ROBERTO PLASENCIA
Tengo dos certezas que funcionan como premisas cada vez que analizo la relación entre deporte y política. La primera: los organismos deportivos internacionales como el Comité Olímpico Internacional (COI) o la Fédération Internationale de Football Association (FIFA) llevan décadas intentando separar ambos mundos, y llevan décadas fracasando. La segunda, que tomo prestada de la comunicación política: en geopolítica no hay sorpresas, sino sorprendidos. Y cada Mundial deja muchos sorprendidos.
El Mundial 2026, organizado por México, Estados Unidos y Canadá, no será la excepción. Arrancó con mucha intensidad, y todavía lo que se aproxima no es solo un torneo de soccer: es un escenario global que se realizará sobre guerras activas, tensiones diplomáticas sin resolver, crisis migratorias y una polarización política que atraviesa tanto a democracias consolidadas como a gobiernos que hace tiempo dejaron de serlo. Quien crea que los estadios de ese Mundial serán espacios neutrales, ya está sorprendido antes de que empiece el partido.
La narrativa de que «este será el Mundial más político de la historia» se repite en cada edición, y eso solo demuestra que nunca hemos tenido un Mundial apolítico.
Por ejemplo, Mussolini usó Italia 1934 como herramienta de propaganda fascista con árbitros que, según testimonios de época, entendieron perfectamente cuál era el resultado esperado. Asimismo, la dictadura argentina aprovechó el Mundial de 1978 para proyectar estabilidad internacional mientras desaparecía opositores a pocos kilómetros de los estadios. Además, Francia 1998 convirtió a su selección multicultural en símbolo de integración nacional, un relato que el gobierno de Chirac necesitaba tanto como la copa misma. Rusia 2018 fue una apuesta de “softpower”[1] clásica en un momento en que las sanciones por Crimea presionaban la imagen de Putin. Y Qatar 2022 demostró que ninguna cantidad de dinero alcanza para comprar silencio cuando el mundo entero está mirando.
Lo que varía entre un torneo y otro no es la presencia de la política, sino la forma en que se manifiesta y quiénes logran imponer su narrativa.
Probablemente ningún episodio reciente ilustre mejor esta dinámica que lo que ocurrió con Irán en Qatar 2022. En septiembre de ese año, Mahsa Amini murió bajo custodia policial. Las protestas que siguieron bajo la consigna «Mujer, Vida, Libertad» sacudieron al país durante meses. Cuando la selección iraní disputó su primer partido del Mundial, los jugadores permanecieron en silencio durante el himno. El gesto duró segundos. Las imágenes circularon durante días.
Lo que debía ser un acto protocolario se convirtió en uno de los momentos políticos más comentados del torneo, y no porque alguien en la FIFA lo hubiera planeado así, sino exactamente porque nadie pudo evitarlo. Paralelamente, la dispersión iraní y la afición dentro de los estadios convirtieron las gradas en plataformas de visibilización: pancartas, banderas, consignas que en condiciones normales habrían tenido alcance local y que, gracias al Mundial, llegaron a audiencias de todo el mundo.
Este mundial 2026, la situación tiene capas adicionales. Las tensiones entre Irán y Estados Unidos, país sede; convierten cualquier eventual participación iraní en un asunto que trascendió lo futbolístico desde antes del primer pitazo. Las selecciones nacionales no llegaron al Mundial aisladas de su contexto: llegaron cargadas de él.
El caso de México, también sede, no se ha quedado atrás tampoco en este Mundial. Es quizá el más ilustrativo de cómo los movimientos sociales utilizan la atención mediática de un Mundial para escalar causas que llevan años en la agenda pública. El 11 de junio, día de la inauguración, la Ciudad de México fue simultáneamente escenario de la fiesta mundialista y de una de las movilizaciones más cargadas de significado político de los últimos años.
Las madres buscadoras llegaron al Estadio de la Ciudad de México con pancartas y consignas que convirtieron las inmediaciones del recinto en un segundo escenario mediático. Los familiares de los estudiantes de Ayotzinapa pegaron fichas de búsqueda y realizaron conteos públicos frente a las cámaras internacionales. Distintos colectivos organizaron rutas de movilización convergentes hacia el estadio.
Lo notable, desde el análisis de comunicación política, es la precisión con que estos grupos eligieron el momento: no protestaban ante el Congreso ni frente a una dependencia de gobierno. Protestaban donde el mundo estaba mirando. Esa decisión estratégica de usar la agenda mediática del Mundial para escalar causas que llevan años en el debate público es en sí misma una lección de visibilización que cualquier comunicador debería estudiar y profundizar.
Lo que hace especialmente poderosa esta imagen es el contraste deliberado que los propios colectivos construyeron: mientras el gobierno invertía en pintura, infraestructura y eventos culturales para proyectar al mundo una Ciudad de México festiva y moderna, las madres buscadoras recordaban a las personas desaparecidas en el país. El Mundial se convirtió, involuntariamente, en el mejor amplificador que esas voces podían encontrar.
