“Se critica mucho a los políticos, pero más crítica debería hacerse a quienes participamos en los medios de comunicación”. Entrevista a Nacho Corredor

Nacho Corredor es politólogo por la Universitat Pompeu Fabra. Socio y presidente del Círculo de Asesores de beBartlet, gabinete de incidencia pública. Analista político en la Cadena SER, laSexta o Telecinco. Autor de “El activismo tranquilo” (Ariel). Anteriormente, fue asesor en el Gabinete de la Ministra de Política Territorial y Función Pública o en el Comité Organizador de la Cumbre Mundial del Clima COP25, así como consultor senior en Llorente y Cuenca, donde lideró proyectos de comunicación e inteligencia competitiva (@nachocorredor)

Entrevistado por MARINA ISUN

Su libro se llama ‘el activismo tranquilo’, ¿Considera que son dos conceptos que pueden ir de la mano? ¿Los hemos entendido siempre como antagonistas?

El libro tiene una vocación propositiva y confío en que también un efecto balsámico. Un día bromeé en una tertulia con que se lo iba a regalar a uno de los analistas presentes a ver si tenía afecto ansiolítico. El libro analiza la última década desde la perspectiva de un millennial, a través de una mirada subjetiva de un joven socialdemócrata y mediante la experiencia que he tenido en el sector público y privado, o desde la universidad. Es un ejercicio de perspectiva histórica, ligando algunos hechos de la última década a la Transición, pero sobre todo es un libro que anima al lector a escuchar las causas de quien no piensa como él y, sobre todo, a conocer a personas que piensen distinto a él. Las sociedades cuyos miembros se relacionan entre sí, y sobre todo cuando piensas cosas distintas, son sociedades más libres, estables, prósperas, seguras, democráticas… Lo contrario, llevado al extremo, es la guerra. En la última década he dedicado muchísimo tiempo a generar espacios de interacción entre personas que piensan distinto con el objetivo de generar complicidades que son útiles si aspiramos a vivir en una sociedad con más capacidad de transaccionar que ambición de confrontarse: entre gente de distintas familias de la izquierda, entre personas de izquierdas y derechas, entre independentistas y constitucionalistas… Eso forma parte de mi vocación de activista tranquilo. Y esa actitud es la que quiero compartir.

El libro se define como un manifiesto “para seguir manteniendo viva la necesidad de luchar por la democracia, en un contexto de crispación extrema y del aumento de una visión reaccionaria de la historia.” ¿Qué receta plantea usted ante tal escenario?

La democracia es una excepción en la historia y en la geografía del mundo. Es una obviedad, pero debe haber mucha gente que no lo ha interiorizado. Solo desde la frivolidad, o desde la ignorancia, puede decirse que en España hay un Gobierno que quiere imponer una suerte de dictadura o que su presidente es un okupa. Solo desde la frivolidad, o desde la ignorancia, se puede dedicar gran parte de la energía del debate público en un momento como este a insultar, en el mejor de los casos, o a deshumanizar, en el peor, a quien no piensa como tú. Hace poco más de doce meses que en EEUU asaltaron el Capitolio durante la investidura de Biden. Hace pocos meses que en Italia se intentó hacer lo mismo con la sede del Gobierno y se acabó haciendo en un sindicato. Hace pocos meses que en Lorca se inspiraron en la misma lógica. ¿Dónde acaba esto? Y sobre todo. ¿Alguien puede detenerlo? Quienes participamos en el debate público tenemos una gran responsabilidad cuando abrimos la boca. Porque lo que decimos construye percepciones e incluso realidades. Hay determinada visión reaccionaria de la historia que se está instalando en el debate público, pero parece que nadie hace nada por detenerlo. Así que o no debe ser tan grave esa amenaza, o casi nadie se la está tomando en serio.

El libro abarca distintos puntos de inflexión en la política española como el 15M, el procés, la irrupción de nuevos partidos o el primer gobierno del estado de coalición. ¿Qué momento cree que ha sido más determinante en las últimas décadas de la política española? ¿Con qué protagonistas o figuras políticas se quedaría?

