Populismo y representación, ¿una sombra de la democracia?

IGNACIO PÉREZ DÍAZ

Cuando en la actualidad se mencionan los límites y carencias del sistema representativo, o se hace referencia a la crisis de los partidos políticos tradicionales, el populismo se encuentra inevitablemente en el centro de la discusión, ya que constituye un elemento omnipresente en prácticamente todas las democracias maduras, que ha experimentado además un fuerte repunte en Europa en los últimos años. Sin embargo, pese a lo recurrente del término, este continúa siendo un “concepto en disputa”, ya que se ensancha para dar cabida a una gran variedad de manifestaciones políticas, lo cual dificulta su definición. En este sentido, Cas Mudde trata de ofrecer una lo más abarcadora posible, entendiendo el populismo como una ideología delgada o minimalista, de núcleo poroso, susceptible de adherirse a otras formas más densas, que se caracteriza fundamentalmente por “considerar la sociedad como dividida entre dos grupos homogéneos y antagónicos, -el pueblo puro’ frente a ‘la élite corrupta’- y que sostiene que la política debería ser la expresión de la voluntad general del pueblo” (Mudde, 2004)

Sin embargo, otros autores han rechazado presentarlo como una ideología, ya que de esta forma no podría explicarse la existencia de populismos de izquierda y de derecha, optando por considerarlo como una lógica de construcción de lo político. Así lo concibe Ernesto Laclau (2005), quien parte de un enfoque postestructuralista que sitúa en una posición central el discurso, entendido como una acción performativa, de “creación de significados”. Para Laclau, el discurso populista se caracteriza por la construcción particular que realiza del pueblo, en el que hay una parte que se identifica con el todo, a partir de una identidad privilegiada procedente del campo total de las diferencias, que adopta la forma de un “significante vacío”, en el cual convergen diferentes demandas democráticas frustradas, en momentos excepcionales en los que estas no son resueltas de forma particularizada. Esto supone trazar una frontera antagónica que divide el campo social, así como la demarcación de un “exterior constitutivo”, imponiéndose la lógica de la equivalencia a la lógica de la diferencia (Laclau, 2005), que permite dicha adhesión de demandas. No obstante, los rasgos de cada manifestación del populismo dependerán del tipo de construcción particular que se realice del pueblo, que como bien señala el profesor Carlos de la Torre puede construirse desde categorías étnicas hasta criterios socioeconómicos y políticos o nacionales y culturales, por lo siempre debemos hablar de populismos en plural.

Este tipo de discurso representa un desafío sumamente interesante desde el punto de vista de la democracia, con fuertes implicaciones en lo relativo a la representación política, no tanto porque haya supuesto una verdadero cambio o transformación en la forma de concebir y desarrollar dicha función representativa, sino más bien porque ha puesto de relieve algunas de las tensiones inherentes a la misma, así como los frágiles equilibrios de los cuales depende. De este modo, el populismo parece haberse convertido en su “invitado incómodo”, que se alimenta precisamente de las contradicciones internas del modelo democrático liberal, cuestionando algunas de las principales dimensiones de la representación. 

Para una primera aproximación, es necesario señalar que la idea moderna de democracia combina elementos democráticos con otros que no lo son, ya que se basa en la idea de la representación, que contiene en sí misma un carácter elitista (Manin, 1998), ya que surge precisamente ante la amenaza de una democracia entendida como una forma desviada de gobierno “de los muchos”, que es como se concibe el modelo de la democracia ateniense. Para prevenir esta situación surge el republicanismo, que reviste a la democracia de un carácter cívico, crítico con los poderes absolutos, y respetuoso con las libertades individuales, aunque continúa privilegiando la esfera pública. El tercer elemento en sumarse a esta tríada, que configura la concepción moderna de la democracia, es el liberalismo, que sí constituye una manifestación directa de la desconfianza hacia el poder político, y, al igual que el republicanismo, postula una distinción entre la esfera pública y la privada, pero invirtiendo su valencia, entendiendo que existen una serie de libertades o derechos individuales, anteriores y superiores a la esfera pública, que deben ser preservados. Por ello, el liberalismo tiende al polo de la protección, centrado en la esfera privada, dotando de pesos y contrapesos al sistema, frenando el alto grado de decisividad del poder político al que parecen conducir tanto la democracia como el republicanismo.

