Y ¿dónde quedaron las emociones? Una visión de la teoría de Martha Nussbaum

MARÍA JESÚS YÁÑEZ G.

Hace ya bastante tiempo que el bien común pasó de moda. Las crisis de identidad, las revoluciones sociales, el desprestigio de la política y de quienes la “ostentan”, la violencia, la intolerancia religiosa, de género u opinión, tienen su origen en una sociedad que se enfocó tanto en la racionalidad como estandarte para alcanzar sus objetivos, que olvidó la importancia que las emociones tienen a la hora de detenerse a pensar en el otro.

La propuesta de Martha Nussbaum nos llama a reflexionar sobre un componente esencial en todo ser humano, un elemento que, desde que somos pequeños, nos han hecho creer que sentirlo nos hace más débiles y por ende en vez de ser educadas, fueron reprimidas. Me refiero a las emociones.

A lo largo de nuestra vida hemos tenido la concepción de que la racionalidad nos hace ser más fuertes y eficientes, que es la clave para obtener mejores resultados y ser respetados por nuestro entorno. No así el componente emocional, al cual se le considera nocivo, una especie de mala compañía, una epidemia que intoxica nuestro pensamiento y ciega nuestra claridad para tomar buenas decisiones.

Para Nussbaum las emociones contienen juicios de valor, pueden educarse y evaluarse, y son claves a la hora de ayudar en la validación de buenos proyectos y de oponernos a los malos. El resultado que tengan según sean utilizadas –y según cuáles utilicemos– dependerá de la correcta educación que reciban, y de la visión adecuada de cuál es la buena vida, cuáles son los bienes individuales y comunes que se ven positivos alcanzar para nuestro desarrollo.

Enfocándonos en política, que es el asunto que nos compete, es donde vemos agonizando aquel “arte de gobernar a los hombres con su consentimiento”, como definía Platón a la política en sus tiempos. Y donde ese Estado, al que Aristóteles atribuía la función de “garantizar el bien supremo de los hombres, su vida moral e intelectual”, está en su etapa más crítica. La propuesta de Nussbaum es como una brisa de aire fresco y, quién sabe, una fuente viable de respuestas para afrontar los problemas actuales.

En su libro Las emociones políticas: ¿Por qué el amor es importante para la justicia? Nussbaum inicia aseverando que “todas las sociedades están llenas de emociones. Las democracias liberales no son ninguna excepción. El relato de cualquier jornada o de cualquier semana en la vida de una democracia (incluso de las relativamente estables) estaría salpicado de un buen ramillete de emociones: ira, miedo, simpatía,* asco, envidia, culpa, aflicción y múltiples formas de amor” (p.14).

Muy a pesar de los fans de la racionalidad, la realidad es otra. El ser humano está compuesto de razón y emoción. No podemos negar ninguna de las dos partes, pues son la esencia de lo que somos y el motor que, queramos o no, nos mueve. Y es así como las emociones, desconocidas, relegadas y poco educadas, cumplen un rol tan importante como el que señala su autora: “Esas emociones públicas, a menudo intensas, tienen consecuencias a gran escala para el progreso de la nación en la consecución de sus objetivos” (p.14).

La labor de los gobiernos en esta línea debe ir orientada a velar por un objeto mucho más amplio y que procure a la nación estabilidad a lo largo del tiempo, tratando de cultivar sentimientos orientados al bien común como lo son el amor, la simpatía, la confianza, en detrimento de las actuales emociones que predominan: la codicia, el afán y el lucro. De este modo, como señala esta filósofa, se podrá instituir una sociedad justa y orientada al bien común.

Nussbaum asigna al Estado y a la política la misión de cultivar emociones públicas orientadas a generar un mayor sentido de humanidad, “ayudando a ganar una batalla que todos los seres humanos tienen entre los limitados intereses personales y los amplios intereses de la humanidad”. La educación de las emociones, en tanto, cumple un rol fundamental sobre la defensa de esa humanidad.

Como sociedad en general somos bastante críticos respecto de la política, pero se nos olvida que toda institución está liderada por seres humanos y que, como tal, no existe el concepto de perfección. Poder actuar bien o mal, eligiendo mediante nuestra libertad el camino que queremos tomar. Al mismo tiempo que tenemos la capacidad de pensar y aprender de nuestros errores.

Fomentar el cultivo de una capacidad crítica, que nos permita saber qué emociones trabajar y aplicar según la situación que se nos presente y de cuáles alejarnos, forma parte del proceso al cual debemos enfrentarnos si queremos restablecer el orden en nuestra sociedad.

Nussbaum señala que todos nacemos con esa capacidad de pensar en cómo es el mundo desde el punto de vista de otra persona, pero que, si esa capacidad no se fortalece, no se cultiva, no se entrena, difícilmente nos permitirá entender cómo se siente el resto. Y si no nos ponemos en el lugar del otro, difícilmente encontraremos los objetivos correctos hacia los cuales dirigir nuestros esfuerzos.

Cuando nos detenemos a evaluar esta perspectiva de las emociones en política y la importancia que tienen para liderar el futuro de la nación, no parecen constructos frágiles, más bien fuertes pilares sobre los cuales se sustenta la humanidad y sobre los cuales está la mayor aspiración que podemos desear: el bien común. Nos damos cuenta de que no hace daño crear un espacio dentro de esa racionalidad, un complemento emocional. En lo personal, considero que tanto “racionales” como “emocionales” estarán de acuerdo en que el bien común no es algo malo para nosotros mismos ni para la sociedad.  

Si bien el Estado desempeña un rol propositivo en esta línea, ¿por qué no asumimos nosotros también ese desafío de apoyar ese cultivo de las emociones desde nuestro núcleo más próximo –familias, amigos, cercanos– en pos de construir una sociedad más justa, menos individualista y consciente de la imperfección propia del ser humano, pero también condenatoria de aquellas emociones como la repugnancia, la vergüenza, la envidia, el miedo, que impiden que avancemos a constituirnos como una sociedad decente?  

Para mí –sin querer reducir todos los valiosos aportes de esta filósofa–, el valor de su teoría de las emociones en política radica en hacernos conscientes de ese sentido de humanidad que hoy parece ausente en varias sociedades. Especialmente, en la invitación de dejar de pensar en nosotros mismos para dar cabida a los demás. Sin duda, una fórmula coherente con una amplia gama de beneficios.

 

María Jesús Yáñez es periodista, máster en Comunicación Política y Corporativa y estudiante PhD.

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