Cuando los héroes dejan de salvar: poder, narrativa y polarización en la política contemporánea

ROBERTO PLASENCIA

No es solo una pregunta incómoda. Es una forma bastante precisa de describir la política actual.

Las y los superhéroes nunca fueron solo entretenimiento. Siempre funcionaron como una manera de simplificar la política, convertir la complejidad en algo entendible: “bien contra mal, nosotros contra ellos”. Y en contextos de crisis, eso no era ingenuo. Era útil.

Desde sus orígenes en los cómics, figuras como Superman o Captain America funcionaron como herramientas culturales para ordenar el mundo simbólicamente. No solo peleaban batallas, daban sentido. Eran brújulas morales en tiempos de incertidumbre. Hoy, ese modelo ya no alcanza.

Hoy, en adaptaciones a series como The Boys[1] o Invincible[2] y en personajes que rompen el molde heroico como Deadpool, The Punisher, Deathstroke, Lobo etc. ya no buscan legitimar el poder. Lo exhiben. Lo incomodan. Lo rompen. Y en ese cambio hay una pista clave: el poder no solo se ejerce, se narra. Y eso debería incomodarnos.

Desde lo personal, este no es un terreno ajeno. Soy consumidor habitual de este tipo de narrativas, particularmente de historias de antihéroes, y previamente he abordado el manga y el anime desde esta misma lógica.[3] Este texto, continúa esa línea, ahora desde el cómic y sus adaptaciones.

Conviene aclararlo, no se trata de una crítica de entretenimiento. El objetivo no es evaluar series o personajes, sino utilizarlos como marco para observar fenómenos propios de la comunicación política; su construcción de legitimidad, uso de símbolos, gestión de percepciones y relación entre narrativa y poder. A partir de ello, hay una pregunta que deja de ser quiénes son los héroes o heroínas y que atraviesa estas historias: ¿qué pasa cuando quienes deberían proteger terminan siendo parte del riesgo?

La adaptación de la obra de Garth Ennis parte de esa premisa y la lleva al extremo en The Boys, el poder se corrompe bajo la lógica de la fama, la visibilidad y el mercado. Los superhéroes no gobiernan, se posicionan. En Invincible, el problema es más profundo. El poder no necesita aprobación; se presenta como jerarquía inevitable. Omni-Man no es solo un villano. Es una idea: que el poder puede justificarse a sí mismo. Ahí está la diferencia:

  • The Boys critica el poder como espectáculo.
  • Invincible muestra el poder como estructura.

Y entre ambas, se dibuja bastante bien el mapa político actual.

Del patriotismo a la sátira y narrativa emocional

Si bien el Captain America representaba un nacionalismo idealizado (orden, claridad moral, propósito), The Boys presenta su versión más instrumental. Homelander no busca explicar.
Busca conectar. No es un héroe, es un dispositivo emocional.

Aquí el nacionalismo deja de ser identidad y se convierte en herramienta narrativa que simplifica el mundo, define enemigos y reduce la complejidad. Asimismo, Wonder Woman, en su origen, representaba una forma de poder que mediaba, que intentaba persuadir. Había en ella una idea de valores universales, exportables. Hoy, personajes como Queen Maeve muestran otra cosa; la fractura entre lo que se proyecta y lo que se vive. Su imagen sigue siendo heroica, pero su experiencia revela el desgaste del símbolo. Atom Eve, en Invincible, introduce otra tensión, incluso con poder casi ilimitado, no logra escapar del todo de estructuras que la superan. Las también heroínas ya no resuelven el conflicto, lo habitan.

Y como plantea Chantal Mouffe, “la política no elimina el conflicto, lo organiza”.[4]
A eso se suma lo que advierte Lilliana Mason “en un entorno donde la identidad pesa más que la deliberación, los símbolos (masculinos o femeninos) dejan de articular valores universales y pasan a reforzar pertenencias”.[5] El resultado es enredado, ya no importa tanto lo que el símbolo representa, sino a quién activa y contra quién se posiciona.

Cuando los símbolos sustituyen al sistema

Homelander no responde a instituciones. Responde a su imagen. Y eso no es ficción lejana. En América Latina, liderazgos como los de Hugo Chávez (Venezuela), Nayib Bukele (Ecuador), Cristina Fernández (Argentina) o Javier Milei (Argentina) han mostrado cómo la narrativa puede pesar tanto o más que las estructuras institucionales.

En Europa, figuras como Viktor Orbán (Hungría), Giorgia Meloni (Italia) o Marine Le Pen (Francia) han construido legitimidad apelando a identidad, nación y emoción. No es un fenómeno aislado son patrones.

Como advertía Max Weber, “el poder se sostiene en la creencia de su legitimidad”. Hoy, esa creencia no solo existe, sino que se diseña.

