La Política nos está dividiendo… y nosotros aplaudimos

GABRIEL FLORES

La política nació como un acto noble: organizar la vida en común, proteger al débil, ordenar el caos y dar sentido colectivo a nuestras diferencias. Pero cuando la toxicidad la invade, deja de ser puente y se convierte en trinchera. Las líneas se vuelven borrosas; lo que ayer condenábamos hoy lo aplaudimos, siempre que lo haga “el nuestro”. Y así, casi sin notarlo, el corazón se acostumbra a justificar lo injustificable si lleva nuestro color.

En ese terreno pantanoso, la coherencia muere en silencio. Se celebra el error propio con la excusa de la lealtad, y se crucifica el mismo error cuando proviene del otro lado. No se juzga la acción, se juzga la camiseta. Y cuando la identidad partidista reemplaza a la ética, la sociedad empieza a dividirse no por ideas, sino por emociones mal dirigidas.

Hay una clase política que entendió algo peligroso: que dentro de cada ser humano habita un “yo” hambriento de validación. Ese “yo” que quiere sentirse superior mientras señala la miseria ajena; ese “yo” que encuentra alivio en el error del otro porque así no tiene que mirar el propio. Jugar con ese instinto es más fácil que educarlo. Manipularlo es más rentable que elevarlo.

Así nace la polarización tóxica. No la diferencia sana de criterios, sino la enemistad enfermiza. Una polarización que aplaude el insulto, el desprestigio y la burla, siempre y cuando golpeen al adversario. Pero cuando el mismo método se vuelve en contra, entonces se clama por respeto, por democracia, por altura moral. Lo impresionante no es solo la incoherencia del político; es la amnesia colectiva de quienes lo defienden.

El mundo convulsiona no porque existan diferencias, sino porque muchos han llegado al poder no para gobernar, sino para ganar. Ganar espacio, ganar control, ganar impunidad, ganar influencia. La victoria se vuelve el fin en sí mismo, y el ciudadano pasa a ser un instrumento, no un propósito. Se promete todo, se explica poco, y se ejecuta menos.

Gobernanza y gobernabilidad no son sinónimos. La primera habla de la forma en que se toman decisiones con participación y responsabilidad; la segunda, de la capacidad real de sostener y ejecutar esas decisiones. Ninguna de las dos puede existir cuando el plan de gobierno es apenas un poema de verbos ambiguos: “impulsar”, “fortalecer”, “promover”. Palabras que suenan bien, pero no obligan a nada.

La tragedia es que muchos ciudadanos, agotados por sus propias luchas diarias, prefieren no profundizar. Es más sencillo abrazar una narrativa emocional que estudiar un plan técnico. Es más cómodo culpar a un enemigo visible que asumir responsabilidades compartidas. El dolor económico y familiar encuentra un culpable externo, y la conciencia descansa.

Imaginemos una ciudad que aplaude cada ataque verbal de su líder contra la oposición. Las redes arden, los seguidores celebran cada humillación pública. Pero mientras tanto, los hospitales siguen sin insumos y las calles sin mantenimiento. El debate se centra en quién insultó mejor, no en quién gestionó mejor. Años después, la ciudad no solo está más dividida; está más pobre, más insegura y desconfiada. Ganaron la pelea, perdieron el futuro.

Esa es la consecuencia de cavar con entusiasmo el hueco propio. Cada meme compartido con odio, cada mentira justificada “porque es de los nuestros”, es una palada más. Y lo más grave es que se siente como victoria momentánea. El aplauso inmediato anestesia la pérdida a largo plazo.

Pero también existe la posibilidad de mejorar, imaginemos una comunidad que decide cambiar la pregunta. Ya no se deja seducir por quién ataca mejor, sino por quién explica mejor. En un debate público, el candidato no solo promete seguridad; detalla presupuesto, fases, indicadores y plazos. Los ciudadanos preguntan, contrastan, comparan. No importa el color; importa la claridad. Y poco a poco, la conversación cambia de tono.

En ese escenario, la política recupera su dignidad. Las redes no desaparecen, pero se transforman. La crítica no se extingue, pero se fundamenta. El aplauso no es para el insulto más viral, sino para la propuesta más sólida. El líder entiende que emocionar es importante, pero que sin estructura técnica no hay resultados sostenibles.

Desde una mirada racional, la evidencia es clara: los países y ciudades que exigen planes concretos y mecanismos de rendición de cuentas tienden a mejorar sus indicadores de desarrollo. No es magia; es método. No es carisma; es capacidad. Cuando el ciudadano pregunta “¿cómo?” con la misma fuerza con la que antes gritaba “¡bravo!”, el estándar político se eleva.

Y aquí entra el cerebro recursivo que todos tenemos, ese que permite aprender, ajustar y corregir. Si como sociedad hemos caído en la trampa del sensacionalismo, también podemos rediseñar nuestra conducta colectiva. Podemos crear círculos de conversación, formar equipos técnicos, capacitar jóvenes, exigir debates con reglas claras. Podemos innovar en la forma de participar, no solo en la forma de votar.

Mejorar la política no empieza en el palacio de gobierno, empieza en la casa. En la conversación familiar donde se enseña a disentir sin odiar. En la escuela donde se fomenta el pensamiento crítico. En el barrio donde se organiza la comunidad no para atacar, sino para proponer. Es un camino minado, sí, pero cada paso consciente desactiva una trampa.

Aún tenemos la pala en la mano. Aún el hueco no es tan profundo como para no poder salir. La pregunta no es si podemos cambiar la política; es si estamos dispuestos a cambiar nosotros. Porque mientras sigamos premiando el espectáculo sobre la sustancia, tendremos actores y no gobernantes.

Yo creo que sí podemos. Creo que es momento de mirar más allá de los colores y ver personas, perfiles, capacidades. De exigir que nos expliquen con punto y coma cómo cumplirán lo que prometen. De dejar de ser víctimas del manejo de nuestros instintos más bajos y convertirnos en arquitectos de una democracia más madura.

La política puede volver a ser sana. Puede volver a ser esperanza en lugar de odio, construcción en lugar de demolición. Pero eso exige valentía emocional, disciplina racional y creatividad colectiva. Y cuando una ciudadanía decide elevar su estándar, ningún oportunista puede sostenerse demasiado tiempo. Porque al final, la política no es lo que ellos hacen; es lo que nosotros permitimos.

Gabriel Flores Avilés es consultor Político de Campañas Electorales (@GabrielFlores_a)