Toma de posesión

2000-12-01 - Vicente Fox


Hola Ana Cristina, Hola Paulina, Vicente y Rodrigo.

Honorable Congreso de la Unión:

He asumido la alta responsabilidad de Presidente de la República protestando respetar la Constitución y las leyes que en ella tienen su origen. Lo he hecho también de frente a mi conciencia y teniendo presentes los valores y principios morales que me comprometen.

Vengo a este solemne acto portando no sólo mis convicciones personales, sino los sueños y anhelos de cambio de todos los mexicanos. No es posible pasar por alto que asumo la titularidad del Poder Ejecutivo en nuevas condiciones.

La decisión soberana de los electores el 2 de julio no tiene precedente, nadie pude arrogarse la autoría de este logro, pero a nadie puede regateársele su contribución.

Al desarrollo de esa jornada acudimos millones de mexicanos en todos los rincones del país para emitir nuestro voto. Todos participamos en esta fiesta cívica.

Quizá por primera vez en nuestra historia no hubo quien llegara tarde ni quien se rezagara. Nada impidió la libre expresión de nuestra voluntad democrática. Nadie murió aquél día para hacerla posible. Al final, el triunfo fue de todos.

A la cita acudieron también las instituciones electorales, los partidos políticos y sus candidatos. El entonces presidente Ernesto Zedillo reconoció el mandato que la ciudadanía expresó en las urnas y con ánimo republicano facilitó la transición entre su administración y el gobierno que presido a partir de hoy.

Por ello, expreso el más orgulloso reconocimiento a todas las mexicanas y mexicanos que el 2 de julio renovamos nuestro pacto político con civilidad y concordia.

La presencia de los Jefes de Estado y de Gobierno y de las misiones diplomáticas de alto nivel que hoy nos acompañan es un signo de la confianza que inspiran nuestras perspectivas de cambio.

Agradezco también la presencia de destacados representantes de la vida política, económica y cultural del mundo.

Reciban ustedes nuestro agradecimiento y lleven a sus países la manifestación de la gratitud y solidaridad de la sociedad mexicana.

Las mexicanas y los mexicanos demostramos en las pasadas elecciones nuestra voluntad y decisión de fincar sobre bases democráticas los nuevos cimientos de la nación del siglo XXI.

Este cambio democrático que entró en su fase decisiva el 2 de julio es resultado de un largo afán colectivo. Se gestó durante varias décadas con el sacrificio y la entrega de muchos mexicanos excepcionales que lucharon en distintas trincheras para hacer posible lo que ahora vivimos.

Evoco con devota emoción a Don Francisco I. Madero. Su sacrificio en pos de la democracia no fue en vano. Hoy al cierre de una etapa histórica marcada por el autoritarismo, su figura se levanta de nuevo como un hito que marca el rumbo que nunca debió abandonarse.

Brindo homenaje a los hombres y mujeres que fundaron organizaciones y partidos políticos a los que por encima del triunfo personal creyeron y enseñaron a creer en el triunfo de un México democrático; a quienes hicieron de cada esquina una tribuna hasta obtener este triunfo para la democracia.

Pienso en José Vasconcelos, en Manuel Gómez Morín, Vicente Lombrado Toledano, Valentín Campa, José Revueltas, Manuel Clouthier, Salvador Nava, Luis Donaldo Colosio, Heberto Castillo y Carlos Castillo Peraza, entre muchos otros. Hombres de signos políticos diversos, pero de una misma convicción democrática.

Todos ellos estarán hoy y siempre presentes en nuestra memoria.

En esta nueva época de ejercicio democrático, el presidente propone y el Congreso dispone. Esa es la nueva realidad del poder en México.

El presidencialismo tradicional impuso por muchos años su monólogo. Ahora más que nunca gobernar exige dialogar. La fuerza de la Nación no puede venir ya de un sólo punto de vista, de un sólo partido o de una sola filosofía.

Ahora como nunca es necesario el entendimiento, el acuerdo y la convergencia entre los distintos actores políticos, económicos y sociales, los diferentes intereses legítimos y las diversas visiones ideológicas.

Convoco a todas las fuerzas políticas a construir sin prejuicios una relación digna, transparente y sin servidumbre; a un intercambio franco y espontáneo de argumentos y razones con el nuevo gobierno para avanzar juntos en el encuadramiento jurídico del proceso de cambio.

Por mi parte, alentaré una relación cimentada en negociaciones permanentes con los grupos parlamentarios que aquí concurren, para que en el proceso de coincidencias y discrepancias alcancemos las reformas que eleven la legitimidad de las instituciones públicas y sus decisiones.

En esta sesión solemne ratificó el compromiso de mi gobierno de rendir cuentas ante esta representación nacional, tan amplia y frecuentemente como sea necesario.

Instruyo a los miembros del gabinete a atender con disposición y prontitud, semana a semana, los requerimientos de este honorable Congreso y de sus comisiones.

Los ciudadanos demandan una mejor justicia. La consolidación de la autonomía del Poder Judicial de la Federación y la independencia de sus integrantes, tendrán en el Ejecutivo a mi cargo a su mejor aliado

En esta ocasión solemne, asumo el compromiso de hacer todo lo que esté a mi alcance a fin de reforzar la capacidad de los órganos jurisdiccionales federales para determinar la constitucionalidad de las leyes de la República y la legalidad de los actos de la administración pública.

