De driblar en banda izquierda a trotar por la extrema derecha: la extraña dupla Ronaldinho – Bolsonaro

KIKO BENÍTEZ

Es así. En el patio del colegio nadie salía a regalar la pelota al rival. Sólo ataque. Pura diversión. Sin reglas. O sólo una, con el timbre que señalaba el final del recreo: “Quien marque, gana”. Y así era, es y será. Indiscutible. Hernán Casciari definió una vez la entrada en un estadio de fútbol como “ese momento que tanto nos recuerda a la infancia”. Esa sensación de las primeras veces. O el lujo de invertir el tiempo en algo tan atrevido como puede ser divertirse.

En diferentes etapas, si alguien quería disfrutar de un fútbol diferente, tenía que consultar en qué fecha jugaba Brasil. Pelé. Zico. Romario. Rivaldo. Ronaldo. Los cromos más buscados. A veces en tu equipo. Otras, en el del máximo rival. Pero sólo uno ha personificado la alegría. Sólo uno ha sabido alargar la hora del recreo: Ronaldo de Assis Moreira. Ronaldinho Gaúcho.

La elástica. La cola de vaca. La espaldinha. El shaka en plena Rambla de Barcelona. El legado de Ronaldinho es inagotable. Buscar su nombre en YouTube cualquier día de lluvia es similar a lo que sientes cada vez que has vuelto a empezar Friends. Quien disfrutó a Ronaldinho en su esplendor le sigue buscando. A menudo de reojo. En otros rostros. Otros nombres. Antes de recibir un golpe de realidad: La vida no es el Padrino II. O, como se suele decir, allá donde fuiste feliz, no se debe volver.

La historia de Ronnie es la de incontables niños que persiguen un sueño en las canchas de las favelas. Terrenos que hoy tratan de escaparse de la especulación inmobiliaria y la proliferación de iglesias evangélicas en el país más católico del mundo. Nació un 21 de marzo de 1980 en Porto Alegre. De familia humilde. Fútbol. Samba. Religión. Nada excepcional en Brasil. Pero las epopeyas se alimentan de escenas cotidianas. Un camino que escogió para convertirse en un mago. Para muchos, el Rey. Para otros, el ídolo más humano: alcanzada la gloria en Barcelona y con Brasil, sucumbió a los encantos que, se supone, debe esquivar todo deportista de élite.

En Brasil, religión y fútbol comparten cancha. Neymar no sale a jugar sin firmar un “Que Deus nos abençoe e nos proteja”. Kaká, que gritó a los cuatro vientos su “I belong to Jesus” la noche que levantó su Champions League, donó su Fifa World Player 2007 al principal templo de la evangélica Iglesia Renacer en Cristo, en Sao Paulo. La Canarinha, en 2009 y en plena Copa Confederaciones, formó un círculo para rezar. La advertencia de la FIFA, que prohíbe expresar mensajes políticos o religiosos en los terrenos de juego, no se hizo esperar.

Ha sido habitual ver a Ronaldinho santiguarse, rezar, señalar al cielo, con la camiseta del Gremio, PSG, FC Barcelona, AC Milan, el mexicano Querétaro FC o en su retiro en Brasil. Colgó las botas en 2018, tras caminar dos años sin equipo. Antes, el FC Barcelona volvió a ficharle, esta vez como nuevo embajador del club.

El Gaúcho nunca deja indiferente. El 21 de marzo de 2004, el día de su cumpleaños, regaló un golazo al Camp Nou en el minuto 88 contra la Real Sociedad para seguir luchando por la Liga. 14 años después, en la víspera de su 38 cumpleaños, se hizo oficial su afiliación al Partido Republicano Brasileño, una formación vinculada a la iglesia evangélica.

La prensa brasileña puso sobre la mesa la posibilidad de que el astro presentara candidatura a legislador en las elecciones generales de octubre de 2018. Se llegó a hablar de negociaciones para que Ronaldinho ocupara una plaza en la Cámara de Diputados, o en el Senado. Ronnie aseguró estar “contento” e ilusionado porque el PRB traiga “modernidad, alegría y salud para toda la población”.

