La trampa del techo del activismo (verde)

ARIADNA ROMANS I TORRENT

La nueva ola de movimientos verdes, liderada principalmente por jóvenes, tiene características muy diferentes de las de generaciones anteriores. Con un fuerte compromiso con el colectivo, defendiendo la diversidad y el deseo de una mayor solidaridad, esta ola también se enfrenta a sus problemas. Una de las principales será la trampa del techo del activismo  (the advocacy trap), que frenará la capacidad de los activistas para avanzar en sus demandas y hacer los cambios necesarios.

Tres siglos de lucha

Aunque la mayoría de los movimientos verdes (organizados) surgieron por primera vez en la segunda mitad del siglo XX, en los últimos años han vuelto a surgir debido a la conciencia creciente de las amenazas que supone el cambio climático. Durante el siglo XIX, el movimiento socialista solía ser el movimiento de la interseccionalidad de las causas y la lucha por cuestiones sociales, laborales y sociales. Ahora, las prioridades de los movimientos verdes se centran no sólo en los aspectos relacionados con la humanidad, sino también en la naturaleza y nuestra relación con la otra. 

Por supuesto, el cuidado del medio ambiente no es una preocupación contemporánea, pues existen ejemplos en el pasado de activismo climático. Sin embargo, nunca antes en la historia se había articulado como un movimiento con vocación global. No es hasta finales del siglo XX que las demandas ecologistas adquieren relevancia en la agenda política, con una difusión dentro de tan diferentes grupos de nuestra sociedad. El hecho de que los responsables políticos, los políticos y los consejeros delegados estén empezando a preocuparse por el aspecto sostenible de sus actuaciones (aunque motivados por un lavado ecológico o greenwashing) es un signo que, al menos, el cambio climático y la protección de la biodiversidad son temas de interés general. 

Un aspecto importante de los movimientos ecológicos actuales es que, a diferencia de los movimientos sociales anteriores, están liderados por jóvenes sin experiencia. La llamada “generación Z” es la que conduce este nuevo camino causado por la sensación de urgencia que provoca el cambio climático. Como afirma la socióloga de la Universidad de Maryland, Dana Fisher, en Nature, “los jóvenes llaman tanta atención que atraen a más jóvenes al movimiento”. A pesar de tener causas, problemas y objetivos muy diferentes, hay un aspecto común de estos nuevos intereses en cuestiones verdes por parte de jóvenes activistas que este artículo quiere destacar. A diferencia de algunos otros movimientos dirigidos por un “héroe”, estos activistas no tienen la intención de convertirse en un modelo diferente de las personas que los siguen y entienden la importancia de la acción colectiva para alcanzar los objetivos por los que luchan. 

Los movimientos verdes, a pesar de tener algunas caras famosas como Greta Thunberg, no son movimientos creados en torno a la figura de una sola persona o “héroe”, sino que se conciben como un camino al que todos debemos adherir y promover como a individuos. Por este motivo, potenciar las personas genera una nueva ola de solidaridad, entendiendo que el impacto que puede producir a nivel local tendrá efectos o contribuirá al impacto que otros miembros del movimiento tendrán en todo el mundo. Esta nueva tendencia hacia la solidaridad será uno de los aspectos más definitorios de este movimiento.

¿Realmente nos escuchan?

Con la aparición de líderes como Greta Thunberg, la famosa joven activista de Suecia, parece como si, por primera vez en un tiempo, los adultos (los llamados boomers) escucharan las demandas de los jóvenes activistas. Por ejemplo, el secretario general de la ONU, António Guterres, ha aprobado las huelgas escolares afirmando que: “Mi generación no ha respondido adecuadamente al desafío dramático del cambio climático. Esto lo sienten profundamente los jóvenes. No es extraño que estén enfadados”. 

Sin embargo, ¿los responsables políticos están escuchando realmente o sólo forma parte de una estrategia de lavado ecológico para alcanzar el interés de los más jóvenes? En este escenario, ¿qué deben hacer los jóvenes activistas? ¿detener sus demandas y bloquear su posible instrumentalización a las organizaciones internacionales o, por el contrario, utilizar esta instrumentalización para alcanzar sus objetivos, aunque sea parcialmente?