No obstante,México no fue el único escenario de visibilización política en este inicio del Mundial. Desde los primeros días del torneo, distintos movimientos y causas encontraron en la Copa del Mundo 2026 una plataforma global que difícilmente habrían obtenido de otra manera.
Por ejemplo, la causa palestina tuvo una presencia notable y organizada. En la Ciudad de México, activistas formaron una bandera humana palestina cerca del Estadio Azteca durante los días inaugurales una imagen que se viralizó y se convirtió en una de las primeras fotografías políticas asociadas al torneo fuera de la cancha. En Toronto, manifestantes desplegaron una manta gigante sobre el logotipo oficial del Mundial con el mensaje «Kick Israel out of FIFA»,[2] visible para miles de conductores en una de las autopistas más transitadas de Canadá. En Kansas City, aficionados de Argelia y Bosnia izaron banderas palestinas durante sus partidos y lanzaron cánticos de solidaridad que recorrieron las redes sociales en horas. La consigna no era de un equipo: era de una causa.
Aunado a lo anterior, la comunidad LGBTQ+ también protagonizó uno de los debates más incómodos para la FIFA. El partido entre Egipto e Irán fue programado para coincidir con el Seattle Pride Weekend el 26 de junio, en el estadio Lumen Field. Lo que pudo ser una celebración se convirtió en una disputa simbólica: tanto la Asociación Egipcia de Fútbol como la iraní rechazaron públicamente cualquier asociación con el orgullo, mientras activistas y organizaciones de derechos humanos denunciaron la ironía de celebrar un «Partido del Orgullo» entre dos selecciones cuyos países criminalizan la homosexualidad.
Hay que mencionar, además la dimensión migratoria, quizá la más paradójica del torneo. El país que alberga 78 de los 104 partidos es, bajo la administración Trump, el mismo que ha deportado a cientos de miles de personas y que mantiene restricciones migratorias para ciudadanos de 39 países. Organizaciones como Human Rights Watch y Amnistía Internacional documentaron que comunidades inmigrantes que se reunieran en estadios o zonas de aficionados para apoyar a sus selecciones podrían enfrentar riesgos reales de detención por parte del ICE. Grupos de aficionados LGBTQ+ de Reino Unido, como Three Lions Pride, declararon públicamente que no tendrían presencia visible en los partidos disputados en Estados Unidos por razones de seguridad. La FIFA prometió un torneo «seguro, incluyente y libre». Sin embargo, en las pocas semanas de la inauguración del Mundial, la evidencia sobre el terreno contó una historia diferente.
Por consiguiente, lo que une todos estos casos México, Palestina, Toronto, Seattle, las personas migrantes en las gradas, etc. es una lógica que la comunicación política conoce bien: cuando el mundo entero mira hacia el mismo lugar, quienes normalmente no tienen acceso a esa atención hacen todo lo posible por aparecer en el encuadre. El Mundial no genera estos conflictos; simplemente los hace visibles a una escala que de otro modo sería imposible.
A su vez, desde la comunicación política, el Mundial es uno de los escenarios más poderosos para construir narrativas, precisamente porque la audiencia no busca política: busca soccer. Esa distensión inicial hace que los marcos interpretativos operen con menos resistencia que en cualquier otro contexto.
Los gobiernos lo saben. Buscan asociarse con el éxito deportivo, con la imagen de un país capaz y ordenado, con valores como unidad y orgullo nacional. Los movimientos sociales también lo saben: aprovechan la atención global para posicionar causas que en condiciones ordinarias difícilmente llegarían a esa escala. Stuart Hall señaló que los medios no simplemente transmiten realidad, sino que la codifican. Las Olimpiadas y los Mundiales son uno de los momentos en que esa codificación alcanza su potencia máxima, porque todas las cadenas del mundo apuntan al mismo lugar al mismo tiempo.
Por ello, el Mundial no solo enfrenta selecciones: también enfrenta relatos. Y esa disputa ocurre simultáneamente en la cancha, en redes sociales, en conferencias de prensa y en las campañas institucionales de los países organizadores. Quien solo mira el marcador está perdiendo la mitad del partido.
En este punto cobra relevancia Benedict Anderson, quien definió a las naciones como «comunidades imaginadas»: construcciones simbólicas que permiten a millones de personas sentirse parte de una misma colectividad sin haberse conocido nunca. Pocos eventos hacen tan visible esa idea como un Mundial.
Durante algunas semanas, personas con diferencias económicas, ideológicas y culturales profundas compartimos emociones alrededor de una camiseta. El Soccer genera un sentido de pertenencia colectiva que la mayoría de los instrumentos políticos tardaría años en construir, y que conviene recalcar que ningún partido político ha logrado replicar de manera sostenida.
Empero, el caso iraní también mostró algo que los comunicadores políticos no deberían pasar por alto: esas comunidades imaginadas pueden estar profundamente fracturadas. La misma selección representó simultáneamente orgullo nacional para un sector y símbolo del régimen para otro. Lo que Ernesto Laclau describía sobre la disputa de significados en los símbolos políticos aplica perfectamente aquí: la camiseta no tiene un significado fijo; distintos actores compiten por atribuirle uno, y esa competencia es, ella misma, un proceso político.
