turistas –que no son lo mismo– están recomendados en múltiples portales web. Tanto en las páginas oficiales de las ciudades, como en los sitios web de las entidades de turismo y hasta en los blogs de aficionados, que han optado por hacer públicas sus historias de viaje utilizando fotos de comida, museos y hasta de recibos, actualmente encontramos información valiosa, pero muy comercial aún, sobre las ciudades que queremos visitar.

Quienes se mueven de su ciudad sin saber muy bien a dónde van, pero que van porque está de moda o para descansar y desconectar y, además, tienen como elemento principal de su equipaje el palo selfie, son conocidos, usualmente, como turistas. Los típicos a los que, en ciertas ciudades, de ciertos países, ciertas personas sin escrúpulos son capaces de despojarlos de sus pertenencias o de cobrarles cantidades exorbitantes de dinero sin que esto signifique que ha habido un mejor servicio o se ha ofrecido un mejor producto.

Por su parte, los que salen de su zona de confort tras planear su viaje con antelación, leen guías y blogs, consultan lo mejor y lo peor del destino y llaman a los sitios para asegurarse de que estarán abiertos el día y hora a la que han planeado ir, son los conocidos viajeros, a quienes, difícilmente, algo se les va a salir del estructurado plan que han preparado. Van con la plena conciencia de querer conocer cada rincón de la ciudad en la que han invertido dinero e invertirán su tiempo de vacaciones, previa búsqueda y filtro de otras tantas que les resultaron menos interesantes.

En Bogotá, una de esas ciudades en las que ciertas personas podrían aprovecharse de ciertos turistas –y también de viajeros, aunque éstos sean menos propensos– hay más lugares por conocer de los que los mismos habitantes de la capital colombiana se imaginan. Eso sí, los destinos que aquí se enlistarán, y que no son muy seguros en ciertos momentos del día, quizás sean más adecuados para viajeros y, en este caso, viajeros apasionados por la política, que para turistas que van a conocer la también encantadora cara turística y comercial de la ciudad. Además de La Candelaria, la Zona T y la G, el Museo del Oro, el Museo Nacional y Monserrate, hay otra Bogotá por descubrir.

Por mencionar algunos de esos espacios simbólicos que, quizás por su carácter político no son reconocidos como lugares de visita para turistas, tenemos las sedes de los dos partidos pioneros en la política colombiana, y que aún subsisten: la del Partido Liberal y la del Partido Conservador. Y, por supuesto, habría que agregar como atractivo también la sede, lanzada recientemente, del nuevo partido de las FARC. Cabe aclarar que esta formación política –antes, grupo revolucionario– conserva su nombre, pero sus siglas ya no significan Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, sino Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común. Curioso. Y su logo ya no son armas, son rosas. Más curioso aún.

Además de las sedes oficiales de los partidos, hay otros dos lugares recordados por haber sido testigos del asesinato de dos reconocidos líderes, cada uno en su época. Jorge Eliécer Gaitán, entonces candidato presidencial por el Partido Liberal, el 9 de abril de 1948, al lado de su lugar de trabajo, en la Carrera Séptima con Avenida Jiménez, frente al Edificio Agustín Nieto; y Luis Carlos Galán, también candidato liberal a la presidencia, el 18 de agosto de 1989, en la Plaza de Soacha, donde se ha hecho una estatua en su nombre. Gaitán y Galán, dos grandes, recordados y emblemáticos personajes de la historia política colombiana. Sí, es curioso que sus apellidos sean tan similares. Para los jóvenes, en clase de historia, muchas veces resulta confuso.

Jorge Eliécer Gaitán, penalista, político y hasta escritor, recibió tres disparos cuando salía a su hora de almuerzo. Este magnicidio, recogido con detalle en este especial del Banco de la República, dio paso al conocido “Bogotazo”, enmarcado por múltiples protestas nacionales y una revuelta violenta que casi acabó con la capital. Los periódicos no pudieron circular en dos días. Al tercero, la portada del periódico El Tiempo fue: “Bogotá está semidestruida”. Si el titular fuera de hoy, no sorprendería. La ciudad sigue semidestruida, pero al menos ya no es por “La Violencia” –época desencadenada también en 1948 y caracterizada por enfrentamientos entre liberales y conservadores–, ni por la guerra armada de la que estamos saliendo con paso firme.

