Liderazgo Performativo. Gobernar vs parecer que se gobierna

ROBERTO PLASENCIA

Actualmente, en política, gobernar ya no es suficiente. Hoy, muchas veces, basta con parecer que se gobierna.

No es un matiz menor. Es un cambio estructural en la forma en que se ejerce el poder. Durante décadas, la legitimidad descansaba, al menos en teoría, en la capacidad de resolver problemas. Hoy, cada vez más, descansa en la capacidad de comunicar que se están resolviendo, incluso cuando los resultados son parciales o inciertos.

Esto no necesariamente implica incompetencia. Implica adaptación a un entorno donde la política compite bajo la misma lógica que el entretenimiento y las redes: la economía de la atención. Como advertía Guy Debord, “en las sociedades modernas la representación tiende a sustituir a la realidad”. En política, esto se traduce en liderazgos que deben mostrarse constantemente en acción, incluso cuando los resultados aún no llegan. En ese contexto, lo que no se ve, no cuenta. Y lo que no se percibe como acción, se interpreta como ausencia de gobierno. Dicho lo anterior, así surge el liderazgo performativo.

Es decir, un liderazgo que no solo decide, sino que escenifica. Que no solo ejecuta, sino que construye una narrativa permanente de control, movimiento y dirección. Conferencias, anuncios, giras, mensajes: no son accesorios, son infraestructura política. En esta lógica, lo que Daniel Boorstin denominó “pseudo-events” se vuelven herramientas centrales del ejercicio del poder: acciones diseñadas para ser vistas, replicadas y amplificadas. El problema no es la comunicación. Es su desplazamiento de medio a fin.

Cuando eso ocurre, algo se reconfigura en el núcleo de la toma de decisiones: la lógica de gobierno empieza a alinearse con la lógica narrativa. No se prioriza necesariamente lo más eficaz, sino lo más visible, lo más comunicable, lo que mejor encaja en el ciclo mediático.

Es aquí donde se produce el quiebre:

• Lo urgente desplaza a lo importante.

• Lo visible desplaza a lo estructural.

• Lo inmediato desplaza a lo sostenible.

El resultado es una política que responde más al ritmo mediático que a los tiempos reales de los problemas públicos. En ese contexto, se introduce una distorsión clave: el desempeño gubernamental deja de medirse por resultados tangibles y comienza a evaluarse por percepciones de actividad. Como ha trabajado Shanto Iyengar, los medios no solo informan, sino que estructuran la forma en que la ciudadanía interpreta la realidad política. La acción comunicada sustituye, al menos temporalmente, a la acción efectiva.

Por ejemplo, la hiperexposición mediática de figuras como Donald Trump mostró que dominar la narrativa puede ser tan relevante como dominar la política pública. De forma distinta, durante la pandemia de COVID-19, varios gobiernos europeos priorizaron estrategias de comunicación constantes para sostener confianza y percepción de control en contextos de alta incertidumbre.

En otra dimensión, iniciativas de alto impacto simbólico como megaproyectos de infraestructura o anuncios de gran escala suelen operar también como dispositivos narrativos: más allá de sus resultados concretos, funcionan como señales visibles de acción gubernamental y dirección política, incluso cuando sus efectos estructurales son de largo plazo o inciertos.

Todos estos casos reflejan lo mismo: el poder no solo se ejerce, también se representa.

De ahí que administraciones sin mejoras sustantivas puedan sostener niveles de aprobación relativamente estables. No porque resuelvan más, sino porque logran instalar la idea de que están actuando. Hasta este punto podría argumentarse que existe una forma de gobernanza eficaz. No obstante, es menester advertir que esa sustitución tiene límites y que el costo es acumulativo.

Cuando gobernar se convierte en representación constante, la política pública tiende a volverse reactiva, fragmentada y de corto plazo. Y con el tiempo, la brecha entre narrativa y realidad deja de ser gestionable: se convierte en desgaste. Ya Max Weber advertía que la legitimidad del poder depende en buena medida de la percepción de autoridad; hoy esa percepción está profundamente mediada por la comunicación.

El liderazgo performativo no es una anomalía. Es una consecuencia lógica del ecosistema informativo contemporáneo.

Ante este escenario, la pregunta no es si existe. Es cuánto tiempo puede sostenerse antes de que la realidad alcance a la narrativa.

Luis Roberto Plasencia Rodríguez es politólogo y administrador público por la UNAM, con un Máster en Comunicación Política Avanzada en Madrid. Con más de 14 años de experiencia, ha destacado como estratega en campañas políticas, asesor electoral, operador territorial y creador de contenido para redes sociales. Además de especialista en administración municipal y derecho electoral, su trayectoria refleja un firme compromiso con el fortalecimiento del quehacer político y el desarrollo de México. (@Robertoplasenci)

Fuentes bibliográficas

La sociedad del espectáculo, Guy Debord.

The Image: A Guide to Pseudo-Events in America, Daniel Boorstin.

Economía y sociedad, Max Weber.

Media Politics: A Citizen’s Guide, Shanto Iyengar.

Political Scandal o The Media and Modernity, John B. Thompson.