A pesar de los esfuerzos constantes para defender el sistema para un cambio radical de paradigma, no será hasta que las poderosas élites consideren las advertencias de los movimientos climáticos como una amenaza real que promoverán un impulso para un cambio. La capacidad de los jóvenes para concienciar y defender mejoras es fundamental para que estas advertencias tengan algún efecto, pero quien realmente tiene el control y el poder sobre el cambio de paradigma es aquél que, como mínimo hasta la fecha, ha estado actuando en contra de dichas demandas. Esta situación hace referencia a lo que yo llamo “la trampa del techo del activismo”, en este caso, verde (en inglés, the advocacy trap). 

La trampa, por tanto, consiste en la presencia de un techo del activismo que solo puede ser desbloqueado por aquellos que, en gran medida, nos han puesto en esta situación. La voluntad de aceptar tales demandas, por tanto, no será defendida por la mayoría de estos inversores y decisores hasta que no sean concebidas como amenazas reales a sus intereses. Por tanto, lo que resulta de esta situación es un sentimiento de frustración, de abandono y de desesperanza con lo que es ya una causa contrarreloj. 

A pesar de la ralentización que supone esta trampa inicial, a la larga y con el apoyo suficiente, las reivindicaciones y acciones de esta nueva generación de activistas pueden acabar generando grandes progresos y demostrarse extremadamente eficientes. Ya lo han demostrado acciones en el pasado, tanto en los movimientos climáticos como en otras luchas sociales. Sin embargo, esta vez puede que sea demasiado tarde. 

Hay que contener la energía del momento de aparición de las demandas climáticas de esta nueva generación de activistas para no dejar que la trampa del techo del activismo se ponga en su camino. El movimiento feminista, por ejemplo, se utilizó en primer lugar para instrumentalizar las demandas de las mujeres a favor de la dinámica hegemónica, pero con el tiempo y la presión y la insistencia constantes de los diferentes polos sociales ha conducido a políticas feministas, cambios en el mentalidad social y normas o legislación contra la desigualdad de género. ¿Podrá esta nueva tendencia del activismo climático acabar con la trampa? A pesar de tener pocas posibilidades de hacerlo, tienen algo que los activistas anteriores no tenían, un nuevo terreno de juego: la esfera digital. 

Tendencias de futuro

La nueva corriente de activismo climático juvenil parece que está vinculada a una concepción más amplia de la solidaridad. Lejos del foco individualista de los movimientos sociales anteriores, construido en torno a la figura de un líder o de una organización individual, los movimientos verdes fomentan una estrategia de activismo y liderazgo más diversa y entrelazada. Aunque su aparición en el terreno político haya surgido de un factor aparentemente aleatorio (las demandas de una niña en su parlamento nacional), sus efectos podrían ser mayores de lo que esperamos.

La acogida de nuevas formas de solidaridad por esta nueva ola de activismo representa una ruptura con la dinámica individualista de los movimientos sociales anteriores y un soplo de aire fresco al ámbito activista de aquellos que ya llevaban muchos años en la causa climática. El rechazo de las dinámicas individualistas no es sólo un ataque al status quo, sino también una negación  a su continuidad. El reconocimiento de una estrategia diversificada y solidaria aporta a las relaciones colectivas una nueva dinámica, centrada en lo que el individuo puede contribuir al bienestar común y no en cómo el individuo puede obtener beneficios de la colectividad, como pasa en el capitalismo. Estos elementos podrían generar cambios aún más grandes, desde un sistema cambiado a un cambio de sistema. 

Esta ruptura con la dinámica sistémica también genera una solución a la trampa del techo del activismo verde: si es el propósito y no la personificación de un movimiento lo que promueven los movimientos climáticos, tendremos más obstáculos para el uso intencionado de las demandas climáticas por parte de líderes políticos o instituciones, puesto que la personificación y la capacidad de sacar rédito de la contribución a la causa climática será más escasa. Las demandas climáticas se proclamarán en pro de una acción más plural, inclusiva y orientada al bien común, dejando atrás, ahora sí, a aquellos que resistan el futuro del planeta. 

 

Ariadna Romans es Consultora en ideograma. Politóloga y estudiante de Filosofía. Gestora de la Secció de Feminismes del Ateneu Barcelonès. @ariadnarmans

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Artículo adaptado del artículo que se publicará en The EcoSprinter