Gaitán, después de Simón Bolívar, es quizás el líder que más reconocimientos tiene alrededor del país: un teatro con su nombre, su figura en el billete de 1.000 pesos, el nombre de dos municipios, una Casa Museo, entre muchos otros que no han permitido que su legado quede en el olvido ni en el país, ni fuera de él. Fidel Castro, por ejemplo, entonces líder juvenil con apenas 22 años, seguro que lo recordará. Justo en esa fecha estaba en Bogotá por una Conferencia Panamericana de la que era organizador y se había reunido con Gaitán dos días antes de su asesinato. El revolucionario dirigente cubano tampoco borrará de su memoria la tarde en que todo un país se unió al grito “Mataron a Gaitán”. Este dato, como el de muchos de los sitios de visita para freaks de la política mencionados en este texto, ha sido poco difundido.

Por su parte, Luis Carlos Galán, economista, periodista y candidato muy opcionado a la presidencia por el partido de creación propia, Nuevo Liberalismo, perdió la vida minutos antes de comenzar un discurso en un evento público, en el municipio de Soacha, al lado de Bogotá, hoy ya adherido casi como uno de sus barrios, por lo que no está muy lejos para ser visitado. De familia mayoritariamente política –casi todos sus hermanos e hijos tienen relación con alguna institución o ideología política colombiana– Galán fue víctima de varias amenazas e intentos de asesinato tras haber sido elegido candidato presidencial por el Partido Liberal, un mes antes del disparo que silenciaría para siempre las disertaciones del caudillo liberal.

Galán, además de tener hijos en posiciones políticas que mantienen vivo su recuerdo en la mente de los colombianos, también ha sido merecedor de múltiples reconocimientos alrededor del país. Su nombre y apellidos han sido otorgados a más de veinte instituciones educativas, así como a muchos barrios, auditorios, plazoletas, un velódromo e, incluso, al  Aeropuerto Internacional El Dorado, que en 2012 añadió “Luis Carlos Galán Sarmiento” a su ya extenso nombre.

Y si el interés de quien dé con este texto tiene un tinte de carácter menos trágico y más coyuntural, también hay una oferta muy recomendada, aunque poco mencionada. La Casa de Nariño, que actúa de palacio presidencial y recibe su nombre en homenaje a Antonio Nariño, traductor de los derechos del hombre y antiguo morador del palacio. Y por otro lado, pero no muy lejos, se encuentra la sede del Palacio de Justicia, cuya fachada tiene tres volúmenes, y que ha sido afectado en diferentes ocasiones, entre ellas, la famosa toma del Palacio el 6 de noviembre de 1985 a manos del grupo insurgente M-19.

Finalmente, si queremos recordar algunos otros de esos escondidos, pero valiosos ambientes que Bogotá ofrece a sus viajeros, tenemos también el Museo de la Independencia Casa del Florero, una casa construida en el siglo XVI, en la que el 20 de julio de 1810 se declaró la independencia del país, tras la realización del cabildo abierto y la expedición del acta de revolución. Y, en la misma línea, la Quinta de Bolívar, una casa que, en 1820, diez años después, el gobierno de la Nueva Granada le regaló a Simón Bolívar como muestra de gratitud por su gestión a favor de dicha independencia.

¿Y si todos los viajeros nos uniéramos para promover que las alcaldías fomentaran las visitas a sitios desconocidos, pero de mucho valor en sus ciudades? Seguramente, sería un movimiento exitoso, pero en ese caso, el inconveniente entonces tendría relación ya no con el desconocimiento de los lugares, sino con el sobrecoste que podría suponer el ingreso a los mismos o la insaciable sed de los viajeros más freaks por asistir una y otra vez, y recomendar el lugar, lo que, a posteriori, podría desencadenar en un problema de aforo y convivencia ciudadana. Así, lo mejor será seguir manteniendo este tipo de recomendaciones alternativas para viajeros en las guías clandestinas –como podría ser este texto– a las que sólo recurren los que salen de su zona de confort con intención de ver más allá de lo que se ofrece en las agencias de turismo.

María Ximena Duque Achury es consultora de comunicación en Idoegrama (@mximenaduque)

Ver artículo en PDF

Ver el resto del monográfico sobre turismo político