En el calendario, una fecha: La del 7 de octubre de 2018. El dato: 147 millones de brasileños estaban llamados a votar en las elecciones presidenciales. Una jornada para elegir a un nuevo presidente, a los gobernadores de los 27 estados, dos tercios del Senado, 513 diputados federales, y renovar los legislativos regionales. Como en la mejor serie de Netflix, los giros de guion marcaron los comicios.

A 36 días de las urnas, el Tribunal Electoral decidió que el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores, expresidente (2003-2010), y favorito en las encuestas incluso estando en prisión, no podría presentarse como candidato al estar condenado, desde abril, a 12 años de cárcel por corrupción. Esta vez no había un as en la manga. Tras años de lucha entre leyes y retos a los jueces, Lula debía buscar un sustituto. Y lo encontró en su candidato a vicepresidente y exalcalde de Sao Paulo, Fernando Haddad.

Al otro lado del ring, el otro peso pesado para presidir el quinto país más grande del mundo era el ultraderechista Jair Messias Bolsonaro. De 63 años. Diputado desde 1991 por diferentes partidos. En 2018 se presentaba como candidato por el Partido Socialista Liberal. Su lema: “Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos”.

Excapitán del Ejército. Nostálgico de la dictadura. Entre sus propuestas, enseñar “la verdad” sobre el régimen militar que vivió el país de 1964 a 1985. “Armas para todos” contra la delincuencia. Partidario de retirar al país del Acuerdo de París contra el Cambio Climático. “Brasil no puede ser un país de fronteras abiertas”. Llegó a sufrir un apuñalamiento en un mitin de campaña electoral el 7 de septiembre. El autor aseguró que lo había hecho por “motivos personales” y por “orden de Dios”, según el informe de la Policía Militar.

Bolsonaro centró la atención mediática durante la campaña. Para la prensa internacional se había convertido en el Trump brasileño. Sin Lula en escena, pasó a liderar las encuestas en intención de voto. Pero también era el candidato que despertaba un mayor rechazo en las encuestas. Especialmente entre las mujeres.

Anunciaba “el fin de lo políticamente correcto”. “Por mi cabeza no pasa que mi hijo sea gay porque fui un padre presente”. Provocó indignación por sus comentarios, a menudo calificados de racistas y homofóbicos. El 29 de septiembre tuvo lugar en Brasil la mayor movilización de mujeres de la historia del país. Con un lema: “Ele Não” (Él no). Sobre la Diputada Maria do Rosário Nunes, del Partido de los Trabajadores, Bolsonaro llegó a afirmar en 2003, y a reiterar en 2014, que “no merece ser violada, porque es muy mala, muy fea”.

El candidato recibió el apoyo público de grandes personalidades en Brasil. El cantante Gusttavo Lima. Las actrices Antônia Fontenelle y Regina Duarte. El actor Alexandre Frota, escogido diputado por el PSL. El músico Amado Batista, quien estuvo preso y fue torturado durante la dictadura militar: “Prefiero una dictadura, que esa anarquía que está hoy”. El expiloto de Fórmula 1, Emerson Fittipaldi.

Y, para sorpresa de muchos, él. Ronaldinho Gaúcho. Fue de los primeros en expresar su simpatía por la opción Jair Bolsonaro. Su evolución futbolística le llevó de jugar pegado a la izquierda a tener libertad para moverse por todo el campo. Apagada la luz y colgadas las botas, hoy trota por la extrema derecha el recuerdo de una sonrisa que había sido sinónimo de progreso.

Tan desequilibrante que había conseguido zafarse hasta de los árbitros, esta vez recurrió a uno de ellos, ya retirado: Gutemberg Fonseca. A finales de 2017, se fotografió con un libro de Bolsonaro al lado de Fonseca, vicepresidente del partido Patriota, fuerza política que encumbraba al candidato de extrema derecha.

Con el mismo descaro que encaraba la defensa rival, el día de las elecciones del 7 de octubre se sacó otro truco de la chistera. Publicó en sus redes sociales una imagen en la que se le veía de espaldas, con la camiseta de Brasil, su nombre, y un dorsal: El 17. El dígito que representa a Bolsonaro y a su lista en las urnas. Acompañando la publicación, un mensaje que emitía a sus millones de seguidores: “Para un mejor Brasil, quiero paz, seguridad y alguien que nos dé alegría de nuevo. Elegí vivir en Brasil, y quiero un Brasil mejor para todos”. El virtuoso Ronaldinho quería encajar con la disciplina militar de extrema derecha.