Por tanto, el modelo democrático liberal es el resultado de la coexistencia o combinación de principios contradictorios, pero a la vez complementarios, como son la soberanía popular y regla de la mayoría, por un lado, y por otro la existencia de controles y restricciones que protegen los derechos de las minorías, como la separación de poderes, el imperio de la ley o la defensa de los derechos individuales. Sin embargo, este equilibrio dista de ser perfecto, y algunos autores han mostrado recientemente su preocupación por el hecho de que la democracia parece estar siendo despojada de su componente popular. Es el caso de Peter Mair, para quien el modelo actual estaría aproximándose a una suerte de democracia sin “demos”, circunstancia detrás de la cual estaría la crisis de los partidos políticos tradicionales, que se habrían desvinculado de la sociedad y convertido en organizaciones autorreferenciales, priorizando su rol como gobernantes antes que como representantes, estabilizándose en el sistema de partidos y convirtiéndose en “partidos cártel”. Para este autor, una vez que la democracia es dividida en su elemento popular y constitucional, la centralidad del componente popular comienza a ser minimizada, y el renovado interés en la democracia y su significado a un nivel intelectual e institucional no supondría un intento de abrir o revigorizar la democracia como tal, sino de redefinirla de un modo que pueda sobrellevar mejor, o adaptarse, al descenso del interés de la población y al desencanto. También la politóloga belga Chantal Mouffe ha subrayado esta circunstancia, asegurando que la difícil convivencia de los principios antes mencionados provoca un déficit participativo cuando la gente común no se siente representada en las instituciones liberal-democráticas, y cuando no encuentra canales para expresar su voluntad. Por ello, el populismo que se presenta a sí mismo como un intento de renovar el ideal democrático-participativo se explica por las carencias y las fallas de la democracia liberal.
 
En este sentido, el auge del populismo puede ser entendido en parte como una respuesta ante el surgimiento de una brecha entre ambas dimensiones, es decir, entre los procedimientos liberales y la promesa redentora de que la democracia es por y para el pueblo (Canovan, 1999). Así, mientras que el componente constitucional “enfatiza la necesidad de controles y equilibrios entre las instituciones e implica el gobierno para el pueblo; el componente popular hace énfasis en el papel de los ciudadanos y la participación popular, e implica el gobierno por el pueblo” (Mair, 2007). Siguiendo esta tesis, el populismo en democracias maduras estaría directamente relacionado con esa emergencia de un momento “iliberal”, en el que la segunda de las dimensiones, la popular, coloniza toda la lógica democrática en detrimento de la función constitucional de la misma. De este modo, surge una especie de democracia “electoral”, en la que un pueblo aritmético, que se presenta como un todo, pero que representa solo a una parte del electorado, se sitúa por encima de un cuerpo constitucional que cumple con una función representativa esencial, sin la que no podemos hablar de democracia propiamente dicha.
 
Esta visión entronca también con la forma en la que Nadia Urbinati (2013) se ha referido al populismo, sosteniendo que este es hostil al liberalismo y a los principios de la democracia constitucional, en particular con los derechos de las minorías, la división de poderes y el pluralismo partidista. Otras voces críticas señalan también que el populismo simplifica la diversidad de propuestas, intereses y proyectos de una población en una sociedad compleja en una lucha entre el pueblo y sus enemigos, constituyendo una manera antidemocrática de entender la política representativa. Sin embargo, como se ha señalado al principio, el populismo debe ser entendido antes como síntoma o consecuencia que como causa de los déficits de la democracia representativa, conteniendo además de algunos riesgos potenciales, asociados a su pretensión totalizante y homogeneizadora, ciertos efectos democratizadores, especialmente cuando se presentan como movimientos que cuestionan y retan el poder de las élites, en momentos de anquilosamiento como el que describe Peter Mair, pudiendo además incorporar a ciertos sectores excluidos o automarginados de la política. En resumen, el populismo debe entenderse como una parte constitutiva de la democracia, vinculado a lo que Margaret Canovan  denomina como su “dimensión redentora”, que contrapone a la dimensión “pragmática” o “administrativa” de la misma. 

En el contexto europeo, y también en los Estados Unidos, esta teorización de Canovan se traduce en el auge del populismo bajo un escenario de convergencia y despolitización de los partidos, que dejan de representar a clases sociales o grupos fuertemente ideologizados, a fin de llegar a sectores muy diferentes, convirtiéndose en “catch all parties”. Todo ello propiciado en buena medida por la progresiva tecnocratización y tecnificación de la política, donde la representación misma se produce cada vez más en un marco supranacional y multi-nivel, a menudo con alto grado de opacidad, y el margen de actuación de las políticas a nivel nacional se ve notablemente constreñido, difuminando las diferencias entre izquierda y derecha, especialmente bajo un contexto de crisis económica con la de 2008. Bajo este panorama, que conduce a una cada vez mayor desconfianza hacia las élites, que se perciben como escasamente responsivas e indiferenciables, y donde la proliferación de lobbies y grupos de interés contribuye a generar la sensación de que intereses secretos amenazan la soberanía popular, se explica el atractivo que ejerce la promesa de los partidos populistas de devolver el poder “al pueblo”. Sin embargo, debemos ser muy cautos con dicha afirmación, ya que supone toda una puesta en cuestión de algunos de los presupuestos y dimensiones de la representación que Hannah Pitkin, una de las grandes referencias en esta área, teorizó hace medio siglo. 

