De Gramsci a Laclau, claves del discurso político y la fractura social

PABLO CAPEL DORADO

Para los movimientos políticos de índole neomarxista, el concepto de cultura y, por supuesto, de cultura política, tiene una especial relevancia. Este hecho tiene una serie de condicionantes históricos. En primer lugar, durante la Guerra Fría, tras más de cuatro décadas en dura pugna para alcanzar la hegemonía política, el bloque soviético, que representaba de los dos modelos en liza a la izquierda marxista tradicional, cede en el enfrentamiento en pro del bloque atlántico liderado por Estados Unidos. Es en esa coyuntura cuando los movimientos de izquierda sufren un cierto desnorte ideológico como consecuencia del hundimiento del gran bloque imperial que actuaba como sostén de sus ideas; la URSS, y es justo en ese momento cuando empieza a confeccionarse una hoja de ruta que ansía alterar el statu quo impuesto por Estados Unidos y el modelo ideológico de las denominadas democracias liberales. Hablar de la inversión de ese statu quo pasa, en muchas ocasiones, por la adopción de una estrategia que tiene como objetivo la conquista del espacio cultural, del acervo común, de los conceptos ligados al inconsciente colectivo, de los sistemas simbólicos compartidos; es lo que Gramsci, heredero de la estrategia leninista, denominó como hegemonía cultural.

Para Gramsci, la conquista del poder no se lleva a cabo controlando lo que calificó como “infraestructura”, esta es, los aparatos represivos del Estado, las estructuras que perpetúan la dominación del hombre por el hombre y que generan una realidad de explotados y explotadores (propietarios de los medios de producción y proletarios), sino que se materializa dominando la superestructura, que vendría a ser el sistema de creencias, de ideas y doctrinas de una sociedad o, dicho de otro modo, sólo controlando la cultura de una sociedad (la superestructura) puede llegar a consolidarse un cambio que altere la realidad material (la infraestructura). Por ejemplo, es controlando la educación en las instituciones públicas o estigmatizando puntos de vista ajenos en el espacio público cuando puede llevarse a cabo la verdadera conquista cultural, la genuina hegemonía cultural que se configura como la antesala del verdadero cambio revolucionario en aras de una sociedad sin clases.

Esta estrategia, además, tiene hoy día especial vigencia, pues en ella se han ido integrando otras teorías que han venido a tecnificar su funcionalidad y que operan con especial eficacia de momentos de crisis; por ejemplo, la estrategia populista propuesta por Laclau. Este último autor, en La razón populista (2005), nos indica numerosos métodos por los que conquistar la hegemonía cultural, como pueden ser la utilización de significantes flotantes y significantes vacíos en la articulación de un discurso. Ernesto Laclau, siguiendo la línea del método de renovación del psicoanálisis propuesto por Jacques Lacan, considera que la cultura no es más que una serie de significantes (construcción mental de un concepto atendiendo a su impacto emocional, no a su literalidad). Dicho de otro modo, podríamos considerar que la cultura es un continuo de elementos simbólicos compartidos por una comunidad, es decir, la cultura es concebida como un conjunto de prácticas semióticas. Al tratarse de sistemas simbólicos, la praxis política se convierte en la articulación de discursos en donde se introducen estilos retóricos que logren alterar la carga emocional asociada a determinados términos. Esta alteración de lo que une al significado (al término) con su significante (su carga emocional), tiene repercusión, finalmente, en el continuo que entendemos como cultura, pues ella se construye mediante sistemas simbólicos. Por lo tanto, esta estrategia no sólo alteraría el statu quo de poder (gran aspiración de movimientos marxistas), sino que vendría a modificar nuestra propia percepción cultural de la realidad.