Han pasado muchas cosas esta última década. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias han tenido un impacto evidente, que no cuestionaría ni su peor adversario, en los últimos diez años. No se puede decir lo mismo de Pablo Casado, sobre el que aún cuesta ver cuál fue su aportación e impacto en la historia de la política española. Esta década ha estado llena de personajes menos mediáticos, pero que creo que han sido también importantes o determinantes. O que por lo menos han dejado claro que su presencia en las instituciones está para transformar las cosas. Por ejemplo, Iñigo Errejón ofreció hace unos años sus votos a Ciudadanos para evitar que gobernara la extrema derecha, en palabras de la nueva dirección del PP, en Madrid. Gestionó contradicciones para evitar los peores escenarios. No le hicieron caso, pero su vocación de aportación quedó clara. Esa lógica debería estar más instalada. Lo mismo hizo Manuel Valls en Barcelona. Él discrepaba de Ada Colau, pero discrepaba más de los independentistas. Sus votos fueron determinantes para que en Barcelona hubiera un contrapoder a la Generalitat. Sus colegas de partido se enfadaron por su decisión, pero no sé si entonces es que preferían al independentismo gobernando la ciudad. Podría hablar también de Joan Coscubiela, que durante los peores años del procès supo poner voz a una parte del electorado que vivía roto emocionalmente en dos y que vio en él a un referente capaz de respetar sus emociones, pero defender con convicción la convivencia que nos permiten las leyes. Esos días, en octubre del 2017, fueron algunos de los momentos más determinantes de la última década, como lo fue la moción de censura que cambió el Gobierno en España. Y como lo será para la siguiente lo que está pasando hoy en Ucrania.

¿Qué papel considera que juegan los medios de comunicación a un contexto de crispación extrema?

Los medios de comunicación son el principal ágora de debate público contemporáneo. Más que las redes. Los estados de ánimo, en nuestro país, se siguen generando desde los medios, la agenda del día, la decisión de dar foco a lo que pasa a las redes sociales… Se critica mucho a los políticos, pero más crítica debería hacerse a quienes participamos en los medios de comunicación. Aunque, como en el caso de los políticos, probablemente a unos más que a otros. Yo soy analista en algunos medios y lo que digo lo digo desde una esquinita de la mesa. No obstante, animaría a mis colegas, a aplicar lógicas parecidas a la mía si de verdad queremos contribuir a cambiar el clima político del país. Algunos lo único que quieren cambiar es al Gobierno. Si un debate se reduce a que tú eres imbécil, y yo soy gilipollas, no estamos debatiendo, estamos insultándonos. Que el debate público se base en eso no solo es energía transformadora desperdiciada, sino que es destructiva. Los medios tienen una gran responsabilidad en lo que proyectan y quiénes participamos en ellos también.

Estos días hemos visto como Europa, ante su estrategia contra Rusia, ha optado por vetar la emisión de canales rusos como RT o Spuntik. ¿Qué opina ante tal medida? ¿Considera que vetar medios de comunicación puede suavizar la crispación?

Estos días hemos visto como se han expropiado yates en la Unión Europea, rompiendo el paradigma de la defensa de la propiedad privada, hemos visto como se ha limitado la libre circulación de capitales, rompiendo un paradigma fundamental del libre mercado y globalización, hemos visto como Alemania ha dado un giro de 180 grados a su política militar y de defensa tras el final de la II Guerra Mundial… Y todo se ha aplaudido. No entiendo muy bien por qué se aplaude poner en pausa la libertad comercial o la defensa de la propiedad privada y se ha generado tanto escándalo con limitar la difusión de un instrumento de propaganda de Rusia. A mi me parecen bien todas las medidas excepcionales que se han tomado en los últimos días. Y solo me explico la polémica por lo último porque los periodistas tienen un protagonismo elevado en el debate público. La mayoría que lo criticaban aplaudían las expropiaciones a magnates rusos o la congelación de activos financieros. ¡Eso es también excepcional! El debate público debería huir de la autoreferencialidad de quienes participan. Claro que todo lo que está pasando es muy fuerte, pero no sé si limitar los mecanismos de propaganda de un Estado no democrático es lo más fuerte que está pasando. La UE quiere evitar la III Guerra Mundial. ¡Estamos en ese escenario!

¿Qué papel cree juegan las redes sociales?