Polarización como estrategia

Hoy en día, la polarización ya no es un efecto secundario, es una herramienta. En The Boys, Homelander no necesita convencer a todos. Le basta con consolidar a los suyos.
En Invincible, el conflicto ni siquiera busca consenso: impone jerarquía.

La lógica es clara, no se trata de persuadir, sino de alinear. El mundo se organiza en términos binarios: leales contra enemigos. Y en ese esquema, el conflicto deja de ser un problema a resolver y se convierte en un recurso político. La estrategia de confrontación constante de Donald Trump no debilitó necesariamente su base; en muchos casos, la fortaleció.

El Pew Research Center lo describe como polarización afectiva: el otro no es alguien que piensa distinto, es alguien que se percibe como amenaza.[6] En ese terreno:

  • la lealtad pesa más que la evidencia,
  • la emoción pesa más que los hechos,
  • y el conflicto deja de ser problema para convertirse en recurso.

Y esto no pasa solo en la ficción. Pasa todos los días, en cada timeline.

El poder como espectáculo

En The Boys, la corporación que gestiona a las y los héroes no administra justicia, más bien administra percepciones. Cada historia se diseña para ser consumida, se encuadra; cada error se resignifica, se realiza un manejo de crisis y se ejecuta. En política y más en la comunicación política, esta lógica es cada vez más visible. Como advirtió Guy Debord, la realidad se convierte en representación. Y también como explica George Lakoff, los marcos no solo describen el mundo: lo construyen. Aquí, la narrativa ya no acompaña al poder. Es el poder.

¿Ciudadanía o audiencia?

Aquí es donde deja de ser cómodo. Porque no se trata solo de líderes. También se trata de nosotros. Como muestra Shanto Iyengar, reaccionamos más al encuadre que al hecho. Estudios de Yascha Mounk y Roberto Foa, junto con datos de Latinobarómetro, apuntan a lo mismo: el compromiso democrático se debilita. Si bien la ciudadanía no desaparece, si cambia de rol. Pasando de actor… a espectador. Y eso debería preocuparnos más que cualquier villano.

Más allá de la ficción

Estas historias no son solo entretenimiento. También son un diagnóstico.

  • The Boys muestra cómo el poder se deforma cuando depende de la narrativa.
  • Invincible muestra cómo el poder se normaliza cuando se presenta como inevitable.

Y entre ambas aparece una tensión clave: Cuando el poder depende de la narrativa, importa quién cuenta la historia. Cuando depende de la estructura, importa quién la controla. Pero hay algo más incómodo. En ambos casos, alguien tiene que creerla. Y ahí es donde esto deja de ser ficción. Porque la pregunta ya no es solo quién es la heroína o héroe,
sino por qué seguimos necesitando creer que existe uno.

Referencias

  • Max Weber – Economía y sociedad
  • Hannah Arendt – On Violence
  • Benedict Anderson – Imagined Communities
  • Ernest Gellner – Nations and Nationalism
  • George Lakoff – Don’t Think of an Elephant!
  • Shanto Iyengar – agenda-setting
  • Daniel Boorstin – The Image
  • Guy Debord – La sociedad del espectáculo
  • Lilliana Mason – Uncivil Agreement
  • Cass Sunstein – #Republic
  • Yascha Mounk – The People vs Democracy
  • Roberto Foa – estudios sobre democracia
  • Pew Research Center – polarización
  • Latinobarómetro – percepción ciudadana
  • Chantal Mouffe – For a Left Populism
  • Pippa Norris – Democratic Deficit
  • Zeynep Tufekci – Twitter and Tear Gas
  • Liliana Buys – narrativa emocional en política
  • The Boys – Garth Ennis
  • Invincible – Robert Kirkman

[1] The Boys es una serie de cómic situada en un mundo contemporáneo de superhéroes existen. No obstante, la mayoría de ellos en el universo de la serie están corrompidos a causa de su estatus de celebridades y a menudo muestran una conducta temeraria y despreciativa hacia la humanidad.

[2] Invincible es una serie de cómics publicada entre 2003 y 2018. Narra la historia de Mark Grayson, un adolescente que hereda poderes de su padre, Omni-Man, y asume el rol de superhéroe mientras descubre el lado oscuro del legado que representa.

[3] https://beersandpolitics.com/el-manga-y-anime-como-herramientas-de-comunicacion-politica-y-marketing/

[4] https://www.youtube.com/watch?v=VuPC10SZ8nU&t=44

[5] Uncivil Agreement: How Politics Became Our Identity

[6] https://www.pewresearch.org/politics/2014/06/12/political-polarization-in-the-american-public/

Luis Roberto Plasencia Rodríguez es politólogo y administrador público por la UNAM, con un Máster en Comunicación Política Avanzada en Madrid. Con más de 14 años de experiencia, ha destacado como estratega en campañas políticas, asesor electoral, operador territorial y creador de contenido para redes sociales. Además de especialista en administración municipal y derecho electoral, su trayectoria refleja un firme compromiso con el fortalecimiento del quehacer político y el desarrollo de México. (@Robertoplasenci)

No es solo una pregunta incómoda. Es una forma bastante precisa de describir la política actual.