Me honra asumir, por disposición constitucional, el comando supremo de la Fuerzas Armadas.

Con honor y dignidad los soldados de México han sido fieles a su juramento a favor de la nación. Su lealtad a la República, el estricto cumplimiento de sus deberes constitucionales, su actuación ejemplar en el combate al narcotráfico y la protección civil y su respeto a los procesos políticos del país, han constituído una garantía fundamental de la democracia.

El gran reto de la reforma del Estado es inaugurar un nuevo futuro político, después de 71 años. Ello nos obliga a ser audaces para romper paradigmas, inercias y atavismos de una cultura política que ha visto en el acuerdo un acto de capitulación; y en la coincidencia política, prueba plena de cooptación.

Sólo por la vía de franquear el paso a una era de democratización profunda de la vida nacional, la reforma del Estado podrá satisfacer las expectativas sociales de cambio. Ello demanda una propuesta programática consensada de largo alcance, cuya factibilidad no se agote en un acuerdo de coyuntura.

El origen de muchos de nuestros males, se encuentra en una concentración excesiva de poder. La Reforma del Estado deberá garantizar el fortalecimiento de un ejercicio del poder cada vez más equilibrado y democrático.

Deberá garantizar también la modernización política del país por la vía de asegurar un Estado de Derecho pleno, equidad en la distribución de la riqueza, racionalidad en la estructura administrativa del gobierno, institucionalización plena del ejercicio del poder público, una amplia participación social en sus decisiones, y la preparación para enfrentar los retos de la globalización y de la revolución tecnológica que está viviendo el mundo.

La alternancia no va a cerrar por sí sola el proceso de transición. Invito a todos cuanto tienen competencia para conducir la reforma del Estado a que juntos propongamos al país las iniciativas necesarias para un cambio sustantivo de régimen político. Procedamos con sensatez y valentía a demoler todo vestigio de autoritarismo y a edificar una genuina democracia.

La Constitución que nos rige ha sido excesivamente reformada.

Necesitamos reconstruir el consenso nacional de largo plazo en torno a una ley suprema acorde con nuestras mejores tradiciones y con los requerimientos del siglo XXI

El voto ciudadano del 2 de julio fue, ante todo, un plebiscito a favor del cambio. Consecuente con ese mandato, me propongo impulsar proyectos sustantivos de reforma constitucional, decantados por una comisión de estudios, ampliamente representativa, que sintetice las principales demandas de la sociedad.

Estabilidad política y cambio democrático se condicionan de manera recíproca. Es prácticamente imposible aislarlos sin perder eficacia y es una ilusión suponer que se dará el uno sin la otra.

Juntos debemos encontrar la fórmula para abordar todos los cambios que la nación demanda, sin perder la eficacia en la conducción del gobierno.

Para garantizar una democracia eficaz y una eficacia democrática, asumo el compromiso de promover siete reformas medulares, recogidas durante mi campaña presidencial como el mandato de cambio de los mexicanos:

Una reforma que consolide el avance democrático, para que toda persona pueda hablar con libertad y ser escuchada.

Una reforma que avance en el combate a la pobreza y en la igualdad social, para que ninguna madre carezca de dinero para comprar la leche de sus hijos.

Una reforma educativa que asegure la formación del mejor capital humano y para que ningún joven en nuestro país, así sea el de condición más humilde, se quede sin alcanzar su proyecto educativo por falta de recursos.

Una reforma que garantice el crecimiento con estabilidad en la economía, para que nunca más nuestros jóvenes tengan que dejar su hogar y emigrar a otro país.

Una reforma que descentralice facultades y recursos de la Federación para darles mayor vitalidad a los estados a los municipios y a las comunidades.

Una reforma que asegure la transparencia y el rendimiento de cuentas en las tareas del gobierno, para anular la corrupción y el engaño.

Una reforma que abata la inseguridad y cancele la impunidad, para que toda familia pueda dormir tranquila.No se puede hacer política rindiendo culto a nuestras diferencias. Las diferencias políticas e ideológicas, consustanciales a toda sociedad democrática, antes que dividirnos nos enriquecen.

Es imprescindible convertir esa valoración en premisa básica de la nueva convivencia mexicana, para pasar de un pluralismo polarizante a una relación plenamente civilizada entre los distintos actores políticos

Tenemos toda una historia por delante que es imprescindible empezar a construir sobre un diálogo propositivo y en el marco de una relación madura entre los actores políticos, que conduzca a la lucha con ética y respeto y no como un pleito por el poder.

Aceptemos con realismo que la democratización plena del país es una causa nacional que difícilmente surgirá de iniciativas partidistas aisladas.

Todos estamos limitados por la correlación de fuerzas, lo que significa que ninguna expresión política podrá impulsar cambio alguno en forma independiente.

En una sociedad plural no cabe la intransigencia, las visiones únicas ni las verdades absolutas. La tolerancia es imprescindible para consolidar la pluralidad en nuestra sociedad y para avanzar en una transición concertada, en cuanto a modalidades, fines, etapas y plazos.

Lo que está en juego en los próximos seis años no es sólo el cambio de un partido en el poder. Está en juego algo mucho más significativo y profund