El 7 de octubre, Jair Bolsonaro arrasó con un 46,03% de los votos. Seguido de lejos por Fernando Haddad, que obtuvo un 29,28%. Al no haber superado ninguno la barrera del 50%, se medirían en una segunda vuelta. Como si de una eliminatoria de Champions League o una final de Copa Libertadores se tratara. La fecha: El domingo 28 de octubre.

A Bolsonaro no le faltaron valedores en el mundo del fútbol. La constelación de estrellas que le apoyaron estaba formada por Cafú, Kaká, Felipe Melo, Lucas Moura. Algunos de forma más explícita, como Rivaldo, que afirmó que su voto “va a elegir un presidente, no un padre. Necesitamos que resuelva los problemas de nuestro país y no que nos enseñe valores, eso lo tenemos que aprender en casa y en la escuela. Si tuviésemos que aprender valores con el presidente, hoy estaríamos presos en Curitiba”, en referencia a la ciudad donde permanece preso Lula da Silva. Otros, como Neymar, han dado un apoyo más sutil: Con un ‘like’ en Instagram a la foto de Alan Patrick, futbolista del Shakhtar Donetsk, en la que apoyaba a Bolsonaro.

No llegaron buenas noticias para Ronaldinho. En su condición de embajador del FC Barcelona, el club azulgrana realizó una declaración institucional, a través de su portavoz, Josep Vives, el 17 de octubre. “Desde el Barcelona defendemos valores civiles y democráticos que no concuerdan en absoluto con los ideales de este candidato a la presidencia de Brasil. Ronaldinho es un jugador que cambió la historia del Club, y ahora defiende unas ideas que no compartimos, pero respetamos democráticamente la libertad de expresión. Observaremos a partir de ahora cómo evoluciona todo y el club reaccionará en consecuencia”.

El tirón de orejas llegó también de compañeros de profesión. Otro brasileño tocado por una varita: Juninho Pernambucano. De forma directa o indirecta, como cada una de las faltas que puso en la escuadra de Lyon, tiró: “Me revuelvo cuando veo a un jugador o exjugador apoyando a la derecha. Venimos de abajo, somos el pueblo. ¿Cómo vamos a ponernos de ese lado? ¿Cómo vas a apoyar a Bolsonaro, hermano?”. También declaró su apoyo a Haddad el exfutbolista Raí Souza Vieira de Oliveira, hermano del mítico Sócrates, conocido por su afiliación a las causas sociales y precursor del movimiento Democracia Coirithiana.

No hubo sorpresa en las urnas y el domingo 28 de octubre Jair Bolsonaro se proclamaba nuevo presidente de Brasil con el 55% de los votos. Haddad, que soñaba la remontada, se quedó en el 44%. De esta forma, el país ponía fin a 13 años de políticas de izquierda del Partido de los Trabajadores.

Ese mismo día, muy lejos de Brasil, el Barça endosaba un 5-1 al Real Madrid en el Camp Nou. El estadio que rindió pleitesía a Ronaldinho por traer luz en los peores años. Y que supo darle una segunda oportunidad cuando el Rey del fútbol abdicó. Una realidad hoy lejana para Ronaldinho. Su Brasil natal vive desde el 1 de enero con la presidencia de un Bolsonaro que ratificó cada una de sus propuestas de campaña 24 horas antes de tomar posesión. Firme en sus compromisos, inalterable en sus principios.

La sonrisa de Ronaldinho sigue intacta. Imborrable. Pero aquellos que más le disfrutaron cuando el balón era lo más importante, le observan hoy con una mezcla de sorpresa e incredulidad, como mínimo, por el camino que ha tomado. Con la osadía de pensar que, por qué no, algún día vuelva a hacer de su realidad un patio de colegio. Ronaldinho Gaúcho. Larga vida al Rey.

Kiko Benítez Martín es periodista deportivo, posgrado en comunicación y liderazgo político. Cursando el máster ICPS. (@KikoBentez)

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