Las y los superhéroes nunca fueron solo entretenimiento. Siempre funcionaron como una manera de simplificar la política, convertir la complejidad en algo entendible: “bien contra mal, nosotros contra ellos”. Y en contextos de crisis, eso no era ingenuo. Era útil.


Desde sus orígenes en los cómics, figuras como Superman o Captain America funcionaron como herramientas culturales para ordenar el mundo simbólicamente. No solo peleaban batallas, daban sentido. Eran brújulas morales en tiempos de incertidumbre. Hoy, ese modelo ya no alcanza.

Hoy, en adaptaciones a series como The Boys[1] o Invincible[2] y en personajes que rompen el molde heroico como Deadpool, The Punisher, Deathstroke, Lobo etc. ya no buscan legitimar el poder. Lo exhiben. Lo incomodan. Lo rompen. Y en ese cambio hay una pista clave: el poder no solo se ejerce, se narra. Y eso debería incomodarnos.


Desde lo personal, este no es un terreno ajeno. Soy consumidor habitual de este tipo de narrativas, particularmente de historias de antihéroes, y previamente he abordado el manga y el anime desde esta misma lógica.[3] Este texto, continúa esa línea, ahora desde el cómic y sus adaptaciones.

Conviene aclararlo, no se trata de una crítica de entretenimiento. El objetivo no es evaluar series o personajes, sino utilizarlos como marco para observar fenómenos propios de la comunicación política; su construcción de legitimidad, uso de símbolos, gestión de percepciones y relación entre narrativa y poder. A partir de ello, hay una pregunta que deja de ser quiénes son los héroes o heroínas y que atraviesa estas historias: ¿qué pasa cuando quienes deberían proteger terminan siendo parte del riesgo?

La adaptación de la obra de Garth Ennis parte de esa premisa y la lleva al extremo en The Boys, el poder se corrompe bajo la lógica de la fama, la visibilidad y el mercado. Los superhéroes no gobiernan, se posicionan. En Invincible, el problema es más profundo. El poder no necesita aprobación; se presenta como jerarquía inevitable. Omni-Man no es solo un villano. Es una idea: que el poder puede justificarse a sí mismo. Ahí está la diferencia:

  • The Boys critica el poder como espectáculo.
  • Invincible muestra el poder como estructura.

Y entre ambas, se dibuja bastante bien el mapa político actual.

Del patriotismo a la sátira y narrativa emocional

Si bien el Captain America representaba un nacionalismo idealizado (orden, claridad moral, propósito), The Boys presenta su versión más instrumental. Homelander no busca explicar.
Busca conectar. No es un héroe, es un dispositivo emocional.


Aquí el nacionalismo deja de ser identidad y se convierte en herramienta narrativa que simplifica el mundo, define enemigos y reduce la complejidad. Asimismo, Wonder Woman, en su origen, representaba una forma de poder que mediaba, que intentaba persuadir. Había en ella una idea de valores universales, exportables. Hoy, personajes como Queen Maeve muestran otra cosa; la fractura entre lo que se proyecta y lo que se vive. Su imagen sigue siendo heroica, pero su experiencia revela el desgaste del símbolo. Atom Eve, en Invincible, introduce otra tensión, incluso con poder casi ilimitado, no logra escapar del todo de estructuras que la superan. Las también heroínas ya no resuelven el conflicto, lo habitan.


Y como plantea Chantal Mouffe, “la política no elimina el conflicto, lo organiza”.[4]
A eso se suma lo que advierte Lilliana Mason “en un entorno donde la identidad pesa más que la deliberación, los símbolos (masculinos o femeninos) dejan de articular valores universales y pasan a reforzar pertenencias”.[5] El resultado es enredado, ya no importa tanto lo que el símbolo representa, sino a quién activa y contra quién se posiciona.

Cuando los símbolos sustituyen al sistema

Homelander no responde a instituciones. Responde a su imagen. Y eso no es ficción lejana. En América Latina, liderazgos como los de Hugo Chávez (Venezuela), Nayib Bukele (Ecuador), Cristina Fernández (Argentina) o Javier Milei (Argentina) han mostrado cómo la narrativa puede pesar tanto o más que las estructuras institucionales.


En Europa, figuras como Viktor Orbán (Hungría), Giorgia Meloni (Italia) o Marine Le Pen (Francia) han construido legitimidad apelando a identidad, nación y emoción. No es un fenómeno aislado son patrones.


