El perdón en política: ese gran desconocido

JOSÉ PEDRO MARFIL

Perdón, disculpa, lo siento… ¿Cuántas veces nos disculpamos al día por cosas nimias, sin importancia? ¿Y cuántas veces lo hacemos para demostrarle a alguien que realmente lamentamos algo? Nuestra vida está plagada de disculpas. Bien por cortesía o bien por deferencia, éstas muestran nuestra consideración con otras personas. Son capaces de transformar una situación adversa en una opinión favorable, una crítica en una reconciliación. Entonces, ¿por qué es tan complicado que un político se disculpe?

Existen muchas opciones a la hora de responder a una acusación: negarlo todo, evadir la responsabilidad, reducir la culpa… Pero de todas ellas, la solicitud de perdón es la que conlleva un mayor grado de contrición. Aun así, las estrategias de los representantes políticos a las que estamos más acostumbrados son aquellas que evaden o disminuyen la culpa, como alegar desconocimiento o cualquier relación con los hechos que se les imputan. Este tipo de herramientas están enfocadas a disminuir el potencial daño en la reputación que este tipo de acusaciones puedan suponer en el político. Sin embargo, en ocasiones, a ojos de los ciudadanos puede suponer una estrategia manida y carente de credibilidad.

Las disculpas, como tradicionalmente las conocemos, deben contener tres elementos esenciales: examen de conciencia, en el que se debe reflexionar sobre el hecho en sí y sobre si se tiene algún tipo de responsabilidad en él; reconocimiento de la falta, en el que se manifiesta de forma explícita la asunción de la culpa; y propósito de enmienda o de no volver a incurrir en la falta anteriormente cometida. Puede que este proceso resulte farragoso, pero conviene reparar en cada uno de los pasos para lograr que sea completo. Si se adolece de un análisis de los hechos correcto, se corre el riesgo de no ajustarse a la percepción pública adecuada; si no se manifiesta arrepentimiento de los hechos, se corre el riesgo de no valorar los hechos en su justa medida; y si, por último, se vuelve a incurrir en los hechos reprochables, se corre el riesgo de tirar todo lo anterior por la borda.

Los políticos, como el común de los mortales, se equivocan, yerran y se arrepienten, pero no suelen dar indicios de ello al electorado. La principal cuestión es el miedo a la debilidad. Una disculpa supone asumir que no se ha actuado de manera correcta, la existencia de una acción reprobable o la causa de algún tipo de daño. Al asumirlo, el político muestra un flanco de fácil aprovechamiento para sus rivales que acudirán al ataque por semejante reconocimiento.

Puede incluso darse la situación en la que alguien sea acusado de algo sin ser verdaderamente culpable de ello. En este caso, tal y como menciona Benoit, “Lo importante no es saber si alguien ha cometido el acto en sí, sino si la gente piensa que lo ha hecho”. Una vez más comprobamos cómo en comunicación política la apariencia acaba transformándose en realidad.

Sin embargo, el perdón tiene un componente humano que trasciende a la mera comunicación política. Cuando alguien se disculpa trata de subsanar el daño causado. Esto demuestra varias cosas.

En primer lugar, interés por la relación existente. La persona que pide perdón reconoce no haber actuado bien y que dicha actuación ha tenido unas consecuencias negativas para alguien.

En segundo lugar, muestra deferencia y consideración por dicha relación. Quien se disculpa trata de arreglar la situación. No es únicamente consciente de que ha actuado mal, sino que además busca que todo vuelva al anterior estado de la situación.

Por último, el perdón tiene un efecto interesante en los procesos comunicativos, ya que devuelve la iniciativa al acusado. Ya no es únicamente un sujeto pasivo que recibe acusaciones y críticas por su forma de actuar. Una vez pronunciada la disculpa, quien efectúa el reproche tiene dos opciones: perdonar o no. Pero insistir en la crítica puede resultar contraproducente. Si se vuelve a hacer, siempre se podrá insistir en la asunción de la responsabilidad e insistir en que se trata de un tema cerrado que puede impedir el avance de la agenda.

En las últimas décadas hemos visto cómo se han abierto paso nuevos modelos de liderazgo en los que se observa un mayor peso de cualidades como la transparencia o la cercanía, por encima de otros como la autoridad o la firmeza. Hasta el final de la Guerra Fría, los países se veían en la necesidad de contar con líderes fuertes, que mostrasen su capacidad de respuesta ante eventuales desafíos. Tras la caída del muro de Berlín, las necesidades mutaron hacia perfiles más conciliadores, capaces de dialogar y de sumar voluntades que hasta el momento podrían parecer irreconciliables.

En 2000, el presidente alemán, Johannes Rau, pidió perdón ante el Parlamento de Israel por la responsabilidad de su país en la muerte de seis millones de judíos durante el periodo nazi. En 2002, Bélgica pidió disculpas “históricas” al Congo por su papel en el asesinato en 1961 de Patrice Lumumba, el primer jefe de gobierno electo del país africano tras su independencia. Las disculpas de Clinton por mentir tras su affaire con Monica Lewinsky o las del rey Juan Carlos I tras el incidente sufrido durante una cacería en Botswana son algunos ejemplos recientes de perdón al más alto nivel de dirigentes y mandatarios.

Los ciudadanos son conscientes de que sus líderes no son infalibles y por tanto les cuesta creer que, como ellos, no comentan errores o eludan cualquier tipo de responsabilidad. A tal efecto, la asunción de la culpa representa una herramienta a tener en cuenta en situaciones en las que la reputación de un representante público se pone en duda, ya que le acerca a su público y trata de reconciliarle con él.

Hay algo imprescindible para que este recurso funcione: la credibilidad. En ocasiones, los líderes no logran reconstruir su relación con los ciudadanos porque no cuentan con la credibilidad suficiente para hacerlo. He ahí la cuestión. Si no se goza de este recurso, es complicado que nada surta efecto.

Muy vinculado a esto se encuentra la coherencia narrativa del actor que deberá demostrar en el día a día si realmente existe un verdadero arrepentimiento y una rectificación en la conducta para que los hechos no vuelvan a suceder. Si un líder se ve obligado a disculparse en más de una ocasión por un mismo asunto, puede que ya sea demasiado tarde y nadie le crea, minando así su crédito por completo.

En resumidas cuentas, el perdón es una herramienta compleja que puede resultar de utilidad para restablecer las relaciones entre ciudadanos y representantes públicos dados los nuevos modelos de liderazgo y las pulsiones ciudadanas que demandan, cada vez más, honestidad y transparencia.

José Pedro Marfil es gerente de ACOP y profesor de la Universidad Camilo José Cela. (@JPedroMarfil)

Publicado en Beerderberg

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