Sobre la Constitución y el rey Amadeo de Savoya

1876-05-12 - Práxedes Mateo Sagasta


Decía yo, Sres. Diputados, discutiendo el dictamen de contestación al discurso de la Corona: por todas partes se nota una indiferencia que hiela; todo reviste un carácter de frialdad que espanta; fríamente se reciben las disposiciones del Gobierno; con frialdad es acogido el decreto sobre convocatoria de Cortes; en medio de la mayor frialdad se abren los comicios electorales; sin entusiasmo se verifica la apertura del Parlamento; frío es el discurso de la Corona; fría la contestación; fríamente se reciben las noticias de la guerra, y hasta sin el debido entusiasmo se recibe la noticia de la paz. Y ahora debe añadir: fríamente comenzaron los debates de este proyecto de ley; fríamente continúan, y fríamente han de concluir; porque estos fuegos momentáneos a que el fanatismo de unos y la preocupación de los otros pretenden dar vagamente cuerpo, son fuegos fatuos que oscilan sobre los artículos, muertos apenas nacidos de este proyecto de Constitución, que desaparecen apenas vistos sin dar calor ninguno a esta obra que estáis levantando en medio de la frialdad de las tumbas de un cementerio. Y es, señores, que a la par de las cosas que yo tuve la honra de exponer en aquella ocasión, nadie hay aquí persuadido de que debamos hacer lo que estamos haciendo; es que a pesar de que presenciamos un día y otro día vemos pasar unos tras otros aprobados sus artículos, no nos podemos convencer de que al fin de los debates hayamos hecho una verdadera Constitución.

Cada época, cada situación, cada momento histórico, como ahora se dice, tiene sus exigencias ineludibles a las cuales es imposible sustraerse sin que desnaturalizado su objeto desaparezca también en el ánimo de aquellos llamados a satisfacerlas; y entre las exigencias de este momento, no está ciertamente la de hacer una Constitución.

Otra es la misión de estas Cortes; misión bastante grande y bastante importante por sí misma para absorber toda la atención, para consumir toda la actividad, para necesitar de todo el patriotismo de los Representantes del país; misión fuera de la cual marchamos como navegante sin brújula, al azar, sin corriente, con aquella indiferencia estoica que nos brinda desde el fondo de nuestra alma; salgamos como podamos del paso; lo demás importa poco.

La misión de estas Cortes, Sres. Diputados, consistía: primero, en legalizar el acto de 30 de diciembre; segundo, en afianzar la victoria de nuestras armas por medio de medidas cruentas y enérgicas, que al mismo tiempo que sirvieran de castigo a la contumacia de los rebeldes, hiciera imposible la reproducción de la guerra; y tercero el arreglo de nuestra desventurada Hacienda, procurando gran estudio en los servicios públicos y gran equidad en los sacrificios, habiendo hecho todo lo posible para el buen régimen de la vida nacional, cumpliendo después con nuestros acreedores hasta donde honradamente hubiéramos podido hacerlo. Esto es lo que el país esperaba de estas Cortes; y al ver que nosotros nos ocupamos en proporcionarle una cosa que ya tenía, y que prescindimos de satisfacer sus apremiantes necesidades, nos vuelve la espalda y nos corresponde con esa frialdad que nos rodea. De aquí, Sres. Diputados, ese marasmo que merma la controversia, esa indiferencia que hiela la discusión esa apatía que hace perezosa nuestra asistencia; marasmo, indiferencia, apatía que contrastan grandemente con la actividad, con la energía, con el entusiasmo, y hasta si se quiere, con la pasión que han acompañado siempre aquí y en todas partes los debates de una Constitución. De aquí, señores, la repugnancia que yo tenía a entrar en este debate; repugnancia que si ahora venzo para un punto discutible solamente hoy en nuestro desdichado país, más que para terciar en la contienda, lo hago para contestar a las diversas alusiones que de todos lados de la Cámara se me han dirigido, viéndome obligado a poner el justo y el debido correctivo a aquellas que con fundada inexactitud se me han dirigido, no con benévola intención.

Habiéndome parecido que era menos desagradable para mí y menos molesto para vosotros hacerlo en una sesión que haber ido recogiendo en cada sesión las diversas alusiones de que he sido objeto, voy, no a pronunciar un discurso, sino a ir tomando como me vayan ocurriendo aquellas cuestiones en las que he sido más o menos directamente aludido, esperando que me dispenséis la molestia que hoy pueda proporcionaros por las muchas que os he escusado en los días anteriores.

Me encuentro en primer término, Sres. Diputados, con ciertas palabras del Sr. Pidal que no puedo menos de recoger. El Sr. Pidal, cuyas creencias religiosas corren parejas con la evangélica humildad de que todos los días nos da tan relevantes muestras de amor y mansedumbre la religión de Cristo, de la cual se supone S. S. esforzado campeón y el único guardador, en su caritativa manía de atacarlo todo, de no respetar nada, tuvo anteayer el mal gusto de no respetar la Majestad caída, de atacar a una persona augusta, imputándola hechos completamente falsos, que yo contradigo con toda la fuerza que me da la verdad; la verdad a que el Sr. Pidal debía mostrar más amor, si no ya porque así lo exigen las conveniencias sociales y políticas, aunque puedan parecer a S. S. oropel, y oropel mundano despreciable, porque así se preceptúa en los mandamientos de la ley de Dios.