Organizar una Copa del Mundo implica mostrar infraestructura, capacidad logística y estabilidad durante un mes ante una audiencia de miles de millones. Simon Anholt, quien desarrolló el concepto de “nation branding”, ha documentado cómo eventos de esta escala pueden modificar la percepción internacional de un país durante años. Aunque y esto es importante, ese efecto depende en gran medida de cómo se gestiona la narrativa durante el torneo, no solo de cuánto se invirtió en los estadios.
No es casualidad que los países busquen ser sedes. La secuencia que viene lo dice todo: 2030 llevará el torneo a tres continentes simultáneamente: España, Portugal y Marruecos como sedes principales, con partidos inaugurales en Argentina, Uruguay y Paraguay para celebrar el centenario y, 2034 lo llevará a Arabia Saudita. Cada elección es también una declaración geopolítica. La competencia no es únicamente por el trofeo; sino también es por el prestigio, la legitimidad e influencia internacional. Y en esa competencia, los errores de comunicación cuestan igual que los errores en la cancha y definen los encuentros.
Así que este Mundial se desarrollará sobre un tejido internacional particularmente complejo. Las guerras activas en Ucrania y Medio Oriente, la rivalidad entre Estados Unidos y demás países como Irán y China, los debates sobre migración; especialmente relevantes cuando uno de los países sede es el principal destino migratorio del continente, el crecimiento de movimientos nacionalistas y la polarización en varias naciones; todo eso estará presente, quieran o no y les guste o no a los organizadores.
Afirmar que la política «no debería entrar al fútbol» es, en el mejor de los casos, una ingenuidad bien intencionada. La evidencia histórica no deja mucho margen para ese argumento. Lo que sí podemos hacer como comunicadores, como analistas, como ciudadanía es entender cómo funciona esa dinámica para leerla con más claridad cuando ocurra.
Porque en los pasados mundiales y en el que se está desarrollando actualmente, no solo se juega por una copa. También se disputa la imagen de las naciones, la fuerza de los símbolos y la manera en que el mundo se cuenta a sí mismo.
Y eso, invariablemente, es política.
Luis Roberto Plasencia Rodríguez es politólogo y administrador público por la UNAM, con un Máster en Comunicación Política Avanzada en Madrid. Con más de 14 años de experiencia, ha destacado como estratega en campañas políticas, asesor electoral, operador territorial y creador de contenido para redes sociales. Además de especialista en administración municipal y derecho electoral, su trayectoria refleja un firme compromiso con el fortalecimiento del quehacer político y el desarrollo de México. (@Robertoplasenci)
Fuentes y bibliografía
- Anderson, B. (1983). Imagined Communities. Verso.
- Anholt, S. (2007). Competitive Identity. Palgrave Macmillan.
- Brannagan, P. M. & Giulianotti, R. (2015). Soft power and soft disempowerment: Qatar, global sport and football’s 2022 World Cup finals. Leisure Studies, 34(6), 703–719.
- Debord, G. (1967). La société du spectacle. Buchet-Chastel.
- Foer, F. (2004). How Soccer Explains the World. HarperCollins.
- Giulianotti, R. & Robertson, R. (2009). Globalization and Football. Sage.
- Grix, J. & Lee, D. (2013). Soft power, sports mega-events and emerging states. The Global Governance of Sport, 4(1).
- Hall, S. (1980). Encoding/decoding. En Culture, Media, Language. Hutchinson.
- Koch, N. (2018). Sport and soft authoritarian nation-building. Political Geography, 32, 42–51.
- Laclau, E. & Mouffe, C. (1985). Hegemony and Socialist Strategy. Verso.
- Melissen, J. (Ed.) (2005). The New Public Diplomacy. Palgrave Macmillan.
- Nye, J. S. (2004). Soft Power: The Means to Success in World Politics. PublicAffairs.
- Sugden, J. & Tomlinson, A. (1998). FIFA and the Contest for World Football. Polity Press.
- Tomlinson, A. & Young, C. (Eds.) (2006). National Identity and Global Sports Events. SUNY Press.
- Van Ham, P. (2001). The rise of the brand state. Foreign Affairs, 80(5).
- Zirin, D. (2014). Brazil’s Dance with the Devil. Haymarket Books.
[1] El poder blando o poder suave (del inglés softpower) es la habilidad de un Estado para persuadir a otros países evitando el uso de la fuerza o la coerción, valiéndose de medios más sutiles, como su cultura, su modelo social o sus valores políticos. Este término fue creado en la década de los noventa por Joseph Nye, geopolitólogo estadounidense de la Universidad de Harvard, en su libro Bound to lead: The changing nature of American Power, y se ha convertido en un concepto muy utilizado para analizar las relaciones internacionales.
[2] https://www.jpost.com/diaspora/antisemitism/article-899752