Como advertía Max Weber, “el poder se sostiene en la creencia de su legitimidad”.
Hoy, esa creencia no solo existe, sino que se diseña.

Polarización como estrategia

Hoy en día, la polarización ya no es un efecto secundario, es una herramienta. En The Boys, Homelander no necesita convencer a todos. Le basta con consolidar a los suyos.
En Invincible, el conflicto ni siquiera busca consenso: impone jerarquía.


La lógica es clara, no se trata de persuadir, sino de alinear. El mundo se organiza en términos binarios: leales contra enemigos. Y en ese esquema, el conflicto deja de ser un problema a resolver y se convierte en un recurso político. La estrategia de confrontación constante de Donald Trump no debilitó necesariamente su base; en muchos casos, la fortaleció.

El Pew Research Center lo describe como polarización afectiva: el otro no es alguien que piensa distinto, es alguien que se percibe como amenaza.[6] En ese terreno:

  • la lealtad pesa más que la evidencia,
  • la emoción pesa más que los hechos,
  • y el conflicto deja de ser problema para convertirse en recurso.

Y esto no pasa solo en la ficción. Pasa todos los días, en cada timeline.

El poder como espectáculo

En The Boys, la corporación que gestiona a las y los héroes no administra justicia, más bien administra percepciones. Cada historia se diseña para ser consumida, se encuadra; cada error se resignifica, se realiza un manejo de crisis y se ejecuta. En política y más en la comunicación política, esta lógica es cada vez más visible. Como advirtió Guy Debord, la realidad se convierte en representación. Y también como explica George Lakoff, los marcos no solo describen el mundo: lo construyen. Aquí, la narrativa ya no acompaña al poder. Es el poder.

¿Ciudadanía o audiencia?

Aquí es donde deja de ser cómodo. Porque no se trata solo de líderes. También se trata de nosotros. Como muestra Shanto Iyengar, reaccionamos más al encuadre que al hecho. Estudios de Yascha Mounk y Roberto Foa, junto con datos de Latinobarómetro, apuntan a lo mismo: el compromiso democrático se debilita. Si bien la ciudadanía no desaparece, si cambia de rol. Pasando de actor… a espectador. Y eso debería preocuparnos más que cualquier villano.

Más allá de la ficción

Estas historias no son solo entretenimiento. También son un diagnóstico.

  • The Boys muestra cómo el poder se deforma cuando depende de la narrativa.
  • Invincible muestra cómo el poder se normaliza cuando se presenta como inevitable.


Y entre ambas aparece una tensión clave: Cuando el poder depende de la narrativa, importa quién cuenta la historia. Cuando depende de la estructura, importa quién la controla. Pero hay algo más incómodo. En ambos casos, alguien tiene que creerla. Y ahí es donde esto deja de ser ficción. Porque la pregunta ya no es solo quién es la heroína o héroe,
sino por qué seguimos necesitando creer que existe uno.

Referencias

  • Max Weber – Economía y sociedad
  • Hannah Arendt – On Violence
  • Benedict Anderson – Imagined Communities
  • Ernest Gellner – Nations and Nationalism
  • George Lakoff – Don’t Think of an Elephant!
  • Shanto Iyengar – agenda-setting
  • Daniel Boorstin – The Image
  • Guy Debord – La sociedad del espectáculo
  • Lilliana Mason – Uncivil Agreement
  • Cass Sunstein – #Republic
  • Yascha Mounk – The People vs Democracy
  • Roberto Foa – estudios sobre democracia
  • Pew Research Center – polarización
  • Latinobarómetro – percepción ciudadana
  • Chantal Mouffe – For a Left Populism
  • Pippa Norris – Democratic Deficit
  • Zeynep Tufekci – Twitter and Tear Gas
  • Liliana Buys – narrativa emocional en política
  • The Boys – Garth Ennis
  • Invincible – Robert Kirkman

[1] The Boys es una serie de cómic situada en un mundo contemporáneo de superhéroes existen. No obstante, la mayoría de ellos en el universo de la serie están corrompidos a causa de su estatus de celebridades y a menudo muestran una conducta temeraria y despreciativa hacia la humanidad.

[2] Invincible es una serie de cómics publicada entre 2003 y 2018. Narra la historia de Mark Grayson, un adolescente que hereda poderes de su padre, Omni-Man, y asume el rol de superhéroe mientras descubre el lado oscuro del legado que representa.

[3] https://beersandpolitics.com/el-manga-y-anime-como-herramientas-de-comunicacion-politica-y-marketing/

[4] https://www.youtube.com/watch?v=VuPC10SZ8nU&t=44

[5] Uncivil Agreement: How Politics Became Our Identity

[6] https://www.pewresearch.org/politics/2014/06/12/political-polarization-in-the-american-public/