No era, sin embargo, a D. Amadeo de Saboya a quien el Sr. Pidal con palmaria injusticia, con notoria inexactitud y sin necesidad alguna, trataba de rebajar y [1365] de atacar, no; era a la Monarquía en D. Amadeo de Saboya representada, sin comprender, o comprendiéndolo, y quizá haciéndolo por esto, que si unos monárquicos atacan la Monarquía por esa persona representada, dan ocasión y motivo a que otros monárquicos la ataquen por estar representada en otra persona. Entonces, Sres. Diputados, por tan fatal camino no tienen los republicanos nada que hacer para que las Monarquías se hundan y desaparezcan a impulsos de monárquicos como el Sr. Pidal. Rey de España era D. Amadeo de Saboya con igual derecho que los demás Reyes que han ceñido la Corona, y con más y mejor derecho que los que la usurparon. Rey de España fue D. Amadeo de Saboya sin pretenderlo, sin necesidad para levantarse al Sólio de San Fernando de luchas fraticidas. Rey de España dejó de ser por su propia voluntad, y al abandonar el suelo español no hizo verter una lágrima, ni derramar una gota de sangre, ni ejecutó acto alguno que pueda producir mañana discordias civiles. (Bien, bien.) Rey de España fue por la voluntad de la Nación, y Rey de España dejó de ser por su propia voluntad, devolviendo a la Nación la Corona que de la Nación había recibido.

Lo que hay es, que para S. S. y para los que como S. S. piensan, ni D. Amadeo de Saboya ni ningún Rey será bueno ni legítimo, como ni imponga a sus pueblos por Constitución política el Syllabus, y obedezca sumiso a un confesor impuesto por SS. SS. Siento ver al Sr. Pidal, tan joven y que ofrece tan brillantes esperanzas, arrastrado en un camino fatal por unas ideas que en las ruinas de lo pasado se revuelven contra todo lo que es grande, noble y generoso, sin comprender que cuanto más predican la ruina del mundo, más brillante se ostenta en el horizonte de los pueblos el sol de la libertad, y que a impulsos de la civilización se derrumban las murallas detrás de las cuales se crían invencibles; se agitan, y en su delirante agonía maldicen y envenenan cuanto tocan; y allí donde aplauden y celebran, vienen las catástrofes; y allí donde descargan sus amenazas de muerte y de exterminio, se levanta la fortuna; Dios salve el Poder del Papa, que no será poco milagro, defendido por SS. SS. Por esto, y arrastrado en tan mal camino, el Sr. Pidal atacaba anteayer con notoria injusticia y sin necesidad alguna al que fue Rey de España, D. Amadeo de Saboya; por eso el Sr. Pidal llamaba robo a la desamortización de los bienes eclesiásticos, haciendo cómplice de ese robo al Padre común de los fieles, que lo ha concordado con Gobiernos españoles, y consentidores a los Obispos, que en cambio de los bienes robados aceptan las inscripciones que les corresponden.

¿Pero qué importan al Sr. Pidal y a los suyos, ni Papas, ni Obispos, ni Monarquías, ni nada, si SS. SS. pertenecen a una escuela, monárquica en tanto cuanto el Monarca se someta al Papa, y papista en tanto cuanto el Papa se convierta en instrumento de esa misma escuela?

Negaba el Sr. Pidal los derechos de la Nación española para elevar al Trono de San Fernando a D. Amadeo; y ¡cosa singular! el Sr. Pidal y sus amigos niegan los derechos de la Nación para todo lo que no les conviene, pero a ellos apelan cuando de ellos pueden sacar algún fruto, incurriendo siempre en contradicción pro seguir la máxima que S. S. repetía, de que todos los caminos son buenos para conseguir el fin.

Enemigos de la libertad de enseñanza, condenan terriblemente a los Gobiernos de España porque permiten la libertad de enseñanza, y condenan con la misma energía, con la misma soberbia al Gobierno de Francia porque no la concede; monárquicos, condenan todas las Monarquías del globo; para el Sr. Pidal no hay Monarquías, ni la inglesa, ni al alemana, ni la portuguesa; no hay ninguna buena: todas cayeron ayer bajo la demoledora palabra del Sr. Pidal; todos los Estados, todos los Gobiernos de todas las Naciones eran malos para S. S. Sólo un Estado perdonó la piqueta del Sr. Pidal. ¿Sabéis cuál? El Ecuador, porque allí se conserva la unidad católica, aunque el Ecuador es una República.

Condenan la soberanía de la Nación, los derechos de la Nación para la reorganización política del país, y en cambio apelan a esta soberanía ¿para qué? Para lo que creen más alto, más elevado y hasta divino: para la cuestión religiosa, apelando a la soberanía del país para que nos imponga la unidad religiosa, aquello que ellos creen superior a todas las cosas humanas; no creen buena la soberanía del país para decidir sobre su propia organización política, y precisamente apelan a ella en aquello a que la soberanía nacional no alcanza.

Yo que quiero ser más generoso con S. S. que lo han sido sus amigos de ayer; yo voy a aceptar como buenas todas las firmas de todas las exposiciones presentadas aquí; yo no voy a hablar de la influencia que para la adquisición de esas firmas haya interpuesto el clero y el profesorado; yo no quiero decir nada del valor que puedan tener las firmas exigidas en las escuelas a los niños; no quiero decir nada de la significación que puedan tener aquellas firmas adquiridas por los curas, que corren desalentados por los campos preguntando a los labradores con las lágrimas en los ojos: ¿Sois judíos, o cristianos? Y entonces los labradores atónitos contestan: Señor, cristianos. Pues si no sois judíos, firmad aquí contra los que quieren arrebatarnos la religión.

De nada de eso he de ocuparme, y acepto como buenas y como verdaderas, y hasta como espontáneas, todas las firmas que vienen en todas esas exposiciones; dadme el número; la comisión ha dicho que un millón; es poco, quiero ser más generoso; dos millones; y si esta cifra no os contenta, yo os concedo tres. Pues todavía resulta que, atendiendo a los medios que se han empleado para sacar esas firmas, al tiempo que han tenido, a que no ha habido puerta a que no hayan llama