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‘Lightyear’ contra el neoliberal Zurg

SERGIO PÉREZ-DIÁÑEZ

Disney-Pixar es un todoterreno cinematográfico que ha reinventado de manera constante el cine de animación, revolucionado las taquillas de todo el mundo y alimentado los sueños de los niños (y adultos) que se enamoraron de los abuelos de ‘Up’ o vivieron el desaliento del pez payaso Marlin en ‘Buscando a Nemo’.

Como gigante de Hollywood, no tiene rival a la hora de detectar cuál es su target, qué caminos ha de explorar para sostener su crecimiento creativo y empresarial y cuáles son las corrientes de fondo existentes en la opinión pública en un mundo en constante cambio con debates políticos y sociales muy polarizados que, de vez en cuando, desvían misiles hacia la industria del entretenimiento.

En este sentido, Pixar se resiste a ir a remolque de los cambios y hace tiempo que viene colocándose a la vanguardia de todo tipo de iniciativas y movimientos progresistas, con el beneplácito de una Disney que, en el momento más álgido del Me Too, vio su reputación en apuros por un catálogo de películas en las que las princesas canturrean mientras friegan escaleras o son despertadas por los besos de un desconocido.

Pese a todo, ni los altos ejecutivos de la compañía ni el gran público han estado dispuestos a dejar caer la guillotina de la censura social sobre las joyas de la corona de Disney, prefiriendo elegir un camino que suena a redención a través de la defensa de los valores progresistas en muchos de sus últimos personajes.

‘¡Me cago en Godard!’, el excelente libro en el que Pedro Vallín sostiene que el cine de Hollywood defiende valores de izquierdas y el cine europeo revela las preocupaciones de una burguesía ensimismada (muy propias de la derecha), nos habla de los héroes que buscan “proteger a los suyos y entregarles un mundo mejor”. El héroe como “antecedente del working class hero, del paladín de los marginados”. Flik, la “hormiguita sindicalista” de ‘Bichos’ (Pixar) vendría a ser un claro ejemplo de este tipo de héroes que hacen las delicias de la izquierda política e intelectual, además de una muestra de lo lejos que, en algunas ocasiones, han llegado en Pixar en su defensa de los valores progresistas.

‘Lightyear’ no podía ser menos, después de haber suscitado una gran polémica al ser prohibida en 14 países por dos personajes LGTBI, algo que no ha evitado que la película constituya un rotundo fracaso en taquilla, muy lejos de las previsiones que manejaban en la compañía. Nostálgico por las páginas de un Pedro Vallín de vacaciones, y acostumbrado como estoy a ver cualquier tipo de cine con una mirada inevitablemente política, me dispuse a ver la película en Disney Plus, donde lleva disponible varias semanas.

Para mi sorpresa, mientras veía la película refugiado del fatigante calor del verano, comprobé que el paso por la pantalla de los dos personajes LGTBI fue tan fugaz como las estrellas del espacio que surca Buzz Lightyear con su nave, si bien hay un progresismo latente en el guión de esta cinta que no hace honor al legado de Toy Story, pero que ofrece el entretenimiento que promete (y un poco más).

Al comienzo de ‘Lightyear’, su protagonista despierta del “hipersueño” para investigar un Planeta inexplorado junto con la comandante Alisha Hawthorne. Hasta aquí, libres de spoilers. En sus primeros pasos para la misión, Buzz no tarda en dejar claro que desconfía de los agentes novatos y que no quiere que le asistan, pues solo complican las cosas y le miran con sus ojitos tristes. De manera un tanto forzada, se nos presenta a un personaje concentrado en la misión y evitando deslizarse por el precipicio de la empatía con quienes le rodean.

Este traje es una promesa al mundo de que tú y solo tú harás una cosa por encima de todo: culminar la misión cueste lo que cueste. Nunca te rendirás por muchos obstáculos que la galaxia ponga en tu camino”, dice Buzz Lightyear a ese “becario” de ojos tristes al que termina por aceptar a regañadientes en su misión en el planeta inexplorado.

Pero tranquilos, que este Buzz Lightyear no es mucho más duro que el juguete que conocimos en el cuarto de Andy, y pronto conoce la tragedia con la muerte de la comandante Alisha, que vive el paso de las décadas mientras él se enfrenta una y otra vez a una misión imposible. El tiempo pasa, y mientras Lightyear recorre el espacio, el resto de sus compañeros envejecen (una paradoja que ya exploró Christopher Nolan en “Interstellar”).