Para esta autora, la representación política es ante todo un concierto público e institucionalizado que involucra a muchas personas y grupos (Pitkin, 1967). Por tanto,  lo que lo constituye como representativo no es cualquier acción singular realizada por cualquier participante, sino la estructura global y el funcionamiento del sistema, las pautas que son producto de las múltiples actividades de agentes diversos, entendiendo que no existe algo así como un sujeto político homogéneo, cuya voluntad colectiva pueda ser interpretada y aplicada directamente, sino una suma o agregación de diferentes voluntades en el proceso mismo de la representación, que exige además una cierta discrecionalidad del poder. Por ello, para Pitkin, la representación es contraria tanto al mandato imperativo como a la autonomía total del representante, en la medida en que exige un difícil equilibrio entre ambos elementos, y un exceso hacia cualquiera de estos dos polos terminaría con la representación, de ahí los peligros que entrañan tanto el populismo como la tecnocracia. 

En este sentido, la democracia representativa es antiheroica por definición, ya que está basada en la lógica de la administración y en la racionalidad instrumental, pero su legitimidad se asienta sobre la noción de la soberanía popular. En este sentido, el populismo podría entenderse como un fenómeno que, bajo contextos excepcionales, promete redimir a la democracia de dicha lógica, que se entiende que está socavando o desfigurando la democracia, apelando para ello al poder constituyente del pueblo, a fin de recrear instituciones y normativas políticas. De esta forma, los fenómenos populistas proliferan siempre en momentos posteriores a crisis o cambios acelerados, que provocan que las dimensiones sobre las cuales se sustenta la representación política sufran un desgaste importante. Si tomamos como referencia la crisis de 2008, se aprecia cómo la mayor parte de partidos populistas que han crecido en Europa comparten un común denominador, que tiene que ver precisamente con una crítica expresa a los principales elementos de la representación descritos por Pitkin.

Desde el punto de vista de la representación formal, estos ponen en entredicho tanto la autorización como la rendición de cuentas, entendiendo que las elecciones como mecanismo de accountability vertical no han estado funcionando como una herramienta que haya garantizado verdaderas alternativas, sino solamente la alternancia en el poder, señalando que los sucesivos cambios de gobierno no han servido para cambiar unas políticas que, por otra parte, describen como injustas. De este modo, se estaría también cuestionando la dimensión sustantiva de la representación, que tiene que ver con el contenido efectivo de las políticas concretas, señalando que se ha gobernado a favor de una minoría privilegiada y en contra de la mayoría social, elemento que se encuentra muy presente en los populismos de izquierdas. Esta denuncia relacionada con la rendición de cuentas estaría también basada en la presunción de que los representantes no son responsivos hacia las preferencias de sus electores, al haberse vuelto cada vez más autorreferenciales, prefiriendo seguir las instrucciones del partido, expertos u otros agentes externos antes que “escuchar al pueblo”. Dicha circunstancia explica la apelación que el populismo realiza hacia fórmulas de democracia directa como el referéndum.  Además, al presentarse a sí mismos como la voz del pueblo como un todo, eludiendo el hecho de que representan tan solo a una facción del mismo, estarían sembrando dudas sobre la propia la propia legitimidad y autorización que se le presupone al resto de partidos para actuar también en el nombre del pueblo.

Sin embargo, en la crítica a estas últimas dimensiones de la representación es donde los partidos populistas encuentran a menudo más dificultades para confeccionar un discurso auténticamente genuino y coherente, puesto que éstos, en tanto que competidores en las elecciones, se ven obligados a aceptar la lógica de la representatividad. Y no solo eso, sino que su participación en las elecciones y su presencia en el Parlamento, así como sus posteriores alianzas con otros partidos, contribuyen a fortalecer el nivel de aceptación de la representación política, al permitir que incluso las voces más críticas sean absorbidas por el sistema, que de alguna forma se vuelve a recomponer, por lo que dicha crítica pierde peso, paradójicamente, cuando los partidos populistas se convierten en actores clave de las instituciones representativas. De esta forma, ésta se convierte en una herramienta retórica más, que les sirve para marcar distancia con respecto a los partidos “mainstream”. No obstante, donde el populismo es realmente fuerte es en el terreno de la dimensión descriptiva y simbólica, lo cual explica su facilidad para coordinarse numerosas veces con ideologías de corte nacionalista y etnocentrista, así como con movimientos con una cierta identidad de clase. 