Esos elementos que están sin ligar, que “flotan” en la cadena significante, pueden ser tales conceptos como “corrupción”, “élites”, “la banca”, “pueblo”, etc. La lucha ideológica reside entonces en lo que Lacan denomina points de capiton (puntos nodales), que serán capaces de totalizar y de incluir todos esos elementos “libres”, “flotantes”, en una única serie de equivalencias. De esta manera, cada uno de esos significantes flotantes formará parte de una serie de equivalencias y ésta, a su vez, aspira a unificar la identidad de los sujetos pasivos del discurso. Por ejemplo, para un comunista, emprender la lucha contra la banca supone luchar a su vez contra la economía de libre mercado.

Una ideología tiende a ser hegemónica desde el punto de vista discursivo cuando todos los significantes flotantes y vacíos giran en torno a una misma identidad común confrontada a su antítesis. En el ejemplo del marxismo hablaríamos de proletariado y capitalismo. Por lo tanto, el hecho de que se utilice un lenguaje dicotómico resulta sobremanera efectivo para el éxito o materialización de los objetivos populistas, pues con estas dicotomías, el entorno de pertenencia o rechazo se amplía y es más fácil que el individuo se reconozca en una de las dos partes del todo. Por ejemplo, en vez de hablar de cualquier clasificación científica de clases sociales en relación a un nivel de ingresos o desarrollo humano, es mucho más efectivo la utilización del significante vacío “pueblo” confrontado con la noción de “casta”, pues la pretensión es que todos los que repudien a “la casta” pertenezcan por eliminación al “pueblo”, siendo éste un significante vacío que será henchido con una serie de significantes flotantes, pues dependerán de la necesidad de la coyuntura. Por lo tanto, la construcción dicotómica del discurso, si logra su objetivo de hegemonizarse, redunda en una construcción dicotómica de la cultura y de la convivencia en donde podemos encontrar “buenos y malos”, “rectos e injustos”, “solidarios y egoístas”, etc.

Asimismo, cabe destacar que algunos de los trabajos y aportaciones teóricas de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe tienen su origen en la obra de Carl Schmitt, un teórico del derecho colaboracionista con el Tercer Reich. Para Schmitt, la retórica a utilizar es la retórica del enemigo. Hablar de la construcción simbólica propuesta por Laclau, es decir, de su intento por alcanzar la hegemonía cultural mediante la utilización de significantes flotantes y significantes vacíos, es hablar de una construcción de símbolos anclados en dicotomías que generan una cultura cimentada en la confrontación: enemigo/amigo, aliado/adversario.

Además, tradicionalmente, los partidos de izquierda tienden a considerar que los problemas sociales tienen su causa en defectos de la estructura social y, por consiguiente, buscan su solución en los programas de gobierno. Los movimientos políticos que aplican esta estrategia de hegemonía se servirán de las instituciones que sirven a la “estructura social”, es decir, de lo público, para lograr implantar su propia hegemonía cultural. Este es el punto que diferencia a estos movimientos de cualquier otro: la instrumentalización de “lo común” para la consecución de una serie de objetivos políticos que responden a intereses netamente políticos.

La importancia que tiene para los distintos movimientos políticos la cultura es total. Siempre habrá un modelo cultural asociado a hábitos y costumbres asociadas a una determinada ideología y, a su vez, siempre habrá una ideología dominante. Algunas de las alternativas culturales a la ideología dominante actual desde un punto de vista material (la liberal), parecen pasar por la articulación de estrategias que de algún modo confrontan a la sociedad, al basarse en dinámicas polarizadoras, como la de amigo/enemigo. La construcción cultural neomarxista que aspira a hegemonizarse se debe, a tenor de lo que podemos observar en estos últimos años, a este tipo de praxis. La cuestión sería analizar, finalmente, el impacto social de esta estrategia y si, en pos de ser materializada con éxito, se acaba aniquilando, de paso, cualquier resquicio de convivencia pacífica.

 

Pablo Capel Dorado es Licenciado en Ciencias Políticas y Derecho y Máster en Comunicación Política.

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Publicado inicialmente en ICN (Iberoamérica Central de noticias).

One Comment

  1. Juan Ignacio Marcos lekuona

    Falta considerar la materialidad de las interacciones entre personas y grupos y la historia de estas interacciones