Cuando la seducción política muere: poder, coerción y silencio

ÀLEX LLONCH

El ajedrez geopolítico vive tiempos de realismo frío —gélido— donde la coerción se ejerce sin consensos ni farándula. Es el peso del poder y la voluntad de ejercerlo contra el silencio de una comunidad internacional ausente, sin capacidad de arbitraje. Es la hora del recreo, y el fuerte le robará el bocadillo al débil, sin mediación, porque puede, por la implacable autoridad selvática.

Más allá de la legitimidad del régimen de Maduro —lodazal en el cual no voy a embarrarme, al menos no aquí—, la administración de Trump ha entrado en Venezuela y se ha llevado a su presidente con el pretexto de un relato descuidado, que ni ellos mismos luchan por creerse, y cuyo objetivo final todo hijo de vecino conoce. No es la receta de las arepas —como decía con sorna un emigrante venezolano celebrando el hito en el Obelisco de Buenos Aires—. Es el petróleo, sin máscaras.

En una época marcada por la unilateralidad, los ciudadanos de a pie nos vamos haciendo pequeños, suspiramos y alargamos los silencios, porque quienes hablan no solo han dejado de escuchar, cada vez suben más la apuesta. Nuestra capacidad de incidencia, en condición de civiles, languidece. Gaza, Ucrania, Sudán, Yemen… El sinsentido, vivo.

Pienso en aquel estribillo del difunto Canserbero, el mejor rapero de Venezuela:

‘‘Y el corazón tucum-tucum, tucum, tucum
Y las balas pacaum-pacaum, pacaum, pacaum
Y el corazón tucum-tucum, tucum, tucum
Y las balas pacaum-pacaum, pacaum’’

Y el sinsentido sigue.

Es la hegemonía de la impunidad y la consecuente sensación de intemperie y orfandad. La acción moral, el peso ético de cada decisión política, ha pasado a ser una suerte de altruismo. Puede que siempre haya sido así. Sin embargo, quienes hemos transitado los caminos de la comunicación política sabemos que, para el libre ejercicio de la seducción, necesitamos un terreno fértil, sociedades dispuestas a ser seducidas y a que dicha seducción se traslade a decisiones tangibles. Es un contrato social que agoniza.

Porque, sí, la comunicación política es un acto de seducción. No basta con emitir discursos o desplegar estrategias: para persuadir, el mundo debe estar dispuesto a ser seducido. Sin esa apertura, las palabras se vuelven eco vacío, las imágenes, gestos sin efecto, y la política se convierte en un teatro sin público.

La comunicación política se acaba cuando suena el gatillo. La explosión posterior nos viste de propagandistas.

La detención de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos ilustra un momento extremo de esta dinámica. Al romperse las reglas del juego y sustituirse el diálogo por la coerción, se cierra el espacio de interacción política: ya no hay negociación posible, ni interpretación compartida, ni seducción posible. Lo que queda es un mundo cerrado, donde la violencia reemplaza a la persuasión y la comunicación política muere.

Seducir no es imponer, sino interactuar con un mundo que responde. Aristóteles enseñaba en su Retórica que la persuasión depende del ethos, pathos y logos: el carácter del orador, la apelación emocional y la lógica del discurso. Pero todo esto solo funciona si el receptor está dispuesto a escuchar, a abrirse a la interpretación y a la negociación de significados. La seducción política, además, requiere efectos tangibles en el seducido.

Seducir implica transformar la percepción, la voluntad o la acción de quienes escuchan; es demostrar que la persuasión tiene consecuencias reales. Un discurso político sin efecto tangible, por más brillante que sea, se queda en retórica vacía.

El ejemplo de Maduro ilustra los límites extremos de la seducción política. Su detención por una fuerza externa no es un acto de política persuasiva, sino de imposición. La coerción elimina la posibilidad de generar efectos tangibles en el seducido: ya no hay cambio de percepción, ni negociación, ni apertura a la acción. Hannah Arendt subraya que la violencia destruye la esfera pública y el espacio de aparición (1970): sin estos, la política desaparece.

En un mundo donde la seducción no puede producir efectos tangibles, hablar se vuelve inútil. La comunicación política se mata a sí misma: existe el mensaje, pero no el cambio; existe la intención, pero no la acción; existe el poder simbólico, pero no la influencia real.

Seducir requiere un mundo que se deje seducir y que responda con efectos concretos. Cuando la violencia reemplaza a la negociación y las reglas del juego se rompen, los canales de comunicación se cierran. La política deja de ser un arte de seducción y se convierte en conflicto puro, un escenario donde hablar ya no cambia nada.

La detención de Maduro no es solo un hecho aislado; es un recordatorio de que, sin un mundo abierto a la persuasión y dispuesto a actuar, la comunicación política deja de existir. Sin comunicación política, la democracia y el consenso se convierten en fantasmas: la política muere, y con ella, la posibilidad de construir un mundo compartido.

Àlex Llonch es experto en comunicación y peatón habitual. (@putissimllonk)