Nueva política: ¿realidad o propaganda? 04/07/2016 – Posted in: Análisis

ISMAEL PEÑA-LÓPEZ

Desde que el 15M –y todo lo que venía de antes*– denunció que la política institucional era vieja, hemos visto una profusión de partidos, movimientos y grupúsculos que han querido para sí la etiqueta de nueva política. Los medios de comunicación, habitualmente tan acríticos en sus afirmaciones, no han dudado en ir etiquetando de la misma forma todo aquello que no comprendían o no cuadraba con la ortodoxia.

Pero, ¿somos capaces de decir que hay una nueva política? Y, si la hubiere, ¿somos capaces de definirla?

Una primera forma de definir “nueva política” es aquella donde unos “nuevos partidos” enarbolaron la bandera de la “regeneración democrática”. Esta regeneración, no obstante, a menudo tiene poco de sistémica y sí mucho de coyuntural: en un momento en el que la corrupción es rampante, la retórica ideológica es sustituida por tribunales serviles y las leyes se retuercen y estiran hasta el límite. Lo que se vende como regeneración no es sino mera restitución: restitución a su lugar o papel original. Ni más ni menos. Que no es poco.

Otra forma de definir la “nueva política” toma como característica fundamental el hecho de que la toma de decisiones está basada en asambleas, o cuando la arquitectura organizativa del partido abandona (al menos formalmente) la jerarquía y la delegación para aplanarse y tener más en cuenta las bases. De nuevo, este enfoque puede ser engañoso. Por una parte, porque las asambleas son tan viejas como la Humanidad y, como mínimo, ganan de cierta teorización y modelado con el anarquismo del siglo XIX. Lo que no es bueno ni malo: simplemente no es nuevo.

Por otra parte porque lo que la tecnopolítica está comportando –y este sí es, creemos, un factor novedoso– no es solamente la rearticulación de la organización y un reequilibrio de poderes, sino su  reticulación y su distribución por encima de la centralización, la acción basada en proyectos por encima de las instituciones, y la granularización de sus tareas y aportaciones por encima de la planificación.

Veamos un sencillo modelo donde de forma muy simplificada tipificamos los partidos jerárquicos, los partidos asamblearios y una primera aproximación a los “partidos-red” de la “nueva política”.

Jerarquías

PARTIDOS JERÁRQUICOS

En un partido jerárquico, la mayoría de las cosas ocurren en la capa superior de la organización: la capa inferior elige a sus representantes (un secretario general, una secretaría, un comité ejecutivo, etc.) y, la mayoría de las veces, no entra dentro de la dinámica general del partido.

Los representantes elegidos, sin embargo, toman todas las decisiones y directa o indirectamente las ejecutan. La mayoría de las veces también –por triste que pueda parecer– estos representantes electos ni siquiera informan a los miembros y simpatizantes del partido de las decisiones tomadas, y por supuesto muy raramente los consultan acerca de cualquier problema en absoluto.

Al final del ciclo político, los representantes son responsables de sus éxitos y fracasos y pueden sustituirse en función de su rendimiento, por lo general medido en votos o escaños y no por el programa que se aprobó o las acciones que se tomaron.

Partidos de base asamblearia

ASAMBLEARIO SIMPLIFICADO

Las asambleas funcionan de forma casi opuesta a las jerarquías: la asamblea se reúne, delibera y toma una decisión. Luego, una vez tomada la decisión, la asamblea elige algunas personas que seguirán adelante con la decisión y la llevarán a la práctica.

A menudo, estas partes tienen que participar en conversaciones con otros partidos, traducir la decisión en una institución, o simplemente hablar con los medios. Es entonces habitual que los mismos representantes electos emanados de la asamblea también jueguen el papel de representar al conjunto ante terceras partes.

Nótese cómo la relación elegir/decidir se invierte: si las jerarquías eligen a sus representantes para que decidan qué hacer y luego lo hagan, las asambleas deciden primero qué hacer y luego eligen a los que van a hacerlo.

Como ya hemos dicho, las cosas en el mundo real son mucho más complicadas y mucho menos delimitadas. Pero, en líneas simples, este sería el funcionamiento tipo de ambas organizaciones al menos en el plano teórico.

Partidos-red

PARTIDO RED

Los “nuevos partidos” también invierten un par de pasos, pero la inversión no es entre elegir y decidir, sino en cuándo se actúa: en los partidos-red la ejecución o la acción tiene lugar al principio de todo.

¿Cómo es esto posible?

Levi*, Himanen*, Raymond* y Benkler*, entre otros, han explicado con detalle las lógicas de software libre y la forma en que se pueden traducir en otros proyectos intensivos en conocimiento. Como, por ejemplo, la política.

