ROBERTO PLASENCIA
“La democracia no es una meta que se pueda alcanzar para dedicarse después a otros objetivos; es una condición que sólo se puede mantener si todo ciudadano la defiende.” Rigoberta Menchú
El mayor riesgo para las democracias no siempre es evidente. No llega en forma de golpe de Estado ni como una ruptura institucional catastrófica. A veces emerge de manera más silenciosa: cuando la ciudadanía deja de esperar algo del sistema. Cuando participar deja de tener sentido. A eso se le puede llamar una “erosión democrática”.
Cabe señalar que no es apatía pura, ni mucho menos desinterés absoluto. Es algo más complejo. Es el desgaste acumulado de años de promesas incumplidas, de crisis constantes y de una sensación persistente de que, pase lo que pase, poco cambia en lo esencial. La ciudadanía no renuncia a la democracia, pero empieza a desconectarse de ella.
Este fenómeno no es una percepción aislada. Está documentado. Investigadores como Roberto Foa y Yascha Mounk han señalado una disminución en el apoyo a la democracia, especialmente entre generaciones más jóvenes. En ese contexto, datos de Latinobarómetro muestran niveles persistentes de insatisfacción con su funcionamiento en América Latina, mientras que Pew Research Center ha documentado la caída en la confianza institucional incluso en democracias consolidadas. Los contextos cambian, pero el patrón se repite. No se trata de un fenómeno exclusivo de un país o de un gobierno en particular, sino de una tendencia observable en distintas democracias contemporáneas.
En Europa, por ejemplo, el desgaste se hizo visible tras la crisis financiera de 2008. En países como España, distintos estudios sobre desafección política (Torcal, entre otros) han documentado una caída en la confianza institucional y un posterior descontento con los partidos tradicionales, que abrió espacio a nuevas fuerzas políticas como Podemos y Ciudadanos. No fue un rechazo frontal a la democracia, sino una señal clara de desconexión con quienes la representan.
En América Latina, el fenómeno tiene raíces más profundas. La combinación de desigualdad estructural, instituciones frágiles y resultados limitados ha generado una relación tensa entre ciudadanía y sistema político. En México, por ejemplo, las encuestas de Latinobarómetro y del INEGI han mostrado consistentemente bajos niveles de confianza en partidos y legisladores, incluso en contextos de alta participación electoral. No obstante, la confianza en la capacidad de las instituciones para resolver problemas estructurales (inseguridad, corrupción) sigue siendo frágil.
Asimismo, instituciones como el INE suelen registrar mayores niveles de confianza en comparación con los partidos políticos, que consistentemente se ubican entre los peor evaluados.
En Estados Unidos, la erosión adopta otra forma. No surge por falta de política, sino por exceso. La polarización constante, la confrontación permanente y la saturación informativa ampliamente documentada por centros como Pew Research Center, ha convertido la conversación pública en un entorno constante de confrontación. La política se vuelve omnipresente, pero también emocionalmente agotadora.
Dicho lo anterior, aunque los contextos sean distintos, las causas tienden a coincidir. Hay, primero, una crisis de representación, partidos y liderazgos percibidos como lejanos, más enfocados en sí mismos que en la ciudadanía. A esto se suma la sobreexposición informativa: un flujo constante de noticias, fakes, escándalos y conflictos que terminan normalizándose y perdiendo impacto. También, están las expectativas incumplidas: la democracia promete más de lo que, en muchos casos, logra entregar en el corto plazo. En ese contexto, el voto puede convertirse menos en una expresión de fidelidad y más en una herramienta de castigo, es decir, no necesariamente se vota por una identidad política definida, sino contra aquello que se percibe como responsable del malestar.
Y, finalmente, la polarización, que convierte el debate público en un espacio tenso, desgastante y poco productivo. En definitiva, este efecto no es inmediato, pero sí acumulativo. Se traduce en menor participación, pero sobre todo en algo más sutil: menor exigencia. La ciudadanía sigue ahí, pero con menos disposición a involucrarse, a cuestionar, a presionar. Y cuando eso ocurre, el sistema pierde uno de sus principales contrapesos.
Porque la democracia no se sostiene solo con instituciones. Necesita ciudadanía activa, incómoda, crítica. Cuando esa energía se agota, el sistema puede seguir funcionando en lo formal, pero empieza a vaciarse en lo sustantivo. Y, ahí está el verdadero riesgo.
La erosión democrática no destruye la democracia de un día para otro. No hace ruido. No rompe reglas. Simplemente la debilita desde dentro, de forma gradual y casi imperceptible. Y justamente por eso, cuesta más verla… y cuando se vuelve evidente, muchas veces ya es tarde.
Luis Roberto Plasencia Rodríguez es politólogo por la UNAM y máster en Comunicación Política por la Universidad Complutense de Madrid. Con más de 16 años de experiencia, se ha desempeñado como estratega en campañas, asesor electoral y operador territorial, con especialización en comunicación política, construcción de narrativa y comportamiento electoral en entornos digitales. Su trabajo combina la práctica política en México con el análisis comparado de las democracias contemporáneas. (@Robertoplasenci)
- Foa, Roberto Stefan & Mounk, Yascha (2016). The Democratic Disconnect. Journal of Democracy.
- Mounk, Yascha (2018). The People vs. Democracy. Harvard University Press.
- Norris, Pippa (2011). Democratic Deficit. Cambridge University Press.
- Latinobarómetro (informes 2018–2023).
- Pew Research Center (Trust in Government, Political Polarization reports).
- INEGI (México) – Encuesta Nacional de Cultura Cívica (ENCUCI).
- Torcal, Mariano (varios trabajos sobre desafección política en España post-2008).

