Cuatro maneras de afrontar el caos: comunicar en tiempos de Coronavirus

GERMÁN ZAMBRANA

Estamos en guerra. Sin balas, pero en guerra. Sin tanques, pero con las calles vacías. Sin francotiradores, pero con gente en los balcones. Sin frentes de batalla, pero con la trinchera permanente del hogar. Una guerra comunicativa por ser el gobernante con mayor capacidad para generar certezas en tiempos de incertidumbre. ¿Cuándo se podrá contener el virus de una vez por todas? ¿Cuánto tiempo tardaremos en tener más altas hospitalarias que positivos por Coronavirus? ¿Cuándo podré volver a mi puesto de trabajo? ¿Me van a despedir?

El panorama ha cambiado. Nuestra rutina ha cambiado. Hay 8 horas del día en las que no estamos en nuestros puestos de trabajo y otras tantas que no dedicamos a nuestro ocio o deportes preferidos. La única variable que sigue como hasta hace unas semanas es que dormimos más o menos lo mismo. Esto quiere decir que, en España, hay 47 millones de personas que pueden estar pendiente de los medios de comunicación de forma constante y prácticamente al minuto. Desde el móvil, desde la TV o desde la radio. Antes, con el móvil, a través del Twitter, estresados, y en el metro yendo al trabajo.

No es casualidad pues que la primera comparecencia de Pedro Sánchez para anunciar el estado de alarma congregara a 18 millones de personas frente a la televisión al nivel de los mejores partidos de fútbol del mundo y, por supuesto, el fútbol une a más gente que la política. 18 millones de almas esperando respuestas de la persona a la que encomiendan la labor de devolver la normalidad a un país en el que ya hay serias alarmas de recesión. El 80% de las personas que miraban la televisión en el momento en que Sánchez apareció por la sala de prensa de la Moncloa le estaban esperando.

El Coronavirus ha provocado una crisis de comunicación obvia. Las instituciones de los Estados no lo previeron. Y, ante la vorágine informativa que se ha vivido estos días a escala global, se han visto distintas estrategias comunicativas.  Las crisis comunicativas siempre requieren de liderazgo político, aún cuando estos son inexistentes, y ponen de manifiesto las carencias y/o fortalezas que tiene una determinada administración, un presidente o un ministro, puesto que los ciudadanos exigen respuestas continuas. Más cuando te hallas confinado en tu casa y tienes un mayor tiempo para juzgar, criticar y buscarle los puntos débiles a las explicaciones de tu presidente. Los líderes, por su parte, se enfrentan al reto de gestionar la reacción emocional de su población ante un desastre o una catástrofe como la que estamos viviendo. Los políticos piensan en cómo resolver el problema rápido y con el menor costo posible para su reputación. Tienen que cuidarse de su escenografía, de sus palabras, de las medidas que van a tomar y de la periodicidad con la que van a dirigirse a los gobernados.

Estos días, distintos líderes, con distintas estrategias, con distintos contextos y con distinto número de muertes encima de la mesa por el COVID-19 se han dirigido a sus naciones. Y, como en todo, se cometen errores, aciertos y meteduras de pata. Hasta 4 estrategias se han detectado de las comparecencias de los distintos líderes mundiales.

Trudeau, la antítesis de Sánchez

Con un estilo diferente,  Trudeau ha sabido a la perfección cómo afrontar el Coronavirus. Trudeau simplemente ha necesitado un discurso que roza los 3 minutos para tranquilizar a su país. El caso del primer ministro de Canadá es un ejemplo de coherencia. A su mujer, le detectaron coronavirus y en este discurso de tres minutos, explica las medidas del Gobierno de Canadá desde la puerta de su casa. Para que la nación vea que respeta los plazos de la cuarentena como cualquier otro ciudadano que puede ser multado en caso de saltarsela y traslada un mensaje bien relevante: el presidente sigue trabajando desde casa.  Por si fuera poco,  finaliza el discurso con una sonrisa. Ningún político ha tenido la valentía hasta Trudeau de sonreír ante el Coronavirus. El mensaje es claro: si hasta el mismísimo primer ministro que tiene que gestionar los hospitales, la falta de test para homologar y el posible colapso de su sistema sanitario puede sonreír, tú también puedes hacerlo. La sonrisa de Trudeau era un rostro confiado de la capacidad de las autoridades canadiense de superar esta crisis.

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Lo contrario que el presidente español, discursos de casi media hora para repetir el mismo contenido de las comparecencias anteriores, con un rostro serio, desconfiable y expectante, como si el Gobierno de España estuviera desbordado por la situación.

En España, hemos tenido un presidente con un excesivo afán de protagonismo. Normalmente, a la gente no le gusta escuchar a los políticos. De hecho, prefieren ver una película o una serie. Por lo tanto, un discurso de media hora es ineficaz, por muy bien escrito que estuviera.