En una economía del don, basada en la meritocracia y organizada alrededor de la “hacercracia”, el principal activismo es el de la lógica de la bola de nieve. Si la idea –de hecho, la acción– tiene acogida, otros muchos se unirán a ella y así la idea, el proyecto, la actuación crecerán y llegarán a ser importantes. De lo contrario, la idea será tácitamente abandonada y la gente simplemente transitará hacia otras ideas y proyectos a los cuales unirse y contribuir.

En la tecnopolítica (pura), los partidos-red surgen de personas que toman decisiones y luego las ejecutan. Si los proyectos crecen y forman comunidades, surge a continuación la necesidad de algún tipo de coordinación, de algún tipo de “dictador benevolente” que pueda coordinar los esfuerzos o incluso tomar algunas decisiones puntuales. Estas personas o entes coordinadores son elegidos por los participantes en el proyecto, ya sea de forma tácita, en base a su propio mérito, o explícitamente, si hay una necesidad de hacerlo. A veces, el órgano de coordinación será, como ocurría con las asambleas, quien desempeñe el papel de representar al colectivo. Pero a veces no, ya que el colectivo también tendrá una identidad colectiva y por lo tanto podrá representarse a sí mismo, sin necesidad de la intermediación de un organismo específico.

A continuación podemos ver los tres modelos (simplificados) juntos para una mejor comparación. Vale la pena señalar que tanto los partidos asamblearios como los partidos-red (o basados en prácticas de tecnopolítica) invierten sus relaciones de poder, desplazando la toma de decisiones hacia la base –y contrariamente a los partidos tradicionales jerárquicos–. Sin embargo, una diferencia fundamental entre los partidos asamblearios y los partidos-red es donde ocurre la ejecución o la acción: en los partidos-red, no sólo la toma de decisiones sino también la ejecución de las mismas sucede de forma distribuida y desplazada hacia la base. Y esto es lo que hace nueva a la nueva política: no sólo dónde se toman las decisiones, sino también dónde y cuándo se ejecutan dichas decisiones.

LOS TRES MODELOS

¿Solamente la organización cuenta?

Como se ha dicho, estos modelos “rara vez se encuentran como sustancias puras en la naturaleza”, es decir, son modelos teóricos (y muy simplificados), cuyo objetivo no es ni decir cómo deben funcionar las cosas ni cómo todos los partidos se pueden clasificar distintamente y de manera exhaustiva. Por el contrario, podemos encontrar partidos cuya estructura interna sigue un modelo diferente dependiendo de la etapa, el nivel en el que se analiza, o incluso el tiempo o tarea específica que se está desarrollando. Por lo tanto, es poco probable encontrar un partido o una organización que se adapta perfectamente al modelo teórico, ya que es probable encontrar muchos partidos y organizaciones que incorporan en su organización y funcionamiento de diseño varios bits de estos modelos. Dependiendo de qué modelo prevalezca, o cuál conforma la cultura de la organización, seremos capaces de etiquetar grosso modo a los partidos de un modo u otro – veremos también que no es oro todo lo que reluce.

Sí creemos que es distintivo, sin embargo, del partido-red, el hecho de que trabaja para crear plataformas que sustenten la comunicación no jerárquica de sus nodos. O, dicho de otro modo, que intenta crear estructuras de red entre sus miembros y de estos con los recursos que tiene el partido a su  disposición. Para ello, trata de identificar claramente el contexto, los actores, los recursos y las relaciones de poder de unos con otros.

También es característica la toma de decisiones descentralizada y, para ello, pone el foco en las ágoras y los espacios de deliberación. Importa el contenido, no el continente; importa la facilitación, la acción y el logro, no el liderazgo.

Por último, no desdeña la participación puntual, la acumulación de masa crítica a partir de miles de pequeñas aportaciones o diminutos nodos. Importa posibilitar la interacción y el protocolo por encima de la planificación y el consenso.

Y seguramente este es su punto fuerte y su punto débil: la acción es flexible y rápida cuando hay iniciativa. Pero la falta de unidad de acción puede ser fatal cuando los caminos son muchos o el adversario está bien encerrado en su zona de confort.

Rerefencias

  1. http://ictlogy.net/bibliography/reports/projects.php?idp=2480
  2. http://ictlogy.net/bibliography/reports/projects.php?idp=59
  3. http://ictlogy.net/bibliography/reports/contacts.php?idc=2
  4. http://ictlogy.net/bibliography/reports/contacts.php?idc=147
  5. http://ictlogy.net/bibliography/reports/contacts.php?idc=546

Ismael Peña-López es profesor de los Estudios de Derecho y Ciencia Política de la Universitat Oberta de Catalunya, e investigador en el Internet Interdisciplinary Institute y el eLearn Center de la misma. Dirige el proyecto de Innovación Abierta de la Fundació Jaume Bofill. (@ictlogist)

Publicado en Beerderberg

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