Con un discurso en cierto modo similar a la crítica arrojada por los socialismos al parlamentarismo a finales del S. XIX, debido a su carácter elitista, los populistas argumentan que buena parte de los representantes son meramente oficiales de partido, “profesionales” de la política, que no representan al ciudadano corriente, y que priorizan el cargo y el beneficio individual antes que el servicio público, lo cual entronca también con el elemento de la corrupción. De esta forma, la dimensión simbólica, necesaria para la legitimación de la representación, se resiente, reforzando el antagonismo entre “pueblo” y “élites”, del cual se alimenta el populismo. Como parte de la dimensión descriptiva, el populismo aduce que los miembros del Parlamento, especialmente de los partidos más asentados, forman parte de una élite, la cual no comparte los mismos problemas que la gente corriente, ya que son parte de una clase política privilegiada, por lo que los representantes no se parecen ni describen a sus representados

Sin embargo, como se ha señalado al comienzo, para que un movimiento populista adquiera significancia política no basta con la frustración de dichas demandas o promesas de la representación, sino que es preciso que estas confluyan en torno a un determinado símbolo o significante, acción que Laclau describe como la construcción de esa voluntad por medio del proceso mismo de representación simbólica. En sus propias palabras, “la función homogeneizadora del significante vacío constituye la cadena y, al mismo tiempo, la representa. La conclusión es clara: toda identidad popular tiene una estructura interna que es esencialmente representativa” (Laclau, 2005). Esto equivale a decir que la vaguedad del discurso populista, que trata no solo de representar, sino de construir en el mismo proceso de la representación una nueva identidad popular, en base a la adhesión y homogeneización de demandas dispersas en torno a un común denominador, surge precisamente ante la vaguedad o indeterminación de la propia realidad social en contextos cambiantes. Circunstancia esta que caracteriza a un momento de crisis y transformaciones aceleradas como el actual, dominado además por la fragmentación y volatilidad del electorado, con el paso de una democracia de partidos hacia una cada vez mayor “democracia de audiencias”, con un menor grado de adscripción partidista (Manin, 1998). De esta forma, el teórico argentino entiende el populismo no como una actividad que rechace la representación política en sí, sino como un caso paradigmático de representación, entendida esta como creación de objetividad social que no preexiste a su construcción política. Por tanto, el populismo constituiría la máxima expresión de una voluntad manufacturada, no genuina, pero de causas y consecuencias reales, constituyendo así un fenómeno reactivo que precisa de un fuerte liderazgo y una constante movilización y presencia mediática, como se ha apreciado muy claramente en América Latina, y en menor medida también en los partidos populistas de Europa. 

En suma, lo que los diferentes populismos tienen en común es su discurso crítico con las instituciones, basado en la construcción de un enemigo y en una lógica equivadencial que desafía al sistema representativo. Sin embargo, debemos distinguir sus efectos democratizadores de sus prácticas autoritarias, diferenciando entre los populismos como movimientos que cuestiona el poder de las élites, de los populismos cuando llegan al poder, donde normalmente chocan con las instituciones de la democracia liberal.  Por ello, el devenir autoritario que gobiernos populistas han experimentado en ciertos países, especialmente en aquellos con sistemas presidencialistas, crisis sistémicas e instituciones débiles, se explica por la lógica populista que construye al pueblo como uno, que puede ser encarnado en un líder, y que transforma a los adversarios en enemigos morales, eliminando los contrapesos institucionales. Sin embargo, allí donde las instituciones son fuertes, y existe una sociedad civil organizada (lo que Rosanvallon denomina “contrademocracia”) que no permite a los populistas hablar en nombre de todo el pueblo, y donde además existen sistemas parlamentarios, en los que los partidos populistas se ven obligados pactar y entrar en la lógica del compromiso, desradicalizando sus demandas, el populismo termina siendo influenciado por las instituciones representativas, asumiendo su propia lógica. En conclusión, la crítica del populismo a la democracia representativa añade presión sobre esta, pero no constituye su mayor enemigo, ya que, si bien puede explotar y tensionar algunos de sus fallos y contradicciones, también puede suponer una vacuna que absorba el propio desafío populista dentro de sus acuerdos institucionales, fortaleciendo la democracia.

Ignacio Pérez Díaz es periodista, con experiencia en radio y en comunicación institucional. Estudiante del Máster de Democracia y Gobierno en la UAM. (@Nacho_2810p)

Artículo publicado en su blog Political Mirror

Imagen / viñeta de Sergei Tunin en Cartoon Movement.