La castración política: cómo el sistema mata el liderazgo y perpetúa la corrupción

GABRIEL FLORES

En la sociedad contemporánea, se observa un fenómeno preocupante: la dificultad para la formación de nuevas generaciones de políticos con bases sólidas en el ámbito social y político. La posibilidad de que surjan líderes íntegros y preparados para ejercer funciones de elección popular parece cada vez más reducida. Esta situación responde a múltiples factores que han moldeado un entorno donde la trampa, lo ilegal y la falta de ética predominan sobre los valores democráticos y la legalidad.

El crecimiento de una cultura basada en la búsqueda del poder a cualquier costo ha generado un panorama en el que lo ilegal se normaliza. Las estructuras políticas actuales, lejos de incentivar la formación de nuevos cuadros comprometidos con el bienestar de la sociedad, parecen diseñadas para beneficiar a aquellos que logran manipular las reglas y aprovecharse de un sistema permisivo con la corrupción. En este contexto, la idea de la política como una vocación de servicio se ve desplazada por la noción de la política como un medio de enriquecimiento personal y consolidación del poder.

A esto se suma la parcialidad de diversos actores sociales, como los medios de comunicación, las fuerzas armadas y la propia ciudadanía. En lugar de desempeñar un rol fiscalizador, estos sectores terminan alineándose con el poder de turno, sacrificando la objetividad y la imparcialidad. Esta alineación impide la construcción de una sociedad crítica y participativa, ya que cualquier intento de denuncia o exigencia de transparencia se percibe como una amenaza para los intereses establecidos. En este punto, podría incluirse un ejemplo sobre cómo ciertos medios han sido utilizados para encubrir o minimizar escándalos de corrupción.

En una sociedad que ha normalizado la manipulación y la falta de ética en el ejercicio del poder, resulta difícil exigir un trato justo y una administración honesta de los recursos públicos. La ciudadanía, muchas veces, se convierte en cómplice al aceptar discursos distorsionados y realidades maquilladas que favorecen a determinados sectores políticos. En este escenario, el surgimiento de nuevos líderes con principios sólidos se convierte en una tarea prácticamente imposible.

Los jóvenes que aspiran a cargos públicos enfrentan un dilema moral. Al observar cómo quienes han alcanzado posiciones de poder lo han hecho mediante prácticas cuestionables, sin consecuencias reales por sus actos, se ven desalentados a seguir un camino basado en la integridad. La falta de referentes positivos en la política genera un vacío de liderazgo ético y contribuye a la perpetuación de un sistema donde lo turbio y lo ilícito son estrategias aceptadas. Un ejemplo que ilustraría este punto podría ser la historia de algún político joven que intentó mantener su integridad, pero se vio obligado a abandonar su carrera debido a presiones del entorno.

En este contexto, la sociedad contribuye activamente a la castración de nuevos políticos. Se crean condiciones en las que es casi imposible que surjan figuras que defiendan principios de honestidad y transparencia. La política se convierte en un espacio donde prevalece el oportunismo, la demagogia y la corrupción en lugar del compromiso genuino con el bienestar ciudadano.

El fenómeno se agrava cuando los votantes justifican y toleran las faltas de los políticos que apoyan, minimizando sus errores o simplemente ignorándolos. La lealtad a un candidato o partido se convierte en una prioridad mayor que la exigencia de rendición de cuentas. Esta actitud no solo impide la regeneración política, sino que refuerza la idea de que la corrupción es aceptable siempre que provenga de «los nuestros». Aquí se podría incluir un ejemplo sobre cómo ciertos escándalos políticos han sido minimizados o justificados por los seguidores de un partido en particular.

Incluso al analizar críticamente esta realidad, muchas personas continuarán convencidas de que el problema radica en los adversarios políticos y no en su propia postura o en el sistema en su conjunto. Esta falta de autocrítica y la tendencia a deslegitimar cualquier cuestionamiento opuesto a los suyos, refuerzan la idea de que la política no es un espacio para la renovación, sino para la perpetuación de los mismos vicios de siempre.

Los pocos individuos que buscan hacer las cosas de manera correcta se enfrentan a un entorno hostil no solo por parte de otros políticos, sino también de los ciudadanos y militantes que prefieren ignorar las faltas de quienes representan sus intereses.

La política, en lugar de evolucionar hacia un modelo más transparente y justo, parece sumida en un ciclo donde la trampa y la deshonestidad son recompensadas. Mientras la sociedad siga permitiendo y justificando estas prácticas, seguirá imposibilitando la aparición de líderes genuinos y comprometidos con el cambio.

La castración política no es un fenómeno espontáneo, sino el resultado de una sociedad que, consciente o inconscientemente, ha permitido que la corrupción y la manipulación sean la norma. Mientras esta mentalidad persista, la posibilidad de construir una política basada en valores y principios seguirá siendo una utopía inalcanzable.

Gabriel Flores Avilés es consultor Político de Campañas Electorales (@GabrielFlores_a)