Merkel o ponerse en la piel del confinado

 Más que la capacidad discursiva y retórica de la canciller alemana, lo que ha destacada de Ángela Merkel ha sido su habilidad para generar imágenes populares. En estos momentos, en los que los ciudadanos no pueden salir de casa a no ser que sea por motivos de fuerza mayor, Merkel se deja ver en el supermercado haciendo la compra. Una actividad cotidiana para el ciudadano de a pie y que permite decirle a la ciudadanía alemana que ella no tiene privilegios por ser la cancillera y que se atreve a ir al supermercado pese al riesgo que pueda conllevar. A Merkel no le traen la compra a la residencia presidencial.

https://twitter.com/PoliticayModa/status/1241474127036387329?s=20

Y es que, como dice Gutierrez-Rubí, “en circunstancias de crisis, y sobre todo de desastres naturales, lo que realmente cuenta y añade valor a lo que hace o dice el político es la gestión que lleva a cabo del factor emocional. Una imagen vale más que mil palabras, sobre todo cuando es auténtica y genuina. Para un ciudadano ver a su alcalde o gobernador con las mangas remangadas hasta los codos y las botas llenas de lodo recogiendo escombros y ayudando a las víctimas, como uno más, tiene un gran valor. Es un momento sincero, inspirador, que genera en las víctimas y en sus familias, una sensación de esperanza y de cohesión social; de confianza, cercanía e identificación”

El relativismo como respuesta: Boris Jhonson y AMLO

El mismo día que en sus países vecinos, Francia y España, y sus respectivos mandatarios anunciaban la activación del Estado de Alarma, el gobierno conservador de Boris Johnson decidía que no iba a tomar medidas para combatir a la epidemia con el objetivo de salvar a la economía de su país. Lo que equivale una falta de humanidad y empatía con los conciudadanos británicos afectados por la pandemia.

Johnson declaró que su objetivo y el de su gobierno era “ suavizar la curva del coronavirus para que el pico de contagios se produzca dentro de un par de meses” . Es decir, relativizar la importancia de una crisis que ya se compara con la derivada de la Segunda Guerra Mundial.  Ante una crisis comunicativa, El silencio no es una buena opción en ningún caso, incluso si la información que corre es falsa. La única opción es la verdad. El objetivo es acabar con la incertidumbre generada en la ciudadanía, tal y como sostiene Marta Alonso.

Y es que lo peor es que el Gobierno tory de Johnson sostenía la teoría de que  una parte muy importante de la población ha de contaminarse para desarrollar inmunidad. Por muy verídica que pudiera ser la teoría, la ciudadanía, sesgada por las imágenes de Wuhan, Italia y España no esperan que su gobierno no de respuesta y que encima coquetee con la idea de que es más importante la economía que las vidas humanas.

El caso mexicano es paradigmático. Andrés Manuel López Obrador ha sido de los mandatarios más polémicos en su estrategia para combatirlo. Si bien es cierto que México no presenta los niveles de positivos que los países europeos, AMLO ha sido criticado constantemente.

En un momento en el que las autoridades mundiales exigen mantener la distancia social, AMLO declaró: “Miren, lo del coronavirus, eso de que no se puede uno abrazar; hay que abrazarse, no pasa nada”. Pues AMLO siguió con su agenda normal, besando y abrazando como es de costumbre en su caso, pese a las críticas de la comunidad científica.

También afirmó que “la política es un noble oficio, pero no se sabe de epidemias, de virus, yo de eso no sé, no soy ‘todólogo’, no soy sabelotodo y es un asunto muy serio como para estar opinando sin conocimiento”. Ante una crisis de tal dimensiones, un presidente de un país con 130 millones de habitantes no puede decir que no sabe cómo gestionarlo, por muy honesto que sea el ejercicio por su parte. La ciudadanía, como decíamos antes, necesita de respuestas ante la incertidumbre y declaraciones como estas sólo hacen que incrementarla.

Por si fuera poco, AMLO tampoco ha cuidado la comunicación interna con su gobierno, es decir, el relato coordinado de todo el gabinete de López Obrador.  Pues el subsecretario de salud, Hugo López-Gatell, aseguró en BBC mundo que las medidas drásticas no funcionan para combatir el virus.

 “No tienen un fundamento científico sólido. En toda la historia de las epidemias no hay demostración científica alguna de que estas medidas extremas pudieran ayudar a disminuir el riesgo de transmisión”.

Convertir una pandemia mundial en una oportunidad: el caso chino

China está ganando la batalla comunicativa. Está poniendo en jaque la bondad de la UE y lo están utilizando a su favor como nadie. En todos los medios de comunicación aparecen noticias de la ayuda sanitaria que China está enviando a España y a Italia, además de ser el país en el que confían miles de afectados para el desarrollo de la vacuna contra el covid 19.

Tal ha sido el éxito de su gestión que ya se han desarrollado cárteles propagandísticos en favor a la gestión del presidente chino, Xi Jinping. El mundo le debe un agradecimiento a Jinping. Lo han retratado como el vencedor, como el único capaz de contener el contagio y de superar la crisis con éxito, a pesar que se hayan utilizados métodos invasivos y autoritarios a través del uso del Big Data para controlar a la ciudadanía.

China ha conseguido cambiar el marco en el que se pensaba cuando se referían al gigante asiático. Gracias al coronavirus, parecen una nación solidaria y comprometida con la salud global. Y esa es la mayor victoria comunicativa y, de momento, el único país que ha podido celebrar la superación del virus.

Distintas estrategias, distintos resultados y distintos líderes, pero estos días, los políticos, los dirigentes y los ministros han aprendido la necesidad de comunicar de forma constante y permanente, de actualizar los datos al minuto y de proporcionar seguridad a sus ciudadanos en unos momentos en los que una reacción emocional exagerada puede conllevar una ola de ira que incendiase a la sociedad en contra de los responsables de parar esta pandemia.

 

Germán Zambrana es periodista. Cursando el master Máster en Comunicación y Marketing Político UAB-MMP (@GermanZambranaR)