Menos del que se le quieren dar. Soy de la primera generación que nació con una vida analógica y que llegó a la adolescencia con la vida digital. Creo entender ambos mundos. Lllevo en Twitter desde 2008 y antes usaba otro tipo de redes… ¿Tienen impacto? Sí. Desde luego en mi vida, y en la de muchas personas, lo debe tener porque paso muchas horas al día en ella. Twitter y su algoritmo deciden gran parte de lo que leo al final del día. Configuran mi pensamiento. Por eso este tipo de empresas no pueden ser consideradas como si fuera una fábrica de zapatillas. No. Tienen un impacto y un poder mucho mayor. Y la regulación lo debe contemplar de algún modo. Dicho eso, creo que la mayoría de campañas de incidencia que en estos momentos se generan en las redes tienen todavía la ambición de tener impacto en los medios convencionales. Una campaña triunfa en internet cuando pasa a ser referenciada en la tele. En la tele está todavía el público que toma decisiones, los que más votan, los más mayores, quienes toman decisiones… En las redes he conocido lo mejor y lo peor de la condición humana. Son la vida misma. Pero la verdad es que ya no tolero los insultos. Hay quien usa las redes en contra de las personas que tenemos algún tipo de proyección para hacernos la vida imposible, para pensárnoslo la próxima vez que decidamos criticar o defender algo. Tengo un timeline en Twitter en el que conviven personas que piensan muy distinto, y la verdad es que es una gozada el tipo de conversaciones que se generan. Pero cuando entran tolls en la conversación, lo siento, no voy a dedicar tiempo a una persona que se dedica a insultar desde su sofá y desde el anonimato. Cuando la cosa ya pasa a las amenazas y al acoso sistemático, es otra dimensión. Por cierto, cada vez más habitual. Y creo que ahí las empresas propietarias de las distintas redes tienen una responsabilidad que no están acabando de asumir.

Volviendo a la política española, ¿cómo se imagina el próximo lustro para la política española? El presidente Sánchez ha afrontado la inestabilidad interna de su partido, el conflicto catalán, la crisis migratoria,  la erupción de un volcán y ahora una guerra que acecha Europa. ¿Qué futura le augura? ¿Considera que ante una eventual victoria reeditaría un gobierno de coalición?

Cuando un analista asume la función de tarotista, suele equivocarse. Porque el tarot es mentira. No lo sé. No hace ni dos meses que el Gobierno de España estuvo a punto de caer por la votación de la reforma laboral. No hace ni dos meses que Pablo Casado era líder del Partido Popular. No hace ni dos meses que algunos decían que Biden exageraba sobre la posibilidad de que Rusia invadiera Ucrania. No hace ni dos meses que Marruecos y España estaban en una crisis diplomática grave. No lo sé. Sabemos, sin embargo, que Sánchez llevaba cuatro años gobernando, que le ha tocado gestionar la peor crisis en un siglo, que su Gobierno ha desarrollado parte de sus compromisos, que ha aprobado los presupuestos con mayorías de 180 diputados. Y sabemos que en ese tiempo todos los Gobiernos de coalición de derechas, salvo el andaluz, han fracasado. ¿Significa eso que la derecha lo va a hacer peor en el futuro que la izquierda? No. Significa que solo podemos valorar el pasado. No soy optimista en el corto plazo. Cada vez más noto cuando voy a una tertulia la agresividad con la que algunos quieren plantear el debate público. Me sorprende, porque ni si quiera un escenario de tercera Guerra mundial cambia la lógica dialéctica de algunos. No sé cómo acabará eso. Pero en el largo plazo sí soy soy optimista. Las grandes reformas como fue el periodico de la Transición o la propia Unión Europea se impulsan tras haber visualizado grandes amenazas.

¿Qué opinión le merece la crisis del PP? ¿Opina que un partido popular con Feijoo al frente puede ser ‘más tranquilo?

Es mi deseo. El Partido Popular viene de una crisis con un componente de liderazgo y orgánico, que todos hemos conocido, pero no es su principal problema. El PP tiene, sobre todo, el reto de conocer y reconocerse ante un proyecto político. La tradición liberal-conservadora ha sido fundamental en la historia de España y Europa. Sin embargo, desde hace años, muchos partidos de la derecha tradicional viven en crisis tras la llegada de partidos reaccionarios a las instituciones. Algunos los reconocen como cercanos, pero no lo son. Pueden compartir votantes, pero no comparten visiones del mundo. El PP es un partido que a través de sus Gobiernos autonómicos ha consolidado el Estado de las autonomías, que por la vía de los hechos o ha impulsado o ha asumido toda la legislación en materia de igualdad y que participa de la alternancia desde hace décadas en España con el PSOE. Feijoo debe responderse antes algunas preguntas: ¿cree que el Gobierno de España es ilegítimo? ¿Cree que ha impuesto una suerte de dictadura? ¿Cree que el Partido Socialista quiere secuestrar la democracia? Las tres afirmaciones se han hecho en su partido los últimos años. Yo quiero creer que no lo cree. Dictadura es Rusia. Ilegítimo es el Gobierno imaginario de Carles Puigdemont. Feijóo lo sabe. Pero después de cuatro años diciendo permanentemente eso hay una parte de su electorado que se lo ha creído. Y eso genera una lógica de incentivos perversa. Si Feijoo asume que tiene tiempo, podrá tomar las decisiones que se esperan de un partido como el suyo.

 

Marina Isun es consultora de comunicación (@marinaisun)

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