Lightyear es incapaz de culminar la misión, y cuando vuelve a su planeta termina conociendo a Izzy, la nieta de Alisha, que le enseña una nueva forma de enfrentarse a sus objetivos: trabajando en equipo. Eso sí, con un “equipo voluntario de cadetes muy motivados” (sin experiencia), de manera que el guardián especial no tarda en despacharlos por ser personal no cualificado, pese a que le han salvado la vida hace escasos minutos.

Juntos podemos ayudarte. No tienes que salvarnos, tienes que unirte a nosotros”.

Poco a poco, a base de sobrevivir juntos a los ataques de unos misteriosos robots, Buzz Lightyear confiesa que cuando entró en la academia no era bueno. Cometía errores, y casi abandona en la primera semana. No tenía madera de guardián especial, pero la comandante Alisha vio algo en él, así que empezó a buscarlo.

Izzy también revela una verdad incómoda a Lightyear: su abuela Alisha creía que el guardián especial podía enmendar sus errores, creía en la segunda oportunidad. Y, al contrario de lo que pudiera parecer, la comandante no lo perdió todo al fracasar en su misión, porque tenía una vida en ese planeta. Un planeta donde había personas que la querían. Es en ese momento cuando Buzz Lightyear descubre que todos tienen una vida menos él por vivir obsesionado con “ser importante, ser guardián especial”. Mientras que Alisha fue importante, no por ser una guardiana, sino por las personas que la quisieron.

Es en este momento cuando el personaje de Lightyear comienza a desdoblarse y a mostrar dos miradas, dos ideologías. Momento de revisitar al intelectual José María Lassalle, que diferencia entre un liberalismo humanitario y un liberalismo vertebrado por el individualismo económico. Un liberalismo humanitario y demócrata y un liberalismo de la escuela austriaca. Un liberalismo de Tocqueville y Stuart Mill que sostiene que “la sociedad solo es democrática cuando se garantiza la igualdad de todos los ciudadanos” y un liberalismo que prima al mercado frente a las personas.

¿En qué momento es visible este duelo ideológico, estas dos almas del personaje de Lightyear? Como no podía ser de otra manera, en el momento en el que conocemos a su enemigo, al villano de la película. Es el malvado Zurg, quien tras acosar y perseguir a los protagonistas, revela su verdadera identidad ante Lightyear.

“Tú eres tú ahora, pero yo soy tú dentro de 50 años”. Exacto, Zurg es el propio Buzz Lightyear dentro de medio siglo, con canas y arrugas, pero armado con una peligrosa tecnología.

El villano vive en soledad y aún más obsesionado con “ser guardián espacial, ser importante” que el Lightyear del presente. Representa una versión aún más individualista del personaje, ya que desprecia el bienestar colectivo y los valores de solidaridad y cooperación social que se han asentado en el planeta, hasta el punto de que no le importa viajar al pasado y que desaparezcan los proyectos de vida e incluso seres queridos de los demás. Zurg, el Lightyear del futuro, ha renunciado a la moral y a la dignidad del individuo.

Lightyear mira a “su otro yo” y no se reconoce. Como el liberalismo humanitario no se reconoce en el neoliberalismo reaccionario. Como Thomas Jefferson no se reconocería en Donald Trump. Es el momento de poner fin a su obsesión: culminar la misión ya no es la prioridad para Buzz Lightyear.

Por ello, decide enfrentarse al “ciberleviatán” que ya predijo José María Lassalle, el “superhombre técnico” que promueve una “revolución digital sin límites éticos” para defender la “utopía neoliberal”. El “fascismo moderno” frente a la democracia liberal. Lo que el intelectual bautiza como el “regreso futurista de Hobbes”.

Al final, Lightyear derrota a Zurg en una clara apología de Pixar de los valores progresistas frente a los valores conservadores. Nada nuevo bajo el sol. Pero, ¿sobrevivirán las democracias liberales, hasta el infinito y más allá, ante las embestidas de la oleada reaccionaria?

 

 

Sergio Pérez Diáñez  es politólogo y consultor político. Coautor del libro “Cómo comunica la alt-right. De la rana Pepe al virus chino”, junto a Xavier Peytibi (@spdianez)

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